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19 días y 500 noches

Cristina Caparrós @criscaparros 22-07-2020

Así terminó una competición, atípica. Con una agenda final saturada, con la obligación de reducir ese tiempo de disfrutarla y de acabarla como sea, que los billetes mandan. Con el poder de achicar el verano para que llegue otra vez, sin que apenas te dé tiempo a echarla de menos. Con la misma sensación de desahogo de otras veces, cuando las cosas no van bien, porque es mejor dejar de sufrir cuanto antes. Y a la misma vez, con aquel runrún que la alarga, para hacernos expertos sobre qué pudo ser mejorable y qué jugadores traerías si fuera tuya la chequera, porque uno se realimenta hasta que vuelva.

Tardó, Joaquín Sabina, 19 días y 500 noches en aprender a olvidar a María. Centenares de lunas, de las que no te dejan conciliar el sueño, que se reflejan en la poesía que se evidencia en cada una de sus letras, donde cada palabra arroja la verdad de su historia. De versos, de poética ataviada. De estrofas que se escriben con los pies en vez de con las manos. De hacer historia, más que contarla. De días, muchas más noches y, también años, sabe Leo Messi. Del tiempo que lleva escribiendo una banda sonora que suena en tantos hogares y lugares recónditos, bajo las notas de cada grito que entona el gol. Con la zurda, la diestra, el pecho, de cabeza o con la mano. La última jornada, no quedó exenta de ello.

Leo Messi tras anotar un gol en el partido de Liga frente al Eibar en el Camp Nou (JOSEP LAGO/AFP via Getty Images)

En una temporada de Liga donde el Barça ha evidenciado, entre otras cosas, que segundas partes nunca fueron buenas – de los 22 goles encajados en los partidos que no ha ganado en Liga, 16 fueron en el segundo tiempo –, aún quedó lugar para que Messi volviera a manifestar sus registros y agenciarse nuevos récords. En un rol ligado a un jugador más completo, que ahora se asocia más a la elaboración de la jugada, donde a veces es más centrocampista que delantero, y con el propósito de hacer perdurar su velocidad y su letalidad en la zona de castigo; a través de la elección de sus decisiones sobre tiempo y espacio y de la complicidad irrefutable con el esférico. Del mismo modo que Sabina mostró su voz ronca y rasgada por primera vez, sin retoques, para entonar esos versos impregnados de querer, el diez exhibe la naturaleza de sus capacidades de manera patente. Máximo goleador (25) de la Liga – el único jugador que lo logra por séptima vez –, el máximo asistente de la competición (21), así como el más regateador.  Además, ha superado los 700 partidos con la camiseta azulgrana, ha cruzado el umbral de los 700 goles, se ha convertido en el jugador con más hat-tricks de la historia de la Liga y ha logrado su sexto Balón de oro, siendo el jugador que lo ha ganado en más ocasiones. Sigue rompiendo registros donde, a veces, se supera a sí mismo. Acostumbrados a lo inusual e insólito, aunque abrume, es habitual que el aficionado suspire: siempre nos quedará Messi.

Él sigue, año tras año e independientemente de lo que se añada en la vitrina, concediendo la exhibición, que pertenece a un futbolista que llegó para hacer todo distinto, y alargando su legado. La exigencia del deseo nos ciega y el tiempo nos arrebata momentos ante nuestro despiste. Messi, sin embargo, no durará para siempre, porque ni siquiera lo que se consideró ignoto es eterno. Y mientras dura, pasa el tiempo y se suspira por lo que pudo ganar y no ganó. Entre vacas sagradas, el desacuerdo de una parte de la afición con la junta directiva, la media de edad de aquellos onces de gala, la táctica y la pizarra, la mesa redonda, que provoca la cerveza en el bar, sobre si es más cosa del entrenador o de los jugadores, y el debate inusitado referente a si Leo debería salir del Barça. Porque, por lo visto, la supremacía también despierta dudas, debido al poder y a la dependencia que existe en ella. Y sientes, que hay un caos de frentes abiertos pero que todos deben partir de un claro razonamiento: si te faltan las ganas y no existe un proyecto, carece la base del todo.

Leo Messi celebrando el gol que dio la victoria al FC Barcelona frente a la Real Sociedad en el Camp Nou (Alex Caparros/Getty Images)

Cuando no nos quede Messi tendrá una repercusión global, más allá de los colores. La nostalgia se quedará corta y hasta sus rivales sentirán el vacío. La pelota le llorará. El fútbol deberá descubrir otro significado, porque habrá un antes y un después. Nos faltará la lírica de sus pasos de observación, sus arrancadas y sus cambios de ritmo. Echaremos de menos sus parábolas desde la frontal del área y sus susurros al cuero. Nadie será capaz de pisar la luna con el esférico cosido al pie, ni podrá escapar de un callejón encontrando una salida que ni siquiera estaba inventada. Extrañaremos la superdotada capacidad de asociarse en cualquier lugar y el privilegio de una mente que sabe hallar espacios adelantándose a la rapidez de los movimientos. Afligidos, ante la maldición del cajón sin su ropa, aferrados a los highlights. Agradecidos a esa servilleta de papel que cambió el rumbo de nuestras vidas balompédicas.

Messi, entre tantas voces interpretadas, es nuestra canción. Un verso libre que encaja en cualquier poema que nace del lápiz y papel y que se fusiona a esos acordes que suenan una y otra vez. Podremos decir que lo nuestro con Leo duró más de lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, sabiendo que tardaremos en aprender a vivir sin su fútbol mucho más que 19 días y 500 noches.

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Así terminó una competición, atípica. Con una agenda final saturada, con la obligación de reducir ese tiempo de disfrutarla y de acabarla como sea, que los billetes mandan. Con el poder de achicar el verano para que llegue otra vez, sin que apenas te dé tiempo a echarla de menos. Con la misma sensación de desahogo de otras veces, cuando las cosas no van bien, porque es mejor dejar de sufrir cuanto antes. Y a la misma vez, con aquel runrún que la alarga, para hacernos expertos sobre qué pudo ser mejorable y qué jugadores traerías si fuera tuya la chequera, porque uno se realimenta hasta que vuelva.

Tardó, Joaquín Sabina, 19 días y 500 noches en aprender a olvidar a María. Centenares de lunas, de las que no te dejan conciliar el sueño, que se reflejan en la poesía que se evidencia en cada una de sus letras, donde cada palabra arroja la verdad de su historia. De versos, de poética ataviada. De estrofas que se escriben con los pies en vez de con las manos. De hacer historia, más que contarla. De días, muchas más noches y, también años, sabe Leo Messi. Del tiempo que lleva escribiendo una banda sonora que suena en tantos hogares y lugares recónditos, bajo las notas de cada grito que entona el gol. Con la zurda, la diestra, el pecho, de cabeza o con la mano. La última jornada, no quedó exenta de ello.

Leo Messi tras anotar un gol en el partido de Liga frente al Eibar en el Camp Nou (JOSEP LAGO/AFP via Getty Images)

En una temporada de Liga donde el Barça ha evidenciado, entre otras cosas, que segundas partes nunca fueron buenas – de los 22 goles encajados en los partidos que no ha ganado en Liga, 16 fueron en el segundo tiempo –, aún quedó lugar para que Messi volviera a manifestar sus registros y agenciarse nuevos récords. En un rol ligado a un jugador más completo, que ahora se asocia más a la elaboración de la jugada, donde a veces es más centrocampista que delantero, y con el propósito de hacer perdurar su velocidad y su letalidad en la zona de castigo; a través de la elección de sus decisiones sobre tiempo y espacio y de la complicidad irrefutable con el esférico. Del mismo modo que Sabina mostró su voz ronca y rasgada por primera vez, sin retoques, para entonar esos versos impregnados de querer, el diez exhibe la naturaleza de sus capacidades de manera patente. Máximo goleador (25) de la Liga – el único jugador que lo logra por séptima vez –, el máximo asistente de la competición (21), así como el más regateador.  Además, ha superado los 700 partidos con la camiseta azulgrana, ha cruzado el umbral de los 700 goles, se ha convertido en el jugador con más hat-tricks de la historia de la Liga y ha logrado su sexto Balón de oro, siendo el jugador que lo ha ganado en más ocasiones. Sigue rompiendo registros donde, a veces, se supera a sí mismo. Acostumbrados a lo inusual e insólito, aunque abrume, es habitual que el aficionado suspire: siempre nos quedará Messi.

Él sigue, año tras año e independientemente de lo que se añada en la vitrina, concediendo la exhibición, que pertenece a un futbolista que llegó para hacer todo distinto, y alargando su legado. La exigencia del deseo nos ciega y el tiempo nos arrebata momentos ante nuestro despiste. Messi, sin embargo, no durará para siempre, porque ni siquiera lo que se consideró ignoto es eterno. Y mientras dura, pasa el tiempo y se suspira por lo que pudo ganar y no ganó. Entre vacas sagradas, el desacuerdo de una parte de la afición con la junta directiva, la media de edad de aquellos onces de gala, la táctica y la pizarra, la mesa redonda, que provoca la cerveza en el bar, sobre si es más cosa del entrenador o de los jugadores, y el debate inusitado referente a si Leo debería salir del Barça. Porque, por lo visto, la supremacía también despierta dudas, debido al poder y a la dependencia que existe en ella. Y sientes, que hay un caos de frentes abiertos pero que todos deben partir de un claro razonamiento: si te faltan las ganas y no existe un proyecto, carece la base del todo.

Leo Messi celebrando el gol que dio la victoria al FC Barcelona frente a la Real Sociedad en el Camp Nou (Alex Caparros/Getty Images)

Cuando no nos quede Messi tendrá una repercusión global, más allá de los colores. La nostalgia se quedará corta y hasta sus rivales sentirán el vacío. La pelota le llorará. El fútbol deberá descubrir otro significado, porque habrá un antes y un después. Nos faltará la lírica de sus pasos de observación, sus arrancadas y sus cambios de ritmo. Echaremos de menos sus parábolas desde la frontal del área y sus susurros al cuero. Nadie será capaz de pisar la luna con el esférico cosido al pie, ni podrá escapar de un callejón encontrando una salida que ni siquiera estaba inventada. Extrañaremos la superdotada capacidad de asociarse en cualquier lugar y el privilegio de una mente que sabe hallar espacios adelantándose a la rapidez de los movimientos. Afligidos, ante la maldición del cajón sin su ropa, aferrados a los highlights. Agradecidos a esa servilleta de papel que cambió el rumbo de nuestras vidas balompédicas.

Messi, entre tantas voces interpretadas, es nuestra canción. Un verso libre que encaja en cualquier poema que nace del lápiz y papel y que se fusiona a esos acordes que suenan una y otra vez. Podremos decir que lo nuestro con Leo duró más de lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks, sabiendo que tardaremos en aprender a vivir sin su fútbol mucho más que 19 días y 500 noches.

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