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Wimbledon: Viaje al epicentro del Grand Slam (II)

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Pese a que Wimbledon albergó su primera edición en el año 1877, el torneo femenino no se estrenó hasta 1884 con la victoria de Maud Watson, hija de un vicario, que derrotó a su hermana Lillian en la primera final de la Historia.

En aquel año una semifinalista, Blanche Bingley, se abría paso en la esfera pública llegándose a proclamar campeona del torneo posteriormente hasta en seis ocasiones. Su facilidad para remontar encuentros y su gran oponente, Lottie Dod, inauguraron una de las primeras grandes rivalidades en el tenis femenino de la última década del siglo XIX y principios del siglo XX hasta la llegada de Dorothea Douglass –más tarde llamada Dorothea Lambert-Chambers, nombre de casada-.

La tenista de Ealing, fue heptacampeona de Wimbledon y una de las grandes dominadoras del tenis durante las dos primeras décadas del nuevo siglo. El testigo lo recogió la francesa Suzanne Lenglen con la final de 1919 del major británico. Allí, una joven gala de 20 años le enseñaba al mundo lo que era capaz de hacer también en el tenis de máxima categoría, pues fue campeona de todas y cada una de las competiciones junior. Aquel 1919 fue mágico para Lenglen ya que, hasta Wimbledon, venció en todos los partidos que jugó perdiendo tan solo siete juegos en los dieciséis partidos previos donde fue protagonista. La final acabó con 44 juegos disputados (el partido más largo hasta 1970) y la victoria de Lenglen (10-8 4-6 9-7) que acaparó todas las portadas de la prensa de la época.

 

 

En el año del 50º aniversario del torneo -1926-, una española, Lili Álvarez, estuvo a punto de adjudicarse el que hubiera sido el primer Grand Slam para España pero sucumbió ante Kitty McKane Godfree y, en años venideros, ante la campeona de 19 grandes, Helen Wills. Por aquella época, cabe destacar, que ninguna de las grandes tenistas europeas y norteamericanas disputó el Open de Australia, reservado para jugadoras locales.

Precisamente Wills sería la rival a tener en cuenta en la siguiente década bajo un dominio apabullante de la conocida como “cara de póker”, que ganó ocho Wimbledon. Destacada fue la final de 1935 ganada ante Jacobs tras un año y medio fuera de las pistas por una controvertida retirada entre abucheos en el US Open de 1933.

Una vez concluyó la Segunda Guerra Mundial, los años 50 estuvieron dominados por nombres como la precoz Maureen Connolly y Althea Gibson, ambas campeonas en el All England Club, y los 60 vieron la irrupción de la norteamericana Billie Jean King –hexacampoena del torneo y luchadora innata por el reconocimiento del tenis femenino- que continuó su buen hacer a lo largo de la siguiente década compartiendo grandes enfrentamientos junto a Margaret Court, la tenista con más Grand Slam de la Historia (24).

 

 

En aquellos años, Jimmy van Allen –fundador del International Hall of Fame- había creado el tie break que fue aceptándose a lo largo de los años 70. Era la época también de nombres como el de la australiana Evonne Goolagong o Chris Evert.

Sería la estadounidense la que, junto a Navratilova, inaugurara una de las rivalidades más antológicas que se recuerdan en el tenis femenino. 80 partidos entre ambas con 14 finales de Grand Slam por medio entre 1973 y 1988 proseguida de la de Graf con Monica Seles o Arantxa Sánchez-Vicario en los últimos diez años del siglo XX.

Y es que, sobre el césped de Wimbledon, Evert nunca llegaría a batir a Navratilova en la última ronda pese a haberse enfrentado en tres ocasiones directas por el entorchado final. La checa aún hoy es la jugadora con más trofeos ganados en Londres (9) y la que más veces los ha levantado de manera consecutiva (6).

 

 

En los años 90 Seles y Graf ofrecían la alternativa al binomio Navratilova-Evert. Sin embargo, a mediados de la década, Arantxa Sánchez-Vicario se convirtió en un duro escollo para la jugadora alemana. Ambas pugnaron en 1995 en una gran final con ‘La Catedral’ como marco en un intenso choque que se adjudicó la teutona (4-6 6-1 7-5) y en el que la ovación del público británico hizo saltar las lágrimas a la jugadora española. El tenis moderno ya estaba completamente instaurado y el siglo XXI trajo consigo a dos hermanas, cuya hegemonía fue y sigue siendo admirable.

La “revolución Williams” ha marcado un antes y un después en la Historia del tenis femenino y en la Historia particular de Wimbledon. Sus potentes golpes y condición física les ha llevado a ser un ejemplo de dominio absoluto en el circuito femenino. Juntas o por separado, las Williams llevan en su ADN el gen de ganadoras. Solo Henin, Clijsters o Sharapova fueron capaces de alzarle la voz en los primeros tanteos del nuevo siglo.

De las últimas 16 ediciones disputadas sobre la hierba de SW19, 12 de ellas han quedado en manos de alguna de las dos hermanas en el cuadro de individuales. Solo Sharapova (2004), Mauresmo (2006), Kvitova (2011 y 2014) y Bartoli (2013) han sido capaces de entrometerse en el idilio entre las Williams y el tercer Grand Slam del año. Como dupla, siempre que han jugado juntas y han llegado a la final, han acabado adjudicándose la corona. Así lo avalan los 5 títulos que ambas poseen en el cuadro de dobles femenino -2000, 2002, 2008, 2009, 2012-.

 

 

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