_Otros

100 años de vuelos y sentimiento (Parte 2)

Domingo Ortiz @Domingortiz 18-03-2019

etiquetas:

(sigue desde final de Parte 1)

Aterrizó Leonardo Nacimiento de Araújo, un talento brasileño con una técnica selecta, con una velocidad perversa y con una capacidad tremenda de elaborar goles fantásticos. Se apagó en el Valencia de Guus Hiddink en dos temporadas pero siempre estará en la retina el gol ante el Cádiz en el Ramón de Carranza tras regatear a medio equipo gaditano. Recuerdo a Robert Fernández. Su despliegue, su raza y su cabezazo ante el Real Madrid para remontar en un abrir y cerrar de ojos. Mestalla fue un estruendo. Con las vallas aún como protagonistas, la gente se agarraba estando fuera de órbita. Era como querer salir de un manicomio elevados en esas barras del éxtasis. También repasa mi memoria la llegada del rumano Belodedici, la primera aparición en moto de Mendieta o el fichaje del que, posiblemente, sea el mejor futbolista que vi en Mestalla: Pedrag Mijatovic. Es lógico que el desenlace desvanezca todo lo que hizo en un terreno de juego. La traición a una afición tras prometer que permanecería en el Valencia fue lo que se convirtió en daga. Y lo entiendo. Lo sufrí soberanamente. Y más con el cambio hormonal por bandera. Pero sus cualidades eran de un elegido. Velocidad diabólica, técnicamente lustroso, con un golpeo a balón parado excitante, con visión periférica para asistir y con una capacidad de facturación inverosímil. Su gol al Logroñés desde el centro del campo, o al Barça en el Camp Nou, la vaselina ante el Werder Bremen, su arte marcial en el Carlos Belmonte, las faltas directas que eliminaban las telarañas de las escuadras, sus banderillas a Real Madrid, Athletic y Atlético… fue un todo. El más completo que vi. Con Luis Aragonés adquirió una dimensión estratosférica. En la actualidad estaría poniéndose la servilleta para sentarse en determinadas mesas selectas. La Final del agua de 1995 (Copa del Rey) ante el Deportivo de la Coruña mereció el título para elevarlo a los altares. Con el Bernabéu encharcado e impracticable levantó una pelota franca por encima de la barrera desatando la histeria de una generación que ansiaba títulos tras el paso por el infierno. ‘Pedja’ destrozó un trono ganado a pulso con sus juramentos incumplidos y eso le privará, con razón, de convertirse en uno de los más grandes de la historia del VCF. Una leyenda ha de serlo en el corazón de la gente. Y aunque en el césped hubo pocos como él, lo dilapidó con su ingratitud y con sus desplantes futuros cada vez que pisó Mestalla.

Presente está el aplomo y equilibrio del gran Mazinho; las últimas gotas de Zubizarreta; los bailes de Viola que contagiaban a todos mientras se tapaba la cara. Con ese peinado escabroso plagado de rayas; el fichaje de Karpin para hacer olvidar al montenegrino de Podgorica; las disputas en pleno partido entre “el Burrito” Ortega con Farinós para patear un penalti. Ese 3-4 en el Camp Nou estará guardado para siempre, Ariel; la llegada rimbombante de Romario y ese “míreme a los ojitos” con Don Luis; “lo de Leandro” en el Calderón; el aterrizaje de verdaderos mitos como Angloma, Carboni o Djukic; la media temporada feroz de un despilfarro de talento como “La Cobra” Adrian Ilie…

Pero los últimos años del siglo XX tuvieron el sello de dos futbolistas legendarios. Dos de los que quedan marcados para una generación: Gaizka Mendieta y Claudio Javier “el Piojo” López. 

El todoterreno rubio, capitán y profesor de hipnosis desde los once metros con los porteros rivales, significó el arraigo melancólico. Un futbolista imponente, dominador de todas las facetas. En el centro del campo asignaba su ley. Creaba, barría y asomaba. Con su frialdad característica llevó la bandera embrionaria del mejor Valencia de la historia. El gol de San Mamés, sentando vascos como quien sortea bolos, el definitivo en esa goleada para el recuerdo ante el San Marino de Concha Espina en una Copa del Rey, la de 1999 de la Cartuja, que sirvió para que las nuevas remesas de valencianistas -ahí bramaba- celebrase su primer título veinte años después. Pero Mendieta quiso ser inmortal con uno de los goles más plásticos y precisos que se recordarán. Con la delicadeza de un cirujano. Controló con el pecho de espaldas, amortiguó con el muslo, hizo un sombrero con la derecha y definió de zurda dejando a Molina y a los atléticos en estado de shock. Después, capitaneó a los de Cúper a dos finales de la Champions, donde marcó ante el Bayern de penalti en esa noche fúnebre y sombría. Mendieta se fue, con Pedro Cortés cumpliendo su palabra, y no lo hizo donde él quería, pero dejó, además de lo económico (Fiore y Corradi no cuentan), una estampa de indisoluble recuerdo. 

Claudio López, compañero de hazañas de ‘Mendi’, tuvo una primera temporada muy difícil. Hasta tal punto que estuvo muy cerca de salir del club. Pero Ranieri le encontró el acomodo necesario para explotar al máximo sus condiciones. Un torbellino inabordable. Le mandabas un sofá a cincuenta metros y era siempre el primero en sentarse. Al espacio era devastador. Te trasquilaba solo con verlo pasar en carrera. El auténtico demonio de Van Gaal y del barcelonismo. Era alucinante comprobar la hegemonía del de Río Tercero cada vez que veía el blaugrana delante de sus narices. Desquició a la culerada en Mestalla y Camp Nou, en Liga, Copa y Champions. En la final de Sevilla de 1999 dejó un doblete de orgullo, sentimiento y desgarro. Empalando con la izquierda, primero, y dejando a Molina en silla de ruedas persiguiéndole, después. El PSV también probó la anestesia del Piojo en Champions. El golazo de Eindhoven es uno de los enmarcados en su vitrina. Un futbolista que suplió la delicadeza con el balón, el talento natural y la finura técnica, con despliegue, encargo y diligencia. Los galopes del argentino ya son pura poesía lírica de Mestalla. Ídolo.

La Champions le dio al Valencia dos ganchos consecutivos en el mentón, pero cuando todos imaginábamos la lona, apareció Rafa Benítez para llevarlo al pináculo con el siglo XXI recién estrenado. En pleno Real Madrid de galácticos, la humildad ganó la batalla. Fueron las Ligas del arresto, la creencia, la adhesión y la familiaridad. Con el mejor portero, quizá, de toda la historia centenaria: Santiago Cañizares. Un personaje peculiar que transmitía liderazgo y paraba todo lo que le echases. Hasta un bote de colonia con el pie. Los llantos de Milán se convirtieron en felicidad desmedida. Un ‘Dragón’ que cuando decidía abrir las alas, salvaguardaba todo el oro adquirido.

Es injusto recordar a unos pocos porque lo merecen todos. Pero en una pieza centenaria es obligado sintetizar. A nadie se le olvida la pasión y testosterona del ‘Kily’ González; la polivalencia de un guerrero como Marchena; el crecimiento y competitividad de Andrés Palop; la temporada excelsa de Mista, el mando del ‘Flaco’ Pellegrino, que ya dejaba patente en el campo a lo que se iba a dedicar una vez finiquitada su carrera como futbolista; el oportunismo ratonero de Juan Sánchez; el corazón de Rufete o Curro Torres…

Pero si hay que detenerse en seco y sin derrapar se ha de hacer con cinco piezas de coleccionista. Cinco nombres que marcaron un por qué en la extensión de un club que tuvo su culminación en 2004 cuando fue nombrado mejor equipo del mundo: Roberto Fabián Ayala, David Albelda, Rubén Baraja, Vicente Rodríguez y Pablo César Aimar.

Ayala fue el comandante al que pegarte en noches de batalla. Central de una jerarquía majestuosa, con una mirada penetrante que te hacía vaciar los bolsillos por si se le ocurría subir al siguiente nivel. Nunca vi saltar tanto a un futbolista de tan corta envergadura. Rebotado en muelles, se elevaba para manifestar a los rivales su preponderancia. De los que en la barra del bar, sin un euro encima, te pide una botella de whisky y se la entregas sin rechistar. Y si te pide una segunda, calcas la operación, diciéndote a ti mismo que algún día pasará a pagarte. Aunque en el fondo creas que es mejor así. Por si te pide una tercera y se le frunce el ceño. Como hizo con Drogba en la final de la UEFA. Un salto suyo dio la gloria en La Rosaleda 31 años después mientras pedía calma. Raza, huevos del tamaño de un nórdico de invierno, canchero e impenetrable. El auténtico líder de la retaguardia. Un coloso.

Baraja y Albelda. Albelda y Baraja. Un cromo de dos caras que durante más de una década se ha intentado tener repetido, pero que el fútbol demostró, también por su evolución, que es imposible. David Albelda fue el Puchades del que me habló mi abuelo, el de toda una carrera en su equipo del corazón rechazando ofertas superiores de clubes con mayor solera económica. Un guardia de seguridad que si buscabas ir de listo, te lo explicaba rapidito. Una bestia física con una inteligencia táctica sorprendente. Capitán del Valencia glorioso y solucionador de grietas. Apagafuegos profesional. Destinado a ensombrecer las virtudes en ataque del rival y compañero de viaje del arquitecto. El que trazaba los planos con exactitud. El ‘Pipo’ Baraja fue la repanocha. Milimétrico en desplazamientos de larga distancia, con un manejo de las dos piernas asombroso y con una llegada monstruosa. La segunda vuelta de la temporada 2001-2002 fue el mejor ejemplo. El testarazo perfecto ante el Oporto en la Supercopa de Europa, los dos goles al Espanyol remontando y con inferioridad en la primera Liga y el 0-2 definitivo en Sevilla en la segunda, acercaron el metal a las vitrinas de Mestalla. Un icono sobre el que levantar un proyecto ganador.

Vicente fue al doblete de 2004 lo que un profesor a sus alumnos. Una temporada de enseñanzas y muestras a nivel europeo del que fue mejor futbolista de banda izquierda del continente. Cuchillo afilado como ninguno, desarboló laterales con la misma facilidad que entra la sopa en el gaznate. Con una pierna izquierda superdotada no se cansó de dar asistencias y de sumar goles importantísimos. Como el 0-1 en el Sánchez Pizjuán, la tarde de la consecución del sexto y último campeonato doméstico. Un bandido del regate, un historiador de centros. A partir de ahí, en Bremen, comenzó un drama que acabó con la disolución paulatina del de Benicalap. 

Y el recuerdo de Pablito, ¿qué? El generador de sonrisas. Es justo reconocer que su incidencia y regularidad estuvo alejada de los recién nombrados, pero fue otro futbolista que marcó la nueva generación. Con ese aspecto pávido, andrajoso y con una cara angelical con la que no podía luchar se presentó ante la multitud el día del United en Champions. Pocas actuaciones individuales sobreexcitaron tanto a una afición. Faltas de respeto futbolísticas constantes a Stam y Roy Keane, una pureza pulcra en el contacto con su mejor amigo llamado cuero. Daba la sensación de caminar entre nubes. El de Río Cuarto jamás tuvo un físico homérico, nunca fue superior al compañero por músculo y arena. Solo fue un niño con unas destrezas bestiales para jugar a fútbol. Era el perito que todo equipo necesita. Un ilustrado que marcaba los tiempos y te ponía en sobre aviso cada vez que caminaba junto a su amigo. No todos supieron descifrar sus códigos pero Mestalla fue partícipe de su liturgia. Un pibe inmortal en la memoria de una hornada de murciélagos hambrientos de referentes.

Con el ocaso del mejor Valencia centenario -así lo corroboraron sus títulos- fue el turno de los menudos. Los que, incomprensiblemente, ganaron solo la Copa del Rey de 2008 en el Vicente Calderón ante el Getafe. Llegó el momento de aquellos locos bajitos que no dejaron de joder con la pelota. Juan Mata, David Silva y David Villa cogieron el dificilísimo reto de devolver a los blanquinegros a la cúspide de la pirámide. No fue posible porque se venía de la época de mayor bonanza, pero sí dejaron una impronta inalterable.

Mata, ninguneado por Quique y rescatado por Koeman, qué paradoja, fue el socio perfecto de los dos ´Davides’. Zurda descarada e irreverente que fue madurando con el paso de los partidos. Recuerdo el incremento de su incidencia, hasta convertirse en la gran estrella del equipo, una vez Villa y Silva decidieron comprar billetes para otro trayecto. A Juanín hay que agradecerle la rotura del hielo en la final de Copa a orillas del Manzanares. Un vanguardista en muchos aspectos. Valencia, y él lo sabe, siempre será su hogar. Como el de Silva. El de Arguineguín, que bajó al barro en Ipurúa y comenzó a escuchar música clásica en Vigo, regresó con la ardua función de hacer olvidar a Pablo Aimar. Y en parte, lo consiguió. Uno de los mayores talentos que ha parido nuestro país junto a Andrés Iniesta o Xavi Hernández. Donde otros se ahogan cuando ven bosques de piernas, Silva disfrutaba como un gorrino en una charca. Su lectura del espacio en zona de influencia era perfecta, su capacidad de asociación era casi vejatoria para sus contrincantes y su nivel técnico de alguien bendecido por los Dioses. Le faltó gol para estar definitivamente en el olimpo. El que sí lo pisó como devorador fue David Villa. En el cielo había una máxima, Dios perdona, pero “el Guaje” no. Los metió de todos los colores, con las dos piernas, de cabeza, en distancia corta y larga, de vaselina, chilena o advirtiendo a los porteros que las sotanas podrían ser muy útiles. Un depredador salvaje. Máximo goleador de la historia con la camiseta de la selección. Hombre básico para dibujar en Sudáfrica la única estrella bordada de la que disfrutamos todos los españoles. Un auténtico martirio para sus defensores. Algo así como expulsar una piedrecita del riñón. En Mestalla, cuando Villa se asentó tras su debut y primer gol en La Romareda, se sabía siempre cuál era el desenlace si enfilaba portería. A veces oportunista y en ocasiones de la familia de Juan Palomo. Un delantero de leyenda que marcó 125 goles en 208 partidos oficiales, convirtiéndose durante el lustro que estuvo en el Valencia, en un abuso constante. Los de Mestalla tuvieron que venderlo al Barça, también por petición personal obvia, por 40 millones de euros y por necesidades del guión económico. Me pregunto cuánto valdría el David Villa che con el mercado futbolístico actual. Sin duda, no bajaría de 300. 

La historia sigue y continuará dejando mimbres para que en las próximas décadas recojan el testigo otros amantes de la cronología y de los hechos. Mi aventura centenaria disfrutó de esas inyecciones. Primero con los relatos de mi abuelo y, después, con las vivencias de mi padre. Que nadie dude que mi hija, a punto de llegar en este marzo de 2019 -no puede ser casualidad- tendrá su correspondiente dosis. 

Por tus 100 años de vida, por tu creación, por la propagación de valores y por un sentimiento extraordinario, solo me queda que celebrar contigo tu onomástica. De la mano. Con un final de temporada que la dicha ha querido que se antoje apasionante. Los de ahora no estaremos pero sí otros para volverte a congratular cuando vuelvas a cumplir otro siglo. De momento disfrutemos del primero que ha venido cargadito de emociones. 

¡¡¡ Feliz centenario, Valencia !!! ¡¡¡ Amunt Valencia !!!

Sp_

siguenos en:

©2019 Copyright Sphera Sports | Derechos reservados

(sigue desde final de Parte 1)

Aterrizó Leonardo Nacimiento de Araújo, un talento brasileño con una técnica selecta, con una velocidad perversa y con una capacidad tremenda de elaborar goles fantásticos. Se apagó en el Valencia de Guus Hiddink en dos temporadas pero siempre estará en la retina el gol ante el Cádiz en el Ramón de Carranza tras regatear a medio equipo gaditano. Recuerdo a Robert Fernández. Su despliegue, su raza y su cabezazo ante el Real Madrid para remontar en un abrir y cerrar de ojos. Mestalla fue un estruendo. Con las vallas aún como protagonistas, la gente se agarraba estando fuera de órbita. Era como querer salir de un manicomio elevados en esas barras del éxtasis. También repasa mi memoria la llegada del rumano Belodedici, la primera aparición en moto de Mendieta o el fichaje del que, posiblemente, sea el mejor futbolista que vi en Mestalla: Pedrag Mijatovic. Es lógico que el desenlace desvanezca todo lo que hizo en un terreno de juego. La traición a una afición tras prometer que permanecería en el Valencia fue lo que se convirtió en daga. Y lo entiendo. Lo sufrí soberanamente. Y más con el cambio hormonal por bandera. Pero sus cualidades eran de un elegido. Velocidad diabólica, técnicamente lustroso, con un golpeo a balón parado excitante, con visión periférica para asistir y con una capacidad de facturación inverosímil. Su gol al Logroñés desde el centro del campo, o al Barça en el Camp Nou, la vaselina ante el Werder Bremen, su arte marcial en el Carlos Belmonte, las faltas directas que eliminaban las telarañas de las escuadras, sus banderillas a Real Madrid, Athletic y Atlético… fue un todo. El más completo que vi. Con Luis Aragonés adquirió una dimensión estratosférica. En la actualidad estaría poniéndose la servilleta para sentarse en determinadas mesas selectas. La Final del agua de 1995 (Copa del Rey) ante el Deportivo de la Coruña mereció el título para elevarlo a los altares. Con el Bernabéu encharcado e impracticable levantó una pelota franca por encima de la barrera desatando la histeria de una generación que ansiaba títulos tras el paso por el infierno. ‘Pedja’ destrozó un trono ganado a pulso con sus juramentos incumplidos y eso le privará, con razón, de convertirse en uno de los más grandes de la historia del VCF. Una leyenda ha de serlo en el corazón de la gente. Y aunque en el césped hubo pocos como él, lo dilapidó con su ingratitud y con sus desplantes futuros cada vez que pisó Mestalla.

Presente está el aplomo y equilibrio del gran Mazinho; las últimas gotas de Zubizarreta; los bailes de Viola que contagiaban a todos mientras se tapaba la cara. Con ese peinado escabroso plagado de rayas; el fichaje de Karpin para hacer olvidar al montenegrino de Podgorica; las disputas en pleno partido entre “el Burrito” Ortega con Farinós para patear un penalti. Ese 3-4 en el Camp Nou estará guardado para siempre, Ariel; la llegada rimbombante de Romario y ese “míreme a los ojitos” con Don Luis; “lo de Leandro” en el Calderón; el aterrizaje de verdaderos mitos como Angloma, Carboni o Djukic; la media temporada feroz de un despilfarro de talento como “La Cobra” Adrian Ilie…

Pero los últimos años del siglo XX tuvieron el sello de dos futbolistas legendarios. Dos de los que quedan marcados para una generación: Gaizka Mendieta y Claudio Javier “el Piojo” López. 

El todoterreno rubio, capitán y profesor de hipnosis desde los once metros con los porteros rivales, significó el arraigo melancólico. Un futbolista imponente, dominador de todas las facetas. En el centro del campo asignaba su ley. Creaba, barría y asomaba. Con su frialdad característica llevó la bandera embrionaria del mejor Valencia de la historia. El gol de San Mamés, sentando vascos como quien sortea bolos, el definitivo en esa goleada para el recuerdo ante el San Marino de Concha Espina en una Copa del Rey, la de 1999 de la Cartuja, que sirvió para que las nuevas remesas de valencianistas -ahí bramaba- celebrase su primer título veinte años después. Pero Mendieta quiso ser inmortal con uno de los goles más plásticos y precisos que se recordarán. Con la delicadeza de un cirujano. Controló con el pecho de espaldas, amortiguó con el muslo, hizo un sombrero con la derecha y definió de zurda dejando a Molina y a los atléticos en estado de shock. Después, capitaneó a los de Cúper a dos finales de la Champions, donde marcó ante el Bayern de penalti en esa noche fúnebre y sombría. Mendieta se fue, con Pedro Cortés cumpliendo su palabra, y no lo hizo donde él quería, pero dejó, además de lo económico (Fiore y Corradi no cuentan), una estampa de indisoluble recuerdo. 

Claudio López, compañero de hazañas de ‘Mendi’, tuvo una primera temporada muy difícil. Hasta tal punto que estuvo muy cerca de salir del club. Pero Ranieri le encontró el acomodo necesario para explotar al máximo sus condiciones. Un torbellino inabordable. Le mandabas un sofá a cincuenta metros y era siempre el primero en sentarse. Al espacio era devastador. Te trasquilaba solo con verlo pasar en carrera. El auténtico demonio de Van Gaal y del barcelonismo. Era alucinante comprobar la hegemonía del de Río Tercero cada vez que veía el blaugrana delante de sus narices. Desquició a la culerada en Mestalla y Camp Nou, en Liga, Copa y Champions. En la final de Sevilla de 1999 dejó un doblete de orgullo, sentimiento y desgarro. Empalando con la izquierda, primero, y dejando a Molina en silla de ruedas persiguiéndole, después. El PSV también probó la anestesia del Piojo en Champions. El golazo de Eindhoven es uno de los enmarcados en su vitrina. Un futbolista que suplió la delicadeza con el balón, el talento natural y la finura técnica, con despliegue, encargo y diligencia. Los galopes del argentino ya son pura poesía lírica de Mestalla. Ídolo.

La Champions le dio al Valencia dos ganchos consecutivos en el mentón, pero cuando todos imaginábamos la lona, apareció Rafa Benítez para llevarlo al pináculo con el siglo XXI recién estrenado. En pleno Real Madrid de galácticos, la humildad ganó la batalla. Fueron las Ligas del arresto, la creencia, la adhesión y la familiaridad. Con el mejor portero, quizá, de toda la historia centenaria: Santiago Cañizares. Un personaje peculiar que transmitía liderazgo y paraba todo lo que le echases. Hasta un bote de colonia con el pie. Los llantos de Milán se convirtieron en felicidad desmedida. Un ‘Dragón’ que cuando decidía abrir las alas, salvaguardaba todo el oro adquirido.

Es injusto recordar a unos pocos porque lo merecen todos. Pero en una pieza centenaria es obligado sintetizar. A nadie se le olvida la pasión y testosterona del ‘Kily’ González; la polivalencia de un guerrero como Marchena; el crecimiento y competitividad de Andrés Palop; la temporada excelsa de Mista, el mando del ‘Flaco’ Pellegrino, que ya dejaba patente en el campo a lo que se iba a dedicar una vez finiquitada su carrera como futbolista; el oportunismo ratonero de Juan Sánchez; el corazón de Rufete o Curro Torres…

Pero si hay que detenerse en seco y sin derrapar se ha de hacer con cinco piezas de coleccionista. Cinco nombres que marcaron un por qué en la extensión de un club que tuvo su culminación en 2004 cuando fue nombrado mejor equipo del mundo: Roberto Fabián Ayala, David Albelda, Rubén Baraja, Vicente Rodríguez y Pablo César Aimar.

Ayala fue el comandante al que pegarte en noches de batalla. Central de una jerarquía majestuosa, con una mirada penetrante que te hacía vaciar los bolsillos por si se le ocurría subir al siguiente nivel. Nunca vi saltar tanto a un futbolista de tan corta envergadura. Rebotado en muelles, se elevaba para manifestar a los rivales su preponderancia. De los que en la barra del bar, sin un euro encima, te pide una botella de whisky y se la entregas sin rechistar. Y si te pide una segunda, calcas la operación, diciéndote a ti mismo que algún día pasará a pagarte. Aunque en el fondo creas que es mejor así. Por si te pide una tercera y se le frunce el ceño. Como hizo con Drogba en la final de la UEFA. Un salto suyo dio la gloria en La Rosaleda 31 años después mientras pedía calma. Raza, huevos del tamaño de un nórdico de invierno, canchero e impenetrable. El auténtico líder de la retaguardia. Un coloso.

Baraja y Albelda. Albelda y Baraja. Un cromo de dos caras que durante más de una década se ha intentado tener repetido, pero que el fútbol demostró, también por su evolución, que es imposible. David Albelda fue el Puchades del que me habló mi abuelo, el de toda una carrera en su equipo del corazón rechazando ofertas superiores de clubes con mayor solera económica. Un guardia de seguridad que si buscabas ir de listo, te lo explicaba rapidito. Una bestia física con una inteligencia táctica sorprendente. Capitán del Valencia glorioso y solucionador de grietas. Apagafuegos profesional. Destinado a ensombrecer las virtudes en ataque del rival y compañero de viaje del arquitecto. El que trazaba los planos con exactitud. El ‘Pipo’ Baraja fue la repanocha. Milimétrico en desplazamientos de larga distancia, con un manejo de las dos piernas asombroso y con una llegada monstruosa. La segunda vuelta de la temporada 2001-2002 fue el mejor ejemplo. El testarazo perfecto ante el Oporto en la Supercopa de Europa, los dos goles al Espanyol remontando y con inferioridad en la primera Liga y el 0-2 definitivo en Sevilla en la segunda, acercaron el metal a las vitrinas de Mestalla. Un icono sobre el que levantar un proyecto ganador.

Vicente fue al doblete de 2004 lo que un profesor a sus alumnos. Una temporada de enseñanzas y muestras a nivel europeo del que fue mejor futbolista de banda izquierda del continente. Cuchillo afilado como ninguno, desarboló laterales con la misma facilidad que entra la sopa en el gaznate. Con una pierna izquierda superdotada no se cansó de dar asistencias y de sumar goles importantísimos. Como el 0-1 en el Sánchez Pizjuán, la tarde de la consecución del sexto y último campeonato doméstico. Un bandido del regate, un historiador de centros. A partir de ahí, en Bremen, comenzó un drama que acabó con la disolución paulatina del de Benicalap. 

Y el recuerdo de Pablito, ¿qué? El generador de sonrisas. Es justo reconocer que su incidencia y regularidad estuvo alejada de los recién nombrados, pero fue otro futbolista que marcó la nueva generación. Con ese aspecto pávido, andrajoso y con una cara angelical con la que no podía luchar se presentó ante la multitud el día del United en Champions. Pocas actuaciones individuales sobreexcitaron tanto a una afición. Faltas de respeto futbolísticas constantes a Stam y Roy Keane, una pureza pulcra en el contacto con su mejor amigo llamado cuero. Daba la sensación de caminar entre nubes. El de Río Cuarto jamás tuvo un físico homérico, nunca fue superior al compañero por músculo y arena. Solo fue un niño con unas destrezas bestiales para jugar a fútbol. Era el perito que todo equipo necesita. Un ilustrado que marcaba los tiempos y te ponía en sobre aviso cada vez que caminaba junto a su amigo. No todos supieron descifrar sus códigos pero Mestalla fue partícipe de su liturgia. Un pibe inmortal en la memoria de una hornada de murciélagos hambrientos de referentes.

Con el ocaso del mejor Valencia centenario -así lo corroboraron sus títulos- fue el turno de los menudos. Los que, incomprensiblemente, ganaron solo la Copa del Rey de 2008 en el Vicente Calderón ante el Getafe. Llegó el momento de aquellos locos bajitos que no dejaron de joder con la pelota. Juan Mata, David Silva y David Villa cogieron el dificilísimo reto de devolver a los blanquinegros a la cúspide de la pirámide. No fue posible porque se venía de la época de mayor bonanza, pero sí dejaron una impronta inalterable.

Mata, ninguneado por Quique y rescatado por Koeman, qué paradoja, fue el socio perfecto de los dos ´Davides’. Zurda descarada e irreverente que fue madurando con el paso de los partidos. Recuerdo el incremento de su incidencia, hasta convertirse en la gran estrella del equipo, una vez Villa y Silva decidieron comprar billetes para otro trayecto. A Juanín hay que agradecerle la rotura del hielo en la final de Copa a orillas del Manzanares. Un vanguardista en muchos aspectos. Valencia, y él lo sabe, siempre será su hogar. Como el de Silva. El de Arguineguín, que bajó al barro en Ipurúa y comenzó a escuchar música clásica en Vigo, regresó con la ardua función de hacer olvidar a Pablo Aimar. Y en parte, lo consiguió. Uno de los mayores talentos que ha parido nuestro país junto a Andrés Iniesta o Xavi Hernández. Donde otros se ahogan cuando ven bosques de piernas, Silva disfrutaba como un gorrino en una charca. Su lectura del espacio en zona de influencia era perfecta, su capacidad de asociación era casi vejatoria para sus contrincantes y su nivel técnico de alguien bendecido por los Dioses. Le faltó gol para estar definitivamente en el olimpo. El que sí lo pisó como devorador fue David Villa. En el cielo había una máxima, Dios perdona, pero “el Guaje” no. Los metió de todos los colores, con las dos piernas, de cabeza, en distancia corta y larga, de vaselina, chilena o advirtiendo a los porteros que las sotanas podrían ser muy útiles. Un depredador salvaje. Máximo goleador de la historia con la camiseta de la selección. Hombre básico para dibujar en Sudáfrica la única estrella bordada de la que disfrutamos todos los españoles. Un auténtico martirio para sus defensores. Algo así como expulsar una piedrecita del riñón. En Mestalla, cuando Villa se asentó tras su debut y primer gol en La Romareda, se sabía siempre cuál era el desenlace si enfilaba portería. A veces oportunista y en ocasiones de la familia de Juan Palomo. Un delantero de leyenda que marcó 125 goles en 208 partidos oficiales, convirtiéndose durante el lustro que estuvo en el Valencia, en un abuso constante. Los de Mestalla tuvieron que venderlo al Barça, también por petición personal obvia, por 40 millones de euros y por necesidades del guión económico. Me pregunto cuánto valdría el David Villa che con el mercado futbolístico actual. Sin duda, no bajaría de 300. 

La historia sigue y continuará dejando mimbres para que en las próximas décadas recojan el testigo otros amantes de la cronología y de los hechos. Mi aventura centenaria disfrutó de esas inyecciones. Primero con los relatos de mi abuelo y, después, con las vivencias de mi padre. Que nadie dude que mi hija, a punto de llegar en este marzo de 2019 -no puede ser casualidad- tendrá su correspondiente dosis. 

Por tus 100 años de vida, por tu creación, por la propagación de valores y por un sentimiento extraordinario, solo me queda que celebrar contigo tu onomástica. De la mano. Con un final de temporada que la dicha ha querido que se antoje apasionante. Los de ahora no estaremos pero sí otros para volverte a congratular cuando vuelvas a cumplir otro siglo. De momento disfrutemos del primero que ha venido cargadito de emociones. 

¡¡¡ Feliz centenario, Valencia !!! ¡¡¡ Amunt Valencia !!!

etiquetas:

_Otros

Proyectos que suman

Sara Giménez @_SaraGimenez
22-12-2021

_Otros

La mentira de Serdar Çoban

Diego G. Argota @DiegoGArgota21
17-12-2021