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Roberto Fabián Otamendi, el sucesor

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Reflejos de un resurgido arquetipo. Molde y horma del mejor central de la historia del Valencia. Análogas gotas de agua con manantial argentino en la sangre. Nicolás Otamendi ha conseguido en muy poco tiempo que la remembranza de Ayala esté más activa que nunca. Como si jamás nos hubiera abandonado. Como si siguiese en la estepa verde desafiando a los contrarios con esa mirada penetrante que jamás presagiaba calma y sosiego.

Cuchillo en boca, tatuado hasta el cuello e impulsado en muelles o trampolines, el argentino ha sembrado su semilla. Su liderazgo es dominante y absorbente, su jerarquía incuestionable y la presunción de inocencia no entra en su vocabulario. Otamendi, al igual que pasaba con Ayala, siempre es culpable. De evitar que los delanteros sigan de caza, de mandar recados con todo tipo de envoltorios, de dominar su zona para salvaguardar a los suyos. Culpable y accionista de cualquier compañía aérea. Su dinero se guarda en rascacielos, a plazo fijo. La ferocidad en la anticipación recuerda a las semanas de rebajas, donde mujeres y hombres aguardan la apertura del recinto para embestir, cual Victorino, todo lo que les sale a su paso. Sin miramiento. “Nico” nunca se sienta en la sala de espera. Llega a la consulta y arrolla hasta el traumatólogo. Con una capacidad atlética envidiable le es suficiente para cabecear nubes. Sin ser un pino. Además, le gusta salir dominando la pelota. Con cabeza erguida, conocedor de su supremacía.

El Valencia ha encontrado la sombra que tanto perseguía. Pudo parecer Rami en su llegada, pero el recuerdo de Ayala solo es visible con Otamendi sobre el campo. Por aptitudes y actitudes, por aires y similitudes y porque además ha llegado a Mestalla de la mano del propio “Ratón”. Fabián supo desde el primer momento quién era de su rediviva estirpe, el que iba sobrado en condiciones para cumplir su mismo papel. Aquél al que observaba y se veía reflejado. Como asomado en una charca, patentizando su mismo rostro.

Otamendi en solo tres encuentros de Liga ya luce traje y corbata, viste de Armani y se le llama director. O presidente. Un jefazo, al fin y al cabo. Que no extrañe si de repente decide montar en su radio de actuación un tenderete con una secretaria con gafas de pasta. Ha tapado las carencias de un buen y creciente Vezo y liderado una defensa necesitada de futbolistas de este nivel. No se sabe ‘quién pagará a Otamendi’, pero pronostico y vaticino que será un regalo. Un agasajo o una dádiva. La gran noticia para el Valencia es que los 50 millones de su cláusula y los cinco años de contrato son cabos bien atados, con nudos de doble ocho o doblez de pescador.

Con Otamendi se está viviendo un ‘déjà vu’, esa extraña sensación de haber vivido antes una determinada situación, esa experiencia de sentir que se ha sido testigo o se ha experimentado previamente una realidad nueva. El argentino de Buenos Aires se ha emperchado la casaca de Denzel Washington o Val Kilmer para darnos esa sacudida. El estremecimiento y sobresalto ahonda en cada valencianista recordando al mejor Ayala. Al gran Ayala. Al ¿irrepetible? Ayala. Demos la bienvenida a su primogénito y descendiente. Abran los ojos y disfruten de Roberto Fabián Otamendi. La otra cara de una misma moneda.

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