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The Greatest Of All Time (2/2)

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Escribir sobre Michael Jordan. ¿Cómo se empieza algo así? ¿Qué cuentas sobre un tipo de quien todo se conoce, todo se sabe? Apenas susurras su nombre y el mundo entero se pone alerta. Lleva mucho tiempo fuera del juego y, sin embargo, es el propio juego. Cuando se habla de él no se discute si se trata del mejor baloncestista de todos los tiempos. No, él compite en otra categoría. Contra Muhammad Ali, Michael Phelps o Usain Bolt. Por saber quién puede ser el mejor deportista de la historia. En el Olimpo de los dioses sobresalen talentos a los que se señala con el dedo mientras se dice: “yo querría ser tan grande como él”. Y es que al final, lo que marca la diferencia es eso, ser referente. Todo el mundo quiere ser como Mike. O directamente, si es que existe tal posibilidad, ser el próximo Michael Jordan.

Afirma LeBron James, al que desde tierna edad señalaban como el “Elegido”, que persigue un fantasma. No puede hacer mejor reseña. A los espectros no logras verlos, ni tocarlos u olerlos. Apenas consigues intuirlos, cuando sientes ese escalofrío recorriendo tu cuerpo. Y es que en realidad, sabes en este caso que él existió, y que un día dejó una huella tan profunda que seguirás dudando durante mucho tiempo si el nivel que pudiste contemplar era real. Más bien podría parecer un sueño. Tal dominio, semejante control de la situación. Tiranía. Por momentos incluso incómoda. Para sus contemporáneos sobre el parquet, y para nosotros; todos aquellos que nunca fuimos de los Bulls y llegamos a imaginar un anillo de nuestra franquicia sin su presencia. En los 90, antes de que abandonara Chicago siendo tan superior como siempre, hasta ese último minuto en Salt Lake City, casi insultante, que venía a decirnos a todos que se iba no porque lo echasen sino porque quería, solo los Rockets de Hakeem Olajuwon pudieron asomar la cabeza cuando decidió comprobar cómo era eso de sentirse mortal empuñando un bate, tratando de hacerse espacio en las ligas de béisbol.

Es incómodo. Tener que hablar de una leyenda de semejante altura. Tengo la sensación de que cualquier cosa que escriba no le hará justicia. Que me quedaré corto… Ciertamente, nos quedamos todos cortos. Al contrario de lo que ocurre en esas fábulas donde el personaje se va haciendo más grande a medida que la historia pasa de boca a boca, con Michael Jordan supimos en directo, haya sido en cuerpo presente o a través de la pequeña pantalla, que estábamos siendo testigos de las proezas de un gigante. Y no, no exageramos sobre el papel o el teclado. ¿Cómo exagerar lo inalcanzable? Aun no he conocido la pluma capaz de ponerse a su altura, y mira que existe gente muy cualificada escribiendo cada día. Siendo justos, esto me queda grande. Por mucho que me apetezca llevarlo a cabo.

Tal vez sea cuestión de bajar a la tierra. Y no hablar tanto de él como de lo que nos hizo sentir. Sí, lo veo más honesto. Quizá ahí pueda manejarme. Ya sus hazañas están magníficamente recogidas en el artículo hermano de este, escrito por Iván Libreros, más capaz que yo para explicar su grandeza con hechos. Definitivamente tengo que tirar de sentimientos, porque si quisiera valorar a Michael tendría que inventarme una palabra nueva. De las que conozco, ninguna me vale. Todavía no he encontrado la adecuada… Diréis que me extremo, que se me ve el plumero. ¿Sabéis lo mejor? A pesar de lo que pueda parecer hasta aquí, yo casi siempre fui en contra de Jordan. Casi siempre…

John y Mike | Getty Images

John y Mike | Getty Images

El primer recuerdo que me viene a la mente sobre Michael data de 1988. Se celebraba el All Star Game en Chicago. A mí me caía muy bien Dominique Wilkins, aquel poderoso alero de los Hawks. Por entonces, si eras bueno haciendo mates, te presentabas al concurso. Daba igual si eras un jugador del montón o una superestrella consagrada. Ibas. Porque molaba. De hecho, aquellos fines de semana eran otra cosa. Se competía. En los concursos y, especialmente, en unos partidos en los que incluso se defendía. Puede parecer que esto me lo esté inventando, y no. Antes era así. Hoy en día es más una reunión de amigos en las que en cada ataque se construyen autopistas para el lucimiento personal. En dicha época, no saltabas a la cancha solo a hacer alley oops y echarte unas risas. Aunque de esto ya hablaremos en otra ocasión… En fin, que aquella noche de sábado se disputó la final más espectacular de la historia de los concursos de mates (al menos, hasta la que nos regalaron recientemente LaVine y Gordon). Se iba de 50 en 50 hasta que Jordan firmó un 47. La grada se echó encima de los jueces. Wilkins hizo méritos en su último intento para otra nota máxima. Y fue entonces cuando recibió aquel 45. Michael, a la línea de personal, y el resto es historia. Tuve la sensación de que me habían robado. De verdad. A mí, con un océano de por medio. Por fortuna, para contrarrestar mi disgusto, el encuentro del día siguiente me reconcilió con el juego. Ambos brillarían durante el partido (sumando 69 puntos entre los dos) para desnivelar la balanza en favor de los locales.

No empaticé algo con Michael por primera vez hasta los playoffs de aquel año, cuando los Pistons se inventaron las “Jordan Rules” para, yendo al límite, minimizar el efecto del que ya parecía un atleta superior al resto. Ese año fue duro, aunque más el posterior. Tras hacer magia y dejar a Cleveland atrás con el famoso “The Shot”, de nuevo dolor físico y mental. Se alargaría otra temporada más. Ahí me pareció vulnerable. Y no sé ustedes, pero yo me solidarizo inconscientemente con los que sufren. Fue la primera vez que iba con el 23. Reconocía sus heridas, su impotencia, su llanto silencioso. Al límite del reglamento, castigo continuo. Pero el fuego creciendo. Haciéndose más fuerte.

Se me pasó pronto. No soy de Lakers, pero sí fui de Magic Johnson. De su sonrisa y su manera de entender el juego. Y en 1991 se plantaba en la final con todas las de perder ante unos Bulls que se habían vengado de aquellos desagradables y camorristas “Bad Boys”. De modo que me enemisté otra vez con un tipo que avasalló a los de púrpura y oro. Magic me había dado tanto… Sentía que Jordan me lo quitaba. Y me dolió aun más al saber que no habría ya jamás oportunidad de revancha una vez el 32 anunció que un germen maldito le obligaba a abdicar (yo me resistía a entregar el trono, aunque ese joven formado en North Carolina ya le hubiera arrebatado al angelino el cetro de las manos ante la mirada de todo el planeta). Al año siguiente confié en Clyde Drexler y compañía, pero desde la línea de 3 puntos (¿?) Jordan también les negaría la gloria. Y luego los Suns de Barkley. Sir Charles dijo que había hablado con Dios y que este le había asegurado que ganaría el anillo. Pero Dios vestía de rojo y jugaba el Chicago; sin que fuese consciente de ello, le había tomado el pelo durante esa charla. Imposible; todas aquellas estrellas, las que alcanzaban el último peldaño, y las que se quedaban por el camino, eran incapaces a pesar de su enorme capacidad. Frustrante para cualquiera. Incluso para mí, que lo veía por televisión.

Entre medias, un romance fugaz. Lo confieso. Fue en Barcelona. Una historia de verano. De esas que te marcan para toda la vida. Como cuando descubres a esa chica que bajo el sol de julio es más bella que nadie, más lista que nadie, más tierna que nadie, más ardiente que nadie. Llevas todo el curso peleándote con tu compañera de clase y la tarde que te la encuentras en la playa, sin tensiones, la descubres. Y flotas. A pesar de que sepas que será efímero, y que con el regreso a las aulas volverá la indiferencia entre ambos. El Dream Team fue el mejor amor estival de mi adolescencia. Y la cara visible era un tipo que portaba el 9 a la espalda. Respondía al nombre de Michael, y compartía un vestuario quimérico con las otras divinidades del mundo de la canasta.

Barcelona, 1992. Mike y Magic | Getty Images

Barcelona, 1992. Mike y Magic | Getty Images

1993. De pronto, una noche de octubre, con el curso escolar recién puesto en marcha, el adiós. Por entonces ya había aceptado que mientras él quisiera, no habría más horizonte para el resto de titanes que la final. Justo en ese momento, va y se atreve a abandonarnos. Qué egoísta. Me importaban poco sus motivos. Egoísta yo. Todos somos humanos, pero él no lo parecía. Su ausencia me provocó ansiedad. Yo que había abandonado la lucha, cedido mi espada y me había entregado al disfrute, puesto que de esa manera todo dolía menos. Solo cuando me centré pude descubrir que existía más vida después de Jordan. Había aterrizado en la liga otro base alto, como Magic, aunque con distintas características, y brotó la esperanza. También crecían mis Spurs bajo las órdenes del Almirante. Y los Jazz de dos hall of famers. Y los Sonics. Y New York. Y por supuesto, los Rockets. Hallé un manantial de baloncesto esparcido por todo el mapa estadounidense. Existía luz más allá de “His Airness”. Aunque con él en la pista al resto se le fundieran los plomos y el apagón resultase general. Eran buenos, muy buenos. Solo que estaban eclipsados por un astro mucho mayor que ellos. Vivían en la Galaxia Jordan.

“I’m back”, una noche de de marzo. Rebusqué en el cajón de objetos abandonados y de nuevo el cuchillo entre los dientes. Le guardaba tanto rencor… Por dejarnos. Y ahora por volver. ¿Qué pretendía? Que nos arrodillásemos de nuevo porque esa era su intención. No pensaba postrarme, de ninguna manera. Desenterré el hacha de guerra y me dispuse para la contienda. Mas para mi sorpresa, esta vez fue diferente. Anfernee Hardaway, jugador fetiche de quien escribe, y Shaquille O’Neal vencieron en una serie de playoffs a Jordan, algo inédito desde 1990. Cuando acabó la refriega y las tropas de Illinois tuvieron que hacer el petate rumbo a casa, yo estaba lejos de sentir éxtasis, como sí habría emanado tiempo atrás. Alegría, sí; pero algo no iba bien en mis adentros… Por suerte, en menos de 12 meses un 72-10 me hizo volver a la trinchera y querer defender al resto de un animal que, ahora sí, estaba de regreso, sediento de sangre, deseoso de venganza.

Mike vs Shaq | Getty Images

Mike vs Shaq | Getty Images

En el Este todos cayeron. La derrota de los Magic derribó un castillo precioso, pero construido con arena a la orilla de una playa. Sin saber que se enfrentaba a un tsunami, el equipo de Disney se disolvió como la tierra seca se nos escapa entre los dedos. También el resto de candidatos los años venideros, incluido aquel magnifico plantel de los Pacers, con el antihéroe perfecto encarnado en la figura de Reggie Miller. En 1996, como me encandilaban los Sonics de Payton y Kemp, me vestí de verde y me adapté a la lluvia de Seattle. La tormenta caería sobre ellos, sobre mí. Ciertamente, no había piedad en los actos del Señor de la Guerra. Ley marcial en el parquet.

Los Jazz son capítulo aparte. Esa capacidad del mejor base puro que haya conocido, la puntería de un francotirador como pocos, y el hombre más fiable cuando hay que entregar un paquete en mano, sucumbieron hasta en 2 ocasiones. La segunda me produjo una mezcla de sensaciones encontradas como pocas veces he vivido. Un minuto de amor-odio, de reconocimiento, de rendición. Otra vez mis ojos presenciaban algo que solo podía salir de las manos de un jugador. Ese jugador. “The last shot”. Así se da un portazo. Aunque te parta por la mitad. Y aquí me tendréis que permitir una nueva referencia a mi compañero Iván Libreros. Mientras preparábamos esta tarea salieron a la palestra en una de nuestras conversaciones esas últimas finales. Iván y su padre contemplando el desenlace. Procede decir, antes de continuar, que los románticos somos de determinados equipos por cuestiones del corazón. El amor te lo descubre un instante y se cuela por tus rendijas sin haberlo planeado. En este caso, posiblemente la lectura del juego del point guard por antonomasia. Sus entrañas, y las de su padre, están en Utah. De modo que imaginad… Una daga que ves venir pero no eres capaz de detener. Y te atraviesa el pecho. Mueres. Pero te mata el héroe con el que siempre deseas enfrentarte. No un cualquiera. Los otros no están a tu altura, no habría honor en el combate. Como afirma mi amigo, si hubiese metido esa última canasta otro jugador, lo habría odiado de por vida. Pero se trataba de Dios, de modo que no le quedó otra que envainársela y llorar. Juan Carlos, su padre, dejaría un análisis digno de los libros de historia: “Cuando vi que John se equivoca dándole el balón a Malone, supe que el anillo se esfumaba. Stockton jamás se había equivocado en 15 años, y lo había hecho delante del mejor jugador de la historia. Luego, la hecatombe. Dejó por los suelos a Russell y la metió. Daba igual dar golpes a la mesa, te había ganado el mejor. En otra vida sería”. ¿Qué puedo decir yo que no hayan explicado ellos? Pasemos página.

Como todos, yo también amé a Michael Jordan. Nunca tanto como cuando se mudó a la capital a disfrutar del juego. Retornando, a su edad. Asomaban grietas. Ya no era tan rápido, ni volaba sobre el resto. No podía defender como antes, ni aguantar 40 minutos de ritmos infernales 2 noches consecutivas. Algunos jóvenes insolentes que crecieron viéndole por la tele ahora le desafiaban y, en ocasiones, incluso le trataban de tú a tú. Partían con la ventaja del físico. Pero cuando este le daba un respiro, no les resultaba tan simple. Y las sonrisas cambiaban de bando. Aunque aun en las victorias, Michael Jordan, con un equipo bastante justito, estaba en inferioridad. Con todo, también entonces, su sombra seguía siendo más larga que la de cualquier otro participante en el juego. Lo fue con 40 y lo hubiera sido con 45. Lo ponía de manifiesto cuando, alcanzada esa edad y ya retirado definitivamente de la práctica profesional del baloncesto, bajaba desde el despacho a someter al novato de turno capaz de provocarlo.

Jordan en Salt Lake City | Getty Images

Jordan en Salt Lake City | Getty Images

¿Cómo se llega a ser tan superior? No vale solo el talento. Hay que ser constante. Son numerosos los spots publicitarios en los que Michael Jordan hace referencia al trabajo, al esfuerzo. Aunque alguien tiene que haber trabajado tanto como él, en alguna parte. No, no puede ser solo eso. Imagino que se trata de la combinación de facultades, de aptitudes naturales y las ganas de desarrollarlas. Para después, vencer desde la mente. Porque en la mente comenzaba y acababa todo. ¿Conocéis ese juego de sostener las miradas hasta que uno la retira o se ríe? No me atrevería a practicarlo con Jordan. Ahí siempre debe salir victorioso. Metiéndose en la cabeza de los rivales, para que ellos mismos se vieran insignificantes en el duelo, siendo conscientes de su limitación. Y luego esa capacidad de elevar el nivel justo cuando es necesario. Sin ser especialista en el triple, decidir un partido en unas finales desde más allá del arco; siendo el mejor anotador (no mayor, mejor) de siempre, defender como ninguno en la liga; sin ser un creador de juego natural, asistir cuando es menester… Y hacer competitivos a los demás. Abroncándoles en mitad de un partido, o, llegado el caso, avasallándoles en un entreno. Tenía autoridad para ello. Y, a pesar de lo que pudiera parecer, lo hacía buscando lo mejor para el equipo. Elevar el nivel.

Creo que cuando eres el mejor no puedes caer bien a todos. Es imposible. Lo hemos visto recientemente con Kobe Bryant o LeBron James. El odio de los haters es superior al amor de los fans. Los inalcanzables son a menudo catalogados de arrogantes, insensibles, o directamente estúpidos. Pocas veces nos paramos a mirar un poco más allá. Pero el fin lo es todo. Suele molestar que sean tan superiores y que, en algunos casos, se jacten de ello. El esfuerzo que hay detrás poco se valora. Llegar a la cima conlleva un sacrificio extraordinario. Te llames como te llames y atesores más clase que nadie. A Michael Jordan también se le ha odiado. Y, a medida que las agujas del reloj iban acercándose a su hora, amado. Cuando asomaron las fisuras, cuando parecía más frágil. Como ocurre con todos. Nos dolía la espalda tanto como a Bird ese día que esta le obligó a parar, nos debilitamos cuando Magic contrajo el virus que le retiró de las canchas, nos angustiamos al ver que a Shaquille una noche dejó de responderle su fisonomía. Al final, en la fragilidad nos reconocemos todos. Más cercana a nuestro mundo.

Michael Jordan es el más grande. De siempre. El menos vulnerable. El más sólido. El más dominante. Y de ahí para arriba, lo que queramos agregar. No sé si todo se magnifica con su figura. Pero, que no nos quepa duda, se lo ha ganado por derecho propio. Y es que, en un momento u otro de nuestras terrenales vidas, todos hemos querido ser como Mike.

The Greatest Of All Time.

PD: lo siento, ya os dije que era imposible redactar un texto siquiera cercano a su altura.

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