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Villanos atléticos: Ronaldo Nazario

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_ El marcaje al hombre es una estrategia vulgar e inútil con este tipo de jugadores, míster, es algo anacrónico en el fútbol de hoy en día.
La discusión se tensaba entre el entrenador Ángel Sotos y su joven ayudante. Podía notarse porque a Ángel, tan mesurado en el gesto como para hacer que Buster Keaton pareciera un histrión, se le dilataron levemente las aletas de la nariz antes de la réplica.
_ Diablos, muchacho. ¿Acaso no recuerdas a Ronaldo Nazario?  – contestó finalmente.
_ ¿Al gordo? No. Tengo 15 años.
_ Pues yo lo vi jugar. Y me cagaba de miedo al verlo en la alineación del rival. Hizo cagarse de miedo a todos los atléticos el año después del doblete y cuando llegó al Madrid tras su lesión.

El diálogo, calcado al del personaje de Tom Hanks y su hijo en Algo para recordar – cambien a Ronaldo por la Glenn Close de Atracción fatal y a los atléticos por los maridos norteamericanos infieles -, es tan ficticio en la forma como certero en el fondo. Y es que Ronaldo Luís Nazário de Lima, O Fenómeno, Ronie, R9, Ronaldo el Gordo, el verdadero Ronaldo que diría aquel, se ganó a pulso el papel protagonista en las pesadillas del aficionado colchonero durante sus dos etapas en la liga española.

Pocos recuerdan que Ronaldo pudo llegar al Atlético. Fue en la convulsa (epíteto inútil y ajado por el sobreuso en la época Gil) temporada que precedió al doblete con Radomir Antic. Pacho Maturana había pedido a Jesús Gil que si se complicaba el fichaje de los delanteros que se barajaban, intentara fichar a un joven brasileño del PSV que con apenas 18 años estaba empezando a asombrar en la Eredivisie. El futurible era Klinsmann pero el que llegó fue el Tren Valencia. Gilismo de primero: suena Sean Connery pero viene Arturo Fernández. En los mentideros rojiblancos se rumoreó que la supuesta homosexualidad de Klinsmann había paralizado el fichaje. En los mismos mentideros se contaba que cuando Jesús Gil supo el precio que pedían en Eindhoven por Ronaldo, el presidente dijo a sus colaboradores algo como “el negro debe confundirme con el otro Gil, el pato ese con chistera”.

En el PSV, un jovencísimo Ronaldo se consagró con una media de casi un gol por partido. Ganó una copa de Holanda y un pichichi que hubieran sido dos de no sufrir una lesión de rodilla en su segunda temporada. El Barcelona (el de Figo, el de Guardiola, el de Stoichkov…) le fichaba por unos 2500 millones de pesetas completando una plantilla de ensueño. No tardó mucho en dar la razón a los que avalaban su fichaje. Tampoco en justificar el miedo del que hablaba Ángel Sotos.

Debutó Ronaldo en partido oficial con el Barcelona (antes había jugado el Gamper) en la ida de la Supercopa contra el Atlético de Madrid campeón de Liga y Copa. Aquel partido fue intenso, bonito, emocionante, seguramente injusto con el Atlético. Y raro. Se jugaba en Montjuïc (se estaba renovando el césped del Camp Nou), el Atleti compareció disfrazado del Sabadell y “The Special One” llevaba un chándal de táctel para traducir a un señor inglés que entrenaba al Barcelona. Muy pronto, a los cinco minutos, Ronaldo comenzaba su historia de ojeriza contra el Atleti. Recibió un pase de Amor, arrancó, salvó una tarascada de Santi y una mirada (no le dio tiempo a más) de Bejbl, y soltó un latigazo raso desde la corona del área que se colaba ajustado al palo derecho de Molina. Ronaldo también se encargó de cerrar el 5-2 definitivo empujando a gol la pelota tras una gran jugada de Giovanni. Pero si por algo se recuerda aquel partido fue por el cuarto gol del Barça. Ronie controlaba con el pecho un pase en profundidad, se dejaba acompañar por Geli hasta el lateral del área para después encararle, petrificarle y deshonrarle con un regate al que alguna lumbrera bautizó con el nombre de “la elástica”. El caso es que el bueno de Delfí comenzó a correr desde aquel día como una señora de noventa años. El caso es que aquella fue la primera y la última vez que el doctor Villalón diagnosticó una luxación de coxis.

En la vuelta, sin Ronaldo (concentrado con Brasil), el Atleti ganó 3-1 en La Peineta y mereció más pero se quedó sin Supercopa en una temporada atlética que no fue mala pero tampoco buena. La secuela del doblete fue irregular y dejó al Atlético quinto a 21 puntos del campeón, lejos de los éxitos de la campaña anterior. Pero es que el listón estaba alto y para superar primeras partes mejor llamen a Coppola o James Cameron. Teniendo en cuenta que el Atlético debutó como local contra el Celta… en el Bernabéu, el resultado podía haber sido mucho peor. Podía haber sido como los enfrentamientos con Ronaldo. Cada partido contra él fue un maldito callejón de Sin City.

Por suerte para el Atlético el brasileño no disputó el partido de la primera vuelta (3-3 en el Camp Nou). Por desgracia, el sorteo de Copa del Rey emparejó a Atlético y Barcelona en cuartos de final. El partido de ida (sin Ronaldo), terminó en empate a 2 en el Vicente Calderón. El partido de vuelta (con Ronaldo), si eres atlético, duele verlo, escribirlo, leerlo o recordarlo. 0-3 en el primer tiempo con hat-trick de Pantic. Luego, uno de esos recuerdos que, por infaustos, quisieras borrar con la máquina que utilizan en Olvidate de mí. Lo despacho rápido porque, repito, duele. 5-4 con tres goles del brasileño y el Barça a semis.

Cuando unas semanas más tarde, en el partido de la segunda vuelta de liga, se supo que Ronaldo participaría como titular, algunos aficionados atléticos encararon el partido con el mismo ánimo que el verdugo de Berlanga. El partido fue, de nuevo, igualado, pero ni siquiera la presencia de Vítor Baía y Amunike contrarrestó el efecto Ronaldo. Tras la expulsión de Simeone el final era tan predecible como el de la saga Destino final. 2-5 y otro hat-trick del brasileño.

Resumen: 8 goles en 3 partidos. ¿Recuerdan la escena de las duchas de American History X? Pues eso.

Si bien Ronaldo se aplicaba con la saña de Norman Bates en la bañera cada vez que veía el capote rojo y blanco, el martirologio que dejó el brasileño aquella temporada parecía el listín telefónico de Tokio. Los campos por los que pasaba Ronie terminaban como la playa de Omaha en Salvar al soldado Ryan; las áreas como el cementerio estadounidense de Normandía: sembradas de tumbas al soldado desconocido. Y eso si tenían suerte. Hubo otros en cuya lápida sí apareció su foto sonriendo justo antes de ser ultrajados, vejados y atropellados por el delantero. Como Fabiano, aquel centrocampista del Compostela que intentó parar a Ronaldo cuando empezaba a arrancar para marcar su mítico gol en el multiusos de San Lázaro; el bueno de Fabiano, cándido como la lechera del cuento, le agarró de la camiseta y tuvo suerte de no perder el brazo. O como Otero y Eskurza, que fueron literalmente (sí, literalmente) atravesados (sí, atravesados) por un búfalo mientras Ferreira y Engonga seguían la carrera con prismáticos. Sólo el central del Tenerife César Gómez, en el partido de su vida, consiguió levantar la bandera de Iwo Jima al secar a Ronaldo en una gesta que todavía recuerdan en el Heliodoro. 4-0 con un hat-trick de Jokanovic y con Heynckes rojo de alegría.
Practicar el medievo a lo Marcellus Wallace con los defensas rivales fue el pan nuestro de cada día de Ronaldo aquella temporada. Por eso, cuando el Barcelona y el jugador rompieron las negociaciones para renovar a finales de la temporada y el Inter de Milán depositó 4.000 millones de pesetas para fichar al brasileño, en el Camp Nou se recibió una corona de flores enviada por la AFE. “Tanta paz lleves como descanso dejas” se podía leer.

Ronaldo siguió en la primera temporada en Italia a un nivel brutal. Disparando quiebros para tumbar defensas, porteros, tentetiesos… lo que se pusiera por delante. Los resúmenes de sus jugadas parecían sacados de una estropeada cinta VHS: Ronaldo arrancaba, aceleraba, frenaba en seco, giraba, retrocedía, se ralentizaba, embestía de nuevo… Una coreografía que combinaba la fuerza de sus zancadas y la sutileza de sus fintas con el estupor del aficionado como fondo musical. Era su sello personal. Como lo fue su gol en la final de la UEFA frente a la Lazio. Recibió un pase en profundidad que le dejaba solo frente a Marchegiani y le hizo bailar con su juego de piernas hasta que el portero se venció como el villano de un western en el duelo final bajo la lluvia. A veces ni siquiera se necesita tocar el balón o disparar el revólver para finiquitar un lance. El Inter se llevó esa UEFA pero en la serie A no pudo con la todopoderosa Juventus de Zidane, Del Piero y del escandaloso arbitraje de Ceccarini en Delle Alpi.

Tras el mundial del 98 su segundo año en Italia se vio marcado por una tendinopatía en la rótula de la que decide no operarse. Sólo juega 19 partidos de liga. El verdadero calvario empezaría la siguiente temporada. El 21 de noviembre de 1999 el tendón rotuliano de su rodilla derecha dice basta. Vuelve el 12 de abril del 2000, en la final de Copa frente a la Lazio para enmudecer el Olímpico de Roma con un grito de dolor. Su imagen cayendo mientras encaraba a Couto con un regate idéntico al que hizo a Marchegiani, su mueca en el rostro mientras se sujetaba la pierna, los aspavientos de compañeros y rivales… mismo tendón, misma rodilla, aquella maldita lesión ensombreció el resultado final del partido.

Se habló de que podía dejar el fútbol. Era una lesión extraña entonces. Muy grave y de lenta recuperación. Ronaldo tenía que luchar además contra el estereotipo de jugador brasileño con alergia al esfuerzo físico y al linimento de gimnasio. Pero tenía 25 años y trabajó como si fuera a enfrentarse a Iván Drago. Casi 18 meses después fue convocado por Cuṕer, entonces entrenador del Inter, para enfrentarse al Brasov en la copa de la UEFA.
Lamentablemente, su relación con el entrenador argentino fue tan mala que acabó la temporada con Ronaldo llorando de impotencia en el banquillo del Olímpico (otra vez el Olímpico) tras perder la liga cayendo 4-2 ante la Lazio (otra vez la Lazio).
Se habló de que podía no ir al Mundial. Pero fue. Y fue pichichi. Y marcó dos goles a Oliver Kahn en la final para un total de ocho tantos en la cita de Japón y Corea del Sur…

… y llegó al Real Madrid en la temporada 2002/2003 por 45 millones de euros después de que Moratti no pudiera escoger entre él y Héctor Cúper.
Ronaldo llegó fuera de forma y con la liga ya empezada, por lo que no debutó – y lo hizo como suplente – hasta la quinta jornada contra el Alavés. Se sacó dos goles en sus dos primeros remates a puerta. Los pocos aficionados atléticos que habían pronosticado el regreso de una peor versión de Ronie fueron los primeros en sacar el miedo a pasear entonando una antigua nana: “1-2 Ronie viene por ti. 3-4 cierra la puerta…”
Sin embargo, en el partido de ida en el Bernabéu, el Atleti empató aquel derbi de seleccionadores con un gol de Albertini en el tiempo de descuento. Ronaldo estuvo desaparecido. Fue la primera vez que se cruzaba en el camino del Atlético sin hacer sangre. Y fue un espejismo, claro. En la vuelta, en un desastroso partido del Atlético, el Real Madrid barrió 0-4 a los colchoneros con 2 goles de Ronaldo.

La temporada siguiente no empezó mucho mejor. Ronaldo marcó el gol más rápido de un derbi a los 14 segundos. Caño al Cholo incluido. El Mono Burgos, que casi no había tenido tiempo para ajustarse la gorra, cayó – algo excepcional en él – al suelo tras el certamen de amagos de Ronaldo. Como atenuante, los abogados pueden presentar la lista de implicados en el crimen. Por riguroso orden de aparición: Ronaldo, Raúl, Beckham, Zidane, Roberto Carlos y otra vez Ronaldo. Casi nada. Un reparto como el de La conquista del oeste pero sin ferrocarril ni forajidos.

El brasileño continuó la masacre durante unos años. Se perdió un par de partidos. Marcó goles a pares en otros dos encuentros. Compareció en el intrascendente y triste derbi de la penúltima jornada de la temporada 2004/2005. Y dijo adiós en el 1-1 del Bernabéu de la temporada 2006/2007, aquel del fallido “globito” de Agüero. Jugó este último derbi apenas quince minutos, renqueante y con una rodilla fuera del club, pero su mera presencia hizo que un Madrid con 10 recuperara el aliento porque el Atleti reculó como el ejército musulmán en la última escena de El Cid de Anthony Mann al ver a Charlton Heston montado a caballo.
Se marchó al Milan en el mercado de invierno de la temporada 2006/2007. Se volvió a romper el tendón de su rodilla derecha y acabó su carrera en el Corinthians todavía jugando a un gran nivel. Pero los atléticos durmieron con un ojo abierto hasta que anunció su retirada en febrero del 2011.

Por si se han perdido. 7 goles con el Real Madrid en otros tantos partidos para un total de 15 en 10. ¿Recuerdan al Tiburón de Spielberg jugando al tragabolas con Robert Shaw? Pues eso.

No se pueden restar méritos a estos números de Ronaldo contra el Atlético ni siquiera aduciendo el colaboracionismo colchonero en los 14 años de ocupación merengue de la capital. Y es que el terror que infundía el brasileño tuvo parte de culpa en el hecho de que en el Manzanares no se pudiera organizar una resistencia en condiciones.

Y pese a todo, nadie pudo odiar a Ronaldo. No pudieron los madridistas cuando jugaba en el Barça. No pudieron los culés cuando jugó en el Real Madrid. Ni los del Mineiro brasileño cuando estaba en el Cruzeiro. Hasta los interistas olvidaron la afrenta de abandonarles tras su recuperación y regresar al eterno rival años más tarde. Tampoco pudieron los aficionados del Atlético pese al vergonzante promedio de goles encajados. Ya sea por el calvario de su rodilla o por su esforzado regreso del purgatorio, lo cierto es que cuando después de asesinarte se giraba y sonreía mostrando aquella sonrisa escalena no quedaba más remedio que concederle una bula. Fue un villano, pero era simpático y los cinéfilos no odiamos ni a Tuco ni a Sentenza.
Y es que cómo odiar a un tipo cuya mayor polémica la generó el corte de pelo con el que sorprendió en el mundial de Corea y Japón en 2002 cuando para que su hijo no le confundiera con Roberto Carlos al verles jugar en televisión decidió dejarse bigote… en la frente.

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