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Sexo, fichajes y divorcios

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Intimas con una mujer en cualquier bar, hay feeling, y camino del dormitorio vas excitándote imaginando que cuando transcurra todo lo que tienes en mente, como poco, habrá que incinerar las sábanas y exorcizar la habitación para adecentarla otra vez. Al concluir, asumes que en realidad bastará con hacer la cama de nuevo y, si hay suerte, airear un poco la habitación. Ocurre con el sexo y también con los fichajes que son el placebo del fútbol. Fantaseamos con ellos hasta convertirlos en el pan y circo entre partidos o en ausencia de competiciones. Sustituimos la emoción de los encuentros por los rumores, avances y contactos que encontramos en los medios para que después difícilmente cumplan las expectativas que nos habíamos formado.

Tras morder la noticia solemos regarla con un par de vídeos con los highlights del jugador, la acompañamos con las puntuaciones de un videojuego y cuando te quieres dar cuenta te despiertas en la cama con el Vrsaljko de turno preguntándote cómo diablos has acabado así y jurándote que es la última vez. Porque el croata es el ejemplo perfecto. Personalmente, cuando se anunció su fichaje acumulaba tantos minutos visionados de él como de eucaristías los domingos, pero acepté sin reservas la columna del periódico escrita por un experto en scouting donde afirmaba que era un potente defensor, muy veloz, que podía jugar por derecha, por izquierda o, llegado el caso, echar una mano al doctor Villalón con las lesiones. Un origen exótico, un nombre original y la tinta suficiente incrustada en los brazos para jugar en cualquier equipo de la cárcel de Alcalá Meco, y te encuentras haciéndole sitio en el once a la novedad del Atleti. Pero el tiempo transcurre, pasan los partidos, evalúas al futbolista y sospechas que los informes de scouting los sacan de El Rincón del Vago, y que el jugador puede jugar por derecha, por la izquierda o de mediocentro volante tapón del siglo XXI tal y como podría hacerlo tu primo Rober, -si es que a tu primo Rober le da por jugar alguna puñetera vez al fútbol-, porque la triste realidad es que al jugador apenas le alcanzan sus cualidades para sentarse en el banquillo con un mínimo de decoro sin romper nada. En apenas unos meses has pasado de ilusionarte a tener en el banquillo un souvenir del Adriático de tu cuñado que no sabes dónde narices colocar.

Este problema nos lo evitaríamos con empaparnos unos cuantos partidos de estos jugadores y poniendo en duda la información que nos venden. O simplemente haciendo caso a la gente que sabe de esto, como mi padre, que en un alarde de ojeador tiene la irrefutable teoría de que siempre hay que desconfiar de los jugadores con nombre impronunciable. Tras los Bejbl, Pilipauskas, Njeguš y Vrsaljko de cada temporada todavía no parecemos tenerlo claro en las oficinas ni en las gradas rojiblancas.

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Las malas decisiones están a la orden del día y casi siempre son comprensibles. Comprar un jugador, vender a otro o pedir una última copa son decisiones de alto riesgo y cualquiera puede cometer un error. Por eso lo que más me entristece de estas pifias es que son dobles, porque al problema de darle salida al escombro de jugador fichado, le sumas el del damnificado que ha quedado señalado en la plantilla. A Vizcaíno, Aguilera o Juanfran, tipos a cuyas botas no habría problemas para sacarles sangre, les arrinconamos y colgamos el cartel de prescindibles, antes de dar muestras para ello, por el simple desgaste de la cotidianeidad. Futbolistas cumplidores que, desde entonces, como pasa con otros vínculos, quedan contaminados por nuestras sospechas y recelos. Jugadores honrados que nunca dieron un problema con los que luego, como ocurre en todas las relaciones, comprendemos que ya sólo caben resentimientos, dudas y, si acompaña la suerte, un buen divorcio.

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