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Una luz portuguesa en una noche de penumbra

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Duro palo para comenzar la máxima competición continental. Con un garrote de anciano golpeó Hulk la sesera blanquinegra. Sin compasión ni espera, corrió como un búfalo en la Sabana hambriento de protagonismo para volver a estar entre los mejores. Dos zambombazos suyos dejaron pálida a una grada desangelada ya de por sí por los desorbitados precios que puso el club en los packs Champions. El Valencia manejaba, llegaba y tenía el dominio del esférico pero el control del partido estaba firmado por Gazprom. Al menos hasta el descanso. Quizá obtuvieron demasiado metal para tan poca marca pero expusieron ante todos que son el rival más fuerte del grupo y que en esto del futbol lo importante es meterla dentro. Da igual de qué forma. Villas Boas trabajó fantásticamente el partido y le ganó la partida a Nuno. Algo que últimamente está siendo demasiado habitual. Colocó una línea de cinco atrás a modo de trinchera para obstruir cualquier grieta y obligar al Valencia a meterse en campo contrario. Después serían las transiciones defensa-ataque las que dinamitarían Mestalla. Con sus granadas distinguidas arriba.

Algún estímulo e instigación debió tocar el míster de Santo Tomé en el vestuario para que el Valencia saliese en la segunda parte convencido de la épica. Bueno, eso y que André Gomes volvió a pisar la hierba del teatro de los sueños de la Avenida de Suecia. Fue la fosforescencia de la oscuridad, el fanal en un mar sin horizonte, el fulgor de la opacidad, un reflector en la sombra. La mejor noticia a la que aferrarse. Volvieron las zancadas prominentes y aventajadas, los regalos en época distante a la ceremonia, los conejos y las chisteras. Retornó la diferencia. Él solito se encargó de ponerle al Zenit un nudo en la tráquea como si de una bola de plastilina se tratara. Empató el partido con una maniobra maravillosa e irradió felicidad a los suyos. Parejo ya no estaba solo y Enzo supo en un abrir y cerrar de ojos que el cambio de posición no iba a ser un problema. La cabeza del faro de Lisboa era el iOS9 pero sus piernas un Macintosh del 84. Aguantó hasta donde pudo.

Cuando se había conseguido lo más complicado, con un Cancelo goleador y participativo en ataque, llegó otra laguna detrás. Otro desajuste en una contra que mandó al traste el trabajo hecho. El “pelocho” Witsel cruzó el lanzamiento al palo largo dejando a Jaume con los cascos puestos para escuchar el sonido de la madera. Había tiempo pero no ideas. Que a esta plantilla le falta un banda y un creador de juego de primerísimo nivel no es un imprevisto de última hora. Llevo defendiendo desde que Alcácer levantó la marea naranja de Almería que ahí residía la clave para subsanar las carencias con respecto al curso pasado. Pero, quizá por el ahogo del Fair Play Financiero, se ha apostado por amplificar el banquillo. Más fondo de armario se tiene. Mi duda es si la ropa es válida para una noche de gala donde sirven a los comensales caviar de beluga o simplemente para tomarse un quinto en la taberna del tío Rufino.

Es sólo el primer partido del grupo pero el que había que ganar -o no perder- para soñar con el liderato. Bien es cierto que el empate en Bélgica entre el Gante y el Lyon deja todo más que abierto, pero el Valencia tendrá que viajar a Francia con la urgencia de sumar puntos tras el revés a dos manos de Hulk. Y mira que Mustafi intentó apartar la cara en una de esas noches donde manifestó que ya es el líder, un central de Champions con todas las de la ley. Tal vez el brazalete, por espíritu, raza y rugido, debería estar unos metros más atrás de lo que está ahora. Lo que sí merece estar delante y, a poder ser siempre, es el entendimiento, el juicio y el talento del foco de Grijó. Fueron cuatro meses sin sus arrancadas, dieciséis semanas sin que la pupila se dilatase. Ahora, es el momento de deleitarse con la vuelta de André Filipe Tavares Gomes. El que iluminó en el estreno ante el Zenit una noche opaca.

 

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