Champions League

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Y al final, el poder le ganó la partida al querer

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Joan Sagués 'KANTINU' – El partido fue muy de este año hasta el cabezazo de Sergio Ramos, y completamente fiel a la bien ganada fama de los contendietes a partir de entonces. A lomos del mejor y más decisivo defensa del mundo el Madrid volvió a reinar en Europa, tras 12 largos ejercicios sin justificar millonarias inversiones, y conquistó su cuarta Champions consecutiva no acompañada de la Liga. Esta vez, además, rizando el rizo de su ancestral pericia agónica con un gol en el minuto 93 que noqueaba a un Atleti corajudo y extenuado al que sólo un hilo de pasión mantenía en pie hasta ese momento.

No merecía final tan cruel la exhuberancia táctica y mental que ha exhibido el equipo de Simeone en el mejor año de su vida. Ha domino el curso el Atleti sin demasiada discusión pero ha llegado al final con la lengua fuera y, de no mediar un Barça en descomposición, se habría quedado sin nada de lo que tanto mereció. En el otro lado del río, en cambio, supieron atisbar presas más asequibles en año de mundial, y se hicieron con las competiciones del KO la temporada que sacaron en Liga un punto de doce ante Barça y Atleti.

Le ha bastado al Madrid post-Mou con un entrenador que optimizó hasta la sublimación la alienación del presidente, con la defensa que el portugués soñó y jamás consiguió (pese a contar con todos sus integrantes), con el vértigo de Di María y con dos distinguidos miuras delante que poco inciden pero todo lo deciden. Y con un Modric que le ha dado a este equipo todo lo que le faltaba, especialmente criterio.

Copa ante el Barça y Liga frente al Atleti son suficientes credenciales como para llevar a su terreno el debate del fútbol y el estilo, máxime cuando ha acabado los grandes partidos del año triplicando al rival en ocasiones de gol. El sonoro triunfo esta temporada de los sólidos y trabajados equipos madrileños señala al gran derrotado del curso los pecados en los que sus dirigentes no se han querido detener.

Esfuerzo diario, rigor táctico y conjura grupal. Nada de eso se ha intuído en un despistado Barça que, aún con todo, ha estado luchando Liga y Copa hasta el/la final. La Champions ya son palabras mayores. Igual que en la temporada anterior, cuando se le debió remontar un 2-0 a lo que queda del Milan, se tuvo que sacar al Leo Campeador para salvar los cuartos ante el PSG y se salió humillado de las semis ante el Bayern, la Champions ha vuelto a desnudar la decadencia del desgobierno.

Al comisionista fugado que todo lo aniquiló se le menciona poco y se le reclama menos, y a los herederos grises que se comen los marrones nadie les pide que se vayan. No en las tribunas mediáticas. Sólo el director deportivo recibe, no sin razón, los golpes del poder. A eso se ha reducido el Barça, que hasta hace nada dominaba el planeta fútbol con el toque y el oficio, con el esfuerzo en el campo y la gallardía en los despachos.

Nada de eso queda ya pero la gente, más allá de esa realidad virtual llamada Twitter, mantiene el mismo (y cómplice) silencio con que viene acompañado todas las tropelías deportivo-económico-sociales de Sandro y los suyos. Es un silencio, y son unas tropelías, que bien podemos identificar fuera del ámbito futbolístico, alejado de los estadios pero cercano a nuestra realidad cotidiana. Al día a día de millones de ciudadanos que esta noche comprobarán en el escrutinio que la vida que padecen es en realidad de otros, que su suerte final no les pertenece. Como el Barça, donde nunca pasa nada cuando lo dirijen los nacidos y educados para ello.

El culé empieza a sospechar que lo que vivió durante casi una década no fue más que una deliciosa irrealidad más propia de un sueño, o de una bendita fantasía, que de un Club con los intereses ancestralmente muy bien cobrados y repartidos. En el clímax del éxtasis Sandro convenció a las fuerzas vivas del país (ávidas ellas de ser convencidas) de recuperar al desmadrado Barça de Laporta, que todo lo ganaba y nada repartía.

El Barça, que consiguió sus cuatro Champions bajo el influjo cruyffista, se ha comido todas las blancas en color alejado del liderazgo del holandés que le hizo volar. Cuando no hay plan, o cuando éste no es futbolístico, no queda otra que vivir al día. Y en esas estamos. Sin Liga, sin Champions y sin elecciones. Para qué?, me pregunto yo. Si no hace ni dos meses, y con la que estaba cayendo en campo, FIFA y juzgados, ganaron las últimas con el 72% de los votos. El Barça tiene lo que vota.

No es el único, como escrutarán en una horas. No basta con querer cuando te enfrentas al poder.

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