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Courtois, de una cesión a la historia del club

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Comment reconnaît-on un belge dans un aéroport? C’est le seul qui donne du pain aux avions. Les sonará raro, pero los franceses cuentan chistes. Al parecer, esos tipos con bigote, boina y camisetas de rayas horizontales (tan Brigitte Bardot, tan Jean Seberg), con su Nouvelle Vague y su ‘allez les Bleus!”, al parecer, decía, también tienen sentido del humor. Algunos pensarán que la comedia en el país vecino se limita a ridiculizar deportistas españoles con sus guiñoles. Otros dirán que en Francia sólo se reían alquitranando la frontera con zumo de frutas españolas (como el motín del té de Boston pero con fresas, háganse una idea). Los veteranos de guerra, los cinéfilos del NO-DO, se acordarán de Jacques Tati o de aquel otro fulano disfrazado de gendarme, el tal Louis de Funès. Pero oigan, no, los gabachos también cuentan chistes. Sólo que cambian a Lepe por Bélgica.

Quizá no conozcamos a los franceses. Quizá menos a los belgas. Por eso, cuando en verano de 2011 Clemente Villaverde presentaba al último fichaje rojiblanco, un portero semidesconocido, un tallo belga con el flequillo de Tintín, barbilampiño y con la sonrisa de James Stewart después de facturarle un par de alas a un ángel, el personal atlético enarcó una ceja hasta los confines de la sospecha en claro homenaje a Groucho y, por qué no, a Carletto. Bueno, por eso y porque nadie podía intuir que durante tres años el Atleti iba a contar, de prestado, con uno de los mejores porteros del mundo… Sé lo que piensan. Un circunloquio de casi 300 palabras para acabar en la sala de prensa del Calderón con el bueno de Thibaut Courtois. Pero esto es Atleti y Cine, así que saludos maestro Hitchcock allá donde se halle, este macguffin es para usted.

… “uno de los mejores porteros del mundo”. Eso mismo es lo que me dijo el preparador del juvenil, Ángel Sotos, tras ver los primeros entrenamientos de Courtois. Viniendo de Ángel, un tipo tan frugal y parco en palabras como para que le sobrara el tercer verso de un haiku, aquello me hizo relajar el entrecejo. Y es que como decía Guillermo de Baskerville en “El nombre de la Rosa”, a veces la única evidencia real del diablo es el deseo de todos de que esté ahí. En defensa del resabiado aficionado colchonero, aleguemos que en aquel momento había un cierto tufo a azufre en el Manzanares… Por un lado, la bicefalia había decidido tirar de testaferro sin tapujos contratando – por segunda vez – a Gregorio Manzano para dirigir al equipo. Algo así como si a Kevin Costner le hubiera dado por rodar “Mensajero del futuro 2”. Por otro, el cadáver de la dignidad, tapado por la misma sábana que no pudo ocultar a De Gea, todavía permanecía caliente tras haber salido por la puerta de atrás del estadio, en una astracanada que ya hubiera querido firmar Rafael Azcona.

Convidado de piedra, el plano se fijaba entonces en Courtois. 19 años, cedido por el Chelsea el mismo día que firmaba con el club inglés; casi ocho millones de libras había pagado el equipo entrenado por Villas-Boas a su club de origen, el Genk belga, en el que había debutado con 16 años y donde había sido nombrado mejor portero de la liga y mejor jugador del equipo durante la temporada 2010-11. Lo que ustedes quieran. Pero el Atleti se juntaba a pocos días de empezar la temporada con tres porteros tan prometedores como inexpertos: Asenjo de 22 años, Joel con 21 y el propio Courtois. Entre los tres no sumaban edad suficiente para igualar la del whiskey que gusta en la zona noble del Calderón.

Asenjo parecía contar con la ventaja de la justicia poética tras sus dos graves lesiones de rodilla; Joel, alto, espigado, y con ese canon apolíneo calcado a De Gea era el preferido por la grada por su condición de canterano. En la pretemporada, Manzano optó por este último en los tres primeros partidos de la previa de Europa League, pero en la vuelta del partido contra el Vitória de Guimarães la portería pasó a manos del joven guardameta belga. Y de allí no se movió. Los méritos de Manzano en sus dos etapas en el Atlético de Madrid se podrían imprimir en calidad borrador, pero fue él quien convirtió a Juanfran al lateral y el que apostó por Courtois como titular. La herencia del jienense se asemeja a la que John Derek dejó al cine: nueve infumables películas, sí, pero protagonizadas (las películas y los sueños de la mitad de adolescentes de los ochenta) por los perfectos peraltes de su mujer Bo Derek.

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Nos desviamos. Que en el día de su presentación, Manzano estaba firmando un finiquito y no un contrato, se pagaba con cacahuetes en las casas de apuestas. A nadie le extrañó por tanto que el 22 de diciembre fuera destituido como técnico del primer equipo. Pero antes de que el Albacete tintara de verde, amarillo y vergüenza las gradas del Calderón, antes de que arreciaran los “diles que se vayan”, antes de que se asesinara la ilusión en los títulos de crédito del enésimo gatillazo en forma de proyecto, en esos cinco meses de retrospectiva sobre la vulgaridad, a Courtois le había dado tiempo a confirmarse. A una edad en la que una crítica mal cicatrizada o un consejo a quemarropa pueden alejar de la élite a cualquier futbolista y en la que a los porteros se les mide por su principal tara, el belga había demostrado que era un portero de garantías, completo y muy regular, firmando además algunas actuaciones excepcionales en Sevilla y Udine.

Con la llegada de Simeone, Courtois mejora. El Atleti encadena, recién aterrizado el argentino, cuatro partidos sin encajar gol (algo que no ocurría desde 2005). Más que eso, el entramado defensivo del Cholo tiene en el belga su diamante. Si la infantería y los arqueros no pueden defender el foso, la ciudadela está protegida. Si Godín o Miranda fallan, aún hay esperanza. Al amanecer del quinto día mira al alba. No son palomitas en los minutos de la basura, ni una mano cambiada para adornarse en la foto. La seguridad que transmite Courtois (en Pamplona, en Hannover, en la final de Bucarest…) ayuda a que el Atlético consiga su segunda Europa League y a quedarse a las puertas del cuarto puesto que daba acceso a la Champions.

Año II después de Simeone. Ante la atenta mirada de Di Matteo y Abramóvich, el Atleti y Courtois comienzan el curso barriendo 1-4 al Chelsea en la Supercopa de Europa. En su segunda temporada en el Atlético, el nivel de exigencia y la presión sobre Courtois se incrementa notablemente, pero su gesto tranquilo – tila en las venas, sinapsis amputadas – no lo alteraría ni Maureen O’Hara ni toda la parroquia de Innisfree. Así que la rutina del joven extraterrestre sigue siendo la misma: asombrosa regularidad y paradas antológicas. Lo primero ayuda en lo individual para ser el Trofeo Zamora más joven de la historia de la liga y en lo colectivo para llevar al Atlético a Champions. Lo segundo para tener su propio hashtag de Twitter. Martin Rosenow, un aficionado atlético de Miami crea el #thibauting fotografiándose imitando las posturas del belga en la portería. En enero de 2013 sería trending topic mundial.

Todo marchaba sobre ruedas, pero un rumor alentado por los de siempre, por los que cambiaban la tinta por veneno cuando no escribían de los suyos, pretendía deslucir el impoluto historial del joven arquero. A Courtois, decían, le quedaban grandes los partidos grandes, especialmente, si ese grande era el Real Madrid.

La noche del 17 de mayo de 2013, aquellas paparruchas pasaron a la fe de erratas de quienes las publicaron. Aquella noche se disputaba en el Santiago Bernabéu la final de la 109ª edición de la final de la Copa del Rey. Ronaldo y Diego Costa hicieron tablas en los primeros 90 minutos. Luego Miranda y su gol en su (¿cuántos goles hizo el brasileño así?) primer palo. Y luego…

Di María cogió la espalda de Juanfran y casi desde la esquina puso un centro paralelo a la línea de fondo, raso y tan rápido como para que el travelling de la realización hiciera la goma. Özil llegaba al segundo palo y sólo tenía que empujar la pelota; aún así, golpeó seco, fuerte y a media altura, tenía que ser gol… Pero Courtois se hizo enorme, más aún, tapando el disparo a bocajarro del centrocampista del Real Madrid. Al alemán se le apagó la luz y cualquiera que recuerde los ojos de Peter Lorre que se gastaba el bueno de Mesut sabrá lo complicado de la misión. Un eclipse amarillo, una parada inmortal que acababa con una travesía de 14 años por el desierto de los derbis. O eso dicen. Yo ya andaba de espaldas al campo rumiando uñas. Con los nervios veo los partidos de oído.

Al tercer año el cholismo dejó de tener gracia. Y es que una de las 18 comparsas amenazaba el dual statu quo que sostenía 40 minutos diarios de noticias rosas. Un intruso se había colado entre D’hubert y Feraud y el “ya caerán”, la cantinela graciosa de los agoreros, empezaba a disfrazarse de piadosa oración conforme avanzaba la campaña. Las primeras balas llegaron al inicio de temporada. Tras la derrota en la Supercopa de España, una parte de la prensa acusaba a Simeone de entrenador ultradefensivo y a su equipo de emplearse con excesiva dureza. Ambos sambenitos acompañaron al equipo durante toda la temporada. A Courtois, las balas le llegaban con chaqué. La prensa de Madrid y Barcelona le dedica portadas no por sus actuaciones, sino por el supuesto interés de los dos colosos. Poco importa que juegue en el líder de la liga y que sea propiedad del líder de la Premier. Alguien de su talla debe jugar por decreto con y no contra ellos. Da igual. Courtois responde como debe: segundo trofeo Zamora consecutivo y actuaciones espectaculares (pregunten en Anoeta o San Mamés). Y luego ya saben. La liga en el último partido en el Camp Nou y los 70 minutos de gloria en Lisboa hasta que a Ramos le dio por disfrazarse de Schwarzenbeck (nada que objetar a Courtois, que no hubiera llegado a ese remate ni aunque le hubiera aupado el Pechuga San Román). En cualquier caso, el siguiente capítulo en la vida deportiva de Courtois llevaba escrito unas semanas. Cuando el Atlético se sacó 60 minutos gloriosos en Londres y apeó al Chelsea de Mourinho en las semifinales de la Champions, las miradas del entrenador portugués eran un presagio del tirón de orejas que se iba a llevar Thibaut por llegar tarde a casa. Tres años tarde, de hecho.

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La vida es como una caja de bombones, sólo que en este caso tenían caducidad. Consumir preferentemente antes de julio de 2014 se podía leer en su camiseta. Justo cuando el recuerdo de un portero de garantías y con continuidad se ahuesaba en el ataúd de la memoria colectiva del Calderón, apareció Courtois. Tres temporadas aprovechó el Atlético el préstamo del Chelsea, que prefirió la leyenda de Cech a un telonero con menos líneas en el currículum pero, como mínimo, las mismas aptitudes. En esas tres temporadas, el belga dejó paradas imposibles y en 76 ocasiones la portería a cero. Nadie como el filósofo alemán de origen polaco, Lukas Podolski, para expresar en una sola frase
esta maravillosa carambola de casualidades: “El fútbol es como el ajedrez pero sin dados.”


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