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Roberto Martínez y la actitud del día grande

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Paco LÓPEZ – En verano Bob Martínez dijo que el objetivo del Everton era la cuarta plaza. Se hacía difícil creer esa afirmación. Estamos en el tramo final de la temporada y el mensaje del técnico ha traspasado la rueda de prensa y se ha plasmado en el campo, una convicción de la que adolece el Arsenal (su máximo rival). La mayor responsabilidad de esta situación recae sobre el técnico, lleguen o no a ese puesto, es un logro que muchos ni nos planteábamos en agosto.

En la previa al choque, el entrenador toffee hablaba de la capacidad del Arsenal para tener la posesión y de los recursos del Everton para superarlo. El plan inicial cobró sentido desde la primera jugada. Deulofeu y Barkley se quedaron fueran del once, ninguno de ellos puede hacer la presión de Naismith. El escocés fue el primer escollo para Arteta, quien hace girar al Arsenal. Y allí el Arsenal, Rosicky, Cazorla y Wenger se bloquearon. Mientras, Oxlade estaba en el banco.

La baza ganadora del Everton fue arriba. Naismith de perro de presa sin balón y apoyo con él por dentro, pero, ¿y Lukaku? Martínez se anticipó al once de Wenger y a las bajas, escoró a la derecha al delantero cedido por el Chelsea y le emparejó con dos de las decepciones del año, Monreal-Vermaelen, que no le controlaron en ninguna de sus diagonales. De ahí surgieron los dos primeros, con mención especial a Basine.

El lateral zurdo tuvo un pasillo. Mirallas, extremo izquierdo, tenía la misión de ir más al espacio, arrastrando a Sagna. Baines arrolló en cada sprint a Cazorla y Rosicky. Un recital que llegaba al minuto 45, con Oxlade en el banquillo. Wenger se limitó al once esperado, con el doble pivote apoyado de Rosicky y Cazorla. Un plan que pedía el balón al pie y que no pudo superar la presión rival que les obligó a iniciar unos metros por detrás. Martínez había generado el contexto el contexto perfecto para McCarthy-Barry. El Everton permitió la posesión pero no el espacio para profundizar.

En base a ese sólido doble pivote, la entrada de Barkley era más sencilla, tenía que aprovechar las hectáreas entre medios y delanteros que dejaba un Arsenal apático al que el 4-2-1-3 le dejaba a pie cambiado. La reacción en el segundo tiempo decepcionó, Wenger confió en una arenga que superase un plan inicial deficiente. La iniciativa varió pero Giroud y Podolski no son los ideales para un contexto que necesita galones.

Wenger, un grandioso técnico pero que no es muy dado a cambios revolucionarios (así han caído goleadas en campos de los grandes), quiso reaccionar pero le clavaron la tercera puñalada. Un Everton con sangre que ayudó atrás y vio como su rival estaba inerte. Ahí sí, salió Oxlade del banquillo, demostró que su movilidad era el mejor antídoto ante Barry y McCarthy. También entró Sanogo que a día de hoy es bastante peor futbolista que Giroud pero que, por lo menos, corre, se desmarca y busca portería.

El Everton es una grata sorpresa que a base de trabajo se merece depender de sí mismo. El Arsenal carece de personalidad, quizás por eso firmarían en agosto su situación actual, pero no podemos olvidar que es el cuarto ahora mismo y que su inicio de temporada es bueno. Tres lustros clasificándose para Champions merecen crédito y hay que reconocer lo que las lesiones le han quitado.

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