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Tom Brady, el niño que soñaba con ser como Joe Montana

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Dicen los expertos que la satisfacción es el resultado de restar las expectativas que se tenían de algo del resultado final de esa experiencia. Es lo que se conoce como Efecto Disneylandia. Cuanto más esperas de algo (o de alguien), más posibilidades hay de que te acabe decepcionando. Esto en el deporte pasa constantemente de varias maneras: ser una joven promesa que destacaba en su disciplina desde bien pronto y que por uno u otro motivo no llegaron a donde se les presuponía, ser un fichaje por el que se pagó un alto precio que no rindió como se esperaba, etc. En el caso contrario el fenómeno es a la inversa. Como nadie espera gran cosa de ti, a poco que hagas tu carrera se considerará un éxito.

En este último grupo se encontraba Thomas Edward Patrick Brady, un chico nacido el 3 de agosto de 1977 en San Mateo (California), una ciudad a 25 kilómetros de distancia de San Francisco. Como otros tantos niños del Área de la Bahía de San Francisco que les gustaba el football, el pequeño Tom era fan incondicional de los 49ers y su ídolo era Joe Montana. No era para menos. Los San Francisco 49ers fueron la gran dinastía de la NFL en los años 80 y principios de los 90 con cinco Super Bowls ganadas entre 1981 y 1995 de la mano de Montana, Jerry Rice, Ronnie Lott, Steve Young y el entrenador jefe Bill Walsh.

Brady, con cuatro años de edad, fue testigo presencial del famoso partido por el Campeonato de la NFC entre los 49ers y los Dallas Cowboys que se disputó en el Candlestick Park de San Francisco en enero de 1982. Ahí empezó todo. Ese encuentro pasó a la historia por The Catch, un pase de touchdown realizado por Montana que atrapó Dwight Clark a menos de un minuto para la conclusión del choque y que puso a los californianos un punto arriba. Los 49ers se clasificaron para su primera Super Bowl, en la que posteriormente derrotaron a los Cincinnati Bengals y que fue el primero de los cinco entorchados de la franquicia.

Tom Brady siempre fue un amante del deporte. En el instituto Junípero Serra de su ciudad natal, además de fútbol americano, practicó baloncesto y béisbol. Es más, una vez finalizada su etapa en el high school fue seleccionado en la decimoctava ronda del Draft de la MLB de 1995 por los Montreal Expos. Sin embargo, Tom siempre tuvo claro que lo suyo era el football. Él quería ser como su ídolo Joe Montana.

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Para el salto al fútbol universitario eligió la Universidad de Míchigan, una de las más prestigiosas en términos deportivos. Sus inicios con los Wolverines no fueron fáciles. Primero se pasó dos años como quarterback suplente de Brian Griese. La situación fue tan desesperante para Brady que incluso llegó a contratar a un psicólogo y sospesó pedir el traslado a la Universidad de California. Cuando Griese dio el salto a la NFL, en teoría llegaba el turno de Brady. Pero Míchigan había reclutado a Drew Henson, un QB muy prometedor que iba a darle mucha guerra. Ambos se alternaron el puesto durante los cuartos de los partidos, pero a la hora de la verdad se acabó imponiendo Brady. El chico de San Mateo comenzó a batir récords de pases y llevó a los Wolverines a ganar el prestigioso Citrus Bowl de Orlando. Además, comenzó a labrarse una reputación como comeback kid (chico remontadas) en dos partidos: uno ante Michigan State en el que los Wolverines remontan 17 puntos en la segunda parte gracias a la entrada de Brady y otro en el Orange Bowl de Miami, donde Míchigan perdía 14-7 al descanso y se acabó imponiendo en la prórroga.

Llegaba el momento de dar el gran paso de jugar en la NFL. Pero antes había que pasar por el peaje del Scouting Combine, un evento de una semana en el que los jugadores que se presentan al Draft realizan una serie de pruebas físicas delante de ojeadores y entrenadores de los equipos de la liga profesional. El informe sobre Tom Brady fue el siguiente: “Mala constitución física. Delgado. Le falta altura y fortaleza. Carece de movilidad y capacidad de quitarse la presión dentro de la bolsa de protección. No tiene un brazo fuerte. No puede completar pases largos. No lanza pases con buena espiral. Es un quarterback de sistema que puede ser expuesto cuando tiene que improvisar. Va al suelo mucho”.

Con ese panorama no fue de extrañar que cayera tan bajo en el Draft del 2000. Como dijo Andrea Zanoni en una retransmisión, “Le seleccionaron cuando ya estaban recogiendo las cosas del escenario”. En efecto, Tom Brady fue elegido en la sexta ronda de aquel Draft. Pick 199. Él no esperaba ser una elección de primera ronda, pero sí de segunda o tercera. Caer tan abajo fue muy doloroso porque en aquel Draft había equipos que necesitaban un QB y uno eran los 49ers. En la tercera ronda, Brady estaba en su escenario soñado: ser elegido por el equipo de su infancia y ser el heredero de su ídolo Joe Montana. Pero no. San Francisco optó por usar su pick 65 en Giovanni Carmazzi, un QB que nunca llegaría a debutar en la NFL. Hasta seis mariscales salieron antes que Brady. Fue tal la frustración que sintió que abandonó el salón su casa en la que estaba viendo el Draft por televisión para llorar en las escaleras.

Quienes sí apostaron por Brady fueron los New England Patriots. En aquel momento, los Pats eran una franquicia más bien mediocre, sobre todo si la comparamos con los otros equipos deportivos de su zona como los Bruins, los Red Sox y los Celtics. Dos subcampeonatos de Super Bowl era todo de lo que podían presumir en Foxborough. Los Patriots hoy son lo que son gracias a aquel 2000. Además de Brady, ese año llegó a la franquicia Bill Belichick como nuevo entrenador jefe. Una pareja entrenado-jugador a la altura de la Popovich-Duncan en la NBA.

Como elección de sexta ronda, Brady partía como el cuarto quarterback de la rotación de New England. Por delante de él estaban John Friesz, Michael Bishop y el titularísimo Drew Bledsoe, todo un número 1 del Draft en 1993. Robert Kraft, el propietario de los Patriots, recuerda lo que le dijo Tom tras un entrenamiento: “Sé que soy una elección de sexta ronda, pero voy a ser la mejor decisión que franquicia haya tomado nunca”. Toda una premonitoria declaración de intenciones. Brady debutaría en la NFL el Día de Acción de Gracias ante los Detroit Lions. Jugó el último tramo de un partido que ya estaba sentenciado a favor de los leones y completó un pase de los tres que intentó. Eso fue todo lo que jugó aquel año, pero al menos ya era el segundo QB para Belichick.

En el deporte, como en la vida, hay veces que se necesitan golpes de suerte. Y Brady tuvo uno, literalmente, el 23 de septiembre de 2001. Ese día, los Patriots recibían a los New York Jets. En el último cuarto, Bledsoe recibió un duro golpe por parte del linebacker de los Jets, Mo Lewis, que le causó un traumatismo en el cuello que, según los médicos, estuvo a punto de costarle la vida. Afortunadamente Bledsoe se acabó recuperando, pero cuando regresó había perdido el puesto de titular. Brady se había aferrado a la titularidad y nunca más la soltaría.

Con Brady de titular, el equipo pasó del 0-2 inicial al 11-5 final. Se clasificaron para Playoffs, donde eliminaron a Raiders y Steelers para obtener el billete a la Super Bowl. Allí esperaban los St. Louis Rams, uno de los mejores ataques de la historia del fútbol americano (The Greatest Show on Turf) que lideraban Kurt Warner y Marshall Faulk. Los de Misuri, que habían conseguido el mejor registro de la temporada regular, eran los claros favoritos para llevarse el Trofeo Vince Lombardi. En una final marcada por el 11-S, la defensa patriota frenó a aquella máquina de romper récords y MVP Brady condujo el ataque consiguiendo 145 yardas en pases (16 de 27, uno de ellos, para touchdown) que llevaron a los Patriots al primer anillo de su historia. No fue fácil: tuvo que ser el kicker Adam Vinatieri quien sellara la victoria con un gol de campo desde 48 yardas con el tiempo cumplido. La dinastía había comenzado.

Los Patriots se quedaron fuera de los Playoffs de la temporada siguiente, a pesar de que Brady lideró la NFL en pases de touchdown. El QB y los Pats volverían por sus fueros en las dos siguientes temporadas: 14-2 de balance en regular season y vuelta al gran escenario. Carolina Panthers y Philadelphia Eagles mordieron el polvo. Brady ya tenía tres Super Bowls y dos MVP de dicho partido en su palmarés. Ya estaba un escalón por debajo de su ídolo Montana. Con 27 años, estaba en el momento perfecto para consagrase como el mejor quarterback de todos los tiempos. Quién le diría que iba a tardar diez años en lograrlo.

Entre el tercer y el cuarto anillo de TB hay una década de diferencia. Esto no quiere decir que su equipo o él entraran en decadencia, ni mucho menos. 2007. Brady se marca una de las mejores temporadas individuales de la historia de la NFL. Líder de la liga en porcentaje de pases completados, yardas ganadas en pases y pases de touchdown (50, récord histórico en aquel momento). Por supuesto, fue nombrado MVP de la NFL por primera vez. Y los Patriots firmaron una temporada (casi) perfecta. Tras el 16-0 de temporada regular (mejor registro desde que se juegan dieciséis juegos en RS), en postemporada se deshicieron de sus dos rivales sin mayores apuros. La Super Bowl XLII iba ser la fiesta patriota del 19-0. La segunda temporada perfecta de la historia de la NFL, tras los Dolphins del 72.

Los New York Giants eran el último obstáculo. Y a falta de menos de tres minutos para el fin del choque, los Patriots ganaban por 14-10. Pero en el último suspiro (apenas 35 segundos), Eli Manning, el hermanísimo de Peyton –el gran rival de Brady– conectó un pase de trece yardas que le dio a los Giants una ventaja que acabó siendo definitiva. 18-1. Los Patriots se quedaron sin la temporada perfecta y el cuarto título, y Brady a un paso de igualar los registros de Joe Cool.

En 2008, TB12 sufriría la lesión más grave de su carrera: rotura de los ligamentos cruzado y medio de su rodilla izquierda. Adiós a la temporada. Evidentemente, los Patriots notaron su ausencia. No era lo mismo tener a Matt Cassel que a Tom Brady. New England vio la postemporada por televisión. Había que rezar por que Brady regresase en óptimas condiciones. Y lo hizo.

A su regreso, Brady y los Patriots siguieron dominando la AFC Este a su antojo. Y en la temporada de 2011 regresaron a la gran final de la NFL. Enfrente, otra vez los Giants de Eli Manning. Y de nuevo, idéntico desenlace: victoria de los neoyorquinos en los últimos compases del partido cuando el Vince Lombadi parecía viajar al Gillette Stadium. Algunos ya cuestionaban a Brady y su capacidad de decidir partidos importantes.

No todo iba a ser decepciones. En plena travesía por el desierto, Brady conoció a la que iba a ser su futura esposa: la supermodelo brasileña Gisele Bündchen. Ambos forman una de los matrimonios más ricos y populares del mundo. Una pareja que se casó en 2009 y que tiene dos hijos: Benjamin Rein y Vivian Lake.

La sequía de títulos llegó a su fin el 1 de febrero de 2015, no sin dosis de polémica y sufrimiento. El partido por el Campeonato de la AFC estuvo marcado por el Deflategate. Los Patriots, que barrieron a los Indianápolis Colts en aquel duelo, fueron acusados de desinflar sus balones, lo que favorecía al conjunto de Nueva Inglaterra. Brady pagó los platos rotos y fue sancionado para los cuatro primeros partidos de la temporada 2015 (cumpliría la sanción un año más tarde tras una serie de recursos judiciales).

En medio de la tempestad por los ovoides desinflados, los Patriots tenían que jugar la Super Bowl XLIX ante los Seattle Seahawks. Marshawn Lynch estaba destrozando una y otra vez a la defensa patriota, pero New England mandaba en el marcador a falta de 26 segundos tras remontar diez puntos. Pero los de Seattle tenían la posesión y en los Patriots volvían los fantasmas de las finales ante los Giants. No hubo una tercera final seguida perdida porque el QB de los Seahawks no quiso: en el último drive optó por jugar por aire y no por tierra (Marshawn Lynch). Malcolm Butler interceptó ese pase y los Patriots y Brady (MVP) se llevaron, al fin, el cuarto título.

Tom Brady igualó a Terry Bradshaw y Joe Montana como los quarterbacks con más Super Bowls ganadas. En los tan recurrentes debates sobre el mejor mariscal de campo, Brady ya podía mirar a los ojos al legendario 16 de los 49ers. Con 37 años, ¿sería capaz de superar a Montana en anillos y MVP’s del Súper Tazón? Afirmativo. Y lo hizo a lo grande.

La Super Bowl LI estaba siendo una exhibición de los Atlanta Falcons. 28-3 a pocos minutos de llegar al último cuarto. Pero Brady sacó su lado de comeback kid y lideró la mayor remontada de la historia de la final de NFL, la primera que se decidía en la prórroga. TB se convirtió en el primer QB que lograba llenar su mano de anillos de campeón y en el jugador con más premios de MVP de la SB. ¿Fin al debate sobre quién es el más grande? Para muchos, sí. Para otros muchos, no. El tiempo dará una mejor perspectiva.

A sus cuarenta años, Tom Brady atesora un palmarés de vértigo: doce veces Pro Bowl, dos veces All-Pro, pentacampeón de la Super Bowl (mejor jugador de la final en cuatro ocasiones) y un par de galardones de MVP, entre otros. Por supuesto, será miembro del Salón de la Fama en cuanto sea elegible. Quién se lo iba a decir cuando vio a 198 jugadores ser drafteados antes que él. Ahora el bueno de Tom no sólo puede mirar a los ojos a su ídolo Joe Montana, si no que puede presumir de haberle superado.

Cosas del destino, Montana fue introducido en el Salón de la Fama en el año 2000, cuando Brady iba a dar el salto a la NFL, y en el clásico partido de homenaje a los nuevos hall of famers se enfrentaron los New England Patriots de Brady y los San Francisco 49ers de Carmazzi. Todo el mundo pensaba que el césped del Tom Benson Hall of Fame Stadium estaba el nuevo Joe Montana. Y estaba, pero no donde todos se imaginaban. El nuevo Montana no vestía el uniforme rojo y dorado de los 49ers ni llevaba el 19, sino que lucía el 12 y estaba en el equipo contrario. Thomas Edward Patrick Brady, Jr.

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