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Wimbledon: Viaje al epicentro del Grand Slam

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En la travesía por la temporada tenística hay un enclave que sobresale por prestigio por encima de cualquier otra plaza. El culto a un lugar tan emblemático como Wimbledon para el tenis supone el albor de un sentimiento inexplicable para cualquiera de los allí ganadores. La “Catedral del tenis” impone por su respeto y tradición a un deporte que hizo suyo allá por 1877 bajo el mandato del primer director del torneo londinense, Henry Jones.

Y es que bajo la contradicción de una mañana soleada del 9 de julio de 1877 nacía en Londres el Grand Slam más antiguo de la Historia con 12 guineas y una copa de plata como premio. Como curiosidad, Henry Jones, además de ser el director, ostentaba el cargo de juez de silla y arbitró todos y cada uno de los encuentros disputados en la primera edición del evento británico cambiando las reglas de juego a su antojo.

El incipiente torneo se jugó durante tres días en los que la lluvia no tardó en acechar ya desde sus inicios. Pero el 19 de julio de 1877 las precipitaciones no impidieron que William Marshall y Spencer W. Gore –este último jugador de cricket y especialista en la red- chocaran por el título en una final que proclamó a Gore campeón tras 48 minutos de partido (6-1 6-2 6-4).

 

 

Cabe destacar que, a lo largo de sus 138 ediciones previas, solo ha habido una modificación en el emplazamiento de las instalaciones del torneo. Fue en 1922 cuando se trasladaron las pistas del Worple Round Grands al actual All England Club, a apenas cuatro millas de distancia. Desde entonces, la tradición ha primado en Wimbledon y solo el bombardeo en la Segunda Guerra Mundial deterioró las instalaciones del complejo que, tras su rehabilitación, apenas han cambiado a salvedad de la construcción del techo retráctil sobre la Pista Central en el año 2009.

Por el tercer Grand Slam del año parece no pasar el tiempo. Destacado es que solo prime el blanco en las indumentarias así como la prohibición de jugar partidos en el denominado Middle Sunday, por no hablar de las deliciosas fresas con nata de las que se venden kilos y kilos.

Londres acoge cada temporada el único major sobre hierba del año y en el que William Renshaw, Pete Sampras y Roger Federer son los hombres más laureados – con 7 coronas- sobre el pasto verde de la ciudad del Támesis. Cabe destacar que ‘Willie’ Renshaw –ganador de 1881 a 1886 y 1889- comparte esta cifra con Sampras y Federer con algo menos de mérito que el estadounidense y el suizo ya que –hasta 1922- el ganador del año anterior tenía el derecho de evitar cualquier oponente hasta la final del torneo en un sistema denominado Challenge Round. De esta manera, el último vencedor siempre estaba inscrito en la antesala por el título y esperaba rival procedente de los partidos en rondas previas.

 

 

La década de los años 20 estuvo dominada por los Tilden, Borotra, Lacoste y Cochet y por la anécdota conmemorativa a los 50 años de vigencia del torneo. Y es que en 1926 llegó a jugar Wimbledon el duque de York, el futuro Jorge VI de Inglaterra, en la modalidad de dobles. Fue la única vez en la Historia que un miembro de la Familia Real Británica compitió oficialmente.

Los años 30 vieron florecer al único británico –junto a Murray en 2013- en ganar Wimbledon. Fred Perry, campeón mundial de tenis de mesa, fue un icono histórico que siempre quedará grabado en las retinas de todo aficionado al tenis. Su elegancia y su saber estar dentro de la pista, junto a su excelsa condición física, le hicieron ganar el torneo en tres ocasiones (1933, 1934 y 1936) y elevar a Reino Unido como campeón de Copa Davis entre 1933 y 1936.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el tenis en Wimbledon poco a poco fue recuperándose de los estragos del conflicto bélico. A la hegemonía norteamericana de la época se le fue sumando la progresión de jugadores australianos en el circuito que dieron lugar durante la década de los 50 y 60 a la edad dorada del tenis ‘aussie’, donde destacarían, por encima de todo, las 15 Copas Davis ganadas y las 10 finales plenamente australianas jugadas entre 1955 y 1970.

De entre todos ellos destaca un nombre y es el de Rod Laver, único hombre en haber completado el Grand Slam (ganar los cuatro torneos más prestigiosos del tenis en el mismo año ) en dos ocasiones (1962 y 1969). Él y Roy Emerson coparon el palmarés de ganadores entre 1960 y 1969 en Londres en una década en la que el español Manuel Santana se impuso en 1966 a Dennis Ralston.

Con la Era Open casi recién estrenada, Wimbledon viviría en 1972 uno de los mejores partidos de la Historia sobre el All England Club como preludio a las rivalidades posteriores entre McEnroe y Borg y a la finalísima de 2008 entre Nadal y Federer. Stan Smith e Ilie Nastase chocaron en un encuentro antológico con estilos contrapuestos que dejó escenas inolvidables para el recuerdo con un quinto set de infarto y en el que se impuso Smith 4-6 6-3 6-3 4-6 7-5.

 

 

Este fue el anticipo a lo que se vino en los años 80 con McEnroe y Borg con las dos finales allí- una para cada uno- que jugaron ambos frente a frente. Una de las rivalidades más bonitas de la Historia tuvo en 1980 un escenario como Wimbledon a la altura de dos tenistas sin calificativos. Aquel 5 de julio de 1980 se escribió un capítulo de oro en el libro de ganadores del tercer Grande ilustrado con la imagen imborrable del sueco Borg arrodillado tras ganar el partido en un choque con el, para muchos, mejor tie break de todos los tiempos en el cuarto parcial (1-6 7-5 6-3 6-7 (16-18) 8-6). Otra gesta a destacar en esta década fue la victoria de Boris Becker en 1985 sobre Curren, quien ostenta el récord de ser el campeón más joven en Londres con 17 años y 222 días.

Diez años después, tras los McEnroe, Borg, Edberg, Becker, Lendl y compañía, Agassi y Sampras tomarían el testigo a la rivalidad McEnroe-Borg con finales preciosas como la del US Open 1995 y un enfrentamiento directo en la final del major británico en 1999 que decantó la balanza del lado de ‘Pistol’ Sampras; un Sampras que ya en ese año sumaba su sexto Wimbledon entre 1993 y 1999 –solo interrumpido por la victoria de Krajicek en 1996- en un idilio con la hierba londinense solo igualado por el suizo Roger Federer años más tarde. Sampras volvería a ganar el torneo de el año 2000 a Rafter y 2001 vaticinó un cambio de guardia en el panorama con la derrota de estadounidense a manos de Federer en los octavos de final de Wimbledon.

Y es que el nombre del suizo comenzaba a resonar y de qué manera en la prensa mundial sobre todo tras esta victoria y tras alzar su primer Grand Slam al cielo británico en 2003 al acabar con Philippoussis. La lista de 17 entorchados de Federer comenzó ahí, en un lugar soñado desde niño por él y donde el público local lo quiere con locura. En ‘su’ jardín, Federer ha levantado 7 trofeos y protagonizó, junto a Nadal, el mejor partido de la Historia de este deporte.

 

 

El 6 de julio de 2008 el dramatismo de una final interrumpida por la lluvia hasta la saciedad dejó paso al disfrute de un espectáculo jamás visto con anterioridad entre estos dos colosos de la raqueta que finalizó a las 21:16 horas tras 413 puntos jugados entre ambos y una última derecha de Federer que se estrelló en la red y dejó incrédulo al otro lado de la malla a un Nadal que conquistaba su primer Wimbledon. El propio McEnroe, comentarista por entonces de la cadena estadounidense NBC, dijo al final del envite: “Creo que he presenciado el partido más grande que he visto nunca. No es posible jugar un tenis más extraordinario”

Después de aquella final, Federer reconquistaría Wimbledon en 2009 y 2012 en un año, este último, en el que Murray se alzó con el oro olímpico en el All England Club y en 2013 se convertiría en el primer británico en 77 años en coronarse en la Catedral del tenis tras doblegar a Djokovic 6-4 7-5 6-4 en una proeza que lo elevó a ser el hijo pródigo ante sus fieles locales, gesta que repetiría el curso pasado.

La hierba dicta sentencia antes de encarar el último tercio de la temporada. Wimbledon saca a relucir sus impolutas pistas para rendir pleitesía a un deporte que crió. La oda al tenis durará dos semanas en la capital que baña el Támesis.

 

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