Fútbol italiano

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El mejor vendedor de alfombras del mundo

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Los grandes futbolistas de los años cincuenta desprenden ese aroma vaporoso del gran Hollywood, de whisky en vaso ancho, de cóctel en copa fina, de cigarrillo a la luz cetrina de lámparas de casi opacas tulipas, de impecables y caballerosas formas hacia fuera, y de delirios de grandeza, petaca en la guantera y canallescas sombras al otro lado de la puerta.

En el Inter de aquella década, un hombre desprendía como ningún otro esa elegante ociosidad, esa pose de estrella de cine clásico, esa intrincada y desembarazada bicefalia. La sonrisa socarrona levantaba sospechas, la mirada irreverente las confirmaba y las ondas doradas de sus cabellos de galán le delataban a la legua. A Lennart ‘Nacka’ Skoglund le bastaba con posar para la foto previa a los partidos para quedarse con la atención de todos los focos en exclusividad, antes de brillar también una vez sonaba el pitido inicial.

La vida del futbolista sueco daría para un drama de intensas proporciones, protagonizado por algún actor de la primera plana del star-system de ahora o de entonces. ‘Nacka’ debutó en el Hammarby y compaginó su oficio en la segunda categoría del por entonces fútbol amateur de su país, con su minúsculo beneficio como electricista; antes de ser vendido al AIK a cambio de unos ochenta euros al cambio actual, un traje para él y un abrigo para su madre.

Era 1949. Un año clave para la mejor escuela de fútbol europeo de la época. Un año atrás, en Londres, los adalides de aquella gran generación sueca ganaban el oro olímpico. Ese mismo año, el triunvirato formado por Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm que comandó el triunfo, se fue en bloque al Milan. Y, un año después, ninguno de ellos estuvo en el Mundial de 1950 debido a la absurda prohibición de acudir a la selección que pesaba sobre los profesionales.

Decisión que seguramente privó a Suecia de ganar una Copa del Mundo, ya que no se clasificó en 1954 y cuando quiso reaccionar para jugarlo en casa en 1958, se quedó a las puertas de un tren que jamás volvería a pasar. Nordahl ya no llegó, y Liedholm y Gren sumaban entonces más de setenta años entre ambos en un once con una media de casi treinta y en el que solamente Hamrin (23) y Agne Simonsson (22) bajaban de los 28. Enfrente Brasil -con Didí en estado de madurez y gracia, y un demoledor y adolescente Pelé-, que volvió a arrasar a Suecia como ocho años atrás como local para ahora sí, coronarse campeón por primera vez y comenzar su leyenda.

Quien sí estuvo en 1950 en Brasil fue Skoglund que, pese a ser más joven que el trío de grandes ídolos, iba a convertirse en el cuarto estandarte sueco del Calcio de los cincuenta. ‘Nacka’ solo jugó tres de los cinco partidos de Suecia en el Mundial de 1950, pero apenas dos semanas después, al AIK ya le llovían las ofertas por su exquisito extremo zurdo. Lo quiso el Sao Paulo, que lo había visto de cerca brillar en su debut en el Pacaembú; y también la Roma, que acabó llevándose en bloque a Sune Andersson, a Stig Sundqvist y a Knut Nordahl, hermano pequeño de Gunnar.

Finalmente fue el Inter quien firmó a Skoglund tras haber disputado únicamente cinco encuentros en su etapa en el AIK. En cuestión de un mes, había pasado de desconocido a figura mundial, siendo recibido por más de diez mil personas a su llegada a Milán. La fama tocaba a su puerta y ‘Nacka’ la recibía a brazos abiertos. Además, el entrenador Olivieri -portero campeón del mundo en 1938- le dio las llaves de la fase ofensiva para ejercer con ellas de inspirado individualista que ganase línea de fondo o sortease rivales para servir a su gran amigo Lorenzi, o a Nyers y a Wilkes, con los que Skoglund conformaba el también estelar, aunque plurinacional tridente extranjero de aquel Inter.

La historia ha dejado a Skoglund a la sombra de la fuerza conjunta del talento del célebre Gre-No-Li en la misma ciudad. Sin embargo, su impacto en el Inter fue total desde el primer día. En su primer partido, el blondo torbellino arrasó a la Sampdoria con una fantástica actuación. Y en el segundo, decidió el derby della Madonnina con dos goles -el segundo a menos de diez minutos del final y con 2-2 en el marcador- que derrotaron al máximo rival y a los legendarios Gren, Nordahl y Liedholm, a los que ‘Nacka’ -un driblador nato, entregado a la vertiente más lúdica del juego al estilo Garrincha que causaba furor entre los aficionados- comenzaba a equipararse también en cuanto a popularidad.

“El partido no puede ser archivado sin un rápido repaso del juego del pícaro de la compañía: el rubio Skoglund. Uno de esos jugadores con todo por ganar cuando, con el partido ya concluido, pasa por de nuevo por la memoria el film de sus jugadas. Ese es el preciso momento en el que uno se da cuenta si un futbolista destaca en los partidos por sus proezas teatrales o por la contribución paciente, ordenada y asidua que ha dado al juego de todo el equipo. Skoglund pertenece sin duda a la segunda categoría”  –  Crónica del Inter 3-2 Milan (12/11/1950) de Brugo Roghi para el ‘Corriere dello Sport’

En su primer curso, con doce dianas del sueco, el Inter terminó a un solo punto del campeón: el Milan del Gre-No-Li (en su único Scudetto al completo), a quienes Skoglund iba a plantar cara también en títulos a partir de la llegada al banquillo en 1952 de Alfredo Foni, campeón del mundo en 1938 como Olivieri. A sus órdenes, los nerazzurri ganaron los títulos de 1953 y 1954, con Skoglund como figura indispensable.

La vida sonreía a una de los mejores futbolistas escandinavos de siempre: se había casado con Nuccia Zirilli, Miss Calabria, con la que había tenido el primero de sus dos hijos, Evert, y era una reconocida estrella. Aunque el risueño, despreocupado y descarado extremo sueco ya había comenzado, sin saberlo, su espiral autodestructiva justo en el mejor momento de su existencia.

Foni se dio cuenta y en la prensa milanesa comenzaba a ser recurrente. Ni su matrimonio y paternidad lo contendrían. Skoglund era incapaz de controlar su fruición por la bebida. Era tal su fervor alcohólico que en la taquilla del vestuario guardaba siempre una botella de Ballatine’s. El entrenador llamó la atención del presidente Masseroni y este convocó al jugador y a su padre para abordar el problema. Afectado por la situación, su padre se levantó y comenzó a golpear a ‘Nacka’. Esa misma noche, el masajista del Inter se topó con ambos totalmente borrachos en la Plaza del Duomo.

Skoglund en el centro, junto a Gren (izquierda) y Nordahl (derecha) en una postal de la época

Tras quedar muy lejos de conseguir el tricampeonato en 1955, Foni se marchó. El club se sumergió entonces en la inestabilidad, llegó una nueva propiedad encabezada por Angelo Moratti (padre) y el entusiasmo en torno al equipo volvió a ser tan enjuto como escasos los títulos. Al tiempo, la espiral en la que habitaba Skoglund aumentó el ritmo de sus revoluciones hasta la práctica bancarrota. El primero de los salvavidas a los que no pudo agarrarse llegó con la forma del mismo torneo que le había catapultado años atrás: la Copa del Mundo.

De cara al Mundial disputado en casa, Suecia había reabierto las puertas a los profesionales y además del porcentaje de beneficios de las entradas que correspondía a los jugadores, había una prima de diez mil coronas por conquistar el título. Skoglund recuperó en el torneo una mejor versión de sí mismo que hacía casi un lustro que no se veía, pese a su enfrentamiento con George Raynor. El inglés era el mítico seleccionador ya presente en los JJOO de 1948 y el Mundial de 1950 y el artífice de la llegada e instalación de ‘Nacka’ en la selección tras haber sido su técnico en la breve etapa del AIK. Pero poco le importaba a él.

“He dejado de intentar decirle qué hacer y cómo quiero que lo haga, pero no puedo dejarlo fuera. Lo necesito en el equipo. En lo que a mí respecta, puede estar deambulando por el campo y hacer lo que le dé la gana porque tiene la increíble habilidad de conseguir de repente que llegue el gol que cambia el encuentro”  –  George Raynor al ‘Daily Mirror’ después de la actuación clave de Skoglund en semifinales ante Alemania Federal

El gran objetivo se escapó y a su regreso a Italia, los problemas no habían hecho otra cosa que aumentar. La angustiosa necesidad de dinero para afrontar sus múltiples deudas y su corrosivo ritmo de vida, le llevaron a tomar medidas desesperadas, tales como sacar un single que llegó a colocarse en el top ten de los más vendidos en Suecia. Después, llegarían otros cinco lanzamientos musicales más.

La temporada 1958/59 sería la de su despedida del Inter tras nueve años y una escasa y triste quincena de partidos ese curso. La Sampdoria, contra quien había debutado en el Calcio, se hizo con su pase, animada por el buen nivel que había mostrado en el Mundial. Pronto acaparó todos los focos también como blucerchiato y se convirtió en un fijo en el equipo durante las tres campañas que pasó en Génova, aunque sus problemas con el alcohol seguían siendo más que patentes.

La botella de Ballantine’s de los días en el Inter había pasado de la taquilla del vestuario, a estar también presente junto a uno de los banderines del córner. No es difícil adivinar que Skoglund era el encargado de cada balón parado y siempre que le tocaba botar un saque de esquina desde el perfil en el que escondía el whisky, se arrodillaba de espaldas al césped haciendo como que se ataba los cordones y aprovechaba para echar un trago antes de seguir jugando.

Seis partidos con el Palermo en la 1962/63 fue todo lo que dio de sí su última estación en la Serie A. Con el toque de queda y la sobriedad obligatoria bajo sanción impuestos por el club rosanero, el fracaso estaba asegurado. Por si fuese poco, Skoglund se desmarcó con unas palabras a un rotativo sueco en las que además de reflejar la frustración y aburrimiento que sentía en Sicilia, dejaba caer comentarios de cierto corte racista. “No estoy disfrutando en este poblado negro. Tal vez lo mejor sería nadar a África desde aquí y convertirme en amigo de los negros de verdad”.

Skoglund saluda al Rey Gustavo VI de Suecia en el Mundial de 1958 ante la mirada de Liedholm

Un grave accidente de coche, en el que cayó por un acantilado junto a sus dos hijos -pasarían tres semanas hospitalizados tras ser auxiliados por otro conductor- fue el último episodio de Skoglund en Italia. Gota a gota y trago a trago, se había convertido a sus 33 años en un exjugador sin apenas darse cuenta.

Tras más de un año inactivo, en 1964 regresó al Hammarby. No lo sabía entonces, pero con su vuelta al fútbol sueco, nunca más volvería a pisar Italia, ni a ver a su mujer y a su hijo pequeño. Su matrimonio se rompió definitivamente.

En Estocolmo seguía siendo un ídolo de masas. A los pocos minutos del partido de su regreso, el hijo pródigo marcó el tanto más icónico de su carrera con un gol olímpico tan inolvidable que veinte años después se convertiría en estatua. Ese curso consiguió el ascenso, reconquistó por última vez la selección y al año siguiente, el equipo descendió como en una condensada metáfora de su propia carrera. Su equipo de siempre le dio la espalda y el Kärrtorps, de cuarta categoría, fue su último refugio. Un club que a su llegada era pobre y que se hizo brevemente rico gracias a la recaudación de cada partido en el que Skoglund tomaba parte.

Mientras tanto, el dinero escaseaba cada vez más. Skoglund comenzó a trabajar como vendedor de coches y más tarde, de electrodomésticos. Una vez retirado, siguió vendiendo su imagen por poco más que limosna, participando en partidos con algún que otro equipo humilde o promocionando sus cuestionables canciones. Por aquella época, en el albor de la década de los setenta, obtuvo su trabajo más estable en una tienda de alfombras. El legendario ‘Nacka’ Skoglund, que poco tiempo atrás levantaba los sombreros de las cabezas de sus dueños a base de regates y cabriolas, pasó dos meses de su defenestrada vida de reciente pero ajada gloria intentando vender alfombras antes de volver a ser despedido. “Poco sentido de la responsabilidad”, era el alegato común.

El trasvase de estrella mundial del fútbol a la vida real le resultó imposible. Tras su retiro, los abusos con el alcohol se acrecentaron más y más. Su última pareja estable le dio a elegir en un momento dado entre ella o la botella, y Skoglund eligió la botella, combinada cada vez con más frecuencia con ansiolíticos y episodios de agorafobia que le hacían salir de casa casi exclusivamente de noche para ir en busca de alguna pizzería cercana que le recordase a su añorada época dorada en Italia y le llenase la barriga de nostalgia. La soledad era su más asidua compañera, más allá de las visitas a su madre.

‘Nacka’, tremendamente envejecido, llamando a su hijo Evert en 1971 para un reportaje de prensa. Tenía entonces 41 años

Pese a su decadencia, Skoglund seguía llamando a su familia cada semana. En 1974 comenzó a ahorrar para viajar a ver a sus hijos, pero nunca voló a Italia de nuevo. Sin embargo, sí volvió a ver a su hijo mayor. Fue ese mismo año, cuando Evert, por entonces joven centrocampista del Inter (solo jugó seis partidos en Serie A), jugaba en Suecia un amistoso con el equipo en el que su padre fue leyenda. ‘Nacka’ acudió a la cita, tras vender la exclusiva a un periódico para que hiciese unas fotos del reencuentro con su primogénito después de tantos años. Fue breve, incómodo, y ni siquiera quiso quedarse para ver jugar a su hijo.

‘Nacka’ había regresado hacía ya tiempo al pequeño apartamento en el que nació, había negado todas las manos que podían haberle ayudado a tratar de escapar del inapreciable fondo de su adicción y había salido rebotado por enésima vez de un par de trabajos más como dependiente en una librería y como limpiador de nieve. Meses después del encuentro con su hijo Evert, Skoglund realizó su primera tentativa de suicidio.

El 8 de julio de 1975, ‘Nacka’ abrió el gas del apartamento y se dejó ir a sus 45 años en un final demasiado tétrico para uno de los más luminosos futbolistas suecos de todos los tiempos, en un epílogo demasiado trágicamente esteriotipado para una de las zurdas más alegres e inverosímiles del fútbol europeo. “El éxito lo mató poco a poco”, concluyó su propia madre el día del multitudinario entierro en Estocolmo. Justo allí donde hoy figura la estatua que recuerda su más célebre gol, había aparecido el mito. Justo allí donde perdura con más fuerza el mito, se había marchado para siempre el hombre.

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