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John Wall y Bradley Beal: los otros hermanos

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Washington Wizards lo ha vuelto a hacer. Tras dos años desde la reformulación de su proyecto, el elenco de Scott Brooks vuelve a pisar unas semifinales de conferencias por tercer curso consecutivo. Con todavía por delante el temido Ubuntu de Brad Stevens, el salvaje Isaiah Thomas y el resquemor por no pasar de segunda ronda desde 1979 cuando consiguieron alcanzar las finales de la NBA, donde cayeron abatidos ante Seattle Supersonics, cuando aun se hacían llamar Bulletsla temporada de los Wizards es sin lugar a duda para enmarcar. Y con dos nombres propios. Dos alumnos aventajados. Los otros hermanos. John Wall y Bradley Beal.

La pareja de los Wizards ha catalizado y dilatado un año más la química del equipo propiedad de Ted Leonsis. De un modo desenfadado, silencioso y lejos de querer atraer los focos de atención, los de la capital norteamericana han consagrado un proyecto sólido a largo plazo con sus dos genios como estandartes. No obstante, la familia ha crecido superlativamente en cuanto a calidad, rotación y juego. La prueba está en la mejoría de Gortat, la maduración de Otto Porter Jr., la seriedad de Markieff Morris, la frescura de Kelly Oubre Jr., la veteranía de Jennings y la solvencia de Bogdanovic. Un puzzle de ochos piezas, con dos engranajes fundamentales. Una pareja que susurra peligro desde el polo opuesto de la Bahía de San Francisco. Unos hermanos arraigados con el cometido de destronar la tiranía de los Cavaliers.

John Wall y Bradley Beal han irrumpido desde el silencio para quedarse. Crucifijados años atrás por su poca eficiencia y determinación en los momentos cumbre de la temporada, los playoff, el curso de estos dos hermanos no deja de tender al infinito de la suculencia y majestuosidad. La excelencia. Y cuando más se les exigía. Y es que no es de extrañar por la magnífica evolución que han integrado cada uno de ellos en materia de reparto de responsabilidades y liderazgo.

Pese a todo, el hermano mayor sigue siendo Wall. Una bestia insaciable inhumana del panorama baloncestístico norteamericano que en este 2017 ha hecho pedazos todos sus registros de antaño. El playmaker procedente de Kentucky, número 1 del draft del 2010, sigue siendo el líder espiritual de la manada. El que va un paso por delante, el que tiene el corazón y la rabia más insana por ganar y el que sin duda es la estrella referente de los Wizards. Y no solo porque esté en el curso más anotador de su carrera NBA (23.1 puntos), sino por gestos para el recuerdo como el que dejó hace apenas un par de semanas, cuando en un segundo cuarto en que se encontraba totalmente desacertado, desató la locura ofensiva de Washington precisamente a través de su defensa, con la que abrió una significativa brecha en el marcador ante los Hawks. Un despliegue de agresividad de manos e intensidad de desplazamientos defensivos que frenó en seco y amargó a Schröder, perplejo ante la brillante actitud defensiva del base.

Fue algo más que un destello o que un chispazo. Se atrevieron a llamarlo la consagración. “Por fín ha llegado John Wall”, se aventuró a decir el periodista de la TNT, Greg Anthony, tras la meritoria victoria para empatar la serie a 2 ante los Celtics. Pero lo cierto es que ese gesto ha sido un recurso muy tipificado, repetido y personalizado en Wall desde su aterrizaje el verano de 2010. Más allá de su descomunal portento físico, su verticalidad hacia el aro y su sensacional manejo de balón, Wall fue educado de igual manera para ser un perro de presa. No tanto por su físico, sino por su dureza y destreza mental. El mítico profesor universitario John Calipari amaestró al niño prodigio de la generación del 90 con su tradicional apuesta de futuro. El técnico volcó un cariño y una entrega por el coraje que desprendía aquel base fibradísimo hasta el último músculo que lo acabó convirtiendo en una de sus joyas más preciadas del siglo.

El reconocimiento de Wall ha tardado en llegar. No bastó con sus cifras -las mejores de su carrera-, ni con sus tercer All Star; el pequeño de Carleigh, North Carolina, ha tenido que plantarse en semifinales de conferencia y con un dignísimo 2-2 en su serie contra el flamante número uno del este, Boston Celtics, para reivindicar que el futuro de los Wizards está aquí. A un paso. A tan solo un paso más. Un jugador completo en proceso de rozar la perfección. Su tarea sigue pendiente con el tiro lejano, que no acaba de sentirse cómodo y con el que se apoya en la eficiencia de Beal, Porter, Morris y Bogdanovic. Un jugador pura dinamita. Pura magia.

Tampoco nada cobraría sentido del transitorio éxito de los Wizards sin abrazar su otra piedra angular. Su mano izquierda. Su hermano de otra madre. Bradley Beal. Ese tirador – anotador compulsivo de 23 años que poco le ha faltado demostrar su polivalencia y liderazgo en su primer año en que las lesiones le han permitido entregarse de cabo a rabo del curso. Beal llegó con el talento en su regazo en 2012 para convertirse en el perfecto aliado del front court de Washington. Entre ambos recorrieron los primeros pasos en la aventura a que se predisponía el conjunto de la capital a inicios de la segunda década del siglo XXI, y, con apenas cinco años de profesional, ya se ha perfilado como una de las manos más calientes desde fuera del perímetro de la NBA (40% de acierto en tiro de tres) y en uno de los condicionantes de los Wizards si quieren optar a seguir soñando.

El joven seleccionado en 2012 en tercera posición procedente de la Universidad de Florida, que tuvo que prescindir de lucir el 23 a la espalda que vestía en los Gators por el culto que merecía el dorsal que había llevado MJ, ha vivido un escarnio mayor para saborear sentirse pieza importante. Tenía madera de anotador, de toma de decisiones, de jugador solvente y sagaz en su juego. Lo que tenía previsto fueron las incesantes lesiones que una y otra vez le fueron apartando de la pista durante cortos períodos y obligándole a abandonar a unos Wizards huérfanos en ataque.

Desde hace tres temporadas, Beal ya es una estrella reconocida. El ‘pero’ que se le otorga es su lastrada eficiencia en playoff de cursos anteriores. La misma pesadilla de Wall. Ahora, no obstante, el shooting guard titular de los Wizards la ha liado junto a su Batman particular y han disparado las alertas de precaución en el Atlántico con un final de regular season escandaloso ofreciendo un nivel mayúsculo de juego, de forma y de sintonía armónica tanto individual como grupal.

Beal ofrece unas condiciones atléticas también muy finas, plásticas y erguidas como Wall, su tenacidad pero recae en un tiro de media y larga distancia cada vez más estilizado y fatídico a la par. Su responsabilidad encomendada tanto por Brooks como por Wall la acogió con una madurez impropia de su precocidad baloncestística y con un descaro terrible. Siempre ha sido el ayudante, el segundo plano, pero ahora más que nunca Bradley Beal es la respuesta, es la solución, es el recurso que marca la diferencia, es el tiro en el clutch time que sentencia y es ese jugadora que sin su mano derecha, Wall, no habría evolucionado de tal manera. Su despliegue de fundamentos el mismo se lo validó cuando afirmaba por el 2012 que tenía “la habilidad de Dwyane Wade y el toque de muñeca de Ray Allen“. Excesiva comparación hasta el momento, pero no muy lejos de la realidad la dualidad potencial que recoge su juego.

Si algo tiene la magia de estos genios e hijos prodigios de Scott Brooks es que su competitividad y capacidad de superación les ha hecho reñirse sanamente el uno con el otro para tratar de hacerse mejores al mismo tiempo que han guiado el camino hacia la luz de Washington. Pese que en su momento se chismorreó con que no mantenían una relación personal amigable, ahora son unos gemelos mellizos, distintos pero iguales, una misma genética, visión y ambición. Son el miedo incesante que encumbra cada vez más por el este. Son la pareja de moda. Son el presente. Y son el futuro. John Wall y Bradley Beal son los otros hermanos.

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