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Ter Stegen, profeta entre replicantes

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Hubo una época, no hace mucho tiempo atrás, en la que los porteros miraban fijamente al balón, no despegaban sus pupilas de aquel trozo de cuero cosido. ¿La razón? No se fiaban, no tenían claro como actuaba la redonda una vez que tocaba el césped. Su desconocimiento del juego era brutal, su función se basaba en cumplir los objetivos primarios que requería su puesto, es decir, parar. Sin alardes ni excesos, debían detener todo intento rival por perforar la portería, su hogar. Tiempos oscuros, la Edad Media del fútbol. Ni siquiera se planteaban que pudieran existir otras alternativas al juego, si había que usar los pies se hacía para sacar de puerta, despejar un balón o tratar de detener un lanzamiento.

Afortunadamente, el fútbol evolucionó, y con él, los sistemas tácticos y las funciones de cada jugador. El fútbol prehistórico quedó atrás, el deporte balompédico pasó de ser un mero entretenimiento de masas a un deporte en mayúsculas, seguro de sí mismo, sin miedo a la inercia que arrastraba. Muchos equipos hicieron del fútbol un lugar mejor, tanto selecciones como clubes (no tomaré partido en quien sí y quien no para evitar herir sensibilidades), pero todos dejaron atrás la figura del portero, condenándoles a seguir viviendo en la penumbra existencial que les acompañaba.

Tras asimilar el abandono sistemático del que eran objeto, los porteros pasaron a la acción, buscando el conocimiento y su avance deportivo de forma autodidacta. Quisieron dejar de ser meros figurantes en los partidos, seres casi robóticos, como los replicantes de Blade Runner, la legendaria película de Ridley Scott basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en la que estos seres de apariencia humana trataban de tener sentimientos profundos, pero eran incapaces. Esa era la realidad de los porteros: si todo iba bien, la gloria no llevaba ni su nombre ni su cara, sólo en situaciones límites los arqueros se ponían el atrezzo de héroes, copando portadas y elogios entre el vulgo.

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Vivían a caballo entre el mito de Prometeo y el de la Caverna de Platón. Sabían que había algo poderoso (el fuego) que por naturaleza les era desconocido, en su caso la posibilidad de usar los pies para algo más que acciones arcaicas. Sin embargo, al vivir de espaldas al partido (como los prisioneros del ensayo de Platón) creían que todo aquello que oían y las sombras que se reflejaban en la pared de su cautiverio eran mentira. Muchos lograron salir al exterior de la caverna, jugar con los pies, con más o menos éxito, pero apabullados por la responsabilidad que acarreaba, volvieron al punto de partida.

Hasta que llegó él, Marc-André ter Stegen. Un muchacho rubio nacido en las entrañas de Mönchengladbach, localidad alemana siempre comprometida con la moda textil. Desde los cuatro años empezó a formar parte del club de su vida, el Borussia, equipo donde creció, pasando por todas las categorías hasta hacerse con la titularidad del equipo absoluto. Gran portero desde su adolescencia, poseía una cualidad innata que le hacía ser el foco de todos los ojeadores: su talento con los pies. El teutón manejaba igual de bien el balón tanto cuando lo tenía entre sus guantes como cuando yacía sobre el verde del Borussia-Park. Esto le convirtió en un fenómeno viral, no por sus artes con la pelota, sino por las consecuencias fatales que de vez en cuando traían consigo, es decir, por sus cantadas. El tipo, lejos de achantarse, siguió fiel a su estilo, puliendo sus fallos y mejorando sus virtudes, que son muchas. Sus aptitudes no pasaron desapercibidas para Andoni Zubizarreta, quien era el director deportivo del Barça en 2014, año en que se consumó el fichaje de Stegen.

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El Barça había apostado fuerte porque sus porteros manejasen el balón con los pies de forma notable, como consecuencia directa del fútbol ofensivo que Pep Guardiola instaló en el Camp Nou. Víctor Valdés cumplía con creces el papel, pero su marcha, a día de hoy aún inexplicable, provocó la búsqueda de dos porteros de primer nivel, ya que también se marchaba Pinto, aunque su adiós no provocó ningún trauma. Así llegaba ter Stegen a Barcelona, con el objetivo de crecer y desarrollar su peculiar estilo bajo los palos.

Tan joven y tan viejo a la vez, ter Stegen se puso entre ceja y ceja hacerse el amo y señor de la portería culé, cosa que hasta agosto de 2016, y con la venta de Bravo asegurada al City, no había conseguido. Pero el chico gustaba en Barcelona. Su desparpajo y juventud, combinado con ese aura de tipo especial y por supuesto, la seguridad bajo palos que rezumaba hicieron que el Camp Nou, Luis Enrique y la afición del Barça se decantasen por él. Bravo gustaba también, pero su madurez decantó la balanza en la decisión final del técnico asturiano.

Ter Stegen es el hombre que consiguió salir de la Caverna, viendo todo aquello que el fútbol podía ofrecer a los porteros y convirtiéndose en la bandera del nuevo estilo que demandaban los equipos para sus porterías. Lejos de amilanarse o abandonar la tarea que le había sido encomendada, siguió y sigue demostrando al resto de porteros que hay otra manera de jugar al fútbol, que un arquero puede ser partícipe del deporte más bello del mundo. Oxigenar al equipo, actuar de cierre en situaciones ofensivas, adelantarse a cortar contraataques, ayudar en la salida del balón y cómo no, parar absolutamente todo lo que vaya entre los tres palos. Es Prometeo entregando el fuego al hombre, desoyendo a las altas esferas del fútbol, quienes desean que los cancerberos sigan siendo meros replicantes, que sólo pueden parar, sin sentir ni disfrutar. Un profeta que empezó orando en el desierto, pero que cada vez va encontrando más oasis en su camino, hasta que todos los porteros del mundo traten al esférico como se merecen, con mimo, sin patadas ni malos modos.

Ter Stegen, un tipo que no mira al balón.

Fotografías: Getty Images

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