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Ser defensa: sufrir para vivir

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Aprovecharé esta tribuna que me ofrece Sphera Sports para romper una lanza por aquellos que viven de quebrantar ilusiones. Porque también los defensas merecen una historia. Así que a ti, central, lateral o mediocentro, te va a resultar muy familiar el contenido de estas líneas. Hoy vamos a girar los focos. Hoy serán los delanteros los que queden a la sombra. Hoy va por aquella amarilla clave, por aquel barrido al límite o por aquella anticipación que hizo que madrugar un domingo valiera la pena.

Y es que no es fácil hacer del domingo un día alegre cuando tus aciertos generan tímidos aplausos y tus errores oportunidades de gol. Es imposible estar a gusto con el balón cerca de tu zona. No se puede respirar tranquilo cuando hay que ganar ese duelo, cuando tu pierna tiene que ir siempre más fuerte, cuando dejar abierta una línea de pase implica una ocasión, cuando hubiese sido mejor no haber acudido nunca a ese partido que llegar un segundo tarde.

El que mejor ha definido esa sensación de agobio constante es Mascherano, todo un especialista en el plano defensivo. ‘El Jefecito’ habló así para Panenka: “Yo  no salgo a la cancha a disfrutar, yo disfruto entrenando, aprendiendo, pero durante los 90 minutos no disfruto del partido.En los 90 minutos hay cierto sufrimiento, por el hecho de estar plenamente concentrado, de no equivocarme, de estar atento”. Apuesto lo que sea a que si cada vez que sales a un campo piensas que es una buena oportunidad para abrasarte la pierna, compartes estas palabras.

Un Jefecito con una misión | Getty Images

Un Jefecito con una misión | Getty Images

Pero los defensas no son mártires, no juegan solo a cambio de un padecimiento perpetuo e interminable. Arriesgan la cara en cada lance porque detrás del noble arte de defender se esconde un punto adictivo. Hay una adrenalina especial en cada balón dividido, en cada córner en contra, en cada insulto que se intercambia con el delantero rival. Los codazos en las costillas duelen menos cuando se despeja el centro. Y que te deformen la tibia no sienta tan mal si has asegurado la victoria. Uno aprende a lidiar con la presión y, en cierto modo, a disfrutar en ese terreno tan oscuro que es el sufrimiento.

Así que cuando hoy prepares la mochila para ir a entrenar o a jugar, acuérdate de que no estás solo. Hay muchos como tú ahí fuera que también son capaces de explicar la historia de cada taco marcado en su espinillera. Colócalas con orgullo junto a las botas, medias y demás y, sobre todo, no las cuides. No te preocupes por ellas mientras estés en el césped. Sé que no lo harás. Sé que siempre te quedará una penúltima jugada por interceptar. No falles: no des a los delanteros el gusto de quedarse con otro pedacito de gloria fácil.

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