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Un buen anfitrión

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En la vida cotidiana, es importante ser un buen anfitrión. Recibir a alguien en casa es motivo de preparar tus mejores galas. De comprar los mejores aperitivos y preparar una comida deliciosa al tiempo que se escucha el fuego de la chimenea. El buen anfitrión no escatima en gastos y da a su huésped todas las comodidades posibles para que se sienta como en su propia casa.

Pero en esa realidad paralela llamada fútbol, es curioso que el término ‘anfitrión’ signifique exactamente lo contrario. Al invitado se le da la mano antes del partido y poco más. A partir del pitido final, anfitriones y huéspedes se enzarzan en una dura pelea por sobrevivir. Normalmente, el de casa conoce mejor el terreno, pero se sorprenderían de lo intrépidos que son algunos. Al acabar, es probable que todo vuelva a la normalidad o por contra ni siquiera se miren a la cara.

Bien porque Estados Unidos todavía sigue anquilosado al soccer o bien porque el gen de la familia americana en Día de Acción de Gracias pervive entre sus jugadores, lo cierto es que optó por ser el anfitrión en el mayor sentido de la palabra. Puso una alfombra roja hacia su portería. Sujetó el abrigo a Colombia al entrar por la puerta. Reservó un sofá junto a las brasas y la televisión, donde echaban un partido que en nada se parecía al que estaban viviendo. Trajo a la mesa un pavo enorme relleno de trufas y se empachó al tiempo que los colombianos se relajaban con una copa de champán en mano.

 

 

El gol de Cristian Zapata a los seis minutos de partido fue como quitarse los zapatos sin permiso en casa ajena y que tus pies huelan a rayos. Ni así cambió de actitud Estados Unidos, que en lugar de enervarse y lanzarse a por su rival, estuvo a punto hasta de hacerle la pedicura. Juego lento, pausado, como si los partidos duraran tanto como los eternos convites con la Superbowl de fondo en lugar de los 90 minutos reglamentarios. Colombia ni se molestó en jugar bien. ¿Y lo a gusto que se está junto al fuego? Además, siempre que tenga que levantarme Estados Unidos me echará una mano. Una mano de Alejandro Bedoya, para ser exactos.

Penalti, gol de James y final de una primera parte más que placentera. ¿Cómo saldría USA en la segunda mitad? De nuevo sin alma, sin presionar arriba, sin cambios que dinamizaran un equipo aletargado en una esquina del cuarto de baño. Por contra, los cafeteros se atrevían incluso a meterse hasta la cocina y husmear entre los cajones del frigorífico. El remate al larguero de Bacca fue un aviso.

Con el tiempo cumplido, Estados Unidos corrió a buscar el abrigo y acompañó a su invitado hasta la puerta. Saben que están ante la oportunidad de decirle al fútbol que la mayor potencia en la tierra jamás vista también es buena chutando a un balón. Por eso ha organizado una Copa que cumple cien años, celebrándose las 99 anteriores lejos de sus fronteras. Por eso ha logrado llenar estadios y hacer explotar las audiencias. Por eso se veía -o al menos parecía- una mejora descomunal tanto en la MLS como en la selección masculina. Pero anoche, en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, Estados Unidos se comportó como un buen anfitrión y no como un equipo de fútbol. Ante Costa Rica no habrá más oportunidades.

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