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El fútbol chino tiene un plan

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¿Acaso creíamos que poner sus nombres a nuestros estadios, anunciar sus empresas en nuestras camisetas y venderles nuestros clubes era a cambio de nada? ¿Pensábamos que el fútbol emergente invertía cientos de millones de euros en Europa como un pasatiempo de nuevo rico, una fiesta de caviar y champán en la que gastar sus montañas de dinero?

Qué ilusos. Tampoco era solo por aumentar su presencia en el resto del mundo y crecer económica y comercialmente. Bueno, quizá en el caso de rusos y cataríes, sí. Pero lo que también podemos afirmar a día de hoy es que el capital chino siempre ha tenido muy claro cuál era su otro objetivo: expoliar las minas de talento futbolístico del resto del mundo.

Nunca nos preocupó el éxodo de jugadores y entrenadores a esos países. Sabíamos que no era más que coleccionismo de cromos. Que solo ofrecía jubilaciones de oro a futbolistas de edad avanzada y suponía un camino fácil para que algunos clubes ganaran con comodidad ligas de escaso nivel competitivo. Guardiola, Hierro, Batistuta o los hermanos De Boer fueron algunos de los pioneros hace más de una década y el goteo de aventuras exóticas desde entonces nunca ha parado. Incluso el ritmo se ha acelerado a partir de 2010 y hemos tenido que despedirnos de nombres tan ilustres de nuestra liga como Roberto Carlos, Raúl, Eto’o y Xavi Hernández.

Tampoco le hemos dado importancia a la reciente compra de participaciones accionariales ni a la colonización de las directivas de numerosos clubes europeos. Jeques y oligarcas rusos aterrizaron con mucha atención mediática en algunas de las plazas más importantes del fútbol europeo. Los primeros se hicieron con el control del Manchester City y Paris Saint Germain; y los segundos se adueñaron del Chelsea, Arsenal y Mónaco.

Y ahora, en mitad del sueño se nos ha ocurrido sacar la calculadora y fijarnos en los empresarios chinos. Los ceros no caben en la pantalla. Nos hemos encontrado de golpe con que, en los últimos cinco años, han invertido 1.800 millones de euros en participaciones de 13 clubes de las cuatro grandes ligas europeas. Como no fue portada de ningún informativo, no nos importó mucho que compraran el Granada, el Auxerre o el Wolverhampton. Y ahora, al repasar la lista y ver que son dueños del Aston Villa, Inter y Milan, y tienen un 13% del City y el 20% del Atlético de Madrid y Olympique de Lyon, es cuando nos damos cuenta de que nunca comprendimos la moraleja del caballo de Troya.

Arsene Wenger hizo sonar la alarma en una entrevista hace ahora un año. En plena pretemporada de la Super Liga china de 2016, alertó sobre el éxodo de talento futbolístico hacia ese país. “China tiene suficiente potencial financiero para comprar toda una liga europea, […] estoy seguro de que pronto llegaremos a los 100 millones de euros”.

Y casualmente, la pretemporada de 2017 comenzó con lo que para algunos fue una fanfarronada de Jorge Mendes: la presunta oferta de 200 millones de euros al Real Madrid y 100 a Cristiano para que jugara en el gigante asiático. Mientras unos se reían y otros pasaban a pesetas la oferta para disfrutar con el indecente número de ceros que contenía, a casi nadie se le ocurrió mirar la parte del iceberg que está sumergida. Porque a solo dos días de que comience la temporada 2017, se ha confirmado un gasto en fichajes de 388 millones de euros, 43 más que hace un año.

La construcción de una liga atractiva

Lo que nadie discute en la esfera opinadora del fútbol es que para ser deseable, la Super Liga debe ser competitiva. La misión no es nada fácil, sobre todo porque hablamos de un país con escasa tradición en la práctica del fútbol. Pero entre las autoridades y el sector privado han puesto sus engranajes a girar y están cumpliendo milimétricamente lo que podríamos llamar “Requisitos básicos para que tu liga sea importante”:

  • Fichar jugadores en África y Sudamérica: para este año habrá 29 jugadores sudamericanos (de los que 21 son brasileños) y 12 africanos, que suponen más de la mitad del cupo total de extranjeros de la competición (sí, esas zonas que hasta ahora eran los principales caladeros de talento para el fútbol europeo).

 

  • Contar con entrenadores prestigiosos: por la Superliga han ido pasando o aún entrenan allí figuras tan conocidas para nosotros como Fabio Cannavaro, Vilas-Boas, Mauricio Pellegrini, Poyet, Scolari, Zacheroni o José González, segundo entrenador con Gregorio Manzano hasta el año pasado. En total, para la temporada 2017, el 75% de los equipos tiene un preparador europeo o sudamericano.

 

  • Desarrollar figuras locales: para ello ha previsto la apertura de 20.000 escuelas de fútbol por todo el país, convertir este deporte en asignatura en la educación primaria y secundaria y la construcción de 70.000 campos de fútbol. Y, se supone, también dejar que la estadística haga su trabajo.

 

  • Aumentar la audiencia televisiva y la afluencia a los estadios: los derechos de televisión han pasado a venderse por unos 1.200 millones de euros para las próximas cinco temporadas, lo que revela la audiencia potencial que se prevé. Además, la afluencia media en la temporada 2016 fue de 25.748 espectadores. Solo 2.000 por debajo de nuestra querida máxima categoría, que en la 15/16 atrajo a 27.503 personas de media.

Y el ingrediente más importante que falta es el que aporta el gobierno del país: tiempo. Porque todo este desvarío deportivo y económico está encuadrado en un programa ideado por el equipo de Xi Jinping, presidente de la república, que tiene como horizonte el año 2030. Para esta fecha espera organizar una Copa del Mundo de fútbol y tener opciones de ganarlo. Aunque si ese primer plazo falla, se conceden otros 20 años para lograrlo.

Quizá este objetivo es a lo que se refería Wenger en la citada entrevista. “No sé cuál es el alcance del deseo en China“, expuso a los reporteros. “Pero si hay un deseo político muy fuerte, deberíamos preocuparnos”. Un anhelo que además va acompañado de las grandes fortunas del país, lo que suma indicios para anticipar que China tiene un plan. Y cuando algo así se confirma, solo queda echarse a temblar.

La pastilla roja o la azul

Sobre todo cuando se enfrenten al punto de no retorno que toda historia tiene. Su momento Matrix, en el que decidir si toman la píldora para que todo siga igual o abren una puerta nueva y transforman la Super Liga en una competición de franquicias. No es creíble que no se lo planteen. Y si tomaran esa decisión, el rumbo sería mucho más ambicioso.

Tienen como ventaja que son una liga muy joven y pueden cambiar el sistema sin muchos daños colaterales. Una liga cerrada pone a salvo el dinero de los inversores y propietarios de los clubes, lejos de descensos y quiebras, e impone un regulador férreo que controle los desmanes de gestores irresponsables. También convierte los equipos en auténticas empresas, con todo lo que ello supone en compras, ventas y revalorizaciones de los mismos. Y, como no, aumenta la competitividad de la liga, que es lo que al final hace que los futbolistas deseen jugar en un determinado país.

La Super Liga, el dilema de las futuras estrellas

Por eso la amenaza del fútbol chino no es que logren ahora llevarse a golpe de talonario a Messi, Cristiano o cualquier otra figura. Aunque sí que empieza a llamar la atención el descenso en la edad de los grandes fichajes de los dos últimos años. Lejos quedan las aventuras de Anelka a los 32 años o de Drogba y Kanouté a los 34. El brasileño Óscar ha dejado el Chelsea con 25 años, dos menos que su compatriota Alexandre Pato, que acaba de abandonar el vestuario del Villarreal.

El verdadero peligro es que Europa deje de ser la meca del peregrinaje de cualquier aspirante a jugador de fútbol o promesa de superestrella. Hasta ahora parece que lo sigue siendo. Pero la ambición china puede ponerle fin. Y si eso ocurre, es probable que los ‘Ronaldos’, ‘Cristianos’ y ‘Messis’ de la próxima década no sueñen con jugar en Italia, Inglaterra o España. Seguramente esas futuras estrellas no tendrán el criterio ni la madurez necesarios para elegir entre la tentación de los talones de ocho cifras netas por temporada o la tradición futbolística por excelencia. El prestigio de jugar en la cuna del balompié y el lujo de optar a vestir camisetas sobre las que descansan, en muchos casos, más de un siglo de goles.

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