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Venganza y justicia no es lo mismo

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Si eres de los que cree que el amor mueve el mundo, muchacho, no has visto en que lo deja una sabrosa venganza. Es como al que le gusta una Cruzcampo sin haber probado la Mahou. Y no hay atlético que no tenga en la cabeza vengarnos del Real Madrid. Porque, seamos claros, la gente seria en estas circunstancias no cree en la justicia, ni en que el fútbol devuelva lo que quita. Sólo cree en la ley del talión y en desquitarnos por las dos derrotas sufridas en las finales de Champions. 

Lisboa y Milán son dos socavones en nuestra memoria. Dos costurones como sólo te los puede causar un navajazo, un disparo o la metralla de un pintalabios. El destino, la casualidad, o vete a saber qué, vuelve a cruzar al Madrid en nuestro camino en una oportunidad impensable a finales de mayo pasado, cuando sufrimos agujetas en los ojos de tanto llorar. Y nos ofrece la oportunidad de mitigar el dolor y renegar de ser en nuestros trabajos “los de las dos finales de Champions perdidas”. De sonreír por encima de nuestro vecino madridista en el ascensor y llegar al trabajo henchidos de orgullo, como Leonardo di Caprio en El lobo de Wall Street. El destino nos da la maldita oportunidad de emular a Michael Corleone cuando en los minutos finales de El Padrino ajusta las cuentas por la muerte de su hermano, su mujer y hasta los trajes horteras de su cuñado.

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Una venganza bien tramada no se deja al azar ni debe improvisarse. Las urgencias sólo sirven para sudar o coger el metro por los pelos. Debe planearse a conciencia y ejecutarse por sorpresa. Yo propongo iniciarla antes del partido, en la comida de las directivas. Con el ambiente relajado de los postres repartiría unos merengues empapados en veneno que dejen fuera de juego a sus dirigentes, emulando de nuevo a Michael Corleone cuando zanja sus diferencias con Don Altobello. De esta forma comenzaríamos ya la eliminatoria con una victoria moral en el palco, mientras Florentino y su corte hacen cola en el baño, esforzándose por contener su esfínter y que no se les escape su señorío. Con una previa así el primer golpe ya está dado.

Venganzas hay de muchos tipos y es normal que cada uno tenga sus preferencias. Hay a quien le basta con pequeñas vendettas, como cierto amigo mío, que en el descanso de un partido que nos tocó ver en el Bernabéu regresó del baño aliviado, y con una de esas sonrisas que ya de lejos huele a delito o, como poco, falta menor. Ni una gota he metido dentro, aseguraba satisfecho. Personalmente, soy de los que necesitan más intensidad y prolongar  el momento. Me gustaría que los madridistas fueran conscientes de que ha llegado su hora, sentir su miedo. Notar la intimidación en sus propios jugadores. Algo similar a lo que ocurre con el personaje de Nick Nolte en El Cabo del miedo. Querría ver a Sergio Ramos acercarse al saludo inicial descompuesto, tenso al reconocer a un Max Cady rojiblanco y leer Vengeance is mine tatuado en su antebrazo, justo debajo del brazalete de capitán, y deseando que en el sorteo de campos en lugar de árbitros le acompañasen un forense, dos guardaespaldas y un cura. 

Que importante es elegir correctamente el brazo ejecutor a la hora del desquite. En temas importantes como la salud, el dinero y la cerveza soy un purista y en una revancha de este calibre me parece imprescindible acertar con esto. No puede recaer en el Seitaridis o el Pato Sosa de turno, por poner un extremo. Sergio Leone para el papel de Armónica, que venga la muerte de su hermano en Hasta que llegó su hora, manejó los nombres de James Coburn y Clint Eastwood, lo que deja claro que al director tampoco le gustaba dejar estos asuntos en manos torpes. Puestos a elegir yo me quedaría con Gabi o, quizás Torres, y asegurarnos así que cada rasguño que recibieran llevaría ADN rojiblanco de cuatro generaciones. No es menos importante cribar a las víctimas. Una venganza indiscriminada es una chapuza. Debe hacerse con criterio como hace Uma Thurman en Kill Bill, cuando metida en la tarea de saldar cuentas, y llegado el turno de Vernita Green, interrumpe la pelea al llegar su hija. En nuestro caso deberíamos actuar igual y ser consecuentes, porque un atlético no le tiene las mismas ganas a, pongamos por caso Morata o Asensio, que a Ramos o CR7, con los que acumulamos más cuentas pendientes que los Juzgados de Plaza de Castilla.

Puede haber gente a la que no le guste la venganza o, en el colmo de los despropósitos, les parezca mal. Evidentemente, son gente rara, de poco fiar. De esos que usan riñoneras y emoticonos, por lo general tan felices y con vitrinas tan colmadas que no saben lo que es entrar en éxtasis cuando ganas a tu máximo rival por primera vez en catorce años, en su campo, conquistando una Copa del Rey. Esa misma gente no entiende que los golpes que nos dio el Madrid en las dos finales habrían bastado para dejar a cualquiera enterrado en la barra de un bar, hasta que a los camareros les sangraran los dedos de poner copas. Jamás entenderán que a los atléticos no nos basta siquiera con lograr la recompensa por vengar a esa prostituta que es la Champions League frente a otro rival. Lo que los atléticos necesitamos es una venganza total y sin paliativos, definitiva, como la de William Munny en Sin Perdón. Una en la que arrasemos al Madrid de tal forma que lo único blanco que quede sobre el campo sea el contorno de once tipos pintados con tiza en el césped. Asolarlos, hasta que los dueños de su pocilga asuman que deberían habérselo pensado mejor antes de decorar su salón con aquellas dos Champions.

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