Ciclismo

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Sobre el espectáculo en el ciclismo

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Había un cierto aire en el ambiente de que esto no solo podía ocurrir, sino que era bastante probable. Etapa muy corta -menos de 120 kilómetros- y tres puertos muy tendidos en carreteras anchas por el Pirineo oscense. Y Alberto Contador con tiempo perdido. Lo raro es que no lo previeran en el equipo Sky.

Efectivamente, apenas habían salido de Sabiñánigo cuando Alberto Contador se lanzó al ataque en un tramo rápido y rompió el grupo. Con él se llevó, entre muchos otros, a dos compañeros -Rovny y Trofimov- y al líder Nairo Quintana, con otros dos compañeros -Rubén Fernández y Castroviejo-. Por detrás se formó un segundo grupo, con Chris Froome con solo un compañero -David López- y Esteban Chaves y Simon Yates con más gente del Orica. La situación estaba rota y propicia para el espectáculo.

Con Sky desaparecido, Orica cediendo lógicamente la tostada y Contador -muchas veces en primera persona- y Quintana controlando con enorme inteligencia el grupo delantero, llevaron la diferencia hasta casi los tres minutos. En meta, victoria de Brambilla, que estaba por allí; Quintana medio minuto por delante de Contador; Chaves a cerca de dos minutos; Froome, a casi tres.

No es casualidad que, cuando en los últimos tiempos se dan situaciones locas en carrera -Fuente Dé 2012, Giro 2015- casi siempre ha estado presente y protagonista Alberto Contador -o en su defecto, Nibali-. Un ciclista al que se le pueden criticar muchas cosas, pero que en carrera ataca sin mirar atrás, sin importar la distancia, sin pensar en las consecuencias, al que no le vale subir al podio si no es para ganar. Con tiempo perdido en la general, aun es más peligroso. Y lo demuestra. Y el espectador siempre lo agradece.

No son gratuitas las habituales críticas a Nairo Quintana por su conservadurismo cuando en etapas como la de Formigal demuestra que no solo es uno de los ciclistas más fuertes del pelotón, sino de los más inteligentes. Supo estar colocado en el corte decisiva, supo aprovechar la situación provocada por Contador y rematar a lo grande en el ascenso final. Necesitaba aumentar su ventaja con Froome por el miedo a la crono de Calpe y lo tiene a más de tres minutos y medio. ¿Por qué no lo hace más?

Aunque queda una semana y tiempo y kilómetros para recortar, se antoja difícil empresa para Chris Froome. No preparó específicamente la Vuelta y aun así está resistiendo. Conociendo su tesón, lo intentará sin cesar en la montaña antes de la contrarreloj. Hoy ha sido uno de sus peores días, pero su equipo, en el que se apoya completamente, estuvo desastroso: en ese segundo grupo de 70 ciclistas al inicio, solo estaban él y David López. Y allí ya estaba todo perdido.

Y una vez más, Guillén y los organizadores de la Vuelta deberían tomar nota de etapas como Formigal, como Cercedilla en 2015, como la de Fuente Dé o como algunas del Giro. Porque el espectador prefiere este espectáculo de más de 100 kilómetros -con puertos de paso como en la etapa del Aubisque, con media montaña como en Formigal- que un champanazo de dos kilómetros en una rampa de garaje. Terreno y montaña en España, por mucho que digan algunos, hay de sobra.

Porque la igualdad de tiempos en la general provoca emoción e incertidumbre, sí. Pero diferencias grandes -con etapas así, con contrarreloj- generan espectáculo. Que es lo que necesita este deporte para salir del pozo. Y no siestas.

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