Fútbol italiano

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Vedere Napoli e dopo morire

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Iba con ilusión y llegué con miedo. Contaba las noches para cenar con ella y ahora cuento cuantas noches me quedo hablando de ella. Quería conocerla y acabé enamorándome. Todos o casi la mayoría me hablaron bien de ella y casi los mismos o más, me advirtieron del peligro que conlleva. Nápoles es ella, la bella y temida reina del Sur.

Confieso que escribir sobre Nápoles me resulta complicado. No sé si por el amor envenenado que me ha picado o por los altibajos de sus calles, con una facilidad pasmosa para pasar de la fascinación al rechazo, caer en el espejismo del asombro o ser injustamente cruel. Casi, disculpen la comparación, como Neruda en su Soneto XX “mi fea… mi bella…”

Despierta la ciudad y lo hace con el sol penetrando puertas, patios y ventanas. Nápoles esta abierta y dispuesta a conocerte. Al frente, el mar le reserva una mirada azul, mientras que a lo lejos, alguien canta…son Ischia, Procida y Carpi, islas de la región de Campania y paraísos donde la naturaleza reposa bajo la atenta mirada del Golfo de Nápoles. Ella, siempre en cuesta, se despereza por sus colinas mientras el Vesubio duerme en una muerte profunda. Anclada en el pasado y en la belleza de lo puramente natural, la ciudad mantiene una respiración oscura, de calles pobladas de basura y pobreza, no hay solución, al menos de momento. Sin tapujos ni mentiras, así se presenta dispuesta a conquistarte. La han estado conquistando siempre, y han forjado algo peculiar y muy valioso, una manera de entender el mundo por oposición. Una ciudad oscuramente viva, cargada de mitos, inspirada por todos sus costados, donde el límite entre lo real y lo ficticio se difumina. Un sitio donde lo pagano y lo religioso se mezclan, donde convive la tranquilidad y la locura, lo viejo y desmejorado con lo antiguo y precioso.

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A través de la música, muchos han intentado explicar Nápoles evocando a los paisajes que le rodean y a las relaciones amorosas que surgen en el misterio de sus rincones. Pino Daniele lo consiguió. Me subo al Taxi y sí, es Pino quien suena. Sí, é Pino Daniele! L’unico italiano che suona in questta maquina é Pino! (responde el taxista)

Seguidamente de ello, enseña toda la discografía. Toda almacenada en su móvil. Seguramente pocas fotos pueda almacenar ante semejante barbarie de espacio ocupado por minutos repletos de composición napolitana. Todos saben la letra, canción y disco que suena. Es el pelusa de la música napolitana. Inevitable echar el ojo a principios de año, el 7 de Enero era noticia en el mundo entero la muerte del cantautor napolitano. Inevitable, acordarse una vez allí en el centro de la Plaza del Plebiscito, del último adiós napolitano a su ilustre cantante. En mi taxi, en el suyo y en el de aquel, en todas las trattorias y hasta en la esquina del final de la calle acompaña un pedazo de música napolitana.

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“La Pericolosa”  bajo la música y la fogosidad de sus calles susurra aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor” y en su afán de nostalgia, conserva las buenas costumbres. La gente se sigue mirando a la cara, el hablar con el vecino es un placer cotidiano que te brinda la hospitalidad de los napolitanos. Los hombres se saludan dándose besos, en lo que las puertas y ventanas siguen abiertas de par en par y en la que la colada y la comida invaden aceras y calzadas. No tiene ni la delicadeza renacentista de Florencia, ni los románticos canales de Venezia, ni la refinada elegancia de Milano pero posee una frescura que le viene de la sencillez de la belleza, el mediterráneo la abraza con sus aguas y entre sus calles guarda un sinnúmero de iglesias que son joyas escondidas. La ciudad rebosa humanidad por el griterío, por la vitalidad de sus mercados, por la entrega de los napolitanos que he conocido y por la picaresca y engaño de otros con los que he coincidido.

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Y todo esto que venimos hablando se refleja en su tráfico, caótico por donde lo mires. desde el volante o desde la acera. En Nápoles es fácil ver a familias enteras en una Vespa -creo recordar a cuatro encima de una- y que casi nadie utiliza el cinturón de seguridad. Los semáforos apenas se han inventado y los carriles de conducción los marca el conductor y no las líneas blancas del asfalto. Es Nápoles, un bullicio peculiar que para cruzar más vale cruzar con un napolitano a tu lado si quieres vivir para contarlo. Una ciudad que te permite encontrar un mundo valioso que pronto desaparecerá, donde las canciones, la misera, la belleza, la mafia, el mar, el arte, el tráfico, sus calles y hasta el aire que se respira te permitirá valorar un poquito más el delirio y la grandeza de vivir. Una ciudad con identidad propia, de las que no quedan, dramáticamente bella. Esto decía Jorge Amado sobre su ciudad, pero también le cabe a Nápoles (casi como epitafio): “Te irás de aquí con la seguridad de que este mundo está errado y hay que rehacerlo para bien… porque no es justo que tanta miseria quepa en tanta belleza”.

Ver Nápoles y entender el Napoli

En lo deportivo, resulta ser un reflejo de lo social. Y una vez visto la ciudad y a los napolitanos comprenderás al Napoli. Llegas al San Paolo, superando hasta tres controles antes de llegar a tu asiento, entendiendo que el riesgo es máximo por la afición y devoción que sienten los napolitanos por su equipo. Suena el “Live is life” y todo ese gusanillo que te acompañaba contigo hasta el asiento acaba por desmayarse -el gusanillo me refiero, tu sigues como un roble-. Es la cancioncita, la misma jodida canción con la que Maradona bailaba con el balón en los momentos previos al encuentro allá por finales de los 80′ en el mismo estadio que tú ahora pisas. Viene como anillo al dedo recordar el eslogan de Ecos del Balón: “El recuerdo de un pasado cuyo aroma no debería, ni aunque sea un poquito, abandonarnos nunca, El balón es el protagonista. Y ésta, su casa”

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Levantas la mirada y resulta imposible no ver banderas de Diego. No han cambiado. Es un calco al aliento de sus calles. En su afán de recordar un pasado mejor, no olvidan cuando el Napoli fue grande y lo fue gracias a Diego Armando Maradona. En la Piazza Nilo, en uno de los cafés de la plaza se encuentra hasta un altar en honor al diez napolitano. También “Capello del miracoloso Maradona” y todo tipo de reliquias que uno pueda imaginar en honor a su figura.

“Se convirtió en una especie de Dios sucio, el más humano de los dioses, eso explica la veneración universal que él conquistó más que ningún otro jugador. Un Dios sucio, que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón, pero los dioses por muy humanos que sean no se jubilan”, había expresado Galeano sobre el 10 en vida. Un Dios pagano, nacido en la pobreza, tragón, irresponsable, fanfarrón y toda esa serie de adjetivos con los que le calificó Galeano representan un Dios tan real y tan nuestro que los napolitanos lo entendieron como un salvador, como un reflejo en el que mirarse y aliento de vida al que agarrarse.

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En lo que respecta al Napoli actual, más de lo mismo. un calco de la ciudad o más bien de su tráfico. Mazzarri, Benítez o Sarri no importa, el Napoli seguirá dejando destellos de calidad, luces fulgurantes de lo que pudo ser y no fue pero nunca encontrará el equilibrio que ansia. Frente a la Sampdoria en el encuentro del pasado domingo, el equipo ofreció una imagen notable de lo que busca Sarri de sus chicos. Se ofreció un buen juego de la pelota y el Napoli se marchó al descanso con dos a cero de ventaja en el luminoso. Tras los quince de descanso y pasados los primeros diez minutos del segundo acto, el equipo recordó al tráfico que circula en el exterior del estadio y alrededor de la ciudad. Fue caótico y sin razón. Una Sampdoria sin casi oportunidad durante 50 minutos para igualar el partido, consiguió hacerlo en menos de tres. En un abrir y cerrar de ojos, el Napoli empataba a dos. Volvieron los fantasmas del año pasado. Algunas todavía culpan a Benítez, otros a la dupla Albiol-Koulibaly y unos pocos ya comienzan a cargar con Sarri. El Napoli quiso tirar de heroica pero se quedó sin gasolina por el camino, comprensivo siendo finales de Agosto y atizando desde hace semanas un sol imponente desde lo alto del Vesubio. El Napoli fue un reflejo durante 55 minutos de lo que Sarri quiere que sea. Y sobraron 35 de lo que ningún napolitano quiere que sea. El equipo se llevó una ligera pitada y algún que otro enfado pero como en el tráfico es algo pasajero hasta el próximo semáforo -si es que lo hay-. Sarri no debe jugar con fuego y jugar con la paciencia de los napolitanos. Vista la ciudad y los problemas de la Comune, se entiende los problemas por remodelar el San Paolo, las negativas de muchas mujeres de futbolistas por venir a vivir o los problemas del presidente, Aurelio De Laurentiis a la hora de negociar. Así es Nápoles y el Napoli, un tesoro cargado de historia, vitalidad y naturalidad. O lo amas o lo odias, yo lo amo.

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