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Seis razones para no ir con los Warriors

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No puedo evitarlo. Soy un hater. Pero digo esto siendo consciente. El propósito de cualquier periodista es alcanzar la imparcialidad, ser completamente objetivo. Imposible. En mi defensa, alegaré que yo no estudié periodismo, como una especie de comodín al que agarrarme. Sin embargo, es algo que trasciende a todo lo demás. No implica posición, profesión o estado. Estoy absolutamente seguro de que la neutralidad es una quimera. Hagas lo que hagas, estés donde estés. La meta, pues, es que no se noten demasiado tus preferencias.

Pero, como si se tratara de una ventana, siempre hay una rendija por la que se cuela ese rayo de luz que lleva la verdad por delante. A poco que se me conozca podrá apreciarse mi amor por los Spurs, o simpatía por otros conjuntos. Del mismo modo, también mis costuras dejan ver mis manías…

A mí me pasa algo con los Warriors. Es cierto. No me caen bien. Debe ser que no me va nada el postureo, ni la prepotencia. A mí no me gana la sonrisa de alguien que monta un circo en cada calentamiento, ni me atraen las malas formas de quien quiere ser el chico malo de la liga. No me sientan bien las declaraciones hechas desde la suficiencia, y, por encima de todo, me duelen las traiciones.

Tiene gracia, en teoría tendría muchos motivos para ir con los californianos. El personaje que mayor admiración me despierta en la Bahía no se viste de corto. Es el ideólogo de un plan para tiranizar la NBA. Un estratega que ha bebido de las mejores fuentes en su etapa como jugador, y parece ir siempre un paso por delante. Adoro a Steve Kerr. Del mismo modo que Andre Iguodala, un profesional de pies a cabeza que dignifica este deporte. Jugador total que pone sus habilidades al servicio del grupo. Abro bien mis ojos cuando, desde la segunda unidad, emerge Shaun Livingston, prototipo de base alto del que tantos detalles devuelven a mi mente la figura de Anfernee Hardaway, baloncestista fetiche de quien redacta este texto; la sombra tardía de un prodigio llamado a dominar la competición, que vio su ímpetu frenado por las lesiones. Hasta en eso guardan similitud…

Y luego está el baloncesto que practican en el Oracle. Siempre defiendo que el cénit colectivo de este deporte lo marcaron los Spurs en las finales de 2014, poniendo una pica a partir del tercer partido de la serie ante los todopoderosos Heat del Big Three. Sin embargo, sería de necios negar que a partir de entonces han sido los Warriors quienes han desarrollado un juego más preciosista, a la par que efectivo. En ocasiones parecen en trance, indefendibles en un lado de la cancha e inexpugnables en el otro extremo. Es muy normal que la fanaticada se venga arriba, y que el aficionado neutral disfrute viendo un partido suyo. Sí, tendría motivos de sobra para bancar a este grupo. Pero me superan los condicionantes adversos.

RAZONES PARA ODIAR A LOS WARRIORS

1.- Aficionados

Eso de la Dub Nation es un chiste. Seamos serios. La mayoría de los asistentes a Oracle Arena son seguidores veleta. Gran parte del público está compuesto por simpatizantes de los Lakers que cambiaron de acera atraídos por las victorias. Esto es un hecho comprobado, que además en Estados Unidos está muy mal visto. Eso sí, en California es más común que en otros estados.

Traspasando fronteras, me pregunto muchas veces cuántos fans declarados saben del pasado reciente de la franquicia. De Baron Davis, Jason Richardson, Stephen Jackson y compañía. Esos que apartaron a Dallas en primera ronda de 2007, después de que los texanos ganasen 67 partidos en Regular Season con el mejor Dirk Nowitzki de siempre. ¿Y quién se acuerda, yendo más atrás en el tiempo del Run TMC de principios de los ’90? El apelativo se debe a las iniciales del trío que lideraba al equipo en aquella época. No digo sus nombres para validar mi teoría. Seguidor de moda… ¿Los reconoces? Algunos desconocerán, además, que en ambas etapas el coach al frente era el mismo, un tal Don Nelson. Espero que al menos el nombre de Rick Barry os diga algo. Es muy fácil subirse al carro ahora. El grupo pop del momento y sus ¿believers?

2.- Arbitraje

Existe una especie de regla no escrita en todos los deportes. Cuando una decisión es discutible, se suele ir con los mejores jugadores o equipos. Es mucho más fácil señalar técnicas a un tipo como, por ejemplo, DeMarcus Cousins (independientemente de su fuerte temperamento) que a Draymond Green, jugador bastante más sucio que el pívot de los Kings, y protestón al mismo nivel. La permisividad con Green roza en ocasiones lo ridículo. Sus recurrentes patadas de kung-fu, sus continuas provocaciones y sus reclamaciones arbitrales, acompañadas de una sobreactuación palpable, son pasadas por alto debido al estatus del colectivo.

Añadamos la excesiva protección sobre Stephen Curry. No se te ocurra ponerle un dedo encima, que es una mercancía valiosa para el negocio; por lo tanto se empaqueta como frágil. Luego vemos cómo a LeBron James se le atiza, de la misma manera que en su día se hizo con Shaquille O’Neal, esperando que calle por el hecho de ser el más fuerte. Es curioso, ser el mejor tirador tiene un mérito tremendo, pero currarte un físico superior no es tan loable. Y después está el respeto. Seguro que a Devin Booker no le pitan igual que a Klay Thompson. ¿No merece Phoenix Suns un trato similar? El reglamento debe ser igual para todos, independientemente de tu posición o fisonomía.

3.- Draymond Green

Me puede el personaje. All Star con todas las letras, un tipo capaz de hacer cualquier cosa en la cancha. Uno de los grandes defensores de la liga: roba, tapona, acude a las ayudas, asegura el rebote… Notable capacidad ofensiva: de los mejores hombres altos a la hora de pasar el balón, y amenaza si está solo, abierto, para el lanzamiento exterior. Pieza básica en el engranaje de una maquinaria casi perfecta. Entonces… ¿Por qué ese comportamiento?

El personaje sobrepasó al jugador y se piensa en un escalón superior al resto. Siempre predispuesto al menosprecio, con la escopeta cargada, y metiéndose en guerras que no van con él. Su juego inmoral es vox populi, y su continua búsqueda de reconocimiento le hace confundir jerarquía. Quiere ser el pegamento del vestuario, pero ha destrozado más que ha unido. Su cruce de cables en las pasadas finales fue la motivación definitiva de LeBron James y los suyos, que retomaron una cruzada aparentemente perdida hasta ese instante. Capítulo aparte merecen sus idioteces en las redes sociales. Un cretino en toda regla.

4.- Stephen Curry

No seré yo quien dude de la capacidad del jugador. Al finalizar la pasada campaña escribí un artículo defendiendo su merecido MVP, justo cuando en la eliminatoria ante Oklahoma City Thunder estaba siendo superado por un Russell Westbrook desatado. Nadie en su sano juicio criticará sus dos elecciones como jugador más valioso de las temporadas pasadas. Pero hasta ahí. Esas comparaciones con Michael Jordan me resultan absurdas. Para los medios y seguidores nunca Kobe Bryant fue digno de estar a la altura, siendo lo más parecido por estilo y competitividad. Ahora, en la era de LeBron James, ¿dos cursos bastan para situar en esa tesitura a Curry antes que al Rey? ¿Qué clase de broma es esta?

Adulado por todos, Steph se ha convertido en el niño mimado de la liga, mostrando su mejor cara cuando las cosas le van bien, pero rápido en la queja cuando no vienen bien dadas. Su talento es incuestionable, pero su actitud no la compro. Lanza desde más allá del arco con cara de inocente, para acto seguido girarse buscando el banquillo contrario y celebrar la canasta ante ellos como un adolescente malcriado. El icono de la NBA tiene un lado oscuro que la propia liga no quiere mostrar. Otro agravio que sumar.

5.- Kevin Durant

Siempre voy con los valientes, los luchadores, aquellos que hacen de su dolor una motivación, y buscan superarse para imponerse sobre los que les han hecho hincar la rodilla antes. Kevin Durant fue muy crítico cuando LeBron James abandonó su casa rumbo a South Beach, en busca de una gloria que se le resistía en Cleveland. Frustrado, tras verse solo ante proyectos más trabajados y mejor dirigidos. No es el caso de los Thunder. Ya hubiera querido James a un Westbrook a su lado. O un Ibaka, un Adams… Y un entrenador como Billy Donovan. Los Warriors estaban contra las cuerdas en OKC. Tres match balls que salvaron de manera agónica.

Leer más: Steve Kerr, en tierra hostil

KD años antes había jurado amor eterno a los suyos, mientras alababa una y otra vez a quien llamaba su hermano. En lugar de levantarse tras la caída optó por lo fácil, refugiarse bajo el ala de los mejores para lograr lo que no pudo como líder de una franquicia donde todo empezaba y acababa en su figura. No se marchó a construir una nueva alternativa. Los de la bahía llevan años siendo el grupo que más partido gana. Considero a Kevin Durant el mayor talento ofensivo existente, pero ha perdido mi respeto como competidor. “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Mentalidad de perdedor, ganes lo que ganes.

6.- Los medios de comunicación

Aludiendo a los medios no me refiero a esas expresiones como “¿dónde has aparcado la nave, Don Stephen?” o “él lo sabe, sabe que hay vida en otros planetas”. Esto al final es espectáculo y cada narrador tiene su estilo. Además, siempre he pensado que al baloncesto uno va a pasarlo bien, y esos guiños cómplices y coletillas mejoran la retransmisión, haciéndola hasta más cercana. Pero una cosa es condimentar el contenido, y otra excederse con las especias. Cuando retransmites a nivel nacional no puedes parecer Radio Bahía.

Aunque peor son los que viven de los highlights, y de poner sobrenombres a cada jugador y cada momento. En ocasiones, es el recurso del periodista que maneja lo justo del tema y espera notoriedad. No es el camino. Abrir twitter por la mañana, y ver cómo para tantos es más significativo una canasta desde el centro del campo que el resultado de un partido, me resulta nocivo. Con los Warriors hemos llegado al extremo de repetir hasta la saciedad canastas en los calentamientos. Si a mí también me gusta el espectáculo. Pero me está ocurriendo lo mismo que con el All Star Game. El exceso, cansa. En uno y otro caso yo quiero ver competir. Que el baloncesto, en realidad, no es a ver quién la mete desde más lejos, u otras habilidades que, en muchos casos, solo son adornos.

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