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Valencia, deleite y gauchismo a lo Martín Fierro

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Domingo ORTIZDemasiados disgustos. Demasiadas decepciones. Muchas temporadas transitando por la mediocridad. Años de cumplir objetivos pero vacíos de grandes alegrías. Vanos y vacantes de éxtasis y orgullo. Solo es un partido, sí, pero el prestigio y desenfreno que supuso asaltar el Camp Nou el pasado sábado ya nadie se lo arrebata a los valencianistas. Una segunda parte para pulsar el rec o, enhebrando el actual hilo tecnológico para descarga directa, supuso que el Valencia consiguiera en una gran cita el botín emocional que toda su afición demandaba.

Los goles de Parejo, Piatti y Alcácer quedarán guardados como reliquias para la posteridad, pues no todos los años se conquista el feudo blaugrana. De hecho, olía a cerrado. Suena como en la lejanía, como si los tiempos pretéritos estuvieran más ahuyentados que nunca. Una especie de poesía gauchesca. A modo de Martín Fierro. Era la misma nostalgia del pasado que el argentino José Hernández volcaba en el papel con el amor que le determinaba. Una década hacía. Y para un gigante como el Valencia es demasiado tiempo.

Se espera que, ahora sí, sea el punto de inflexión en la temporada. Se han tenido diferentes amagos, como el día del Sevilla en Mestalla (3-1) donde Djukic lo calificaba como “todos tenemos nuestro Espanyol”, haciendo alusión a la remontada que consiguió el Valencia campeón de Rafa Benítez en Montjuic (2-3) y que permitió que el entrenador madrileño no fuese destituido. Afortunadamente. Sin embargo, ese conato quedó en nada. Una entelequia que acabó con el serbio en la calle. Si el próximo sábado ante el Betis (16:00) no se refrenda lo de Barcelona será una nueva tentativa fallida. Y son excesivos golpes.


Sofiane Feghouli supera a Jordi Alba en el Camp Nou | Getty Images

Pero volvamos a la (buena) salud mental. A la autoestima. Al manantial de ilusión que supuso arquear y someter al equipo del Tata Martino con todas sus estrellas sobre el tapete (salvo Neymar). Habría que preguntarles uno por uno a todos los valencianistas si califican esta victoria como la de mayor orgullo de los últimos años. Posiblemente lo sea. Se ha eliminado al Werder Bremen en Alemania con Özil y Marko Marin como estrellas. Aquella noche de David Villa. Al igual que se ha competido de tú a tú con Manchester United, Bayern de Múnich y Chelsea en Mestalla. Se han hecho grandes partidos, pero cada vez que se llegaba a un marco incomparable y se arrastraba a la masa, la vuelta a Valencia siempre era angustiosa.

Afligida y apesadumbrada. Era un casi pero jamás era un ¡sí! Algo parecido al colombiano Jorge Isaacs. Siempre deseoso en su dedicación al comercio y que tuvo que conformarse con observar diariamente que no era posible. Hasta que probó la pluma. Y eso encontraron los de Pizzi en Barcelona. Escritores de péndola que consiguieron estallar el volcán emocional de su gente. Al fin, un escenario majestuoso, un equipo impoluto, armonioso y académico desvirtuado por el Valencia. Por su Valencia. Lágrimas de felicidad. Como las de Martín Fierro al encontrar la compañía del Sargento Cruz y olvidar la soledad. Un gaucho en toda regla. Como Juan Antonio Pizzi. El artífice del mensaje con calado que avivó y estimuló a los suyos en un día ya subrayado. Ya tocaba ché.

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