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Un LeBron para dominarlos a todos

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“Forasteros de tierras lejanas, amigos de siempre. Habéis sido convocados para atajar la amenaza del Rey. El lejano Oeste se encuentra al borde de la destrucción. Nadie puede escapar a ella. Debéis uniros o pereceréis.”

Mensaje claro y conciso el que recibían los miembros de la Comunidad del Anillo. Sus tierras estaban en peligro. El Rey estaba de vuelta y su sombra se expandía a lo largo del reino.

Tranquilidad en el lejano Oeste. Más que eso. Calma chicha como quien dice. La paz reinaba en sus tierras. Todo eran cánticos de alegría. Las franquicias prosperaban. No existían alianzas pero había cordialidad entre ellas. Rivalidad sana y equilibrada. Era una buena época. Nadie se acordaba ya de los tiempos oscuros. Nadie se acordaba de que hubo un Rey, un tirano, que los tuvo sometidos. Nadie, ni uno solo, pensaban que volvería. Una vez más, se equivocaban.

El poderoso Rey había sembrado el terror por toda la liga en el pasado. Reiterados MVP, records y actuaciones monstruosas le habían catapultado a la cima. Solo los más osados habían sido capaces de hacerle frente, e incluso algunos de ellos le habían derrotado, nunca de forma definitiva, pero si en pequeñas batallas, las cuales habían dado esperanzas al resto para frenarle en más de una final. Era el Rey, pero no conseguía mandar más allá de sus dominios (Cleveland, Conferencia este). Poco a poco le crecían los enanos a lo largo del reino.

“No es importante saber cuanto tiempo te queda, sino saber qué haces con el tiempo que se te concede”

Sin embargo, el Rey cambió de aliados, y sus nuevos secuaces no dudaron en cortar de raíz todo sueño de acabar con él, de frenar la creación de su Imperio. Uniéndose con algunos de los guerreros más poderosos (Wade y Bosh), a los que unió a su causa como leales soldados, alcanzó por fin el culmen de su reinado, los años más gloriosos de su carrera.

Ya asentado en Miami, sufrió un traspié en la primera batalla ante el gigante alemán Dirk Nowitzki y sus aguerridos Mavericks, pero tras esto, el Rey encontró la forma de imponer su ley en la NBA.

Puso un primer anillo en su mano ante un Kevin Durant arrodillado. KD intentó por todos los medios plantarle cara junto a Harden y Westbrook, pero con la ayuda de sus tropas, el Rey consiguió someter a las hordas de los Thunder.

No tardaría mucho en poner un segundo anillo entre sus dedos, solo un año después, esta vez ante grandes reyes del pasado, Tim Duncan, Tony Parker, Manu Ginobili y su comandante Greg Popovic, que a pesar de su legendaria historia, poco pudieron hacer ante la superioridad de sus rivales.

Una flecha directa al corazón de los Spurs, enviada desde el triple por un veterano caballero traído del mismo abismo llamado Ray Allen, mataba toda esperanza de evitar la caída de San Antonio. Pero si había un nombre que destacó por encima del resto en las dos finales fue el del Rey. Amo y señor dentro y fuera de la cancha.

Parecía que la dinastía de los Heat iba a ser larga, pero al año siguiente, los grandes reyes de los Spurs, volvieron de las tumbas, donde habían sido enterrados hacía 365 días, para sofocar las llamas y apagar el incendio. Clavaron su estaca al Rey, cerca del corazón, pero no tan cerca como para acabar con él.

El Rey supo entonces que había llegado la hora de volver a casa. Nacido en Akron, sabía que en Ohio sus tropas, a pesar de haberlas abandonado en el pasado, le esperaban ansiosas de verlo reinar de nuevo.

Enfundándose de nuevo su camiseta de los Cavaliers, lo primero que hizo fue rodearse de valiosos y valerosos guerreros (Jr Smith, Kevin Love), como ya había hecho en el pasado. Su fuerza era absolutamente fuera de lo común, pero sin ayuda de nadie, no serviría para nada. Todos miraron entonces dirección a Cleveland. Se avecinaba tormenta.

“Solo atravesando la noche se llaga a la mañana”

Fue entonces cuando apareció la Comunidad del Anillo. Un grupo selecto de jugadores que adquirieron la responsabilidad de poner fin al tirano. De rescatar el Sol entre las nubes.

Ante los ojos de millones de espectadores, Stephen Curry, Klay Thompson, Draymond Green, “MVP” Iguodala, y todo el elenco de los Warriors, liderados por Steve Kerr y armados de puntería hasta los dientes, con el Oracle Arena como escudo, sentenciaban al rey arrebatándole toda su gloria.

Fue una muerte lenta y dolorosa, o eso pensaron. Se olvidaron de sus anillos. Se olvidaron que el Rey fue campeón. Se olvidaron que fue una Leyenda, y una leyenda nunca muere.

Pasó el verano, pasaron los meses, se acercaban de nuevo los playoffs, y los rayos de luz con que Curry y su séquito alumbraban al mundo mantenían en la sombra al Rey y sus fieles. Curry se había convertido en el nuevo monarca, y las palabras de admiración le llegaban de todos los rincones.

Los Cavaliers, dominando en el Este con facilidad, vieron con paciencia como Golden State Warriors batía la astronómica marca de los Bulls de Jordan. 73-9 en la Bahía. Admiración en todo el planeta y mientras tanto los caballeros del Rey preparando su venganza.

Unos y otros iban quitándose enemigos de encima. Iban cayendo a su paso “cadáveres” hasta la gran final. Rápidamente esta se puso cuesta arriba para el Rey, y la luz parecía mantenerse en el lejano oeste, sin embargo no remataron en casa, los Warriors tuvieron piedad, o mejor dicho, no la tuvieron, pero eso quisieron creer sus admiradores cuando el poderoso Rey se les escapó de entre las manos, gracias, en gran medida, a un despliegue ofensivo letal de su comandante mas leal, Kyrie Irving, en el quinto partido. Y sin saberlo, aquel día cambió la historia.

“Espera mi llegada con la primera luz del quinto día, al alba mira al este”.

El Rey pasó de ser la sombra a la luz que alumbraba todo. Cleveland era pura felicidad y eso se transmitía al resto de las regiones. La gran mayoría seguía siendo de Curry, pero el antiguo Rey empezó a ganar adeptos en su asalto al trono.

Igualdad máxima. Sexto duelo para los de Cleveland y se forzaba la batalla definitiva que de nuevo se viviría en el Oracle Arena, la gran fortaleza. El séptimo partido era una realidad. La gran batalla había llegado.

El portador del anillo, Don Stepehn Curry, buscaba acabar con el Rey arrojando al “volcán” todo hilo de una nueva etapa de oscuridad bajo su mando, pero este, tras un primer aviso en el que retó con la mirada al valiente heredero, puso un tapón colosal sobre Igoudala con el que cerró la victoria y puso de nuevo un anillo en su mano. Pero no cualquier anillo, su anillo, el de campeón.

“No os diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas”

En ese mismo instante, ante la mirada atónita de todos, el Rey rompió a llorar, y como por arte de magia la sombra desapareció. El extenso rumor de tirano, de villano, que inundaba las habladurías desapareció de golpe y dio paso a los halagos. La NBA tenía legítimo rey. El Rey había vuelto, no lo habían querido ver pero ahí estaba, con su anillo, con su trono, ¿ante el comienzo de su Imperio?

En Cleveland al fin veían como sus cultivos deportivos daban frutos tras el fracaso de todos los anteriores. Mientras tanto, en el resto del mundo se dividían las opiniones, pero aquellos que aun le veían como un tirano no les quedaba más opción que rendirse de nuevo al Rey, agachar la cabeza y jurar entre dientes venganza.

Una batalla cruel y dura como ninguna se avecina en el horizonte, pero mientras tanto el Rey, la ve sentado desde la posición privilegiada del trono, anillo en mano, esperando que aparezca ante sí un rival capaz de tumbarle, no para siempre, porque ya se ha visto que no hay manera de lograrlo.

“¡Llegan los días del Rey!”

Ahora que nadie le moleste, el rey descansa para seguir subiendo, para dominar ahora y en la historia, para alcanzar al más grande (Michael Jordan).

Descansa pero con un ojo abierto. Curry quiere volver. Reforzado en su misión con la inestimable ayuda de un poderoso antiguo enemigo del Rey, Kevin Durant, la Comunidad del Anillo busca lanzarse de nuevo a la batalla para que de una vez por todas se cumplan las profecías, se cumpla la historia del anillo tal y como la conocemos.

Si esto fuese una película Curry sería el monarca, y nadie dudaría en alabar su dinastía, pero no lo es, y mientras siga el Rey mandando, habrá nubes y claros cuando se hable de su figura.

Antes de cerrar el telón, nuestro rey tiene nombre y apellido, pero guardadme el secreto, no queremos que caiga sobre nosotros su ira. Su compasión será solo para los amigos. El Rey no es otro que LeBron James.

Foto de portada editada por: @bYsAnMi00

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