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Sicilia, fútbol a los pies del Etna

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Carlos MATEOS – Sentado en el banquillo, Pablo 'Pitu' Barrientos veía como San Lorenzo de Almagro se proclamaba por primera vez en su historia campeón de la Copa Libertadores. Él no sudó la camiseta en el partido decisivo ante Nacional pero probablemente en su interior pensó que volver desde Italia para protagonizar ese momento histórico había merecido la pena.

Su decisión, comprensible tras el descenso del Catania, ha dejado en los puestos ambulantes de la ciudad un reguero de réplicas de la elástica del club estampadas con su nombre y su número pero solo aptas para el uso de los nostálgicos. Son estos también quienes se hacen notar en las conversaciones sobre fútbol, desviando la atención de la caída a Serie B para centrarla en el efímero paso por el banquillo de Diego Pablo Simeone.

Es el único consuelo, la única manera de sentirse satisfechos después de una campaña mala que fue peor incluso tras el ascenso del vecino. La alegría suele ir por barrios pero en Sicilia se amplía el espectro a las ciudades. Palermo respira aliviada tras un curso lejos de los mejores. No hay orgullo, solo la satisfacción de haber cumplido con el mínimo exigido y los restos de la celebración por ello. Alejados de las calles principales, basta serpentear un poco por zonas más populosas y menos populares para vislumbrar banderines negros y blancos, rosas estos últimos antes de la decoloración por dejadez.

Las venas de la ciudad, donde la sangre palermitana diverge de la del extranjero que va de paso, encierran el verdadero espíritu futbolístico de la urbe. Campos y solares en los que se juega a las once de la noche, porterías que crecen en medio de la nada ajenas a la monumentalidad de la zona. El ambiente, a veces ponzoñoso, donde se cultivan los héroes del mañana.

Sin embargo el balón no rueda exclusivamente en los grandes núcleos urbanos de una isla que debe gran parte de su belleza a la presencia del Etna, si bien tiene que pagar ese privilegio atendiendo a los designios caprichosos del volcán. Dominante y a veces imprevisible, su figura emerge única e imponente contrastando con la inmensidad del mar. Naturaleza en diversos relieves que se engalana gracias a la mano del hombre, quien a lo largo de los siglos ha levantado maravillas como el Valle de los Templos de Agrigento o las iglesias barrocas que salpican gran cantidad de pueblos.

Uno de ellos es, por ejemplo, Erice. Situado en la cima de una montaña llegar hasta allí supone todo un reto incluso para los conductores más experimentados, que van escalando por la falda entre volantazos y curvas imposibles. El premio final merece el esfuerzo. Arriba, un lugar único y con encanto desde el que se divisa la costa.

La reflexión y la tranquilidad despiertan el ingenio e invitan a no repetir los errores del pasado. La bajada en teleférico es la muestra de ello. Un trayecto corto y agradable que permite vislumbrar, entre los tejados, una de las tribunas del Stadio Polisportivo Provinciale de Trapani, ciudad que puede presumir de equipo en la categoría de plata.

Más modesto es el campo en Noto, situado a las afueras y solo guarecido de las miradas indiscretas por un pequeño muro. Sencillo, sin arabescos. Todo lo contrario que la localidad, un ratonera de calles estrechas y en cuesta donde es fácil entrar pero difícil salir. Un horno en el que se cuecen los invitados a una boda y en cuyo interior sobreviven los veteranos dueños del 'Salone Juve', céntrica barbería donde se cachea varón dandy entre instantáneas que narran la historia de la Vecchia Signora.

Fútbol por aquí y por allá. Un simple arenal con rastrojos y dos arcos cerca de la playa de Agrigento, tres pillos que intentan embaucar a los turistas mientras disparan el esférico hacia los muros del Duomo de Siracusa, un césped artificial en Taormina que puede vislumbrarse en plano picado desde la carretera durante la ascensión al recomendable mirador.

En este, un niño vestido con la camiseta de Bale junto a su madre. Globalización mezclada con la tradición que trae implícita el toque de las campanas al atardecer en la iglesia que corona el paisaje. La vida de ayer y la de hoy. Un entorno que pertenece a Italia pero podría ser en sí mismo una realidad paralela. Una isla donde se detiene el tiempo y las horas pasan rápido mientras se consumen granitas pero que no puede, pese a ello, escapar del embrujo del fútbol.

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