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Y como Arteche: feo, fuerte y formal

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Hazte así, tienes un delantero en el bigote bromea Ruiz con Arteche justo antes de abrazarle y justo después de vencer al Zaragoza en el Calderón por dos goles a cero. Es marzo de 1983. La liga no tiene apellido de banco y duopolio es una palabra que sólo aparece en la sección de economía de los periódicos. Tanto es así, que los maños se han presentado en Madrid con dos de los mejores delanteros de la competición: Valdano y Amarilla. Argentino y paraguayo terminarían esa temporada con 47 goles en liga, pero esa jornada no suman porque los dos centrales rojiblancos han decidido disfrazarse de John Wayne y Richard Widmark y transformar su portería en El Álamo. Arteche y Ruiz llevan 4 años compartiendo despacho en las trincheras del Manzanares, están a punto de encadenar ―con Luis en el banquillo― 10 victorias consecutivas en liga, y continuarán siendo la versión castiza de las Torres Gemelas durante 6 temporadas más. Hay leyendas que no se fabrican en un día.

 

Antes de que Giménez decidiera saltar la banca jugándose la cara donde otros no apostarían ni el pie. Antes de que Solozábal y Santi escoltaran a Molina para que el valenciano celebrara su trofeo Zamora el año del doblete. Cuando en el fútbol no había gomina ni tatuajes. Cuando los centrales no llevaban botas rosas. Cuando el sudor no se había abaratado y hablar de contundencia no te hacía parecer un candidato del Tea Party, si alguien merodeaba el área del Atlético tenía que vérselas con un tipo que se había incautado del coraje y el corazón del himno, un defensa noble y sano (y duro), un tipo que no vestía ni lucía el brazalete de capitán, lo enarbolaba. Si dicen western piensas en John Wayne. En los 80, si pensabas en rojiblanco, decir defensa era decir Juan Carlos Arteche.

En el epitafio de John Wayne nunca se leyó “Feo, fuerte y formal”. Él lo pidió, sí, y en español (se casó tres veces y sus tres esposas eran de origen hispano), pero durante 20 años en la tumba de Marion Robert Morrison (que así se llamaba en realidad) sólo pudo leerse su nombre artístico. No sé si feo (el ceño fruncido, la nariz torcida por algún golpe de juventud, el bigote crepuscular), pero Arteche era fuerte (casi 190 centímetros y 84 kilos); y era formal, que los buenos modales son esenciales para pelear. Pero sobre todo, era leal. Leal a un club que defendió aun a costa de verse obligado a abandonarlo por la puerta de atrás. Leal a unos principios que defendió hasta el final.

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Tiremos de flashbacks.
No sólo fue el autogiro y el submarino, en España también inventamos el autobús; al menos, fuimos los primeros en aparcarlo en la portería. La idea, la doctrina, la parió José María Maguregui. Sus críticos decían que era capaz de reconvertir en centrales hasta a los utilleros y que gustaba de incorporar un segundo portero en el minuto 60 para amarrar las derrotas por la mínima. Lo cierto es que no era para tanto. Maguregui y su filosofía de “un gol se puede marcar en cualquier momento, y si no, por lo menos habremos empatado” había devuelto al Racing de Santander (al Racing de los bigotes) a primera división a principios de los 70 y allí seguía en 1976 tras usar el ascensor un par de temporadas antes. Como decía su amigo Ondarru, lo que a Maguregui no le gustaba era ir a la guerra con una escopeta de madera.

El caso es que si un entrenador como Maguregui reclamó la vuelta al club de un joven de 19 años cedido en la Gimnástica de Torrelavega para ejercer de central titular de un Racing de primera, algo debió ver. Y es que ese Arteche casi adolescente era ya el material del que están hechos los defensas: era roca y pundonor, era músculo y trabajo, la pierna dura, el salto poderoso y el miedo en casa.

A John Wayne le ocurrió algo similar. Fue John Ford el que consiguió sus primeros papeles al Duque. Y si bien debutó como protagonista en “La gran marcha” de Raoul Walsh, fue en “La diligencia”, con John Ford en la dirección, cuando su estrella quedaba oficialmente inaugurada.

El caso es que si el mejor director de westerns de… el mejor director de la historia del cine decidió apostar por uno de los cientos de chicos para todo de los estudios Fox, algo debió ver en él. Y es que todo en Wayne era icónico: su balanceo al caminar para terminar apoyando el peso sobre la cadera, el volteo de un Winchester, su maldita forma de decir “pilgrim”.

 

Dos años en Santander le bastaron al cántabro para saltar a un grande. Arteche firma con 21 años por el Atlético de Madrid el 9 de junio de 1978. Coincide en sus dos primeras temporadas con Luís Pereira, un central brasileño que bajo el aspecto de peso semipesado escondía maneras de dandi con el balón en los pies. Cuando salía de la cueva, acelerando la carrera con los pies hacia dentro (sus tibias estaban deformadas de nacimiento) y fintando como un extremo habilidoso, detenía el pulso de la parroquia rojiblanca mezclando admiración y pánico a partes iguales. Pereira, sereno, sonreía.

Jugar con Pereira fue un curso intensivo de colocación y eficacia, “Las 1001 cosas que un central debería saber”. Y Arteche estudió para aprobar con nota. Pero le creció un pero. Sin vocación de líbero y mucho más limitado que el brasileño con el balón en los pies, tenía cierto recelo a salir de su posición con el balón controlado y el murmullo de la grada convertía sus pases en despejes en largo. El sambenito vino solo: aguerrido, eficaz, duro, sí, pero torpe. Cuando se deshizo de los grilletes de los complejos, Arteche se mostró como un defensa mucho menos obtuso de lo que cuenta la leyenda. Pero ya saben, esto es fútbol, esto es el Oeste, when the legend becomes fact, print the legend. De Algarrobo a Artechembauer. Ni tan calvo ni tanto. A Arteche el único apodo que le gustó fue el de “Rape” con el que le bautizó su compañero Pacheco.

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Aguerrido, eficaz, duro, sí, y goleador. Juan Carlos Arteche sigue siendo hoy día el defensa con más goles en la historia del Atlético de Madrid con 29 tantos. Era un excelso rematador de cabeza, más que por técnica, por su poderoso salto y por la falta de decoro propia de los centrales cuando van de visita al área contraria. De su repertorio destacan especialmente los dos intempestivos goles que marcó al Betis en el Calderón para sellar una remontada en noviembre del 83 que sorprendió a parte del público en la estación de Pirámides. Era un duelo directo por el liderato en la jornada 10 de liga  (recuerden, hubo una época en la que no todos los actores de la liga eran de reparto) y los verdiblancos contaban en su plantilla con jugadores de la talla de Rincón, Calderón, Gordillo o Cardeñosa. El partido se torcía con el tercer gol del Betis al comienzo del segundo tiempo (1-3) y aunque Votava acortaba diferencias rápidamente, a cinco de minutos del final los pesimistas y los que odian los atascos formaban alguna que otra cola en los vomitorios del estadio. Arteche pagó la entrada de los que aguardaron. Marcó en el 85 y mató el suspense en el 90. Ambos goles de cabeza, lesionándose al marcar el segundo de ellos. Arteche se dio una vuelta torera por el estadio para celebrar la victoria. En camilla. Con el menisco colgando.

 

Aguerrido, eficaz, duro, sí, y muy duro a veces. Aunque no era un camorrista como Vinnie Jones, ni un habitual de las tanganas, Arteche podía hacer suya aquella frase que John Wayne pronunciaba en Río Rojo: ―Cada vez que te des la vuelta, espera verme. Porque una vez, cuando te des la vuelta, estaré allí . El texto seguía con no sé qué de matar a Montgomery Clift pero, aclaremos, Arteche era tan duro como noble. Sí es cierto que Santillana quizá todavía conserve con cariño un autógrafo que el cántabro le firmó con los tacos de su bota o que le deba un partido a Amarilla cuando decidió sacarlo de un Barça-Atleti a los diez minutos de partido, pero, insistamos, Arteche era duro, no pendenciero.

Fue incluso duro hasta cuando no lo era. Andaba un domingo Miguel Muñoz por el Paseo de los Melancólicos cuando un ya gastado soniquete de “Arteche selección” procedente del Vicente Calderón debió ejercer de musa para que el seleccionador hiciera debutar con España a Arteche en noviembre del 86 ante Rumanía y ya con 29 años. En su segundo partido contra Albania marcó su primer y único gol con la selección antes de llegar a su cuarta internacionalidad contra Inglaterra en el Bernabéu. Decía Ángel Sotos, el veterano entrenador del juvenil rojiblanco, que para un atlético jugar de local en casa del eterno rival le hacía sentirse a uno tan extraño como un estraperlista comprando en Internet. El caso es que a Lineker le dio por amenizar la previa del partido con unas declaraciones en las que tildaba a Arteche de asesino. Sólo se habían enfrentado una vez en un partido que tuvo el nervio de un solteros contra casados, de ahí que al bueno de Arteche se le quedara la cara del que no carda la lana al leer la entrevista al delantero inglés. Todos los focos de la noche fueron para el duelo que iban a mantener ambos y lo que enfocaron fue uno de los peores partidos que se recuerdan de Arteche. Beardsley acuchilló la banda de Camacho una y otra vez para que Lineker destapara las carencias del cántabro con cuatro goles. Fue el último partido de Arteche con la selección.

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Lo de sacar a uno del contexto fue como cuando a Dick Powell le dió por vestir a John Wayne de mongol y ponerle un bigote fumanchú para “El conquistador”. Cambiarle el decorado al Duque (ni sombrero ni caballo ni camisas a media manga) funcionó en contadas excepciones: “¡Ha-ta-ri!”, “El día más largo” o “El hombre tranquilo”, por ejemplo. Pero claro, si en “El hombre tranquilo” no había desfiladeros sí había otras cosas. Había John Ford. Había Maureen O’Hara. Y había whiskey como para acabar con una sequía.

 

Aguerrido, eficaz, duro, sí, y también ejemplo a seguir. En la época anterior al gilifato, el Atlético iba engordando la contabilidad por la parte del debe y el director deportivo sólo tenía ojos para el Madrileño. Hasta con siete canteranos llegó a compartir once un Arteche que era el espejo en el que se miraban los primeros para reflejar esfuerzo y compromiso. Con el cántabro en el campo jamás se defendió en cursiva y los partidos empezaban en el entrenamiento del lunes.

Pero las deudas propiciaron el ascenso de Jesús Gil a la presidencia en junio de 1987 y con Gil llegó el brazalete de capitán para Arteche (tras la retirada de Ruiz), llegó Goikoetxea (si alguna vez, algo fue ostentóreo fue la pareja de centrales que formó con Arteche), llegó Futre, un teléfono en el jacuzzi y las maneras cesaristas de verbo fácil y zafio que cristalizaban en caspa cuando enfriaba la risa.

Ya en esa misma temporada, cuando el proyecto comenzó a descarriar, Arteche, tan capitán como siempre y más defensa que nunca, tiró de brazalete para defender a los jugadores a los que Gil criticaba alegremente en los medios. Las aguas no volvieron a su cauce pese al mítico 0-4 en Chamartín. Gil largó a Menotti, llamó a Ufarte, se lió con Maguregui y despidió a final de temporada a los veteranos Landáburu, Setién, Quique Ramos y al propio Arteche como cabecillas de un motín plasmado en una nota pública recriminando la actitud del presidente. Aunque Arteche y Gil sellaron la paz con un abrazo (y una reducción de sueldo y la cesión del brazalete de capitán a Futre) al inicio de la temporada 88-89, una entrevista de Gaspar Rosety al defensa provocaron el despido de un jugador que justo un año antes había sido definido por Gil como “genuino espíritu rojiblanco”. Y así fue como un polizón acabó tirando por la borda al capitán del barco que decidió retirarse del fútbol con tan solo 31 años. Quizá fue lo mejor. Si Ethan Edwards se quedó sin destino cuando volvió a levantar en brazos a su sobrina, si Tom Doniphon no tenía sitio en un Shinbone con ferrocarril y sin Liberty Valance, puede que Arteche tampoco tuviera cabida en un fútbol en el que empezaba el desembarco de presidentes bananeros y el papel de la prensa deportiva se tintaba de un amarillo mórbido. Arteche dejó el fútbol cuando los centauros silbaban ya un réquiem por ese deporte que dejaba de ser pan para convertirse en circo.

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Juan Carlos Arteche murió la noche del 12 al 13 de octubre de 2010 víctima de un cáncer de riñón. ―O el bicho o yo― había declarado en una entrevista a José Ramón de la Morena. El bicho, delantero tramposo se había plantado solo delante del riñón unos meses antes, pero el cirujano decretó fuera de juego y tarjeta amarilla por protestar. Por desgracia, siguió en el campo y acabó marcando para derrotar a Arteche. El cáncer, en aquella ocasión de estómago, también había acabado con la vida de John Wayne a los 72 años. El mito cuenta que el origen del cáncer estuvo en el rodaje de “El conquistador” en el desierto de Escalante en Utah, cerca de un territorio donde se habían realizado pruebas nucleares. Llámenme raro, pero opino que quizá tuvo algo que ver el hecho de que Wayne bebiera como si acabara de derogarse la Ley Seca y que fumara cinco paquetes de cigarrillos al día. Mal rival para batirse en duelo, el único más rápido que la enfermedad fue Bruce Dern, que acabó con John Wayne en “El último pistolero”, adelantándose así al cáncer que también sufría el personaje. Fue la última película de John Wayne.

A John Wayne le llegó el reconocimiento oficial en los Óscar de 1970 cuando recibió la estatuilla al mejor actor por interpretar al marshall ‘Rooster’ Cogburn en “Valor de ley”. Algo tarde quizá, si llego a saber esto, me pongo un parche en el ojo 35 años antes bromeó el Duque al recibir el premio. A Arteche ni siquiera eso. Un club amnésico malacostumbrado durante un tiempo a pisar su historia no dedicó un homenaje a un futbolista que defendió su escudo más de 300 partidos, que honró como pocos el dorsal número 4 que a otros les ha quedado enorme. Ni falta que hace. La afición no olvida ni traga con la propaganda del régimen; por eso, cuando las cosas se tuercen en el Calderón, la intendencia en la grada envía un mensaje al cielo de Madrid dirección Santander por la A1. Son señales de humo que sólo los indios de Fort Apache saben interpretar. Aplasta Arteche. Aplasta Atleti.

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