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Sugar Ray Allen

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18 de junio de 2013. American Airlines Arena, Miami. 19.600 personas contemplan el apocalipsis texano en sus propias carnes. Con 19.4 segundos para el final del GAME6 de las finales de 2013, Miami Heat pierde 95 a 92 frente a San Antonio Spurs. De acabar con derrota local el partido, el anillo caerá en manos de los pupilos de Popovich, el quinto en su historia (hasta ese momento, entiéndase). Sobre el parqué, 10 soldados: Chalmers-Allen-Wade-LeBron-Bosh; Parker-Green-Ginóbili-Kawhi-Diaw.

Tras manejar Chalmers la bola durante casi siete segundos, un bloqueo de Bosh libera a LeBron para lanzar un triple totalmente solo. El alero se levanta…pero falla. El título agoniza en las manos de los Spurs y entonces, Chris Bosh captura el rebote ofensivo que tenía prácticamente agarrado Ginóbili. Sus garras de velociraptor dan un nuevo intento en la ruleta rusa a Miami. Con LeBron y Chalmers totalmente solos y solicitando la gloria, Bosh ya sabe desde que ha capturado el rebote a quien va a dejar disparar la última bala del tambor.

El fulano que lleva el 34 a la espalda y va corriendo de espaldas para situarse en la línea de tres será el héroe. Bosh le pasa el balón, y con 7 segundos por jugarse, Walter Ray Allen no tarda ni seis décimas en colocarse, comprobar que no está pisando la línea y armar el lanzamiento. Su preciosa mecánica se pone en marcha y, el balón sale despedido de sus manos, justo cuando Tony Parker llega a intentar frenarle. Tarde. El escolta cae desequilibrado y necesita agarrar la zamarra del base francés para no irse al suelo de la inercia que arrastra. El cerebro se olvida por completo de la integridad física de su cuerpo, y centra toda la atención en sus pupilas, que siguen con fijación casi enfermiza la trayectoria del lanzamiento.

Ray Allen, un momento para un anillo | Getty

Ray Allen, un momento para un anillo | Getty

El balón entra limpio, había obrado el milagro. Su 1’96 estalla, y del hombre de hielo sale un grito impropio. La prórroga era una realidad gracias a su proeza. Los Heat resisten y fuerzan el séptimo. Y en el definitivo y fatídico encuentro, ganan el anillo. Su segundo entorchado particular. Quizás no lo supo cuando entró ese triple, o quizás sí, quién sabe, pero aquel triple cambió su vida. El mejor tirador de la historia.

Todo esto te viene a la cabeza cada mañana, tarde y noche. Sientes la nostalgia propia de quien fue leyenda y ya no es más que las cenizas de un bello recuerdo. Tu cuerpo de maratoniano ha dicho basta y, desde un cafetería de cuyo nombre y localización no quiero acordarme, escribes una emotiva carta para ‘The Players Tribune‘, donde diseccionas tu hipotálamo y te sinceras con la vida, esa que tanta gloria te dio a cambio de nada.

Al Ray de 13 años le pides fuerza, voluntad y corazón. La vida siendo hijo de un destacado militar nunca es fácil. Sin más patria que tu familia ni más hogar que el baloncesto, el pequeño Allen pasó por todas aquellas ciudades en las que la Fuerza Aérea reclamó la presencia de su padre. Del Norte de California a la inmadura Alemania, que trataba de cerrar las heridas de su pasado más cercano, pasando por Inglaterra, Oklahoma y acabando, como si de un recorrido profético se tratase, en el Sur de Carolina. En cada uno de estos viajes a ninguna parte desarrollaste la habilidad propia del extraño: la invisibilidad. Nunca pudiste invitar a salir a la chica que te gustaba, ni llevar a tus colegas a jugar a casa. El pánico a coger cariño a aquellas personas a las que, de un momento a otro podrías perder de vista, te aterraba. Fuiste un hijo del viento, tu sangre se fue helando para hacer de ti un tipo sin más ataduras que el paso del tiempo.

Al final, te asentaste en Carolina del Sur, y allí descubriste el baloncesto. Te toca aprender a relacionarte con gente de fuera del entorno militar, y no es fácil. La crueldad de los niños es infinita, quizás sin maldad, pero duele como un hierro candente en el pecho del penitente. Te has quitado muchos pesos de encima, entre otros, aquella chapa de identificación militar que siempre llevabas en caso de perderte. No hay nada peor que ser tan sólo un número o un nombre inscrito en un trozo de hojalata. Se metían contigo por hablar como un blanco, te faltaba jerga de la calle, rasguños de infancia, en definitiva, ese currículum infantil que hace que cambies de niño a hombre en una tarde de lluvia.

Ray Allen con UCONN en su etapa universitaria | Getty

Ray Allen con UCONN en su etapa universitaria | Getty

Ese no es tu sitio, pensarás. ¿Qué hago aquí, si nadie me entiende? Aprende esta lección, Walter, no encajarás jamás entre toda esta gente que te mira con desprecio. Tu futuro más cercano no será fácil, pero te prometo que algún día se volverán locos cuando tu muñeca les haga llorar de alegría. El éxito en el Instituto de Hillcrest te hará plantearte el paso más importante de tu vida: la Universidad.

Al entorno tóxico que te rodeó nunca le hizo gracia la idea de verte con la camiseta de los Huskies. Tratarán de disuadirte, diciéndote que serás suplente, que te falta talento para llegar lejos. Serás idiota si pierdes tu valioso tiempo con esos tipos que sólo quieren ver arder el mundo. Ray, hay gente que no quiere el bien para ellos mismos, simplemente, quieren que haya personas a la que le vaya peor, aunque ellos vivan sumidos en miserias espirituales de un calibre casi bélico. Quédate bien con sus rostros, hipoteca tu memoria y graba sus nombres. Recuerda los insultos y las vejaciones recibidas, no las devuelvas, úsalas como gasolina para seguir luchando por tus sueños.

Eres bueno, pero nada especial. Se comenta tu talento, tu habilidad especial: el tiro en suspensión. Pero no es ningún don divino, Ray. Te espera un trabajo durísimo si quieres dar el nivel que requiere el baloncesto universitario. No eres nadie, aún. Si no trabajas todos los días como si fuera el último, el abismo te tragará sin devolver nada. No eres Jonás, de esta ballena no se sale con vida.

Ahora eres una leyenda. No tienes nada que demostrar, pero hubo un hombre que cambió tu vida para siempre. Sí, el bueno de Jim Calhoun, tu coach en los Huskies. Creías que no te dejaba tirar porque te odiaba, pero fue al revés. Preparó tu cuerpo para el resto de tus días. Cada gota de sudor que salía de tu cuerpo en aquellas primeras horas como universitario eran los primeros cimientos sobre los que se edificó tu grandeza. Quizás no te caíste en ese triple contra San Antonio porque aprendiste a controlar tu cuerpo aquellos días lejanos de otoño.

Ray Allen junto a Jim Calhoun | SI

Ray Allen junto a Jim Calhoun | SI

Tres años que pasaron volando, donde dejaste claro que serías un tirador atípico, incluso puede que por encima de ese chico llamado Reggie Miller. En el Draft de 1996, Minnesota te elige en el puesto número 5, pero por movimientos, acabas en Milwaukee, una de esas ciudades con el honor intacto y el orgullo herido. Les llevaste a la cima de la montaña, una cota que pocas veces se volvió a escalar tras los tiempos del gran Kareem. Cómo duele todavía la final de conferencia en 2001 contra los 76ers de Iverson. Si las dos palabras más bonitas del mundo son GAME7, hincar la rodilla en esos 48 minutos te dolieron como cada cambio de ciudad que tu padre te obligaba a hacer.

Tus números no engañaban a nadie, eras el mejor tirador en activo. Tu tiempo en los Bucks expiró y tocaba irse a Seattle. Allí, los años de cosecha habían pasado a mejor vida, también, y la tierra quemada era el legado que dejó el monstruo llamado Michael Jordan, cuando en 1996 ajustició a una ciudad entera. En junio de 2007 llega tu oportunidad en mayúsculas, los Celtics vienen a por ti.

Jamás olvidarás Boston. Se juntó el proyecto más grande jamás visto sobre una cancha de baloncesto (hasta que el Quijote de Akron viajó a Florida). Tú, Rondo, Pierce y Garnett. Los resultados fueron devastadores: un anillo y otra final más. Las lágrimas al ganar a los Lakers aún recorren tus inmaculadas mejillas morenas. El sueño de tu vida había tomado forma y era aquel trofeo Larry O’Brien tan bello como pesado. Todos los registros desde más allá del arco los pulverizaste allí, incluido el de máximo triplista de la historia. El 10 de febrero de 2011 superaste a Reggie Miller tras anotar dos triples en el primer cuarto contra los Lakers. No puede haber más honor para un soldado que saberse leyenda. A pesar de mantener el núcleo ganador intacto, LeBron te convence y te unes a los Miami Heat en el verano de 2012. Tu último servicio al baloncesto.

Ray Allen, Miami Heat | Getty

Ray Allen, Miami Heat | Getty

Firmas por tres temporadas, sólo cumples dos de ellas. El equipo arrastra la inercia ganadora de 2012 contra OKC y se planta en la final de la NBA de nuevo. Todos los lustros que pasaste jugando a baloncesto hubieran valido mucho menos si aquel milagro en el GAME6 no hubiera tenido lugar. Ese fuiste tú, Ray. Un tipo con más grises que una foto de Robert Capa.

Este verano saltaron rumores sobre tu regreso a las pistas, pero finalmente, has decidido que no era lo adecuado. Y lo celebro. Para mi has sido un referente y un ídolo. El mejor tirador de la historia, una muñeca tan privilegiada que dejó fuera de la ecuación a tu ética espartana de trabajo. Una vida dura, donde nadie te regaló nada, pero que terminó como tendrían que acabar las historias de esta índole, con victoria. Sin piedad, pero con respeto. El francotirador de Merced cuelga de una vez por todas sus botas. El baloncesto siempre te recordará, Sugar Ray Allen.

 

 

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