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Un relato de Wembley

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Ya son veinticinco años desde que Koeman pusiera las cosas en su lugar: la pelota en su destino y el FC Barcelona en su ambición. Porque no podemos afirmar si el club estaba o no donde se merecía, pero sí que la suerte no siempre corrió de parte de sus pujantes apuestas. Desde el mágico ataque magiar hasta el artístico Menotti-Maradona, pasando por la más fuerte intención de fútbol grupal en las figuras relacionadas de Rinus Michels y Johan Cruyff. Su pretensión fue siempre aspirar a lo más alto, aspirar a cantar el gol de Koeman en Wembley.

La casa del césped

Hace un cuarto de siglo, como siempre, el primer paso fue el balón. Ése que Ronald terminó llevando dentro de su mejor refugio, una casa que, como la del árbol, es un templo de madera y fibras que acoge y mima a su destinatario tras la fatigosa actividad matinal o diaria. La portería. Como en la habitación que el padre elabora a su heredero con algunos leños y elevadas cargas de esmero e ilusión, el espacio que ocupa hace las veces, para su receptor, de mundo aparte del Mundo. En sus respectivos interiores, balón e hijo no tendrán diferencia. A ambas le azotará el aire por los costados y nada evitará que su base la moje la lluvia, pero ambos pueden apartarse allí, sin importar lo terrenal. Como si el tiempo siguiese pasando fuera sin tenerles en cuenta.

Como santuario que es, la del árbol tiene su razón de ser en el silencio. En tardes invernales, el niño es feliz en su interior, bisbiseando entretenido u oyendo trinar de aves entre pop vespertino y balada rock nocturna. Reflexionando, creciendo. Imaginando cosas, como llegar a ser futbolista. Ahí no hay corriente eléctrica, las videoconsolas o Internet tiene difícil su hueco. En 1992, seguro que cromos y chapas ocupaban el primer lugar. Pese a haber sido creada para albergar su tiempo de ocio, el hijo siente que divertirse o evadirse en ella es el objetivo de su vida. Sabe que es algo privado que puede ser compartido. Un lugar donde manda él y aprovecha cómo y con quien quiere. Consigo a menudo -pegando y manoseando esos cromos- , a veces con amigos -golpeando garbanzos con cada chapa-. Siempre buscando llegar a la noche habiéndole exprimido el jugo al día.

Mientras, en el otro extremo, la del césped se alimenta del ruido atronador. En ella, la pelota también se siente plena, pero únicamente si la ruleta volumétrica no puede girar más a la derecha. El esférico no ostenta la propiedad, pero sí la exclusividad de uso. La portería existe sólo porque hay balón y, desde su nacimiento, dio a éste una meta que alcanzar, un sueño muy posible de realizar. Desgraciadamente para la pelota, alojarse en su lugar preferido no depende de su voluntad, y los responsables sólo le darán cobijo breves segundos cada 90 minutos. A veces, como ésta, se le concederán algunos más. 111´. El jugador de campo y el portero tienen la última palabra, siempre. Pero ella sabe procurárselas. Es una huérfana rebelde que no necesita de apegos irracionales y se deja llevar por todo el que la trate bien, permitiéndose descansar en cualquier choza que le abra sus puertas. Una vez dentro, serán ella y la casa. Pelota, portería y jaleo de gol: su manera de sentir la paz. Su cénit.

La fiesta del fútbol

Hay miles de casas en árboles del Londres exterior, y de niños disfrutándolas. Pero aquel 20 de mayo de 1992 gran cantidad de ellos decidieron plegar las escalas e ir a visitar una de las más bellas casas de césped conocidas, situada en un maravilloso lugar llamado Wembley. Compañía paternal, fútbol e ídolos, la otra fuente de entretenimiento favorita. Allí estuvieron todos. El balón, como la parte de visitantes que acabaría cabizbaja, vestía de blanco, su color predilecto. Los que saldrían regalando alegría esa tarde iban de naranja, como el más bello ocaso.

En Wembley, como en tantos otros lugares, el acceso a la morada del césped no es plácido para el balón. Lejos de recibir al caminante con una escalera colgante, la bienvenida la da un señor diferente al resto. Ese bicho raro conocido por arquero, que está ahí para aguarle la fiesta. No acarrea un carcaj colmado de amenazantes flechas, no tiene tres cabezas ni es más fiero que el visitante, pero no necesita nada de eso para imponer el mismo respeto que el perro de Hades. Pese a ello, se hará distinguir de los veinte que juegan en su jardín y de los miles que disfrutan con la competición desde el cielo por sus peculiares ropajes, sus enfundadas manos y unos incesantes gritos que indican a todo el que se acerca a sus dominios cómo quiere que estén las cosas en torno a él. No es más fuerte que Koeman, pero sí más ágil que todos. No resiste más que el cuero, pero su mentalidad es tan difícil de rasgar como el propio tejido. En síntesis, el Can Cerbero hará saber quién manda en su reducto. Así lo hizo Zubizarreta, y Vialli y Lombardo tomaron buena cuenta de ello, marchándose por el sendero que habían llegado, igual de cansados y un poco más abatidos. Sin satisfacer a la pelota. Y Pagliuca, unos metros más allá, también se lo mostró a Julio Salinas, cuando éste estuvo a escasos centímetros de favorecer la entrada de un balón tan agotado como él.

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Pero Ronald Koeman sabía el santo y seña, la manera de hurtar el cuerpo de Pagliuca y penetrar en el rectángulo sagrado. Sabía que para que la redonda parase de rodar al menos dos minutos, que era todo lo que necesitaba para marcharse en armonía con la casa del césped de Wembley, su pierna derecha tenía la clave. Siempre la tuvo.

Stoichkov colaboró en aclarar el camino, evitando la línea de oponentes que el arquero había ordenado formar delante de él y dejando solos a los cuatro actores principales de la obra de aquella noche: Koeman, el balón, Pagliuca y la portería. O un pequeño ángulo de ella, suficiente. Todos frente a frente. Tras el disparo, el primero tocó la gloria, el italiano cayó en el infierno que instantes antes protegía. Los dos objetos inanimados acabaron unidos, sintiéndose, encontrando la realización.

Ya son veinticinco años desde que Koeman pusiera las cosas en su lugar: al FC Barcelona como campeón de Europa. A miles de niños y adultos grabando un recuerdo indeleble en sus memorias.

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