Valencia

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El superpredador de Mestalla

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Es un animal de área y está en la cima de la pirámide de la estructura ofensiva del Valencia. Tras una temporada y media en la que Simone Zaza, después del célebre fallo del penalti en la pasada Eurocopa, acumuló casi 300 días de sequía y perdió una a una todas sus certezas -aquellas que se abrazan a la confianza desbordante, a la agresividad incendiaria y a una pasión por el gol contagiosa-; la llegada de Marcelino a Mestalla ha vuelto a sacar punta y brillo al colmillo mortífero del italiano.

El delantero de Policoro es un dinamitador de las transiciones ataque-defensa del rival, pura carga explosiva para los contraataques de su equipo. Una cascada que atrae todos los afluentes posibles y que discurre a su antojo, y por fin con puntual regularidad y continuidad, en un sistema táctico edificado con esmero sobre un orden posicional preestablecido, plagado de movimientos coordinados y punzantes por parte de la doble punta y del extremo más vertical (Guedes), en una forma de devorar los espacios en amplitud y en profundidad tan certera como frenética que le va al pelo a Zaza, aunque no tenga.

Hay en cada disputa, en cada salto, en cada carrera, en cada desmarque y sobre todo en cada remate de Zaza una característica racial, un rasgo casi salvaje. Como si además de golpear al balón con un instinto felino exuberante y exacerbado en cada disparo, golpease al mismo tiempo un saco de boxeo para sacarse la ciclogénesis que va acumulando por dentro mientras se desarrolla el juego y transcurren los minutos del partido. Una especie de revancha permanente consigo mismo que es la que siempre ha explicado su forma de competir y también su sobresaliente actual nivel. No es ninguna casualidad que el italiano haya sido ya sancionado con un partido de suspensión por acumulación de amarillas.

El tipo de nueve que es hoy Simone Zaza, reducido a revulsivo en su etapa en la Juventus, lo concibió por primera vez Antonio Conte para la selección italiana. De hecho, la dupla Zaza – Immobile fue la primera por la que apostó el actual entrenador del Chelsea. Esto es, situar como punta de lanza a una fuerza psicológica no del todo estable pero muy por encima de la media, ideada para “comerse el césped”, presionar de forma incansable y exprimir al máximo el juego directo y los envíos laterales, dentro de una estructura tremendamente organizada por detrás de su posición y, al mismo tiempo, que enfatiza y necesita a partes iguales de su dinamismo y de su voracidad.

Una intención, por tanto, muy similar a la de su presente técnico en Valencia, aunque ahora acompañada del mayor tacto con balón y la mejor lectura futbolística que posee Rodrigo, su actual pareja de correrías. La otra evidente ventaja añadida es que los de Marcelino García Toral buscan constantemente la verticalidad como aquella Italia de Conte, pero a través de ella, en cambio, son capaces de asomarse muchas veces al área rival apenas unos instantes después de robar el balón. Un marco que resulta ideal para que el impacto y el zarpazo letal de Zaza, como se está viendo, se multipliquen en beneficio propio y del equipo.

Zaza es, además, un tipo capaz de sacar petróleo de aparentes callejones sin salida por puro y fulgurante instinto cazador o de ofrecer definiciones extraordinariamente creativas cuando su estado de confianza alcanza sus máximos límites, tal y como se pudo ver recientemente en Vitoria en el primer caso, o ante el Sevilla en Mestalla en el segundo, con un baile a Simon Kjaer de los que se recuerdan con los años y al que solo le faltó que sonase ‘November Rain’ y hubiese por allí cerca una ponchera repleta y una bola de discoteca colgando del techo.

A su increíble ataque del espacio y a sus aptitudes de primer nivel para el remate desde muy variadas posiciones y con diversas partes del cuerpo (su reciente remate de cabeza ante el Celta es pura elasticidad, sin ir más lejos), suma una velocidad de ejecución que marca las diferencias, una defensa del balón muy reseñable a través de la utilización de su físico y del dominio del arte del choque, la capacidad de acumular el juego más directo, la generosidad para el pressing, y una puntería a la altura de muy poquitos delanteros centro en el mundo. De hecho, sus vigentes guarismos son prácticamente increíbles, ya que Zaza ha convertido diez goles con solamente trece disparos entre los tres palos.

El hecho de ser casi siempre el jugador del Valencia que menos participa y el que menos veces toca la pelota por partido bien podría suponer un límite en una contemporaneidad que exige a los arietes involucrarse activa y correctamente en el juego coral, sin embargo, Zaza no quiere eso y en este Valencia tiene todo lo que necesita y puede deshacerse de todo lo que le sobra para desatar su productividad y que su controvertido carácter suponga un valor añadido y ganador.

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Lo que Zaza quiere, en lugar de dejarse caer para ofrecer apoyos de continuidad, es pelear y ganar un balón dividido y correr como un poseso en busca del remate que sabe que tarde o temprano va a tener la oportunidad de cazar. Y entonces y solo entonces, a través de una cuestión mental y de medida de los tiempos precisos, es cuando el superpredador impone su ley, ya que Zaza es un especialista de sacar provecho de las distancias intermedias con respecto a sus marcadores: ni pegado al central -prefiere el cuerpo a cuerpo fuera del área- ni muy lejos de él, para medir tal y como hacen los guepardos, a la espera del momento exacto en el que lanzarse a por su presa, el gol.

La confianza ajena sin ambages ha desatado la propia y la serenidad del día a día es la que le lleva a sembrar el caos el día de partido. Zaza tiene todo para convertirse en uno de los delanteros míticos de Mestalla en la era reciente, con otro agitador como el Piojo como referencia, aunque de momento lo que se está dilucidando es saber quién es Zaza realmente y cómo será recordado, si como un buen y peleón nueve o como un delantero de Champions League, algo que no sabremos con seguridad hasta que no enlace al menos otra temporada al nivel que está mostrando en esta.

De lo que no hay duda es de que su mentalidad es un aguijón siempre desplegado, por ello, dentro de un estilo de fútbol colectivo al máximo, con cada rol y función perfectamente delimitados, con todos sus miembros enchufados y enfocados a las mismas metas y en torno a las mismas ideas y sintiéndose totalmente importante; Simone Zaza ha encontrado el hábitat perfecto para que sus cualidades de superpredador se impongan como nunca a través de un juego global vertebrado por el sacrificio, el orden y la disciplina táctica, pero también por el afán de mejora, la agresividad y el hambre. Y de eso Simone Zaza va más sobrado que nadie. Hasta el punto de representar a la perfección la ambición de este Valencia tan sumamente renovado, tan combativo y tan hambriento como él.

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