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‘Un clásico’ para el Clásico

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El talento fue ensombrecido. Lo físico y lo táctico se impusieron. Las identidades se intercambiaron por momentos. El Barça no monopolizó el balón como siempre ha hecho. El Real Madrid compitió hasta el final como siempre hace. Los goles llegaron en forma de puente aéreo. Blancos y azulgranas se repartieron los puntos en El Clásico. Unos se marcharon exaltados. Los otros se fueron impotentes. Era el mismo resultado, pero con sensaciones opuestas.

Antes, el partido se lo habían repartido ambos conjuntos. Jugaban con pareja de doses. No era un día de buenas manos. Los ases y los reyes eran utópicos. El Real Madrid salió como suele hacer en los partidos grandes desde la llegada de Zidane al banquillo, concentrado. Sin conceder. Haciendo del saber estar un dogma. Se fue soltando. Aquel niño que entra el primer día a clase sin alzar la voz y acaba siendo delegado. Ese era el vivo retrato del conjunto blanco.

Sin embargo, no materializó. En el fútbol el dominio debe traducirse en goles. Es lo que diferencia a una pulcra novela de un best seller. Lucas Vázquez reclamó penalti cuando apenas se había dado el pistoletazo de salida. Mascherano arrolló. El árbitro interpretó que no lo suficiente. El canterano se tumbó impotente ante aquella decisión.

Cristiano fue el que se encargó de lanzar otro claro aviso. Se aventuró en solitario por la izquierda, aprovechando la grieta dejada en un Sergi Roberto que sigue demostrando que el carril derecho se le queda enorme en partidos con cara y ojos. El luso recordó al de hace unos años atrás. Aquel con un aspecto físico más liviano, pero con una velocidad más propia de un velocista. Se plantó ante ter Stegen sin apenas ángulo. Golpeo seco. Intentó sorprender por el primer palo. El alemán repelió el balón. Atajarlo eran palabras mayores. No se arriesgó.


Luis Suárez adelantó a los azulgranas

La segunda parte amagó con seguir teniendo al Real Madrid como protagonista. Hasta que Varane se desbocó. Controlar su zancada no es tarea sencilla. Luis Suárez le sacó al lateral. Le fijó, y esperó. El francés le arrolló. Una falta de estas que desatan el pánico. En ese momento, el Barcelona encontró el resquicio. Era la situación predilecta para golpear de forma certera en la mandíbula del rival. Neymar golpeó tenso y liftado. Luis Suárez tiró de recursos. Se anticipó a Lucas Vázquez y conectó un cabezazo a bocajarro. Keylor sólo pudo mirar como se colaba el cuero en la red.

 

LLUIS GENE/AFP/Getty Images

LLUIS GENE/AFP/Getty Images

El Barça había golpeado. Había sacado a relucir su pegada. Había lanzado un bote salvavidas cuando mayor parecía la tormenta blanca. Luis Enrique quiso golpear por partida doble. No con otro gol. Era momento de tirar de sensaciones que se acabarían convirtiendo en tangibles. Andrés Iniesta entró bajo una ovación estridente. Rakitic salió sabiendo que daba entrada al mediocentro con más talento explotado de los últimos tiempos.

El de Fuentealbilla volvió a hablar sobre el tapete. Los micrófonos no le atraen. El cuero, sí. Lo domó. Se convirtió en el eje giratorio del juego azulgrana que recuperó su identidad. Rescató la horizontalidad, eliminando la exagerada verticalidad. El resultado solicitaba aquello. Interpretando el juego no hay otro. Su capacidad de leer partidos es la misma de la que aquel asiduo lector que engulle un par de novelas por semana.

Iniesta quería más. Ir enterrando al Real Madrid poco a poco no era su único cometido. Filtró un pase para un alicaído Messi. El argentino tiró de un incisivo movimiento sin balón. Se plantó ante Keylor Navas, pero cruzó en exceso. Rubricó que aquel clásico le había pasado por encima. Si los partidos se traban, el argentino sufre. No es perfecto, aunque a veces lo parezca.

Zidane lanzó un último grito. No haciendo alarde un privilegiado registro vocal. Lo hizo en forma de cambio. Mariano entró por Kovacic. Soltó a la bestia. El ímpetu del barcelonés parece ser indomable. Bregó y corrió, justo lo que demandaban los instantes finales. Luis Enrique respondió retirando a Neymar para meter a Denis Suárez. Decidió poblar el mediocampo y romper el tridente. Los cambios tuvieron un resultado antitético. Mariano cumplió con su cometido. Salió y puso patas arribas el frente ofensivo blanco. Denis no hizo acto de presencia. Mucho talento, pero poca personalidad. Aquella que le sobra al delantero blanco.


Sergio Ramos lo volvió a hacer

A Arda Turan le pudieron las ganas. Entró como un tráiler. Pensó en el acto, no en las consecuencias. Regaló oxigeno cuando el Real Madrid ya agonizaba. Ramos creyó, como siempre hace. Es un devoto del descuento. El gol de Ramos en la agonía es ya ‘un clásico’ Ha cambiado la semana santa por el sagrado añadido. Modric se ha convertido en su compañero de procesión. Lo volvieron a hacer. Uno centro y el otro remató. Rascaron un punto con sabor a victoria. Los blanco siguen a seis puntos habiendo saldado más que positivamente dos duras salidas al Vicente Calderón y al Camp Nou.

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