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100 años de vuelos y sentimiento (Parte 1)

Domingo Ortiz @Domingortiz 18-03-2019

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Llegó. La fecha remachada desde hace décadas.La que parecía que jamás iba a atropellarnos. 18 de marzo de 2019. El Valencia cumple 100 años de existencia. Sí, un siglo de presencia y supervivencia. De ilusiones por un escudo, de regodeos y metales levantados, de sinsabores diáfanos, de conmociones difíciles de desentrañar y abultados desenfrenos al borde de la monomanía y demencia. Un centenario de grandeza e historia donde Octavio Augusto Milego Díaz, Gonzalo Medina Pernas, Pascual Gascó Ballester, Julio Gascó Zaragoza, Andrés Bonilla Folgado, Fernando Marzal Queralt, José Llorca Rodríguez y Adolfo de Moya dieron forma a un acta de constitución barruntada en las periódicas reuniones en el Bar Torino, situado en la actual calle Barcelonina, junto a la Plaza del Ayuntamiento. Aunque actualmente desaparecido, la historia estrecha la efeméride con una placa en el mismo punto donde se gestó lo que hoy es un sentimiento perenne e indestructible.

Cuando el Gobierno Civil aprobó los estatutos, el Valencia Football Club -así se llamó en sus raíces- quedó reconocido como sociedad recreativa un 18 del mes fallero de 1919. Sin campo propio todavía, un descampado que había en la barriada de Algirós fue el terreno donde se empezó a forjar a fuego esta historia maravillosa. Fueron cuatro años de fútbol, con alquiler y saneamientos previos por los propios directivos y jugadores, hasta la inauguración de Mestalla el 20 de mayo de 1923. Su nombre responde a la acequia que circulaba junto a la grada sur del estadio. De 1969 a 1994 cambió su nomenclatura a Luis Casanova, en tributo a uno de los mejores presidentes de la historia del club e inspirador de la mayor metamorfosis del estadio en los años 50.

El sendero cronológico hasta la actualidad se recoge en numerosos ejemplares de obligada lectura, específicos del desglose de un centenario señero y sublime. Pero en esta pieza antepongo aferrarme a vivencias y transfusiones. De infante ya escuchaba mundologías. Mi abuelo me habló de Manolo Mestre, natural de mi pueblo (Oliva), de su liderazgo, jerarquía y clase siendo central. De cómo pasó toda su carrera en el VCF (13 temporadas) aglutinando 323 partidos con la camiseta del murciélago. Incluso siendo entrenador del primer equipo en tres momentos puntuales. De Salvador Llopis ‘Cota’, también natural de Oliva, y uno de los porteros campeones de la Liga de 1971 junto al mítico Abelardo. Obviamente de la capitanía, fidelidad y grandeza de ‘Tonico’ Puchades, uno de los más grandes de la historia del Valencia; del eterno Pasieguito; de los once años de Edmundo Suárez de Trabanco ‘Mundo’, al que se le caían los goles a chorro hasta convertirse en el máximo anotador de toda la trayectoria centenaria (269). De esa delantera eléctrica que formó con Epi, Amadeo, Asensi y Gorostiza; del incontenible arrollador de cinturas Mañó; de Piquer y Sendra. De Vicent Guillot. También de Roberto Gil, una de las máximas expresiones del ‘hombre de club’ por antonomasia. Y de muchos más.

Pero mi abuelo, por eso del orgullo de un pueblo, comenzó a recitar los recuerdos por la hinchazón demográfica. Después, fue turno de mi padre. Lo de un sentimiento que va de generación en generación, ya saben. De la zurda eléctrica del argentino Valdez; de un centrocampista legendario que aglutinaba esfuerzo y talento por igual. Ídolo de una generación por ser portador de unos valores incalculables: Pep Claramunt; de la máquina brasileña perforadora de redes que acabó convirtiéndose en el segundo máximo goleador de la historia, Waldo Machado; de Forment, Fernando Morena, Carrete o Carlos “el Lobo” Diarte. Y del alemán insaciable Rainer Bonhof. Así como del talento inagotable de Daniel Solsona y Javier Subirats. Cuando rezó el nombre de Ricardo Arias ya fruncí el ceño. Comenzaba a solapar con el primer Valencia de mi memoria. Hablar del central de Catarroja es hacerlo de una institución. De un futbolista que llevó bordado el escudo durante 16 temporadas (618 partidos), convirtiéndose en el segundo jugador con más participaciones en los cien años, solo por detrás de una eminencia, el catedrático Fernando Gómez Colomer.

De repente, los ojos comenzaron a humedecerse. Algo estaba ocurriendo. Y no parecía que fuese a ser un tema vacuo, nimio o pueril. La antesala ya avisaba que estábamos ante algo privativo. Empezó departiendo sobre melena al viento y aspecto desaliñado, prosiguió con admiración sobre un fútbol poco refinado pero efectivo en grado sumo y lo cerró con el nombre de Mario Alberto Kempes Chiodi. La nostalgia de Bell Ville. Nunca podré perdonarles no haber sido coetáneo del, para la gran mayoría, el mejor futbolista de la historia del Valencia. El icono internacional, campeón del Mundial con Argentina y con protagonismo supremo, que dibujó tantas sonrisas a finales de los setenta y principios de los ochenta. No fueron los títulos -me decía-, que también, era la supremacía, hegemonía y casi deidad con la que arraigaba en cada escenario. “Era tener en el Valencia al Messi de la época”. Gallina de piel. 

A finales de los ochenta y con el nueve ya asomando en una nueva década, una vez superado el trago siniestro del descenso, tomé consciencia. El tonteo con la segunda división fue anterior a 1986. El gol de Miguel Tendillo a un Real Madrid que le valía el empate para ser campeón de Liga y las carambolas ocurridas, obraron un milagro puntual, pero no taparon las miserias de esos funestos años que acabaron con el hundimiento perentorio e inaplazable. Fue solo una pesadilla de 365 días y fue la cantera por obligación quien devolvió al Valencia a su hábitat natural. Mi memoria ya dibuja los vuelos de Sempere y Ochotorena; las galopadas de Quique Sánchez Flores por su carril derecho; el carácter, compromiso y sentimiento de Nando, Voro, Camarasa y Giner; los bellísimos goles y la clarividencia pausada e impagable de Fernando; Arroyo, Bossio y Enric Cuxart; las vacunas del escurridizo Eloy Olaya y la llegada de un búlgaro que se convertiría en ídolo de toda una generación: Luboslav Mladenov Penev. Su aparición supuso una explosión mediática en el resurgimiento del VCF con el afán de ayudar al club a recuperar ese carácter bronco. Delantero centro alto, técnico, poderoso físicamente y con velocidad. Con un espíritu montaraz e inconformista. Bregador, currante y con un sacrificio a prueba de bombas, se ganó pronto a Mestalla que hizo suyo un cántico mítico e inolvidable: el “Lubo, Lubo” en un Valencia que quería asentarse de nuevo en Primera y en el panorama europeo.

(sigue en la Parte 2) https://bit.ly/2HHfUgc

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Llegó. La fecha remachada desde hace décadas.La que parecía que jamás iba a atropellarnos. 18 de marzo de 2019. El Valencia cumple 100 años de existencia. Sí, un siglo de presencia y supervivencia. De ilusiones por un escudo, de regodeos y metales levantados, de sinsabores diáfanos, de conmociones difíciles de desentrañar y abultados desenfrenos al borde de la monomanía y demencia. Un centenario de grandeza e historia donde Octavio Augusto Milego Díaz, Gonzalo Medina Pernas, Pascual Gascó Ballester, Julio Gascó Zaragoza, Andrés Bonilla Folgado, Fernando Marzal Queralt, José Llorca Rodríguez y Adolfo de Moya dieron forma a un acta de constitución barruntada en las periódicas reuniones en el Bar Torino, situado en la actual calle Barcelonina, junto a la Plaza del Ayuntamiento. Aunque actualmente desaparecido, la historia estrecha la efeméride con una placa en el mismo punto donde se gestó lo que hoy es un sentimiento perenne e indestructible.

Cuando el Gobierno Civil aprobó los estatutos, el Valencia Football Club -así se llamó en sus raíces- quedó reconocido como sociedad recreativa un 18 del mes fallero de 1919. Sin campo propio todavía, un descampado que había en la barriada de Algirós fue el terreno donde se empezó a forjar a fuego esta historia maravillosa. Fueron cuatro años de fútbol, con alquiler y saneamientos previos por los propios directivos y jugadores, hasta la inauguración de Mestalla el 20 de mayo de 1923. Su nombre responde a la acequia que circulaba junto a la grada sur del estadio. De 1969 a 1994 cambió su nomenclatura a Luis Casanova, en tributo a uno de los mejores presidentes de la historia del club e inspirador de la mayor metamorfosis del estadio en los años 50.

El sendero cronológico hasta la actualidad se recoge en numerosos ejemplares de obligada lectura, específicos del desglose de un centenario señero y sublime. Pero en esta pieza antepongo aferrarme a vivencias y transfusiones. De infante ya escuchaba mundologías. Mi abuelo me habló de Manolo Mestre, natural de mi pueblo (Oliva), de su liderazgo, jerarquía y clase siendo central. De cómo pasó toda su carrera en el VCF (13 temporadas) aglutinando 323 partidos con la camiseta del murciélago. Incluso siendo entrenador del primer equipo en tres momentos puntuales. De Salvador Llopis ‘Cota’, también natural de Oliva, y uno de los porteros campeones de la Liga de 1971 junto al mítico Abelardo. Obviamente de la capitanía, fidelidad y grandeza de ‘Tonico’ Puchades, uno de los más grandes de la historia del Valencia; del eterno Pasieguito; de los once años de Edmundo Suárez de Trabanco ‘Mundo’, al que se le caían los goles a chorro hasta convertirse en el máximo anotador de toda la trayectoria centenaria (269). De esa delantera eléctrica que formó con Epi, Amadeo, Asensi y Gorostiza; del incontenible arrollador de cinturas Mañó; de Piquer y Sendra. De Vicent Guillot. También de Roberto Gil, una de las máximas expresiones del ‘hombre de club’ por antonomasia. Y de muchos más.

Pero mi abuelo, por eso del orgullo de un pueblo, comenzó a recitar los recuerdos por la hinchazón demográfica. Después, fue turno de mi padre. Lo de un sentimiento que va de generación en generación, ya saben. De la zurda eléctrica del argentino Valdez; de un centrocampista legendario que aglutinaba esfuerzo y talento por igual. Ídolo de una generación por ser portador de unos valores incalculables: Pep Claramunt; de la máquina brasileña perforadora de redes que acabó convirtiéndose en el segundo máximo goleador de la historia, Waldo Machado; de Forment, Fernando Morena, Carrete o Carlos “el Lobo” Diarte. Y del alemán insaciable Rainer Bonhof. Así como del talento inagotable de Daniel Solsona y Javier Subirats. Cuando rezó el nombre de Ricardo Arias ya fruncí el ceño. Comenzaba a solapar con el primer Valencia de mi memoria. Hablar del central de Catarroja es hacerlo de una institución. De un futbolista que llevó bordado el escudo durante 16 temporadas (618 partidos), convirtiéndose en el segundo jugador con más participaciones en los cien años, solo por detrás de una eminencia, el catedrático Fernando Gómez Colomer.

De repente, los ojos comenzaron a humedecerse. Algo estaba ocurriendo. Y no parecía que fuese a ser un tema vacuo, nimio o pueril. La antesala ya avisaba que estábamos ante algo privativo. Empezó departiendo sobre melena al viento y aspecto desaliñado, prosiguió con admiración sobre un fútbol poco refinado pero efectivo en grado sumo y lo cerró con el nombre de Mario Alberto Kempes Chiodi. La nostalgia de Bell Ville. Nunca podré perdonarles no haber sido coetáneo del, para la gran mayoría, el mejor futbolista de la historia del Valencia. El icono internacional, campeón del Mundial con Argentina y con protagonismo supremo, que dibujó tantas sonrisas a finales de los setenta y principios de los ochenta. No fueron los títulos -me decía-, que también, era la supremacía, hegemonía y casi deidad con la que arraigaba en cada escenario. “Era tener en el Valencia al Messi de la época”. Gallina de piel. 

A finales de los ochenta y con el nueve ya asomando en una nueva década, una vez superado el trago siniestro del descenso, tomé consciencia. El tonteo con la segunda división fue anterior a 1986. El gol de Miguel Tendillo a un Real Madrid que le valía el empate para ser campeón de Liga y las carambolas ocurridas, obraron un milagro puntual, pero no taparon las miserias de esos funestos años que acabaron con el hundimiento perentorio e inaplazable. Fue solo una pesadilla de 365 días y fue la cantera por obligación quien devolvió al Valencia a su hábitat natural. Mi memoria ya dibuja los vuelos de Sempere y Ochotorena; las galopadas de Quique Sánchez Flores por su carril derecho; el carácter, compromiso y sentimiento de Nando, Voro, Camarasa y Giner; los bellísimos goles y la clarividencia pausada e impagable de Fernando; Arroyo, Bossio y Enric Cuxart; las vacunas del escurridizo Eloy Olaya y la llegada de un búlgaro que se convertiría en ídolo de toda una generación: Luboslav Mladenov Penev. Su aparición supuso una explosión mediática en el resurgimiento del VCF con el afán de ayudar al club a recuperar ese carácter bronco. Delantero centro alto, técnico, poderoso físicamente y con velocidad. Con un espíritu montaraz e inconformista. Bregador, currante y con un sacrificio a prueba de bombas, se ganó pronto a Mestalla que hizo suyo un cántico mítico e inolvidable: el “Lubo, Lubo” en un Valencia que quería asentarse de nuevo en Primera y en el panorama europeo.

(sigue en la Parte 2) https://bit.ly/2HHfUgc

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