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USA ’94: Holanda sin Michels, Brasil sin diez

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La campeona del Mundial, Brasil, y la potencial campeona, Holanda, brindaron el mejor partido de la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994. Y de no ser por la final de Copa de Europa disputada un mes antes en Atenas, donde el Milan de Capello apisonó al Barça de Cruyff -el histórico 4-0-, hubiese sido el gran encuentro del año.

Holanda se presentó en el torneo sin su principal figura reciente, que no era otra que el entrenador Rinus Michels. El revolucionario precursor del fútbol total en los ’70, llevó a su última Holanda a ganar la Eurocopa de Alemania Federal ’88, sacándose así -al menos en parte- la espina clavada desde 1974. Cuatro años después, en su participación definitiva por la Eurocopa de 1992 disputada en Suecia, había alcanzado las semifinales, cayendo de manera inesperada desde el punto de penalti contra la sorprendente Dinamarca que, a la postre, saldría vencedora.

La mayor mácula holandesa de los últimos tiempos fue la del Mundial de 1990. Allí no estuvo Michels. Tanto como los brasileños, la aportación de los pupilos de Leo Beenhakker en Italia acabó en los octavos de final, saliendo derrotados por dos goles a una por la selección germana que acabaría ganando el torneo. Brasil, dirigida por Sebastiao Lazaroni, sucumbiría contra la subcampeona Argentina -el famoso partido del somnífero en el agua que bebió Branco-, haciendo que los trayectos de ambos combinados fueran bastante parejos.

Leo Beenhakker (Getty)

En la EURO ’92 de Suecia, el segundo entrenador fue Dick Advocaat, quien pasó a la dirección tras el adiós de Michels. En 1993, Advocaat, tras el enfado de Ruud Gullit por una suplencia y la posterior negativa a ser seleccionado, a punto estuvo de ser relevado por Johan Cruyff, opción que sí apoyaba -o casi forzaba- Gullit. Sólo desavenencias económicas harían imposible el acuerdo con Johan y permitirían que Advocaat siguiera dirigiendo a los neerlandeses hasta el mundial norteamericano. En cualquier caso, Rinus Michels se marchó, pero no así lo más importante de él: el estilo y el conocimiento.

Advocaat aprovecharía la experiencia presencial con Michels y le sumaría la transmitida por el reciente dominador internacional de clubes, que no era otro que el mismo Cruyff. El modelo de juego de posición, presión elevada e intensa (pressing football de Rinus), solidaridad, triangulaciones y ataque veloz por bandas, seguiría latiendo en los Países Bajos. El fútbol de ataque innegociable que los hizo grandes.

Los componentes exitosos del pasado inmediato de la orange, como Hans van Breukelen o Marco Van Basten -además de Gullit- pisaban el retiro. Dick Advocaat tuvo que enfrentar la renovación y lo hizo de la manera más sensata posible, acudiendo al mejor equipo holandés del momento, el Ajax de un pujante Louis Van Gaal que compartía métodos e ideas con el combinado nacional.

Claudio Brano y Marc Overmars (Getty)

Los hermanos de Boer, el capitán Blind, Marc Overmas y el mecanismo que ellos hacían funcionar, ya estaba siendo aprovechado a nivel de selecciones. Un año después, ese Ajax alzaría la Copa de Europa contra el AC Milan, tomando el testigo de los italianos en Europa. Con la naranja, la fortuna les fue esquiva, pero pese a la ausencia de éxitos dejaron momentos brillantes. El capitán Ronald Koeman declararía: “Hay que confiar en el trabajo de Advocaat. Claro que me hubiera gustado tener a Cruyff en el Mundial, llevo muchos años junto a él, pero creo sinceramente que Advocaat puede hacer un buen papel”.

Desde la última cita, Dennis Bergkamp continuaba en la convocatoria, pero ahora como indiscutible referencia ante la forzada ausencia de Van Basten. En línea defensiva, los Ronald Koeman, Danny Blind, Stan Valckx, Jan Wouters y Frank de Boer, seguirían inamovibles, repartiéndose los minutos. El experimentado Frank Rijkaard aún sería fijo delante de ellos. Ronald de Boer y Overmars pasaban a ser parte esencial del mecanismo ofensivo, completando a los ya habituales Aaron Winter, Wim Jonk, Peter Van Vossen y el propio Bergkamp. El bagaje continuaba gozando de confianza, tanto en el 11 como en el banquillo, para cualquier desvío inexperto sobre el terreno de juego. Rob Whitsghe y Bryan Roy esperaban su momento. Los últimos dueños del arco Hans van Breukelen y Stanley Menzo, dejaron su lugar a un consagrado Ed De Goey y un naciente Edwin Van der Sar como suplente. En aquel equipo había de todo.

Por su parte, la por entonces tricampeona del mundo llegaba a la cita con ansias de volver a ser lo que fue. Juzgando el nivel de juego, cerca estuvieron los Telé Santana, Zico, Cerezo, Sócrates o Falcao de hacerlo tanto en España ’82 -perdieron en segunda fase por 3-2 contra la Italia ganadora- como en México cuatro años después -derrota en cuartos frente a Platini y su Francia vigente campeona europea-. No extraña que pasaran a la historia como la segunda mejor generación de futbolistas sin cetro, tras la ‘Naranja Mecánica’ de los años setenta, aquella de Cruyff y Rinus Michels primero y Ernst Happel o los hermanos Van der Kerkhof en 1978.

Carlos Alberto Parreira (Getty)

Carlos Alberto Parreira era el entrenador. Se trataba de su segunda etapa al mando, tras su corto periplo en 1983. Ahora no actuaba solo. Su mano derecha sería quien dirigiese a la última campeona, la gran Brasil del ’70, actualmente considerada mejor selección de todos los tiempos. Mario Zagallo traería su experiencia; pero ni él podía recuperar a Pelé ni Parreira al ‘Pelé blanco’. Brasil carecía de ese “10” que tantas alegrías había sellado en la canarinha y, como en el Mundial previo, el 4-4-2 pasaba a ser la primera opción.

Lo más parecido al clásico enganche que Parrerira convocó fue Raí, pero sus cualidades lo hacían un media punta jerárquico, no ese jugador talentoso que dominaba todas las facetas ofensivas exigibles a la estrella del equipo.

Pese a ello, así como Holanda, aun sin contar con ningún balón de oro en los integrantes, la verdeamarelha seguía teniendo futbolistas de primerísimo orden. El genial delantero del Barça, Romario, era el ídolo, o quizá la dupla que hacía con Bebeto lo era realmente. Ambos llevaban en el plantel casi un lustro, y con la salida de Careca y la veteranía de Muller -que ahora ocuparía sitio en el banquillo- eran las principales esperanzas del país sudamericano. Pero eran puntas de lanza, finalizadores de juego, no creadores.

Romario (Getty)

Al igual que su rival, la defensa era lo más consolidado. La zaga compuesta por Jorginho, Aldair, Ricardo Rocha y Branco repetía participación mundialista. El hábil Leonardo había usurpado el puesto de lateral izquierdo –no sólo a Branco sino también a Roberto Carlos, que no fue convocado-, pero su expulsión contra EEUU en octavos de final permitió al potente Branco recuperarlo, para suerte de los suyos en el encuentro contra Holanda. Ricardo Rocha no pudo formar la eterna pareja con Aldair dado que se lesionó al inicio. Prácticamente jugó todo el campeonato Marcio Santos, que cumplió de maravilla.

En las dos Copas de América anteriores al Mundial, jugadas en 1991 en Chile y 1993 en Ecuador, la campeona Argentina de Alfio Basile y Batistuta había sido su verdugo. En el primero de los años de la década, una buena Brasil caería en la final, pero en la jugada en Ecuador -ya dirigida por Parreira- únicamente alcanzaría los cuartos, donde nuevamente perdería contra la albiceleste. El grueso de esa selección, con futbolistas como Taffarel, Cafú, Mauro Silva, Mazinho o Raí se mantuvo, salvándose de la quema, pero otros como Edmundo o Palhinha no superarían la criba, dando paso a nuevas piezas como Leonardo o el jovencísimo Ronaldo, aunque éste no llegó a saltar al verde en Estados Unidos. En una entrevista, Bebeto daría su fórmula para el éxito: “El fútbol es una religión en Brasil. Para ver al equipo tetracampeón se necesita humildad y determinación”. 

Aldair y Marcio Santos en la retaguardia, Mauro Silva y Dunga en el pivote, Romario y Bebeto… se trataba de un bloque formado de pequeños bloques, todos indestructibles, donde el liderazgo era compartido. Brasil, por las características de los jugadores, tuvo que dejar de ser un país de individualidades, como tradicionalmente era. Para USA ’94 lo que importaba, parecía claro ante la carencia de una figura destacada, era el conjunto. Sintetizando, cada uno a su modo, en 1994 Holanda y Brasil compartían una manera de caminar hacia la victoria: el juego de equipo.

Dick Advocaat (Getty)

Para llegar a enfrentarse, habían tenido que dejar en el camino a selecciones que, a primera vista, no estaban en el saco de favoritas, pero que complicaron mucho la clasificación. Suecia, Rusia y Camerún en el grupo B frente a Brasil y Bélgica, Arabia Saudí y Marruecos en el F para los de Dick Advocaat. Tanto una como la otra finalizaron primeras de su grupo ganando dos partidos, siendo las sensaciones dejadas por Brasil -sólo un empate frente a Suecia- mejores que las neerlandesas -una derrota contra Bélgica-, sobre cuyo entrenador y entramado defensivo caían críticas día sí día también.

En octavos, la canarinha apeó a una digna anfitriona y Holanda encontró su mejor versión para vencer a Eire. En el duelo que los mediría, pasarían a verse los mejores noventa minutos de ambas contendientes en el torneo. Todo listo. Gloria, experiencia, orden e imaginación sobre el césped por parte de los brasileños contra riesgo, ilusión, actividad y verticalidad en el lado de los holandeses. Más que probablemente, uno de esos dos equipazos alzaría la Copa.

Cuartos de final de USA ’94

Holanda 2-3 Brasil (09 de julio de 1994, Cotton Bowl, Dallas)

Holanda, en 3-4-3: De Goey; Valckx-Koeman-Wouters; Rijkaard-Winter-Rob Witschge-Jonk; Overmars-Van Vossen-Bergkamp

Brasil, en 4-4-2: Taffarel; Jorginho-Aldair-Marcio Santos-Branco; Mauro Silva-Dunga-Mazinho-Zinho; Bebeto-Romario

Holanda de blanco y Brasil de azul, para quitar luminosidad al ambiente. Valentía es lo que presentó Advocaat, y atrevimiento sus jugadores. El técnico formó un equipo todo lo ofensivo que pudo. Wouters actuaría en la zaga sustituyendo a Frank de Boer. Overmars y Van Vossen comenzaron percutiendo los costados, donde Rijkaard y Winter intentaban incesantemente mandar los balones.

Marcio Santos y Denis Bergkamp (Getty)

Brasil no los intimidó. Ni de inicio ni tras el 2-0 obra de Bebeto, que subió al marcador en el minuto 63 cuando el atacante aprovechó la pasividad defensiva holandesa para activar su inteligencia, recoger un balón en tierra de nadie, dejar atrás al central con un toque de punta y tumbar acto seguido a De Goey con una sutil finta. La reacción holandesa fue pronta. Un minuto después, Bergkamp daba aliento con el primer tanto de los suyos, batiendo a Taffarel a su izquierda tras una delicada maniobra en el área que anuló a Marcio Santos.

Antes de todo ello, cuando Holanda dominaba el encuentro a base de ritmo, Romario había abierto el marcador. ‘O Baixinho’ finalizaría una excelente jugada de tiralíneas, que acabó con un envío lateral de Bebeto para que el nueve se adelantase a la zaga y definiera a bote pronto, dando muestras de lo que era: un goleador compulsivo. Tras el tanto, Advocaat sumó pólvora, retirando del terreno al veterano Van Vossen y dando entrada al atacante Roy, que acompañaría a Bergkamp en la vanguardia. Dennis, pese a jugar de hombre gol y poder haberlo hecho de lo que se le antojase con su calidad, era un falso delantero centro, figura tan en boga patentada por Johan Cruyff. Bryan Roy sería, por tanto, una buena compañía.

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Desde el inicio, Holanda pretendía llegar en combinación, alternando el pase corto y el envío diagonal de Koeman hacia los extremos, con el fin de sorprender y saltar la línea de contención que Mazinho aseguraba delante del capitán Dunga y Mauro Silva. Brasil atacaba directo, abusando del paso largo a Bebeto, que se movía a su antojo en todo el frente de ataque y acabó siendo el mejor del partido, y Romario, que le cayera lo que le cayese sacaba provecho. Pero ninguno de ellos llegaba al metro ochenta, por lo que la idea parecía errónea. Los dos primeros goles de los amarillos llegaron tras jugadas a ras de césped, paradójicamente. O como era de esperar.

El 2-2 que desató la locura en la hinchada europea lo hizo Winter en el 76′, cabeceando a gol un saque de esquina botado desde la derecha. Para entonces ya había saltado al campo Ronald de Boer en sustitución de Rijkaard, por si faltaba algún jugador de transición ofensiva en el tapete. Pero la ilusión duró lo justo. Dos minutos tardó Branco en erigirse héroe de una nación. Una falta lejanísima -aunque para su zurda pareciese estar al borde del área- fue pateada por el lateral con toda la potencia que su interior contenía. El cuero fue abajo, en dirección a la cepa del palo izquierdo, mucho más rápido que la velocidad que De Goey podía aportar en la mejor estirada por él soñada. Cuando el guardameta cayó, ese esférico, que casualmente no acabó explotando, ya había sobrepasado su guante izquierdo y se alojaba en la malla, que lo sintió brutalmente.

Ése era el 2-3 que cerraba el mejor partido del Mundial y permitía a Brasil pasar de ronda lleno de confianza. Luego vencería a Suecia para alcanzar la final, donde la Italia de Arrigo Sacchi claudicaría en la tanda de penaltis. La pragmática Brasil de Parreira salió de EEUU como tetracampeona, y la estética Holanda de Advocaat debía esperar una nueva oportunidad para levantar la Copa del Mundo que la historia le debe desde la lejana década de los ’70.

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