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El amor, a veces, termina. Una llama que se debilita y se ahoga con su propia vela. Ya no hay chispa para volver a encenderla. Las palabras están congeladas, y su tacto, es de piedra. Como el busto de Arsène Wenger, que da la bienvenida en el Emirates Stadium. El tiempo y los fracasos le han transformado en una estatua. En una escultura que transmite la historia de más de dos décadas. Al otro lado, la voz y el juicio a quien se expone. La afición que corea su nombre para exigirle una despedida, para hacerle saber que ya fue suficiente, y que hace un tiempo que no siente lo mismo.

Un desamor que no nació la pasada noche, sino un aborrecimiento que lleva germinando un debate en los últimos años. Segundas oportunidades que fueron vistas con recelo, porque nunca se volvió a confiar ni a sentir lo de aquellas tardes mágicas, ni las grandes noches donde se vistieron de gala bajo la luz de la luna.

La eliminación en Champions League, tras el azote del Bayern, fue una muerte anunciada, que a gritos, advertía el desenlace. En casa, y tal y como empezó a desarrollarse el partido que brindó opciones, no se esperaba que volverían a recibir el mismo golpe de la ida. Pero la manita volvió a darles una palmada dolorosa. Las dos palmas del Bayern de Ancelotti, que a diferencia de la maldición que es sombra del francés, mantiene algo especial con la competición europea.


Un resultado global tan abrumador, que ha sido motivo de burla en la propia cuenta del club alemán, y enfado universal. Wenger ensalzó el error arbitral que pudo condicionar y matar el partido, pero a nadie le importa ya lo que sucedió en el terreno de juego. Las mentes proyectan un cambio. La metamorfosis en el banquillo que pueda abrir paso a una nueva etapa, y con ella, a un nuevo amor.

Se le ha perdido el respeto a Le Professeur que, con su maestría, mostró un fútbol de toque, antagónico al habitual juego inglés. Los gunners protestan: “No new contract” “We want Wenger out”. Una voz que gana poder, un estallido de quejas que ya no se reivindican con prudencia.

La época dorada de Arsène Wenger queda lejana. El tiempo, sin darnos cuenta, ha pasado velozmente. Son más de dos décadas desde que aterrizó un 12 de octubre de 1996. La evolución de los años han atrapado a un Wenger que no sabe lo que es ganar la competición doméstica desde hace más de 10 años. La pasada temporada terminó en segundo lugar, algo que hacía más de un decenio que no ocurría.

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Además, la espina de la Champions League sigue penetrada, sin signos de poder extraerse ese sufrimiento punzante. Lo rozó con la yema de sus dedos, en 2006, con el escenario ubicado en su país natal. Pero nunca volvió a darse esa cita. Desde entonces, dos llegadas a cuartos intercalando un nuevo intento para llegar a la gran final, cayendo ante el Manchester United de Ferguson, el referente de las historias eternas de banquillo, en 2009. Proceden siete eliminaciones consecutivas en octavos. El destino tampoco fue benevolente, si a líneas generales se atisba el rasgo de los rivales: FC Barcelona, Milan, Bayern y Monaco. En tres ocasiones los alemanes, y en dos de ellas los españoles. Dos ejércitos de potente presencia en la competición europea.

La gesta de los Invencibles pertenece al pasado. A una época donde a Bergkamp le daba miedo volar, pero era capaz de superar las alturas para subir a la afición a una nube. Henry, el máximo goleador de la historia del club, con 228 goles, ya colgó sus botas. Fàbregas y Van Persie también abandonaron las filas del conjunto londinense, y los nombres de Overmars, Vieira, Pires o Seaman forman parte del fútbol vintage.
Hace ya una década que se cambió Highbury por el Emirates Stadium, el estadio que lleva la aerolínea por nombre. Naming rights, de momento, hasta 2021. La construcción del estadio significó una inversión que se ha visto reflejada en las ventas y los fichajes del club. Y en consecuencia, en los resultados.

Los acontecimientos de los mejores años de Wenger y la euforia del éxito quedaron entre esas fachadas que ahora forman parte de un complejo de apartamentos.

Sir Alex Ferguson también vivió una intensa historia de amor, a la que él mismo decidió poner fin en el momento que consideró adecuado. Ferguson firmó la última campaña dirigiendo al Manchester United, logrando la Premier League.

Ninguna historia es comparable, como no lo es un palmarés que le dobla y supera, pero saber retirarse a tiempo siempre significa prolongar la admiración de tu afición. Dejar al equipo en un buen lugar da respuesta al agradecimiento y la alabanza. Algo difícil de gestionar cuando a un técnico no le llega la oportunidad de sumar años y títulos conjuntamente. Quizás al lograr la FA Cup tras la sequía.

Decisiones complicadas cuando un entrenador, respaldado por los dirigentes, considera que puede realizar más por el club, y todavía siente que le quedan años de vida para seguir cumpliendo sus días junto a lo que más le apasiona.
Arsène Wenger ya ha hecho tarde, porque el debate de su continuidad hace tiempo que está abierto. Los rumores, el fin de contrato y la intención de esperar a primavera para anunciar si hay prolongación como líder del vestuario gunner, son claras señales de que por la cabeza de Wenger pasea la decisión de poner un punto final. Sin embargo, no ha llegado a tiempo de poder salir acompañado de un meritorio reconocimiento por ser historia moderna del Arsenal.

Durante el transcurso de los años el club le ha apoyado, para que tome su propia decisión. Un crédito consentido inicialmente a base de logros y, posteriormente, por una cuestión de lealtad.

La prensa es el altavoz de la crítica. Las portadas le señalan, sin disimulo. La afición no posee paciencia, porque ha llegado al punto de querer romper con el presente. El Arsenal siente la necesidad de volver a estar peleando por los títulos, de conquistarlos y alzarlos. Quiere estar ahí, para hacer sombra y quitarles el sol a los de siempre, a los históricos y a los que bajo sus nuevos proyectos luchan por hacerse grandes.

Wenger lo sabe. Aunque hable del árbitro, comprende lo que significa cada palabra de reproche, cada análisis y opinión. Aunque algunos aún asistan al estadio con pancartas de gratitud, sabe que la mayoría le ha dado la espalda a un proyecto que consideran consumido. El cañón de los gunners le apunta, para disparar sin piedad. La afición exige que se cumpla su fecha de caducidad. Cerrar una etapa con esa cremallera que viste sus abrigos infinitos.

En una temporada que comprende el homenaje a 20 años de dedicación, parece que todo pierde valor. Casi un tercio de su vida jurando amor interminable. Sin embargo, 20 años son muchos cuando la gloria no persiste. 15 títulos son pocos cuando se exige más y ser referente. Los triunfos pasan a la eternidad, pero nada es eterno. Y el amor, a veces, en el fútbol como en la vida, tampoco.

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