Fútbol inglés

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Robin Friday, el mejor jugador que nunca pudimos ver

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“La primera cosa que hacían los mediocentros en los partidos era ir a darle duro a Robin Friday, para ver cómo reaccionaba. Un codazo en las costillas, una patada en el estómago…Quienes lo hacían tenían que estar mirando por detrás de sus hombros el resto del partido, por lo que pudiera pasar. Una vez, un rival iba corriendo enfurecido a entrar de manera agresiva a Robin. Él le regateó y cuando el defensa estaba en el suelo, Robin le agarró fuerte de sus huevos. El árbitro no sabía qué hacer. Así era Robin Friday. Habla Charlie Hurley, entrenador del Reading y quizás la persona que más confió en este talento inglés que solo unos pocos afortunados pudieron llegar a ver.

Robin Friday (27 de julio de 1952, Londres) nunca tuvo una vida sencilla. Su historia ha pasado como un mito por los lugares más recónditos del fútbol británico. Exagerada, desmesurada, como la de un canalla, un delincuente del balón. Su nombre saltó a la palestra en la época moderna cuando la BBC le introdujo en una lista de los 10 mejores jugadores de la historia, junto con Maradona, Cruyff, Pelé, Best o Beckenbauer. Paul McGuisan, el bajista y fundador de Oasis, y el escritor Paolo Hewitt impregnaron su historia en papel, con un libro titulado ‘The greatest footballer you never saw’ (El mejor futbolista que nunca viste).

Si hay algo que caracterizaba a Robin Friday eran sus gestos sobre el campo. Friday era un hippie sobre un campo de fútbol. Esa libertad desmesurada que le hacía celebrar el júbilo de marcar goles repartiendo besos y abrazos. Fueron muchas las ocasiones en las que el delantero inglés hacía el tanto y acababa plantándole un beso a quien se pasara por ahí, ya fuera rival, aficionado o a los policías de seguridad del estadio. Acostumbraba a festejar cada acción positiva subiendo sus dedos índice y corazón haciendo el gesto de la victoria. Luego, se daba una vuelta de honor completa al campo, un baño de masas donde la grada enloquecía.

Robin y Tony Friday son los hermanos gemelos que tuvieron Alf y Sheila. A la edad de dos años acudieron por primera vez a ver un partido de fútbol, del Brentford, equipo que acabarían apoyando, y a los cuatro ya jugaban en el jardín de su casa con su progenitor. El abuelo materno de los chicos había sido profesional en aquel club. Aunque a Robin, siendo un imberbe, le entró un pequeño calentón por el Everton, que era el equipo del momento, y su padre se vio obligado a comprarle su primer uniforme de fútbol en un completo azul toffee.

A los 11 años, Robin y Tony ingresaron en el Farraday, su primer club, un equipo de barrio. Robin solía coger una naranja, ponérsela en el cuello, dar toques sin que se le cayera. Era ya muy habilidoso”, admite Alf, su padre. “Sus ídolos eran Pelé, Best y Jimmy Greaves, aunque él y yo jugábamos a ser Georgie Francis y Jimmy Towers, la pareja de delanteros del Brentford, se sincera Tony Friday.

Con 12 años, el Crystal Palace seleccionó a Robin para hacer una prueba. Todo se vino abajo porque se entrometió el Chelsea, donde estuvo entrenando unos meses. Aunque a él, lo que realmente le gustaba era terminar de entrenar con los blue para ir a jugar al fútbol en el parque. Con 13 jugó para el Queens Park Rangers. Con 14 empezó a jugar en ligas amateur de adultos junto a su hermano, con gente de la edad de su padre y con 15 decidió dejar el instituto. Empezó a coquetear con las drogas (speed y crack) y un pequeño robo acabó llevándole a un reformatorio por 14 meses. Allí se hizo el amo del patio, llevando a su equipo de fútbol a ganar la Liga de los internos y a su salida se casó, con 17 años recién cumplidos, con Maxine, una chica de raza negra. Algo impensable para la Inglaterra de aquellos años.

Cuando Robin cumplió la mayoría de edad empezó a jugar con el Hayes, un equipo semiprofesional cerca de su casa. Cuenta su entorno, que Friday eligió la oferta de aquel equipo porque el campo donde se jugaba estaba cerca de un pub donde ponían cerveza barata y que además era uno de los únicos que no le había vetado la entrada. “Era divertidísimo ir a echar un trago con Robin. Toda una aventura. Porque había muy pocos bares que no le habían prohibido entrar, señala Rod Lewington, antiguo compañero.

Para pagar las facturas comenzó a trabajar con su hermano como operario de tejados, algo que casi le cuesta la vida a los 21 años. Estaba subiendo por una pared cuando el arnés se soltó y se cayó desde el andamio. Una púa le perforó el estómago y le afectó el pulmón. Estuvo en quirófano durante horas y tardó tres meses en volver a jugar. A su retorno, en un duelo de FA Cup, Charlie Hurley, técnico del Reading, quedó maravillado con Friday, que acababa de volver a su equipo loco. Y se metió entre ceja y ceja su fichaje.

Lo firmó por la irrisoria cantidad de 750 libras y le mandó al equipo reserva. “Tú puedes ver su talento. Su mejor virtud era que tenía ojos en la espalda. Con el balón era muy técnico y no era posible quitarle la pelota”, afirmaba su nuevo técnico. Robin era un jugador bravo, alocado. Lo daba todo por cada balón dividido. Su melena, sus patillas características de la época y su vestimenta (era un enamorado de las botas de cocodrilo) le hacían parecer un tipo duro, marrullero, de los que no quieres enfrentar. “En su primer entrenamiento, estaban jugando un partidillo seis contra seis y acabó mandando a tres a la enfermería. Entonces Hurley le apartó y le dijo que se calmara o no tendrían jugadores para jugar el sábado”, desvela David Downs, historiador del fútbol inglés y del Reading en particular.

Cuando llegó al equipo, el Reading solo sumaba dos victorias en los últimos partidos. La firma estuvo cerca de no concretarse, pues Friday se negaba a ponerse el traje oficial del club. “Conseguí que se lo pusiera solo para la firma y la foto y luego se lo arrancó y lo rompió”, contaba Hurley, que pensó en darle la oportunidad con el primer equipo tras varios días entrenando con el reserva. “Oh míster, muchas gracias. Me iré a casa, no beberé y no me pelearé, me dijo, señala Hurley. “No digas tonterías. No me importa que me mientas, pero no tres veces”, le respondió el técnico.

Tras unos pocos partidos, el Reading le quiso hacer contrato profesional. Eso le impediría seguir trabajando con su hermano como operario de tejados, que era lo que llevaba el dinero suficiente a casa y no sin mucho dudarlo, Friday aceptó y no tardó mucho en cambiarle la cara a un equipo de la Four Division que cogió en descenso y acabó rozando la promoción de ascenso.

Robin nunca llevaba espinilleras. Era un tipo duro que recibía sin parar. Uno coge las crónicas de entonces y se encuentra con más o menos una plantilla habitual.Friday había recibido ya cerca de una docena de faltas cuando agarró el balón, se marchó de cuatro rivales y logró un auténtico gol ajustando su disparo al palo. Y así, una detrás de otra, eran las crónicas del Reading Post y de los periódicos locales. Curiosa una, por cierto, que adjuntaba el parte médico de Friday, que había jugado los últimos cuatro partidos de la temporada con una fractura de tobillo sin enterarse. Para él, el dolor era parte del juego y secundario. Lo importante era siempre coger el balón.

Cuando acabó la temporada, Friday pidió permiso para quitarse unos tatuajes, cuyo tratamiento le podía dejar algún día de los de pretemporada fuera. Hurley se lo dio. Robin no apareció el primer día, ni el segundo, ni el tercero. Le encontraron viviendo en una comuna hippie, fumando y drogándose durante tres meses sin parar. “Cuando le llevé al primer partido, no me quería ni imaginar qué me iba a encontrar después de tres meses en ese estado… Pero fue el mejor jugador del campo de lejos. Era algo increíble”, señala el técnico.

Arrancó entonces la siguiente temporada, que acabaría con Friday como máximo goleador de la categoría con 22 tantos. Con solo dos jornadas disputadas, el Sheffield United, de Primera División, quiso ficharle, pero no estaba listado como transferible. Entonces intentaron convencer a Hurley de que firmara como entrenador y se llevara consigo a la estrella. Ambos declinaron la propuesta. Sentía deber para con el Reading pese a que empezaron entonces a fijarse en él entrenadores de la máxima categoría. Arsenal, Tottenham

Robin entrenaba duro, a máxima intensidad. Pero solo con balón. Era imposible que hiciera ejercicios físicos. Simplemente decía que no y era que no”, admite Hurley. Comenzó a tener un trato especial, saltándose entrenamientos, acudiendo tarde y los demás compañeros empezaron a quejarse. “Yo les decía a los chicos que tenían que entenderlo. Ellos no se quejaban cuando cobraban las primas porque Robin había hecho magia sobre el campo, decía el técnico. Friday era un alma libre, quizás demasiado. Robin, mira cómo eres de bueno siendo un chico malo, un gamberro que no entrena. Si pusieras todo el empeño serías más imparable aún”, le decía Hurley. “Pero si hiciera eso, no sería yo”, contestaba.

Pero Robin Friday, en el fondo, era buena persona. Un pasota común de la época hippie británica que solo disfrutaba jugando al fútbol. Odiaba que sus compañeros no dieran el 100% en los partidos y no dudaba en bajar al filial para jugar con el reserva cuando eran pocos jugadores, pese a la clara oposición de la directiva y los técnicos por miedo a que se pudiera lesionar. En uno de esos duelos le vio un día, de rebote, Terry Venables, entonces entrenador del Crystal Palace. “¿Quién demonios es ese purasangre?”, señaló Venables cuando solo había tocado un par de balones. Lo quiso fichar de inmediato, pero el Palace ya no tenía fondos al haber empezado la temporada.

En esa su segunda temporada, la 1974-75, Friday se perdió varios partidos por sanción. Su vocabulario ofensivo durante los partidos y alguna que otra entrada le iban sumando sanciones a cumplir. Aunque lo que realmente le dejó KO fue una intoxicación respiratoria que sufrió fruto de no tratarse bien el asma que padecía. Estuvo seis partidos fuera, enfermo, en los que el Reading no ganó ni uno y pasó de ser líder a la sexta plaza.

Existe un mito que cuenta que Friday acudía, en muchas ocasiones, borracho a los partidos. Que su antiguo Hayes arrancaba siempre con 10 porque él estaba aprovechando hasta el final para tomarse unas pintas. “Son mentiras, basura, cosas que la gente inventa”, descubría Maurice Evans, quien sería su técnico después. “Bebe como mucho dos días antes de los partidos”, le pedía Hurley. “Nunca fue un borracho”, señala Alf, su padre. “Era un alma libre, le gustaba la vida y obviamente, claro que bebía. Bebía bastante, pero no era dependiente de ello y no lo hacía antes de jugar”. También se ganó una fama de violento que lo único que hace es engordar su mito más. El fútbol inglés de entonces lo era, y no podías ser una hermanita de la caridad si querías sobrevivir en campos del inframundo. Mito el de jugar borracho que proviene del testimonio de un árbitro que le dirigió un día en el que sí presentó síntomas de ir ebrio.

Como el episodio que cuentan David Downs y Brendan Baston, jugador del Cambridge. “Baston tenía órdenes literales de ir a romperle una pierna a Friday. Era su objetivo ese día”, señala el historiador. Robin se pensaba que su dureza desmedida era porque creía que era racista (Baston era de raza negra). Al acabar el partido, Friday se dirigió a Baston y, dándole la mano, le soltó: “Bien jugado amigo. Pero no tienes de qué ofenderte, no tengo nada contra los negros, estoy casado con una”. Baston no se quedó a cuadros. Al final, el Reading volvió a quedarse otro año a las puertas del ascenso. Pero ya entonces, pese a jugar en la categoría en la que jugaba, la gente iba a verle a los partidos. “Hasta que él vino éramos un equipo vulgar. Pero con él, ganábamos más partidos, teníamos más afición. La gente se agolpaba en las puertas para verle”, apunta David Downs, historiador.

Aunque no todos le conocían. En una época en la que los partidos no eran televisados y con suerte conseguías ver en la pantalla los highlights de tres o cuatro duelos por semana de la máxima categoría, Friday era un absoluto desconocido para todo lo que no envolviera a Reading o Londres. En un viaje, los chicos del equipo se cruzaron con los del West Ham en el hotel. Friday, que siempre llevaba ropas anchas y sus zapatillas de cocodrilo, entró a la zona reservada solo para jugadores. “Asco de fans. Son como mosquitos, siempre consiguen entrar donde será”, espetó uno de los jugadores del West Ham, pensando que era algún aficionado que se había colado. “Ese es nuestro delantero”, respondió Steve Death, compañero de Friday.

En esos viajes de concentración, Robin sacaba a relucir si lado más salvaje, vividor.”Cuando íbamos al pub Top Rank, él y John Murray solían subirse al tejado del local, se quedaban colgados un rato y luego saltaban hacia el suelo por simple diversión. ¡Había una altura de unos 7 metros!”, narra Syd Simmons, que viajaba con ellos, y confirma que Robin tenía suerte con las mujeres. “Había chicas llamando a su puerta a todas horas durante la madrugada”. Y entonces algo empezó a cambiar. Su relación con su mujer se fracturó y ahí conoció a Liza, con quien se acabaría casando tiempo después y cuya influencia le llevó por el mal camino. Empezó a jugar cada vez más encolerizado, siendo sancionado en multitud de partidos. Acabó varias noches durmiendo en los calabozos de la comisaría, donde llegó a tener siempre una celda con privilegios debido a que era un ídolo para los policías de la ciudad.

La gente decía que Friday era un George Best desconocido, sin mercado, sin suerte. Por eso, cuando el Stockport donde jugaba Best tuvo que jugar contra el Reading de Friday, Londres enloqueció. Lamentablemente, Best, recién fichado, aún no tenía la documentación necesaria para jugar y Friday se perdió el duelo por sanción. “Tenía mala reputación, y eso hacía que la gente exagerara demasiado sus errores”, apunta Eamon Dunphy, ex compañero. Pero Robin era otro. Empezó a robar en los comercios. El Reading recibió un aviso de sanción si el equipo no tomaba medidas contra su excesiva falta de disciplina. Se estaba, poco a poco, gestando el final de la carrera de Robin Friday. El Reading logró el ascenso, pero estaba muy cerca de perder a su mejor jugador.

Su último gran servicio llegó en un duelo contra el Tranmere Rovers. El árbitro era Clive Thomas, un trencilla acostumbrado a dirigir partidos de Copa de Europa y Mundiales de fútbol. Había arbitrado encuentros a Pelé, Cruyff o Beckenbauer. No se imaginaba qué era lo que estaba cerca de ver, en un duelo de la Cuarta División inglesa.
Al día siguiente, las crónicas deportivas narraban el gol que había hecho Friday: “Un balón dividido que se fue largo, hacia arriba, le acabó cayendo a Friday, que estaba de espaldas, en la esquina izquierda del área. Robin saltó para controlar con su pecho y el balón se quedó elevado mientras él caía al césped. Estando la pelota aún a la altura de su cabeza y siguiendo él de espaldas a la portería, enganchó una volea muy violenta que pasó por encima de su hombro y entró como un misil por la escuadra, siendo inalcanzable para el portero”.



Yo no podía creer que un jugador como él no estuviera en la Primera División. Nunca olvidaré aquel gol. La violencia de su disparo. Simplemente no lo podía creer. El silbato se me cayó de la boca y me puse a aplaudir, admite Thomas, el colegiado. “Cuando acabó el partido me fui hacía él y le di la enhorabuena. Le dije que había sido el mejor gol que había visto en toda mi vida. Él me contestó: ‘¿En serio?, pues deberías venir más a menudo por aquí, lo hago todas las semanas’.”, sentencia Thomas.

Pero su vida empezaba a no estar en orden. Llevaba siempre drogas encima y vivía con el miedo de que en cualquier expedición le revisaran el equipaje, o que simplemente le pararan por la calle. El ascenso fue la gota que colmó el vaso. Literalmente, la gente gritaba ‘Friday is the king’ cuando le veían y él se lo creyó. Pidió un aumento de sueldo y cada vez se saltaba más entrenamientos. Charlie Hurley, su padre futbolístico, fue quizás quien mejor conectó con él siempre y el único que le supo tener atado en corto. “Charlie, tengo un montón de problemas”, se sinceró con él, sabiendo que su vida se estaba yendo al traste.

Y ante la imposibilidad de seguir controlándole, Evans y Hurley tomaron la decisión venderle. Necesitaba dar un giro en su vida. Cuando Charlie Hurley le listó como transferible, de repente, las ofertas dejaron de llegar. ¿Por qué iba a vender el Reading a su mejor jugador? Algo olía a podrido. Todos sus allegados entonces coinciden en que si no se hubiera casado con Liza, las cosas habrían sido como siempre y él habría podido seguir reinando. Robin Friday acabó su periplo en el Reading con 53 goles en 121 partidos y la tenencia en su poder de un premio al Máximo Goleador de la Liga y dos al Mejor Jugador de la Temporada. En algo menos de tres años.

Su destino fue el Cardiff City. Desde el primer día que firmó, supo que no era donde quería estar. Porque en realidad, no quería estar en ningún sitio. Pero las posibilidades de ganar allí la Copa Galesa y con ello jugar competición europea declinaron la balanza. Su traspaso fue de 30.000 libras. “Yo no podía creer que hubiéramos conseguido a Robin por ese precio. Fue un auténtico robo. Era menos de la mitad de lo que nos habían rechazado unos meses antes. Yo sabía que había algo raro ahí, pero no me importaba” señala Jimmy Andrews, que iba a ser su nuevo entrenador.

“Cuando le vimos aparecer…Los que no le conocíamos no nos esperábamos eso. Llevabas unas botas de cocodrilo, una camiseta vieja e iba totalmente desaliñado. Tenía un aspecto ser peligroso. Desprendía un aura que nos hacía tenerle miedo aunque fuéramos sus compañeros y no sus rivales”, dice Phil Dwyer, capitán de aquel Cardiff y jugador con más apariciones en la historia del club. “Pero cuando le vimos jugar… Era como George Best. Era realmente bueno cuanto más complicada era la situación”, continúa. “Nos habían dicho que podía ser esquivo, así que antes de que llegara, estábamos decidiendo cómo tratar con él. Justo en ese momento, recibimos una llamada de la comisaría de policía diciéndonos que tenían detenido a un joven chico que decía que era la nueva estrella del Cardiff City y que él decía que teníamos que responder por él”, cuenta Harry Parson, directivo del club. Y es que Robin, sin dinero, como siempre, se había colado en el tren desde Reading a Cardiff y cuando al finalizar el viaje los miembros de seguridad le reclamaron el billete, solo pudo plantarle un beso a uno de ellos en la cabeza.

El 3 de enero de 1977 debutó con el Cardiff ante un Fulham histórico que tenía a George Best y Bobby Moore en su plantilla. Considerados ambos dos de los mejores futbolistas británicos de la historia. El resultado fue de 3-0 para los galeses, con un doblete de Friday que sacó de sus casillas a un siempre templado y calmado Moore. “Le tocó mucho las pelotas aquel día. Incluso de manera literal. Moore entró en ira y le estuvo persiguiendo por todo el césped”, recuerda su ex compañero Paul Went. Tal fue su impacto en el debut que Andrews, su actual manager, telefoneó a Charlie Hurley. “Muchas gracias, ha sido asombroso, fantástico, increíble…”, pero Hurley le tuvo que interrumpir. “Ten paciencia, lo has tenido solo cuatro días, ya verás dentro de unos meses”, respondió el técnico del Reading.

“Yo no sé cómo pudo jugar así. La noche antes del partido estábamos tomando unas cervezas. Ya eran demasiadas y entonces el dueño del bar le dijo que se tomara la última y se marchara a casa. Robin contestó: ‘Tienes razón, cóbrame esta última y ponme una docena para llevar’, y puedes estar seguro que él se las bebió todas antes de marcar un doblete en su debut”, narra Rod Lewington, entonces compañero de equipo. Pero la fama de chico malo le generó el efecto rebote. Los rivales de toda Inglaterra se conjuraron para que no pudiera acabar los partidos por su propio pie, así y por el respeto que se le tenía a un internacional como Bobby Moore, un codazo en la cara en el siguiente partido le rompió la mandíbula y le mandó al hospital varias semanas.

“Un día, nada más haber fichado por el Cardiff, vino a mi casa. Y me dijo que quería volver. Que yo era el único entrenador para el que quería jugar”, se sincera Charlie Hurley. “Pero yo le dije que eso era ya imposible, que él tenía muchos problemas y debía cambiar de aires. Entonces cogió la puerta y se fue sin decir nada. Nunca más volví a verle”.
Robin tenía todas las cualidades para el fútbol. Era bueno con el balón, muy técnico, muy rápido, regateaba bien, tenía mucho ímpetu, era bravo. Pero es que no daba un balón por perdido. Era el primero de nuestros defensas también. Él metería la cabeza donde nadie ni siquiera habría pensado meter el pie, dice Paul Went. “Si alguien le hubiera cogido con 16 años y le hubiera llevado por el buen camino… Es que ya era uno de los jugadores más talentosos de la historia de Inglaterra. Pero yo no creo que quisiera jugar en el Manchester, en el Arsenal o en la Champions, porque lo habría hecho. Lo único que quería era divertirse”.

Lo que particularmente odiaban los rivales era su celebración de la señal de la V. Porque lo hacía con la palma hacia adentro, algo considerado ofensivo en la cultura anglosajona. Y si bien irritaba cuando festejaba así un tanto, la gota que colmó el vaso llegó cuando empezó a hacerlo también cuando conseguía derribar a algún rival con una falta a destiempo. “Estoy harto y cansado de ti”, le dijo Andrews, su entrenador.

Con el inicio de la nueva temporada, Friday desapareció. Se le diagnosticó un extraño virus que le mantuvo dos meses fuera del campo y le hizo perder cerca de 15 kilos en apenas una semana. Él informó que se trataba de hepatitis, pero las pruebas médicas no encontraron rastro de ella. Además, había empezado el proceso de divorcio con Liza. Reapareció contra el Brighton, en el que fue el partido más controvertido de su vida. Friday ya había perdido todos los papeles. El zaguero Mark Lawrenson se pasó todo el partido marcándole y quitándole el balón mediante faltas. Hasta que Friday se cansó y en una de las entradas, cuando Lawrenson estaba en el suelo, ya frenado, le dio una patada con todas sus fuerzas en la cara. El colegiado le expulsó, y Robin Friday jamás volvió a jugar un partido de fútbol. Cuenta la leyenda, aunque ninguna voz autorizada lo ha confirmado, que cuando se fue a los vestuarios, Friday entró en el del Brighton, buscó la bolsa de Mark Lawrenson y defecó dentro de ella. Jimmy Andrews encolerizó tanto que Robin nunca volvió a ponerse la camiseta del Cardiff, para la que logró siete goles en 21 partidos.

Mes y medio después del incidente, Robin Friday anunció su retirada del fútbol profesional. Volvió a su antiguo trabajo y empezó a entrenar para mantenerse en forma con el Brentford, el equipo que apoyaba en su infancia y donde jugó su abuelo materno, pero nunca hubo opción de hacerle volver a los campos. Tampoco Maurice Evans, que tras muchos años como asistente de Charlie Hurley había ascendido a ser el entrenador principal del Brighton. “Maurice, tengo que decirte una cosa. Tenemos aquí a un oficial de policía que me trae una lista con 3000 firmas para que Robin Friday vuelva a jugar al fútbol en el Reading, cuenta el propio Maurice que le dijo el jefe en su primer día en el puesto. “Me reuní con él y traté de hacerle entrar en razón”.

-“Robin, si juegas con nosotros de nuevo, si estás un par de años tranquilo, puedes llegar a ser internacional”, le dijo Evans.
+”¿Cuántos años tienes, míster?”, contestó Friday, como obviando la pregunta.
”Casi 50, Robin”, replicó Evans.
+”Pues yo tengo la mitad y he vivido ya el doble de lo que tú has vivido”, sentenció Friday.
“Y tenía razón…”, admite ahora Evans.

“Hoy la gente habla de Alan Shearer, el máximo goleador de la historia de la Premier. Pero es que Friday era el doble de bueno”, dice su ex compañero Lewington. “Era un talento entre un millón”. El árbitro linier de uno de sus primeros partidos en el Hayes cuenta una anécdota sobre él. “El partido había empezado y el Hayes tenía solo 10 jugadores…pero había chicos en el banquillo. No entendíamos nada. A los 15 minutos apareció Robin Friday. Venía borracho, directamente del bar. Pero hizo el único gol del partido y fue maravilloso. Te puedes hacer una idea del jugador que era y el respeto que le tenían”, sentencia.

Robin Friday murió el 22 de diciembre de 1990, a la edad de 38 años, debido a un ataque al corazón producido por una sobredosis de heroína. “Su funeral fue maravilloso. Había gente de todas partes del país que realmente le apreciaba. Gente con la que se había peleado toda la vida, pero así era Robin. En el fondo le querían. Era un buen chico”, admite su hermano. “La gente estaba realmente afectada. Después de todos los problemas que había causado. Es porque era uno de esos personajes especiales que aparecen solo una vez en la vida, sentencia un historiador del Cardiff City.

“Como delantero, a mí me pegan muchísimo. Así que, yo tengo que pegar también o estoy perdido. En el césped yo odio a los rivales. A mí no me importa nadie. La gente dice que es porque soy mala persona, un lunático. Pero no, yo soy un ganador”. Robin Friday, el mejor futbolista que nunca pudimos ver.

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