Fútbol inglés

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Viaje a los orígenes (I): de la calle a los colegios

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Hay pocas cosas más interesantes como volver la vista atrás, hacia los orígenes del fútbol en Inglaterra, la patria por excelencia de este deporte. Aunque todavía se debate sobre su procedencia, es decir, si fueron los romanos los que introdujeron sus diversos juegos de pelota entre los países que conquistaron, la evolución de este deporte desde unos primeros pasos violentos y similares a una batalla a la codificación de sus reglas, es un viaje apasionante.

Por eso, me he propuesto, a través de una serie de textos, viajar desde los tiempos del Mob Football al asentamiento del fútbol codificado que, con el paso de los años, ha dado lugar a ese deporte de masas seguido por millones de personas en todo el mundo que hoy conocemos. Que el viaje os resulte entretenido.

 

Allá en Ashbourne

¿Por hablar sin tantas vueltas me pateas como si fuese un balón de fútbol? Tú me lanzas de acá para allá y él me lanza de allá para acá. Si sigo sirviéndoles, me tendrán que forrar en cuero.

La comedia de las equivocaciones (1591), William Shakespeare.

Nuestra historia comienza un Martes de Carnaval y se extiende hasta el Miércoles de Ceniza. Para esas fechas, Ashbourne, una localidad de Derbyshire de poco más de 8.000 habitantes, se llena de color, camaradería y turistas curiosos dispuestos a presencias una de las muchas tradiciones de Inglaterra. Durante dos días, desde las 14:00 a las 22:00, un nutrido grupo de gente corre las tres millas que separan dos piedras a modo de portería llevando una pelota.

Entre el caos, hay dos equipos. Unos son los Down’ards. Los otros, los Up’ards. Todo depende del lado del río Henmore en el que hayas nacido. Los Down’ards pertenecen al lado sur y tienen que llevar el balón hasta Clifton Mill. Los Up’ards vienen del lado norte y deben anotar en Sturston Mill.

Entre el caos, hay una serie de reglas. La pelota no puede ser transportada en vehículos -estaría bueno-, ni ser escondida en ningún tipo de bolsa o mochila. Los límites del enfrentamiento son claros y está estrictamente prohibido pasar por cementerios o zonas de la Iglesia. No se puede jugar después de las 22:00 y para que el tanto suba al marcador, debe golpearse tres veces en el área de anotación.

El juego al que nos referimos no es otro que el Shrovetide Football. Esta variante del Mob Football (fútbol masivo) comenzó a llevar el prefijo de Royal en la década de los 20, cuando se supo que a la familia real le encantaba la tradición. Después, el Príncipe de Gales -luego Eduardo VIII- lanzaría el balón en 1928 en una de las esperadas veladas de Ashbourne para confirmar el gusto de la realeza por ese fútbol bárbaro. En 2003, el Príncipe Carlos seguiría su ejemplo y, mucho antes, en 1975, otra personalidad como Brian Clough -que no era de la realeza, pero casi- se encargaría de dar el pistoletazo de salida al antiguo juego.

Esta extraña mezcla de rugby y fútbol, caótica y violenta, nos transporta a la Edad Media, aunque sus orígenes no están del todo claros después de que un incendio destrozara la oficina del Comité del Royal Shrovetide en 1890 y se llevara por delante un buen puñado de documentos históricos. El Shrovetide Football es el punto de partida que toman muchos estudiosos de la materia para explicar todo lo que vendría después.

Ya a finales del siglo XII, el clérigo inglés William Fitzstephen había descrito en una de sus obras una escena que hacía referencia a este juego de pelota: “Pasada la cena, todos los jóvenes de la ciudad salen a los campos, a las afueras, a jugar a la pelota“. En la misma época, San Hugo de Lincoln, describía en uno de sus versos un juego de pelota practicado por 24 niños. El poema no tendría la más mínima importancia si en él no se encontrara la primera referencia explícita a un juego de pelota en el que se utilizan los pies y a su número de participantes (suponemos que, al ser 24, conformarían dos equipos de 12). Dentro de todo ese caos, el uso de una buena patada para mover el balón, parecía una evolución lógica.

Cuando el Beautiful Game no era tan beautiful

Uno de los principales problemas de este antiguo juego era su extrema violencia. En una dura competición por llevar la pelota de un lugar a otro, se daban patadas, mordiscos, había peleas y, en consecuencia, terminaba habiendo muertos. Algunos documentos de la época, fechados entre 1300 y 1320, hablan incluso de asesinatos, al utilizar los jugadores cuchillos para evitar que el contrario les quitase la pelota.

Pero, curiosamente, no sería su carácter violento lo que llevara a los diferentes reyes a prohibir los juegos de pelota cuando estos comenzaron a arraigar en la sociedad.

El primer Real Decreto contra estre primo lejano del fútbol lo firmaría Eduardo II el 13 de abril de 1314. Bajo pena de cárcel, se prohibía cualquier tipo de juego de pelota entre los jóvenes ya que estos descuidaban su práctica con el arco. Eduardo III, al que parece que tampoco le hacían mucha gracia aquellas reuniones de ocio, también prohibió que se practicase el juego de pelota al que se refirió, por primera vez, con el término de foteball.

Tan solo son dos ejemplos de la docena de prohibiciones que sufriría aquel juego a lo largo de los años. Pero ocurrió que, al coger una notable fama, las prohibiciones no surtían efecto. Y eso pese a que, en muchos casos, además de la cárcel, las multas suponían una cuantiosa suma de dinero como la que exigía el Real Decreto que firmó Enrique IV para detener la práctica del foteball en todo el territorio de Inglaterra.

En un momento dado, reyes, lores y mandamases vieron como, cuantas más prohibiciones, más gente se lanzaba a la calle a practicar las diferentes variantes del Mob Football. Nada era capaz de detener su expansión. Enrique V, prohibía el juego de pelota y exigía la obligatoriedad para los jóvenes de practicar el noble arte de la arquería. Eduardo IV se lo tomó como algo personal y prohibió el foteball por una causa de defensa nacional y otras tantas personalidades con el suficiente poder en territorio inglés clamaron contra aquel juego del demonio.

Cuando buscaron nuevas fórmulas para intentar parar aquellas reuniones alrededor de una pelota, el juego ya era muy popular. Además, comenzaban a proliferar los juegos donde el uso de los pies era ya mucho más habitual. Varios documentos en latín de finales de 1400, hablan de un juego practicado en Cawston (Nottinghamshire) basado en el “kicking and dribbling” que, por si fuera poco, se llevaba a cabo en un terreno delimitado por unas marcas. En 1421, una serie de documentos de la Compañía Cervecera de Londres dejan ver una lista de nombres que, por 20 peniques, eran reclutados como foteballepleyers.

El recogimiento

Lo que si produjeron las distintas prohibiciones fue un progresivo atrincheramiento de los practicantes del foteball. Al margen de no tener problemas en festividades o fechas señaladas, los jugadores habituales, pasaron de jugar en campos o calles a hacerlo en recintos cerrados. Ahí, encontraron el apoyo de las instituciones religiosas y, sobre todo, de los colegios.

Las autoridades relacionadas con la Iglesia se interesaron por aquel deporte tan bruto y, de alguna forma, llegaron a verlo con buenos ojos. En unos tiempos de educación segregada, los religiosos consideraron que el ejercicio físico era la mejor manera de limitar los impulsos juveniles. Ya en 1514, Alexander Barclay, un monje benedictino del monasterio de Ely (Cambridgeshire), describió en uno de sus escritos un juego en el que se utilizan manos y pies al que llama Foote-ball.

Pero sin duda, fueron los importantes y famosos colleges los que pusieron más de su parte para que continuase la práctica de aquel primitivo fútbol. William Herman, que había sido director de los colegios de Eton y Winchester, escribió un libro titulado Vulgaria, que se sigue manteniendo como la primera referencia al fútbol jugado en las escuelas públicas en Inglaterra.

Hacia 1538, uno de sus estudiantes, Richard Mulcaster, que sería luego director del St. Paul y el Merchant Taylor, se convirtió en uno de los mayores defensores de la práctica del fútbol. Una de sus obras, Positions, es una de las primeras guías para el entrenamiento futbolístico de las que se tiene constancia y, en ella, ya habla de equipos, árbitros (“a judge over the parties“), posiciones o un entrenador (“trayining master“). Además, daba buena cuenta de lo que estaba ocurriendo. En un lugar recogido, aquel deporte caótico y violento se convertía en una actividad inocente y poco dañina. El juego bárbaro, al que los mayores dedicaban su tiempo de ocio en el campo, pasaba a ser un fútbol más ordenado y humano, al que progresivamente se le iban haciendo añadidos.

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En esta espiral de crecimiento, el Mob Football había ido dejando variantes a lo largo y ancho del territorio británico. Algunas ya desaparecidas, otras todavía se practican. Es el caso del Shrovetide Football que iniciaba esta historia, el Cnapan en Gales, el Ba Game en Escocia o el Caid, antecedente del fútbol gaélico, en Irlanda. Pero solo uno, al parecer, estaba a punto de imponerse.

Aunque las prohibiciones continuaron -en Manchester, por ejemplo, se crearon las patrullas especiales para futbolistas, que evitaban desórdenes públicos en las calles por los partidos improvisados de fútbol- aquel deporte para escolares había terminado por asentarse en Inglaterra. Aún así, entre 1649 y 1660 viviría el último de los decretos de suma importancia de su historia. Oliver Cromwell prohibiría todos y cada uno de los juegos de pelota, además de las carreras de caballos o la lucha libre. No deja de ser curioso, ya que Cromwell, un estudiante de Crambridge, había sido descrito por uno de sus compañeros, James Heath, como uno de los mejores organizadores y jugadores de fútbol.

Tras la muerte de Cromwell, no existía colegio público en el que no se practicara aquel deporte en el que se utilizaban los pies. Es más, la proliferación de libros sobre su práctica estaba a la orden del día. De esta manera, Francis Willughby publicaba El libro de los juegos, donde, además de un diagrama ilustrativo de cómo era un campo de fútbol, mencionaba algunas tácticas de ataque y defensa. Pero en su obra había dos cosas mucho más importantes. La primera, la utilización de la palabra football, que permanece hasta nuestros días. La segunda, la primera incursión en el mundo de las reglas. En El libro de los juegos, para la buena práctica del fútbol, una de las primeras normas estaba clara: se prohibía golpear la pierna del adversario y levantarla más alto que el balón. El resto, como quien dice, vendría solo.

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