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Sonny Liston, la América profunda y los cabrones

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El boxeo vivió en la década de los 60 su mayor esplendor, o al menos, una de sus etapas más doradas, por si alguien enmienda estas palabras. El monstruo que llegó a ser Cassius Marcellus Clay (dejadme ser romántico) devoró todo, hasta el punto de hacer tan minúsculos a sus rivales que, por instantes, parecen no figurar en los libros de historia. Pero si algo engrandece la leyenda de Muhammad Ali son los fulanos con los que peleó en el cuadrilátero. La memoria colectiva recuerda sin titubear el combate contra Foreman en 1974, bautizado como la Pelea del siglo, o el tercer y definitivo pleito contra Frazier, una lucha que casi le cuesta la vida a Ali. Incluso se cuelan algunos nombres como el de Henry Cooper, púgil al que se midió cuando todavía lucía su primer nombre. Sin embargo, quien realmente puso a Ali en la órbita mundial del boxeo fue Sonny Liston, el campeón olvidado.

Charles Sonny Liston creyó toda su vida que había nacido el 8 de mayo de 1932, aunque el mundo entero siempre pensó que tenía algún año de más. Fue uno de los 25 hijos que tuvo Tobe Liston, y uno de los 10 que tuvo con su madre, Helen. Fue concebido en una cabaña a 17 millas al noroeste de Forrest City, la ciudad más grande y la sede del Condado de St.Francis, en Arkansas. Cuando le preguntaban por su dura infancia, el campeón jamás tuvo reparo en describir su dura situación: “No tuve nada cuando era un niño, salvo un puñado de hermanos y hermanas, una madre indefensa y un padre que no se preocupaba por ninguno de nosotros. Crecimos sin zapatos, comida ni ropa. Mi padre trabajaba duro, y más duro aún nos pegaba“.

La vida laboral y marital de Helen obligó a la joven a abandonar a su marido y mudarse a St.Louis en 1946. Sonny vio en la valentía de su madre una oportunidad de oro para dejar atrás a su padre y emprender un viaje que lo cambiaría para siempre. Pegó el estirón a los pocos años de edad, y siempre fue motivo de burlas y escarnios por su físico superlativo, una genética que, sin pedir permiso a nadie, se saltó varias generaciones con la misma facilitad con la que años más tarde castigaría a sus rivales en el ring. Sin más virtud que su físico y con un superávit de analfabetismo tremendo que llevaba a rastras, Sonny se vio empujado a juntarse con compañías muy peligrosas en su nueva ciudad. Formó parte de una banda de canallas adolescentes que robaban en pequeños comercios sin más pretensión que ver su plato lleno de comida, un delito tan moral como perseguido por las fuerzas del orden estadounidenses. En 1950, y tras varios encontronazos con la justicia, le acabaron condenando a cinco años de prisión en la penitenciaría de Missouri State, en Jefferson City.

Sonny Liston | Getty

Durante su estancia entre rejas fue cuando ciertos visionarios adivinaron en su musculoso cuerpo una bolsa de dinero a largo plazo gracias al boxeo. Sus éxitos prematuros en prisión provocaron la solicitud de un recurso penal cuyo objetivo era dejar a Liston en libertad condicional con la esperanza de que el boxeo reformara el alma de aquel hombre. Así pues, el 30 de octubre de 1952 fue liberado y al septiembre siguiente comenzó a ejercer profesionalmente el boxeo. Su primer rival fue Don Smith, un pobre desgraciado que duró lo que Liston tardó en lanzar su primer gran golpe, 33 segundos.

Sonny nunca llegó a entender los entresijos de Estados Unidos. El pasado cuenta, y mucho. El boxeo fue subiendo peldaños en igualdad, hasta llegar a los niveles de hoy en día. Pero no siempre fue así. A principios de siglo, los boxeadores de raza negra competían entre ellos por saber quién era el mejor, ya que el campeonato mundial estaba capado por una raza blanca que eludía pelear contra púgiles de color que eran infinitamente mejores. Joe Luis fue un salvavidas en un océano que parecía no tener fin. Una vez asumido por el vulgo yankee que la raza negra era superior sin ningún género de dudas en lo físico, exigían a los boxeadores tener un comportamiento ejemplar, que fueran, dicho mal y pronto, buenos negros. 

La gran frustración de Charles residió en la diferencia de trato que todo el mundo ejercía entre Floyd Patterson, su gran rival, y él. El negro bueno y el negro malo. Un gesto que el presidente de los Estados Unidos tenía con los grandes deportistas era recibirlos antes o después de sus grandes hazañas, para ensalzar su valor y hacer del campeón un ejemplo de lucha y entrega para la sociedad estadounidense. El defenestrado John Fitzgerald Kennedy sí recibió a Patterson, y no sólo le negó este mismo privilegio a Liston, sino que en la reunión con Floyd previa a la pelea con el de Arkansas, le animó a destrozar a su rival. Qué poco sabías de esto, John.

Los antecedentes penales de Liston lo lastraron durante toda su mísera vida. Sin pretenderlo, se convirtió en un Sísifo del siglo XX, condenado a llevar sobre su espalda la etiqueta de ex convicto de la que jamás pudo desprenderse. En St.Louis, a su salida de prisión, la policía lo tenía en el punto de mira. Cualquier acción, palabra o pensamiento que pudiera tener era considerado altamente peligroso. Tal es así que, en 1956, tuvo de nuevo un grave incidente con la policía, en este caso por defender de una agresión verbal que respondía a motivos raciales a un taxista de color. Tras cumplir otra condena, un nuevo altercado le obligó a dejar la ciudad y poner rumbo a Philadelphia.

Su desgracia se vio incrementada cuando vendieron sus derechos a Frankie Carbo, el mafioso por excelencia en el boxeo americano. La espiral de drogas, alcohol y una nueva vida bajo el amparo de la mafia hizo de Sonny un tipo más peligroso todavía. Sin embargo, su mayor aspiración seguía siendo pelear por el título de los pesos pesados contra Floyd Patterson. Un sueño que mantenía viva la esperanza de conseguir que Liston fuera un tipo mejor.

Patterson era un púgil rápido, inteligente y ágil. Un perfil totalmente contrario al del ogro de Arkansas. Se proclamó campeón mundial de los pesos pesados en 1956, tras derrotar a Archie Moore, quien había obtenido la corona tras la retirada de Rocky Marciano, quien finalizó su carrera con un récord inmaculado (49-0). A los 21 años de edad, Floyd era el campeón más joven de la historia. Tuvo la enorme suerte de estar a las órdenes de Cus D’Amato, un tipo que bien merece una pieza para él solo. Su gran martirio fue Johansson, un púgil sueco con el que disputó una trilogía de combates históricos. El primero de ellos, en 1959, fue una aplastante victoria por KO en el tercer asalto, cuando el árbitro detuvo la pelea tras ver como Patterson había besado la lona en varias ocasiones. Tal fue la humillación que, en un acto casi cómico, Floyd abandonó el estadio con un bigote y una peluca postizas. De guion de los hermanos Marx.

Es difícil adorar la figura de este púgil sin entender su miedo al fracaso. Un poder sobrenatural que le privó de mayores logros a lo largo de su privilegiada trayectoria. Recuperó el título tras una soberbia revancha que le encumbró y, en el tercer y definitivo combate, retuvo el título. Hasta 1962. La bestia tocó la puerta para devorar su legado.

En 1961, Liston derrotó a Albert Westphal, cuarto clasificado en la larga lista de aspirantes a pelear contra Patterson. Y entonces, Sonny encontró en su propia gente una nueva piedra en el camino. La NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color) no quería que Patterson peleara contra Liston porque este último encarnaba los valores y prejuicios que tanto tiempo llevaba intentando dejar atrás la raza negra. Le negaban la oportunidad a uno de los suyos, tremendo. Liston era el púgil que más miedo infundía a sus rivales por su fuerza y pegada sobrenatural. A día de hoy, es imposible recordar a alguien tan fuerte y feroz en un cuadrilátero, y eso le convertía en el rival perfecto para disputarle el campeonato a Patterson.

A pesar de todo, la fecha para el combate se fijó el 25 de septiembre de 1962. El Comiskey Park de Chicago sería testigo de lujo de una velada con personalidades de todo tipo: actores y cantantes, además de la mafia cercana a Liston y algunos ex campeones mundiales como Joe Louis, Marciano, Braddock y el propio Johansson. Una pelea que tenía visos de teñirse de historia viva del boxeo. Desde el presidente de los Estados Unidos al último actor de reconocido prestigio, todos apoyaron a Patterson. Liston sólo encontró ánimos en la Mafia que lo rodeaba y en las personas que realmente sabían de boxeo e intuían la victoria de Sonny, el púgil sin fronteras. Y el compadreo con Norman Mailer, pluma privilegiada que alcanzó la eternidad con Los desnudos y los muertos, quien era un habitual en este tipo de veladas. Famosa es la anécdota del propio Mailer entrando borracho a la conferencia de prensa posterior a la victoria de Liston sobre Patterson en el primer combate, después de asistir a una fiesta en la Mansión Playboy. Un genio.

Nadie lo creía cuando, a los dos minutos y seis segundos, Liston tumbó a Patterson con la misma facilidad con la que uno se lava la cara por la mañana. Una combinación de jabs y derechas a la cabeza de Patterson fue la tónica de la pelea desde el primer segundo. Había castigado con una fuerza descomunal al campeón, lo había maltratado hasta reducir su presencia a un simple muñeco sin más fuerza que el aguante vital de su esqueleto.

Los honores a todo un campeón del mundo en su ciudad natal solían ser atronadores, no fue así, una vez más, con Liston en su Philadelphia adoptiva. Recibió un cariño tan frío y pálido que ni su promesa de cambiar para honrar al título mundial y actuar en consecuencia a su nuevo estatus social surtieron efecto. Esto le provocó una profunda depresión que jamás llegó a superar. La revancha contra Patterson tuvo lugar el 22 de julio de 1963, en Las Vegas. Tiempo antes, Liston había cambiado Philadelphia por Denver debido al déficit de atención y comprensión de sus vecinos. En la pelea, de nuevo, Liston derrotó a Patterson, eso sí, esta vez duró cinco segundos más.

Con Liston en la cima del mundo, la irrupción de un bocazas llamado Cassius Clay, de familia acomodada y vigente campeón olímpico en Roma, trastocó los planes del oso grande y feo. Confiado y vago, concedió el combate por el título de los pesados sin apenas preparación. Tan cierto era que Clay no había derrotado a ningún púgil de época, como que su juventud y rapidez no fueron combatidas en consecuencia. Apuntad esta fecha, 25 de febrero de 1964.

Miami se quedó atónita cuando tras seis asaltos de tremendo boxeo, donde Clay estaba castigando al campeón con una velocidad propia de Flash, Liston pidió clemencia. Las palabras exactas a su entrenador fueron “hasta aquí hemos llegado”, frase que entendieron sus allegados como un acto de rebeldía para revertir el devenir del combate. Pero nada más lejos de la realidad, Liston abandonó por una supuesta lesión de hombro que tapó las vergüenzas de una derrota histórica.

La revancha estaba prevista para el 16 de noviembre de 1964 en el Boston Garden, sin embargo, la fortuna guió a Ali de nuevo. Concienciado de la entidad de su rival, Liston se entrenó militarmente para destrozar a su adversario. Una dolencia de última hora en el organismo de Clay en forma de bulto en el abdomen tres días antes de la pelea retrasó el combate unos meses, hasta la fecha definitiva: 25 de mayo de 1965 en Lewiston (Maine). Contratiempo mortal que desmotivó al aspirante y animó al campeón a repetir semejante hazaña.

Esta vez fue por KO, con el famoso phantom punch, gracias al cual tumbó a Liston. Una cuenta de 10 segundos eternos, pues pasaron realmente 17, pero, por culpa de los gritos de júbilo de Ali, el colegiado no pudo contar con rigor. Cuando Liston cayó, lo hizo dejándonos una de las imágenes más impactantes de la historia del boxeo. Ali con el puño en movimiento insultando a Liston y pidiéndole que se levantara y siguiera peleando, que aún no había terminado con él. Una fotografía para los anales.

Phantom punch

Se levantó a duras penas de acabar la cuenta irreal que llevaba el juez, y al mismo tiempo, un periodista avisó a Joe Walcott, árbitro de la contienda, del tiempo real que había pasado, y dio por ganador del combate a Clay. Nunca sabremos si el golpe de Ali fue tan tremendo como dicen los allí presentes o si Liston ayudó con su caída para evitar las represalias de los Musulmanes Negros, grupo religioso que marcó la carrera y creencias de Ali en su segunda etapa deportiva.

Liston siempre negó esta versión de los hechos, pero Mark Kram, periodista de Sports Illustrated, cuenta que, años más tarde, Sonny le dejó entrever que su temor al círculo más cercano a Ali le hizo tirarse al suelo. Un año de retiro se antojaba obligatorio para el púgil. Volvió en 1967, ganó varias peleas seguidas en Suecia y Estados Unidos, e incluso sonó para disputar de nuevo el título de los pesados, pero fue en vano, pues Leotis Martin lo derrotó cuando estaba cerca de lograr su ansiada revancha.

El final más triste para una vida tan miserable llegó el 5 de enero de 1971, cuando su mujer Geraldine descubrió el cuerpo de su ya difunto esposo en la casa familiar. El informe forense determinó que ya llevaba una semana en el otro mundo, y cuya muerte, aún hoy, es un misterio. La versión oficial achaca una insuficiencia cardíaca y congestión pulmonar como motivo final de la defunción, pero las marcas de aguja encontradas en su brazo sugieren que pudo morir de una sobredosis de heroína. Quizá la mafia y sus últimos líos empeñando joyas también tuvieron su parte de culpa en aquel fatídico desenlace.

Así puso punto y final Charles Liston a su existencia en este mundo cruel. Un tipo que jamás superó sus orígenes, y cuya existencia la marcaron, entre otras circunstancias, una sociedad racista que no le ayudó a pasar página de su vida delictiva y una raza negra que jamás le apoyó, negándole cualquier vía alternativa. Un púgil de otro planeta que tuvo que enfrentarse al más grande de todos los tiempos y a sí mismo. Pues Sonny jamás entendió a Liston. Gloria y miseria.

 

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