Fútbol Español

article title

Sobre la responsabilidad de los medios en el deporte

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Hoy me siento a escribir desde la indignación, no puedo evitarlo. El motivo es el de otras tantas ocasiones: la actitud irresponsable frente a un duelo cualquiera entre dos escuadras rivales. Porque según de quien se trate no se entiende de amistosos, ni de treguas. El inconveniente llega más tarde, cuando una vez terminado el evento de turno, se prolonga lo negativo y no se miden las consecuencias. Lo que escribo hoy no es un artículo al uso, y posiblemente no resulte tan atractivo como otros. En realidad, esto no es otra cosa que un simple llamamiento a la cordura. Os cuento…

El pasado miércoles estuve toda la tarde desconectado del mundo. El verano invita a disfrutar el máximo posible del buen tiempo y los amigos. Y, a pesar de que estamos inmersos en los Juegos Olímpicos, y que como aficionado al deporte estoy de enhorabuena, trato de priorizar y de gozar de todas aquellas cosas que en realidad merecen la pena, que nos dan vida. En mi caso, también son otros elementos. Pero como buen amante del deporte, al llegar a casa suelo encender el PC para ponerme al día. Hoy no solo nos valemos de las webs especializadas, sino que las redes sociales son punto de encuentro obligado para conocer qué ha sido importante o de qué se habla en el instante. En twitter las tendencias nos dan pistas sobre las que caminar; yo lo considero un termómetro de masas. La noche que surgió la idea de esta columna tenía bastante claro que en lo más alto de la lista podría encontrarme con el acontecimiento futbolístico del verano en las Islas Canarias: la Copa Mahou. Os explico rápidamente: se trata de un torneo en el que los dos equipos más representativos de las islas se enfrentan en dos duelos. Simplemente es una competición de verano más, partidos de preparación al fin y al cabo. Dos semanas atrás el C.D. Tenerife se había impuesto a la U.D. Las Palmas en el partido de ida, disputado en la isla de Gran Canaria. El choque fue trabado y algunas patadas que provocaron calentones pudieron evitarse. La polémica llegaría después, tras unas declaraciones de Quique Setién, técnico local ese día, en las que exponía su pensamiento: determinadas acciones sobraron. Eso provocó un cruce de declaraciones nada sanas que dieron lugar a piques entre aficionados rivales. Aunque lo peor de todo es que los medios locales daban una visión sesgada de lo ocurrido tanto en el campo como en la sala de prensa, con un prisma diferente si se trataba de una isla u otra. Puedes estar de acuerdo o no con las palabras de Setién, pero no son justificación para lo que vino después en forma de titulares. Personalmente ese día sentí cierta vergüenza y mucha lástima.

Bien, al llegar a casa la madrugada del miércoles al jueves encuentro en twitter insultos, descalificaciones, refriegas y demás lindezas. Por lo visto, durante el partido de vuelta, en la disputa de un balón, Arencibia (Las Palmas) lesiona a Nano (Tenerife) en una entrada fuerte, que no violenta (pude ver la jugada en los resúmenes y no la considero malintencionada). Con los antecedentes presentes fue la chispa necesaria para un incendio que se adivinaba de lejos. En el barullo, los de siempre; por parte blanquiazul y amarilla. Lo de dar nombres no viene al caso, aquí nos conocemos todos y aunque se quiera mirar para otro lado, la realidad va a seguir presente, nada nuevo. A partir de ahí, volvemos a lo mismo: la, a mi juicio, inexplicable inquina de unos hacia otros. No la de los jugadores; perdonadme por lo que voy a decir, pero por mí, como si quieren encerrarse en un ring y acabar con sus energías dándose golpes. Ellos tardan poco en lavarse la cara. En la rueda de prensa del día después excusan en el nerviosismo su ausencia de modales. Tan panchos. Y está bien, pero que sean ejemplo de niños que van a verlos al estadio con sus padres también en el césped y no solo cuando tienen delante un micro y les enfoca una cámara, que ya vale. En fin, como siempre en sus discursos, los ojalá no vuelva a repetirse y blablablá… La cuestión es que ellos seguirán en su mundo, la burbuja del futbolista. Así que aunque tengan su parte de culpa, no se trata solo de los jugadores o entrenadores, no. A mí me preocupan más las aficiones. Y los reporteros fanáticos. Los que no quieren ver más allá. Esos que avivan las llamas en lugar de pedir un poco de coherencia. Que si los chicharreros (así se denomina, erróneamente, pues el gentilicio se refiere a los nacidos en Santa Cruz, a los tinerfeños) son unos barriobajeros que emplean la violencia, que si los canariones (a mí me gusta más grancanarios) parecen sacados de gimnasios donde practican muay thai o boxeo… Que si el capitán del Tenerife está en todas o si el mediapunta de Las Palmas es un golfo. Líneas que rellenan medios digitales y escritos, debates post partido que se nutren de tales afirmaciones, el día a día de la comunicación deportiva que prioriza una polémica que le dará audiencia a su verdadero cometido: informar con rigor. Señores periodistas, no es muy constructivo. Estoy agotado de ese juego, el de caer bien a los propios y desprestigiar a los ajenos. Estoy cansado de todos. Si los futbolistas son ejemplos, ustedes son creadores de opinión. Y en vuestro discurso sobra el rencor, las riñas, el desprecio. Sensatez mediática es lo mínimo que debéis autoexigiros. Miles de seguidores en las redes sociales se alimentan de vuestros razonamientos. La coartada perfecta, el motivo válido, pensaréis. Yo opino que sois unos irresponsables. Porque luego, para quedar bien, pedís reflexión a los jugadores. ¿Con qué derecho, si parece que os vale todo con tal de vender? ¿Si antes de ello habéis abordado el tema desde una trinchera?

Igual es que soy un tinerfeño un poco extraño. Pero quiero pensar que no soy el único. Y sé que hay grancanarios que piensan como yo. Os voy a contar un secreto: la temporada pasada vi hasta tres partidos de la U.D. Las Palmas en el Estadio de Gran Canaria. Primera división en las islas, una pasada. Yo que vi a la Juventus de Baggio y Möller, la Lazio de Nedved o el Schalke 04 campeón de la UEFA ante aquel histórico Tenerife, al Real Madrid caer en el Insular (sí, el Insular) y dejarse dos ligas en el Heliodoro Rodríguez López, y a tantos y tantos cracks mundiales pisar el archipiélago, quiero seguir disfrutando del fútbol. Y si el equipo de mi isla ya no está entre los grandes, voy a la isla vecina cuando quiero ser testigo del fútbol de los mejores, como otros grancanarios harían en los tiempos gloriosos del C.D. Tenerife. Y no debería pasar nada por ello. Sin embargo, a veces pasa. Porque algunos no comprenden que vayas al campo de un rival a disfrutar del deporte, y te ven fuera de lugar; incluso si pueden te intimidan. Absurdo. La temporada pasada vi como caía el Sevilla en el Gran Canaria. Y canté los goles amarillos. No se enfrentaban a mi Tenerife, ni iba a influir para nada el resultado en el devenir de mi club. Resulta que tengo muchos más amigos (evidentemente la geografía condiciona) seguidores del club insular que de los de Nervión. De hecho, voy a disfrutar con ellos a su estadio. Es pura lógica. Algunos paisanos no me entienden, y me tachan por ello de mal aficionado, de no querer a mi club. No tienen ni idea de qué va esto. Cuando me preguntan de verdad queriendo una respuesta sincera yo siempre explico lo mismo: soy del C.D. Tenerife, y la U.D. Las Palmas es el equipo rival, pero jamás serán mis enemigos. Una vez leí una viñeta que exponía que en España tendemos a pelearnos con el pueblo vecino simplemente por el hecho de ser el pueblo vecino. Tal cual.

Me preocupa. No sé qué nos pasa. Porque no es algo que ocurra únicamente en las islas. Hace pocas fechas charlaba con una chica viguesa de fútbol. En la conversación acabó saliendo el Deportivo de La Coruña y cambió su cara, sus gestos, su tono. De desprecio para arriba todo lo que se os ocurra. Yo no daba crédito. Traté de cortar de raíz, pero ya la mecha había prendido. 15 minutos de descalificaciones y malos modos. Parece que a día de hoy, donde menos te lo esperas encuentras un ultra radical. Luego, cuando descubres esos comportamientos, entiendes las desgracias que han ocurrido, algunas recientes, otras algo más lejanas en el tiempo. Poniéndonos en lo peor, las 12 muertes desde 1982, si mis datos son correctos, por enfrentamientos entre ultras. Vale, tal vez esté llevando al extremo lo de la Copa Mahou o las palabras de la muchacha gallega. Pero todo tiene un principio, todo parte de algo. Es como ese tropezón que no es disculpado, y provoca una recriminación. Esta lleva a un insulto, que a continuación es respondido con otro más grave. Y este a su vez con uno mucho más fuerte. Entran las madres en la dialéctica, acto seguido las amenazas. Brotan los empujones. Luego hay un primero en golpear. Ipso facto una reacción. En nada una pelea en toda regla… Que comenzó con un accidente.

Me pregunto qué podemos hacer ante tanta barbarie. El deporte no es eso. No puede ser eso. Y cada sector debe tomar cartas en el asunto. Yo no estoy autorizado a reclamar a los equipos que expulsen a los violentos si el discurso en mis textos incita al odio; no puedo pedir a la federación multas ejemplares si en una tertulia ridiculizo al rival; ¿dónde está mi licencia para exigir a los clubes que aparten a un jugador, si luego lavo la imagen de otros que hacen lo mismo pero que defienden los colores que a mí me gustan? Yo, que solo soy un tipo que tiene la fortuna de escribir en Sphera Sports y comentar partidos de baloncesto en la radio que me acoge, entiendo que asumo una responsabilidad con quien me lee y/o escucha. Porque por la razón que sea, hay quien elige repasar mis líneas, u oírme los días de partido. Claro que no puedo cambiar yo solo lo que ocurre, es cierto, mas en mi mano está hacer las cosas de otro modo; sumar. Estoy cansado del todo vale, de la polémica gratuita y el tú más sensacionalista. Que el deporte tenga estos lunares también es cosa nuestra. Y esa parte la asumo. Existe un sentido didáctico en todo esto que hacemos. Aquí no se viene a ser una estrella, un ídolo de masas por verter contenido malintencionado del rival, o por alabar a la figura de turno, aunque tantos parezcan confundidos. Seamos conscientes de lo que nos toca.

Concluyo, porque este es un texto que me hubiera gustado no escribir jamás, os lo juro. Prefiero contar historias como la de Yusra Mardini, Craig Sager o Royce White, enviar misivas a Kobe Bryant, Diego Maradona o Tim Duncan, despedir a Juan Carlos Valerón o Muhammad Ali, llorar con Fernando Torres, recordar a Anfernee Hardaway o hablar sobre una ciudad como Cleveland. Pero sentía que debía hacer esto. Autocrítica. Ojalá también los aficionados. Ojalá los jugadores. Ojalá cualquier implicado en la parcela de la que forme parte de esto que llamamos deporte. Y es que pienso que algo tan bonito, tan especial, debería unir, y no separarnos. Dicho queda.

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+Share on LinkedIn

Artículos relacionados