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Sergio García, el arte de envejecer

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Cuando escribo sobre un jugador en concreto acostumbro a hacerlo sobre algún joven que comienza a despuntar. No obstante, esta vez no hablaré de ningún desconocido, le toca el turno a un prócer del futbol español: Sergio García. En un tiempo, como el nuestro, en el que pocos llegan a la senectud destilando tanto arte como él. Uno se hace mayor sin darse cuenta y una vez ahí, se vive esa realidad con acierto o desatino. En el fútbol tendemos a sobrevalorar lo joven, pero es bueno recordar que ser viejo es ser mucho; es vivir días de cosecha. Que siempre tiene un plan y nunca hay puntada sin hilo lo viene demostrando semana tras semana. El delantero que se formó en el Barcelona B ahora es la estrella del rival ciudadano, quién se lo iba a decir. Sin embargo, es mejor sentirse bien amado en un club menor que maltratado en uno mayor.

“Solo para los simples es la ancianidad un invierno. Para los sabios es el tiempo de la cosecha”

Atrás queda la coleta y con ella su juego más eléctrico e impetuoso. A pesar de estar en el mejor momento de su carrera, los 31 años hacen mella en alguno de los ámbitos de su juego. Ha tenido que reciclar su posición, ahora, se siente más cómodo actuando de segundo punta, con mucha libertad para moverse por toda la zona de tres cuartos. En esos lares es imparable. Un 9 que juega de 10, que apuñala a las defensas rivales hasta que ningún cirujano es capaz de sanar la herida. Un Sergio García restaurado y alegre que, por momentos, se ha ganado más los halagos por lo vistoso de su juego que por los resultados granjeados por el equipo. Un equipo que camina desnortado cuando no lo hace de la mano de su líder. Ya no es el jugador gafe que descendía de categoría en todos los equipos por los que pasaba. Recordar que ha descendido con el Levante, Real Zaragoza y el Real Betis. Las tornas han cambiado. Sergio es el redentor del pueblo blanquiazul, el principal baluarte con el que cuenta el Espanyol a la hora de presentar su candidatura para la salvación. Una tuerca indispensable en el mecano de Sergio González. Él lo sabe bien, asume el rol de líder gustosamente, pero sin dejar de trabajar para el equipo como un juvenil más. Maneja suertes en vías de extinción: pausa, engaño y anarquía. El periquito que más refulge en las praderas de Cornellà-El Prat. Portador del brazalete que en su momento lució Dani Jarque. Por iniquidades del destino, Dani ya no resta entre nosotros, pero Sergio parece empeñado en rendirle un pequeño tributo cada vez que tiene el cuero en su poder. La sonrisa del campeón en el imperio de lo imprevisible.

Vive en tierra de nadie, entre la zona medular y los jugadores de claro corte ofensivo. El talento innato y la capacidad para leer los espacios son enormes. Bien cae a una banda, bien baja a recibir un balón a la sala de máquinas para iniciar la jugada o aparece por la zona de finalización para practicar una muesca más en su revólver. Pasa consulta cada fin de semana, sentando a los defensas rivales en la silla del dentista. El provecto jugador catalán mejora con el paso de los días, como el buen vino. Antes que la enología moderna avanzara tanto, sólo se distinguían entre dos tipos de vinos: los buenos vinos y los no tan buenos; los que se añejaban y los que debían beberse al poco tiempo de elaborarse. Sergio García es de los primeros, uno de esos vinos que ha conquistado los paladares de los espectadores más exigentes.

Perfecto manejo de ambas piernas, tanto para pasar como para chutar a puerta. Ya no es un jugador veloz, pero piensa la jugada un segundo antes que su par, amén de su clarividencia creativa. Perfecto en la conducción, cuando puede avanzar tres o metros con el balón pegado al pie sabes que algo está a punto de suceder. Finalizador o pasador, sus guarismos así lo demuestran. El curso anterior, 13 goles, en la presente campaña, por el momento, 8 tantos y cuatro asistencias ya llevan su firma. Preciso y precioso.

No se habla tanto de él como merece. La gloria es para otros, para Casilla al ser llamado por Del Bosque, o para Lucas Vázquez, que puede presumir de pertenecer al mejor club del siglo XX. Pero por lo menos no será otro rey sin corona. En el equipaje de su vida tiene un título importante que declarar: la Eurocopa conquistada en 2008. Testigo de lujo de cómo se formó el grupo que dominaría el mundo durante seis años consecutivos. Un jugador de la talla ciclópea de Sergio merecía un título a la altura de su calidad. Justicia poética.

 

 

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