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Un volcán dormido en vísperas de un "Clásico"

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Fermín SUÁREZ – Es evidente que el Barça no es el rodillo de antaño, pero es un equipo sumamente tenaz y competitivo que evoluciona y se construye desde la victoria y la imbatilidad. Desde luego, no todos los grandes de Europa pueden presumir de trayectorias inmaculadas a estas alturas. Sólo Roma (pleno de victorias en Serie A), Mónaco y PSG (aunque suman más empates que el Barça) pueden vanagloriarse de estar invictos todavía. Arsenal, Bayern (que perdió la Supercopa ante el Borussia), United, Chelsea, City, Juve, Nápoles, Inter, Madrid, Atlético y Borussia ya han tropezado en alguna ocasión. Sin embargo, pese a la luminosidad de las estadísticas, el Barça presenta carencias en su juego que le impiden fraguar un fútbol más expresivo, analgésico y contundente.

En el ecosistema azulgrana, existen patrones deficientes que se han repetido con más o menos intensidad a lo largo de sus 14 partidos: el repliegue defensivo (traducido en goles de Rakitic, De la Bella, Robinho y todos los que ha evitado Valdés), la concentración a balón parado (Hélder Postiga, Javi Guerra, Coke y Cala), la incapacidad de gobernar de forma absolutista los partidos como antes, la desconexión puntual, la irregularidad en la circulación de balón y los ataques desordenados; también añadiría una sensación que, de vez en cuando, desprenden los futbolistas: creen implícitamente que, con el freno de mano puesto y un par de genialidades, doblegarán a sus rivales.

Mascherano se flageló ante la prensa por un error suyo ante el Milan. Llama la atención su exceso de autocrítica, cuando ha sido uno de los futbolistas más fiables y regulares de lo que llevamos de temporada. Sus principales características, la intensidad y la concentración, son virtudes que, precisamente, no practica su compañero de zaga, Gerard Piqué, quien todo lo ve de color de rosa y cuya cintura se ha desquebrajado en más de una ocasión ante Arda Turan, Villa, Vitolo, Rakitic, Griezmann, Omar Ramos y Robinho.

El nivel de forma de Piqué no es el óptimo, como tampoco lo es el de Iniesta. Difuminado por la política de rotaciones y alejado de su repertorio, el manchego tan sólo ha subministrado una asistencia (la de Messi ante el Milan). Si bien Pedro lleva 5 goles (2 ante Levante y 3 ante Rayo, en dos partidos que acabaron 7-0 y 0-4), tampoco logra alcanzar su versión más revoltosa, dinámica y chispeante, y ha sido superado claramente por el pundonor de Alexis, más dispuesto a librar combates en la espesura del área.

No obstante, el Barça, amante por tradición del juego de bandas, ya ha desnaturalizado el rol de los extremos, no sé si por prescripción del Tata o por la inercia desordenada de sus ataques. Pedro y Alexis, habituales titulares en el costado derecho, ya no pisan la cal, ya no desbordan, ya no generan superioridad por fuera, ya no ensanchan el campo para obligar a los rivales a salir de sus cuevas.

El Clásico será una buena prueba para auscultar a un Barça que se ha reservado juego y lo ha racionalizado con Excel, al igual que el Tata con los minutos, para no quemar naves antes del tramo decisivo de la temporada. Eso sí, me gusta la imprevisibilidad del Barça y la posibilidad de ver, en cada partido, un nuevo capítulo de la reinterpretación de la filosofía azulgrana que presuntamente se está llevando a cabo. La sensación es que, este nuevo pero a la vez conocido Barça posee un magma de juego enorme que aún sigue contenido, aletargado, esperando a una cita como la del Madrid para desbordarse.

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