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Stephen Curry, odio y admiración en Oakland

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Akron es especial. Desde el olor de sus calles hasta la sinrazón de sus noches, algo mágico se mueve allí. La cuidad de los neumáticos, conocida en cualquier lugar del mundo. El milagro se produjo hace casi 32 años, cuando en un período de 39 meses, nacieron en la misma planta del Summa Akron City Hospital LeBron James y Stephen Curry. El primero, un 30 de diciembre de 1984; el otro, el 14 de marzo de 1988. Si Dios existe, se estaba riendo del baloncesto desde lo más alto de su trono.

Aunque la historia de los dos es bien distinta. Si bien LeBron James tiene sangre de Ohio, que Steph naciera en los dominios del Rey fue la casualidad más remota que se recuerda en el baloncesto. Era la temporada 1987/1988 y el padre de Curry, Dell, estaba jugando en los Cavaliers esa campaña, la única en Ohio antes de dar el salto a la franquicia de su vida, Charlotte. El nacimiento de Steph se adelantó dos semanas, así que por calendario y planificación, pilló a los Curry en jaque y a Dell, jugando un encuentro fuera de Cleveland. Así que Sonya, su esposa, se vio obligada a irse al hospital ante el inminente nacimiento, siendo transportada por la mujer de un compañero de Dell, quien debido a sus nervios y al desconocimiento de las carreteras del lugar se equivocó, y necesitó la ayuda de la policía para llegar sanas y salvas al centro médico. La mudanza al Quicken Loans Arena la hicieron en 1994, así que hasta entonces, los Cavs tenían su casa en el Richfield Coliseum, a unos 30 kilómetros de Cleveland. Fue durante muy poco tiempo, pero los Curry se fueron a vivir a Akron hasta que a Dell le llegó la oferta de Charlotte, momento en que dejaron atrás Ohio para no volver jamás…como amigos.

La vida tiene estas cosas, el mismo hilo de vida une a los que hoy por hoy son los mejores jugadores del planeta y cuyos equipos son los máximos aspirantes a ganar el anillo. Una enemistad deportiva que está marcando una época preciosa en la NBA. El duelo LeBron-Curry va más allá de lo que sucede sobre el parqué, sus fronteras traspasan resultados y títulos, es la lucha encarnizada de dos modos de vida, de dos ciudades, en definitiva, el bien y el mal según el prisma con el que se mire.

El 23 representa todo lo que vivió desde pequeño, abandonado por su padre, Anthony McClelland, quien se marchó de casa cuando Gloria James dio a luz al alero con apenas 16 años de edad. Ese odio hacia su progenitor fue la gasolina que le hizo ver que no había más reto que superar la historia. El vínculo tan profundo que estableció con Gloria le ayudó a superar todas las adversidades que la vida le planteó. Así de claro era LeBron en las redes sociales hace dos años, cuando adjuntó una foto de su padre y debajo, escribió unas palabras que salieron directamente de su corazón:

“Padre, sabes una cosa, no te conozco, no tengo ni idea de quién eres, pero tú eres parte de la razón que ha hecho que sea quien soy hoy en día. El combustible que me proporcionó tu ausencia es parte de la razón por la que crecí para convertirme en quien soy. Es parte de la razón por la que quiero estar presente en todos mis retos… Estoy en una posición que permite crecer a la gente que me rodea, eso quizá no hubiera sido posible si hubiera tenido padre y madre, dos hermanas, un perro y una valla blanca (picket fence), ¿te das cuenta? Gracias por todo. Podría haber dicho por qué no estuviste conmigo, pero mira lo que hice de mí”.

Gloria, la madre y el sustento del 'Rey' | Getty Images

Gloria, la madre y el sustento del ‘Rey’ | Getty Images

Una infancia difícil gracias a la cual forjó un carácter de campeón en una ciudad que no perdona nada, si no estás a la altura, Cleveland te come vivo. Con muy pocos recursos económicos, Gloria y el pequeño LeBron salieron adelante como buenamente pudieron, años duros con meses que se hacían demasiado largos. No pudieron contar ni con la ayuda de la abuela de LeBron, fallecida a los pocos meses del nacimiento del alero. Pero el talento corría por las venas del pequeño, y él vio una oportunidad de ser alguien en la vida gracias al baloncesto y sobre todo, sacar a su madre de la delicada situación. LeBron comenzó su idilio con el baloncesto en Hickory Street, gracias a una canasta casera construida a partir de una caja compartimentada que servía para transportar las botellas de leche. El ascenso meteórico de un chico que empezó a deslumbrar en el instituto de St. Vincent – St Mary, donde se juntaron los ‘Fab 5‘, en claro homenaje a los compañeros de Chris Webber en Michigan allá por 1991. Viéndose lo suficientemente maduro, se autoproclamó el salvador de Cleveland cuando en 2003 y sin pasar por la Universidad, LeBron era elegido por los Cavaliers en el número 1 del Draft. Quería devolver la gloria y la felicidad a un estado que llevaba medio siglo de lágrimas. Ese es LeBron James. El sacrificio como Biblia, el amor propio como única ley.

El caso inverso a Steph, quien vivió su infancia feliz en Charlotte, rodeado de su familia: Dell, Sonya y sus hermanos, Sydel y Seth. Mientras su padre iba camino de convertirse en el máximo anotador histórico de los Hornets, el hijo mediano de la saga creció sin despegarse nunca de la canasta. Así lo recuerda Jeff Cohen, vecino de la familia en los primeros años de vida de Steph, quien solía sentarse en la terraza de su casa en medio de las montañas azules del Valle New River en Virginia y ojeaba a Curry, quien por entonces no superaba los cinco años de edad y se tiraba las horas muertas jugando en la canasta que tenía en la entrada. La canasta era de los Hornets, recuerda Ashley, la hija de Cohen, quien fue canguro de Steph y Seth. Para Ashley, en ese entonces una adolescente, la canasta era ideal ya que podía clavar el balón sin tener que despegar los pies del asfalto. Todo lo que rodeaba al hoy base de los Warriors tenía un aroma a familiar. No se separaba de los suyos ni en el colegio, donde su madre era la directora del centro, su tía una de las maestras y su abuela, la cocinera.

RALEIGH, NC - MARCH 21: Stephen Curry #30 of the Davidson Wildcats draws a foul from David Pendergraft #25 of the Gonzaga Bulldogs during the 1st round of the 2008 NCAA Men's Basketball Tournament on March 21, 2008 at RBC Center in Raleigh, North Carolina. Davidson defeated Gonzaga 82-76. (Photo by Kevin C. Cox/Getty Images)

Con el baloncesto como actividad casi hereditaria, Curry y Seth acudían a ver muchos de los partidos de Dell, empezando a tomar contacto de una manera mucho más directa con el mundo de la canasta. Los problemas comenzaron en el instituto, cuando debido a su condición física, Stephen tuvo que cambiar su tiro para poder tener un hueco en su equipo, con el objetivo de evitar los tapones. Cada día durante el conocido como verano de las lágrimas, tuvo que tirar innumerables veces a canasta después de cada entrenamiento, llevándole a una fatiga y desesperación que provocaban las lágrimas en su rostro. Aquel verano cambió la historia del baloncesto, sólo que aquel padre preocupado y su hijo enfurruñado no lo sabían aún.

El éxito de Stephen llegó en la Universidad, cuando tras intentar seguir los pasos de Dell y estudiar en Virginia Tech, los Hokies no le ofrecieron beca, tan sólo jugar. La oferta no convenció a nadie y Curry acabó en Davidson. Las tres temporadas en los Wildcast fueron un desafío de superación constante. En su primer año, fue el segundo máximo anotador rookie de la NCCA, sólo por detrás de Kevin Durant, promediando 21,5 puntos por encuentro. La temporada siguiente subió sus números hasta los 25,9 puntos, 4,6 rebotes y 2,9 asistencias, obligando a las franquicias a fijarse en él. Los cantos de sirena para que diera el paso ese mismo año a la NBA fueron tremendos, pero bien aconsejado por Dell, veterano de la NBA, desoyó las ofertas para continuar una campaña más en Davidson y entonces sí, dar el salto a la mejor liga del mundo. Fue en el Draft de 2009, cuando los Warriors eligieron a Steph en el puesto número 7, por debajo de bases como Evans, Ricky Rubio o Jonny Flynn. Una broma de mal gusto.

Sus primeros años en la NBA fueron de adaptación, pero cualquiera con visión de futuro podría augurar un potencial de tiro exterior ilimitado. Sin embargo, los tobillos empezaron a marcar su calvario, haciéndole acabar temporadas de sólo 26 partidos disputados. No obstante, tenía la fe ciega de Golden State, y siguió su camino. Y en 2013, Stephen Curry explotó como jugador. El 27 de febrero de 2013 consiguió su récord de anotación en un partido y el de su equipo, al lograr 54 puntos y 11 triples ante los Knicks, aunque acabaron cayendo por 109 a 105. El fenómeno Curry avanzaba implacable, con un altavoz enorme en las redes sociales, quienes hicieron de Steph la bandera en la lucha para derrocar a LeBron, quien ya había iniciado su reinado en Florida.

La llegada de Kerr en 2014 y un roster tan equilibrado como excelente hicieron dar el paso que le faltaba a la plantilla para competir con los mejores en el Oeste. Líderes de conferencia, con Curry MVP de la temporada, récord de triples personal y billete a las finales de la NBA 2015. El mundo ya tenía nuevo superhéroe. Todos sabemos lo que pasó en aquellas finales, unos Warriors a gran nivel vencieron por 4-2 a unos Cavaliers lastrados por las lesiones, donde sólo LeBron James logró mantener la nave a flote hasta la invasión final en el GAME 6, cuando aquel chico nacido en Akron en 1988, arrasó a su gente para llevarse el primer anillo. Para Ohio, un traidor, para el mundo, el nuevo demonio del 23.

Un tipo que ha cambiado el baloncesto para siempre, que ha hecho del triple un modo de vida, cuando hasta su llegada, sólo unos pocos privilegiados habían usado la línea exterior para imponer su ley. De todo se disfruta, de cada jugador se aprende algo, pero queramos o no, nuestro corazón sólo tiene hueco para unos pocos elegidos. Son tiempos de cólera, amigos. En unos años tan difíciles como históricos, el camino al éxito como espectador tiene dos vías: Curry o LeBron (perdóname Jaco Correa cuando leas estas líneas). Dos filosofías de vida tan diferenciadas como lícitas.

Dos caminos para llegar al estrellato, Lebron y Steph | Getty Images

Dos caminos para llegar al estrellato, Lebron y Steph | Getty Images

Steph representa la parte más bonita del baloncesto, el talento ayudado a crecer. Una vida acomodada, feliz y sencilla dentro de su posición social. Un tipo que detrás de su baloncesto esconde miles de horas de sacrificio, un jugador al que la vida le ha entregado todo lo que con esfuerzo se ha ganado. Un ilusionista que casi sin pretenderlo se ha convertido en el héroe de buena parte de los aficionados de la NBA, aquellos que ven en él la luz de un nuevo sol.

LeBron es todo lo contrario. Un hombre atormentado por sus demonios. Una vida dura, sin un apoyo familiar fuerte, con carencias económicas que suplían Gloria y él con un esfuerzo sobrehumano. Un talento encerrado, que tuvo que explotar sin ayuda de nadie, construyendo sus propias canastas mientras Steph jugaba con los souvenirs que Dell le traía. Espíritu obrero coronado con sudor y sangre. Un héroe que pidió ser el blanco de todas las iras con tal de que su ciudad volviese a sonreír.

Yo, lo siento, pero te odio Steph. Te odio como se odia todo aquello que no puede poseerse, el talento que nunca tuve. Yo crecí como LeBron, hecho a mi manera, peleando cada momento, viviendo en un barrio que no recuerda nombres, sólo rostros. Te odio como se odian las pesadillas a medianoche, esas que atormentan al subconsciente y te hacen empapar la almohada. Te odio como se odia a la chica que te dice que no por primera vez. Respeto y admiración, pero jamás empatía. Mi lucha es otra. La mía está en Ohio, en sus maizales, en su gente, en sus miserias y llantos. Está en Utah, en su marginalidad, en su tristeza, en su nobleza escondida. En definitiva, está lejos de Oakland, donde gobiernas. Te recordaré como lo que fuiste: el tipo con más talento al que jamás amé.

Bye bye, Steph.

 

 

 

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