Sudamérica

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¡Vamos, vamos Chape!

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Son casi las tres de la mañana en España en la madrugada del 24 al 25 de noviembre. El estadio Arena Condá de Chapecó, en el estado brasileño de Santa Catalina, presenta su mejor entrada de la temporada. Los más de 18.000 aficionados presentes hacen del campo una auténtica olla a presión, porque su equipo, el Chapecoense, su ‘Chape’, está a solo segundos de meterse nada menos que en la final de la Copa Sudamericana, el segundo torneo internacional de mayor relevancia a nivel de clubes en Latinoamérica tras la Copa Libertadores, y en el que participan por segunda vez en su cada vez más creciente historia.

Enfrente, el San Lorenzo de Almagro, uno de los mejores equipos de Argentina, que con ilustres sobre el verde como Fabricio Coloccini, Seba Blanco, Emmanuel Más, Ezequiel Cerruti o Marcos Angeleri busca a la desesperada el tanto que desempate la semifinal y les de acceso a la última ronda. Es el minuto 94 y el luminoso refleja empate a cero, pero la igualada a uno en tierras argentinas obliga a los de Diego Aguirre a intentar la heroica. A San Lorenzo le queda una falta lateral desde el vértice izquierdo que va a botar Martín Cauteruccio, autor del gol de los cuervos en la ida.

El ‘Chape’ defiende en bloque en el área. Cauteruccio la templa, Blandi no acierta a rematar y el balón le cae franco a Angeleri, que remata con todo ya en el área chica. El gol parece inevitable, pero entonces, ante la incredulidad visitante, de la nada emerge el pie salvador del meta e ídolo local Danilo. El balón sale rechazado, la zaga despeja, y el árbitro pita el final. Danilo señala al cielo, sonríe, se arrodilla, se cubre la cara y echa a llorar de la emoción. Sus compañeros van hacia él y se funden en una piña, igual que habían hecho mes y medio antes cuando el guardameta detuvo nada menos que cuatro lanzamientos en la tanda de penaltis ante Independiente de Avellaneda y dio a los suyos el pase a cuartos. Ese día en que la prensa bautizó a Danilo como “O monstro sagrado” y comenzó a pedir a gritos la presencia en la selección absoluta de este trabajador incansable y adorado por su torcida.

Lo habían logrado. Los guerreros del Verdão do Oeste se habían colado en la final de la Copa Sudamericana contra todo pronóstico en su segunda participación. En la primera, justo un año antes, caían en cuartos ante River Plate. Gesta más que notoria para un conjunto humilde fundado en 1973 que en el año 2009 militaba en la Série D, la cuarta división del fútbol brasileño. En solo cuatro años, lograron tres ascensos hasta subir a Primera, de la que llevaban alejados 35 años, se mantuvieron, y empezaron a soñar más fuerte que nadie.

Con la gestión al frente de su presidente Sandro Pallaoro, principal artífice del crecimiento del club, nombrado Empresario del Año en Brasil en 2015 y que ahora se devanaba los sesos buscando un nuevo estadio con capacidad para poder jugar el partido de vuelta de la final, su incesante trabajo y su manera de hacer las cosas convirtieron pronto al ‘Chape’ en el club simpático del país, en el segundo equipo de todos los brasileños, y le llevaban a clasificarse para disputar el partido más importante de su historia.

Las imágenes en el vestuario después del partido lo decían todo. Jugadores, cuerpo técnico, directiva, familiares y todos los miembros del club aunados juntos cantando al unísono con rebosante alegría el más que pegadizo “¡Vamos, vamos Chape!” escenificaban la esencia del club, la de un conjunto humilde, unido y trabajador que a base de soñar había encontrado la senda del éxito sin perder sus valores ni sus señas de identidad. Partido a partido y con un fútbol aguerrido, compacto y solidario, el equipo había logrado meterse en la final de la segunda máxima competición Latinoamericana, y marchaba en un meritorio noveno puesto en la Série A. Su juego, reconocible, osado y cocinado por su técnico Caio Jesús, al que por fin le llegaba la oportunidad de triunfar tras una vida dedicada a los banquillos, estaba a un paso de la gloria.

Un equipo de guerreros

Sobre el verde, destacaba el ídolo Danilo en portería, pero también las subidas por banda izquierda del lateral Dener, al que muchos, a sus 25 años, querían ver ya en la ‘canarinha’. Por la otra banda, Giménez o Caramelo, y en el centro, el indiscutible Thiego junto al experimentado Hélio Neto, el joven Marcelo o el ex del Pontevedra Felipe Machado. En el centro del campo, Josimar, Hyoran, Matheus, Sérgio Manoel y Gil pugnaban por dos puestos para blindar al auténtico timón del equipo, ese buscavidas del fútbol llamado Cléber Santana que llevaba la manija y el brazalete del ‘Chape’ y al que recordarán de su etapa española en Atlético de Madrid y Mallorca y por tener el curioso honor de haberle marcado en dos jornadas consecutivas a Barcelona y Real Madrid hace unos cuantos años. Y arriba, la magia de Thiaguinho, la calidad de Ananbías, la velocidad de Lucas Gomes, y los goles de Éverton Kempes, con su característico pelo afro, y de otra leyenda del club, Bruno Rangel. Un brebaje perfecto que soñaba con grabar su nombre en letras de oro en la historia del fútbol.

Dos días después de pasar a la final, el Chapecoense era testigo directo del definitivo renacer del Palmeiras de Gabriel Jesús y Zé Roberto, que liderado por Cuca desde el banquillo vencía 1-0 al ‘Chape’ y volvía a alzar el Brasileirão veintidós años después. Los hombres de Caio Junior les congratulaban. Lo que no sabían era que el sino iba a querer que aquel fuera el último partido que jugasen juntos.

Veinticuatro horas más tarde, el ‘Chape’ tomaba el avión que le llevaría al partido más importante de su historia. Destino Medellín. Allí esperaba el Atlético Nacional en la ida de la final de la Copa Sudamericana que debía disputarse el miércoles por la noche. La emoción embargaba a los jugadores, conscientes de lo cerquita que estaban de hacer historia, arengados por el universo fútbol casi al completo. También en Europa, donde veían en el ‘Chape’ la recreación de otros trasgresores del fútbol moderno como el Atleti, el Leicester, el Rostov o el RB Leipzig. “En cuántas vidas yo viva, en todas yo te amaré”, publicó en su Instagram Cléber Santana justo antes de embarcar. Les esperaba la gloria. O así debía ser.

Pero ahí el destino jugó su irónica baza. El vuelo LAMIA CP 2933, que transportaba a los 77 miembros de la expedición y al que derivaron al conjunto brasileño a última hora por un problema de permisos con el avión que debía fletarles a Colombia, se estrelló a solo unos kilómetros de aterrizar en el Aeropuerto José María Córdova y el sueño del ‘Chape’ se hizo añicos. 19 futbolistas, todo el cuerpo técnico, veinte periodistas, siete miembros de la tripulación y todos los directivos, incluido el presidente, empleados y demás personal del club perdían la vida en la mayor tragedia de la historia del fútbol brasileño.

Milagrosamente, seis personas eran rescatadas de entre los escombros. Dos tripulantes, el periodista Rafael Henzel, y tres jugadores. El portero suplente Jakson Follmann, al que tuvieron que amputar una pierna a su llegada al hospital, el lateral zurdo Alan Ruschel, con lesiones graves en la espalda, y el central Hélio Neto, al que encontraron con vida cuando ya no había esperanza y que presenta un “traumatismo craneoencefálico severo”. Aunque no fueron los únicos que se salvaron.

A Matheus Saroli, hijo de Caio Júnior, se le olvidó el pasaporte y no embarcó. Dos fijos en el equipo, Hyoran y el delantero ex del Villarreal Ale Martinuccio, lesionados, se habían quedado en tierra. Como también el portero Marcelo Boeck, ex del Sporting de Lisboa, con permiso especial para celebrar su cumpleaños, y tres de los capitanes y exponentes del club, Nivaldo, Rafael Lima y Neném, fundamentales en la reciente historia del club, pero a los que Caio Júnior decidía dejar en Brasil, al igual que a Moisés, Claudio Winck, Lucas Mineiro, Demerson, Lourency y Andrei. Ellos, con sus tres capitanes al frente, tendrán ahora la difícil misión de tirar hacia delante.

El mundo del deporte se ha volcado con la desgracia del ‘Chape’. Atlético Nacional, rival del Verdão do Oeste en la final, ha solicitado que se entregue el título al conjunto brasileño. En Anfield, los aficionados del Liverpool les rindieron tributo anoche con el “You’ll never walk alone” y un más que respetuoso minuto de silencio en los cuartos de la EFL Cup entre Liverpool y Leeds. En Argentina, Huracán y Racing de Avellaneda han solicitado jugar con el escudo del equipo bordado en sus camisetas. Y en Brasil, los clubes enviaron un comunicado a la Confederación Brasileña de Fútbol solicitando que el Chapecoense no pueda descender en los próximos tres años, y Corinthians, Palmeiras, Santos, Sao Paulo, Fluminense y Vasco da Gama le ofrecerán las cesiones de manera gratuita de varios jugadores para poder reestructurar el equipo. El Palmeiras, además, solicitó a la Federación disputar su último partido de Liga con la ropa del Verdão. La Torre Eiffel, el Cristo de Corcobado, el Allianz Arena de Múnich o el Olímpico de Wembley también se teñían del verde del ‘Chape’. Hechos que ponen de manifiesto verdadero valor del fútbol, que demuestran una vez más que el deporte rey es algo más que veintidós hombres corriendo detrás de una pelota

Resulta imposible imaginarle un final más trágico a tamaño cuento de hadas, a la historia de unos guerreros soñadores que viajaban a Colombia con el anhelo irrefrenable de grabar su nombre entre las leyendas del balón. El destino ha querido que estas líneas se escriban tras la tragedia, despertando al ‘Chape’ del sueño y transportándole a la peor de las pesadillas, y no tras alzar el trofeo que hubiera cerrado una historia de ensueño y que Thiaguinho hubiera podido dedicarle al hijo que justo antes de coger el vuelo se había enterado por sorpresa que iba a tener. Pero los sueños no siempre se cumplen. La vida es pocas veces justa.

Las imágenes del Verdão celebrando el pase a la final con felicidad descosida tras el duelo ante San Lorenzo forman ya parte de la historia. Porque así es como hay que recordar a los guerreros de este modesto club de Brasil que ya es leyenda. “Si me muero ahora, moriría feliz”, dijo en aquel momento Caio Júnior, con la sensación de saber que sus chicos se lo habían dejado todo y que toda Latinoamérica y el mundo vibraba con su proeza. Lo que el entrenador no sabe, pero algún día sabrá, es que ha grabado el nombre de sus guerreros y el suyo en la historia del fútbol con letras doradas. Porque sus héroes y él ya son eternos. Que el grito no se pierda. “¡Vamos, vamos Chape!”. Siempre en el recuerdo, campeones.

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