Fútbol italiano

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Roberto Baggio: El Mundial (casi) perfecto

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Eran las 12:30 horas del día 17 de julio en el Estadio Rose Bowl de Pasadena. Casi 95.000 espectadores abarrotaban las graderías del campo californiano y disfrutaban de una soleada mañana cuando el árbitro húngaro Sándor Puhl decretó el inicio de un partido entre las selecciones de Brasil e Italia. Era la final de la Copa del Mundo de Fútbol de Estados Unidos del año 1994.

En el terreno de juego se encontraban grandes figuras del fútbol mundial. El jugador del Barcelona Romário lideraba el equipo brasileño que entrenaba Carlos Alberto Parreira. El técnico de la canarinha también alineó en el once inicial a dos jugadores del Deportivo de la Coruña: Mauro Silva, que junto a Dunga conformaban un doble pivote que destacaba por su físico y su potencia, y Bebeto, que acompañaba a Romário en un frente de ataque letal.

Por el bando italiano, destacaba Roberto Baggio. El delantero de la Juventus había llegado al Mundial en la cumbre de su carrera y considerado como el mejor jugador del mundo. Unos meses antes de la cita en Estados Unidos, El Divino había sido premiado con el Balón de Oro de 1993.

Pero Baggio no estaba solo. La base del combinado italiano que dirigía Arrigo Sacchi estaba formada por jugadores del Milán, el equipo que tan solo un mes antes del inicio del Mundial había conseguido su quinta Copa de Europa goleando al Barcelona por 4 a 0 en la final de Atenas y poniendo fin a la época dorada del Dream Team de Johann Cruyff. En el once inicial que Sacchi dispuso para el partido del Rose Bowl, había cinco jugadores de aquel Milán histórico: los defensas Franco Baresi y Paolo Maldini, los centrocampistas Demetrio Albertini y Roberto Donadoni y el delantero Daniele Massaro, autor de los dos primeros goles en la final ante el Barcelona.

Con tal cantidad de grandes jugadores en el campo, todo hacía presagiar un magnífico encuentro entre dos selecciones que hasta aquel momento habían alzado tres títulos mundiales cada una. Al final, tal y como se puede leer en la página web de la FIFA, “lo que en teoría iba a ser el partido ideal resultó ser un encuentro áspero, físico y, en última instancia, decepcionante”.

Por primera vez en la historia de la Copa del Mundo, ninguno de los dos finalistas pudo marcar ni en los 90 minutos del tiempo reglamentario ni en los 30 de la prórroga. El ganador del campeonato tenía que decidirse en la tanda de penaltis, un hecho insólito hasta la fecha.

Empezó lanzando Italia con Franco Baresi, el capitán del combinado transalpino y del Milán, el que en ocasiones fue bautizado como el heredero de Beckenbauer. Aunque ya había sido campeón en el Mundial de España del año 1982, el defensa italiano quería emular lo que Franz Beckenbauer había conseguido en 1974: alzar el trofeo como capitán y siendo uno de los jugadores más destacados del torneo. Lamentablemente, la historia no fue generosa con él, que chutó por encima de la portería de Cláudio Taffarel.

El error de Baresi no lo aprovechó el primer jugador en disparar para Brasil, Márcio Santos. El flojo disparo del defensa carioca lo detuvo sin problemas Gianluca Pagliuca, quien dos años antes, como guardameta de la Sampdoria italiana, no había podido hacer nada para desviar el lanzamiento de falta de Ronald Koeman que permitió que el Barcelona ganara su primera Copa de Europa.

Después de los penaltis fallados por Franco Baresi y Márcio Santos, Demetrio Albertini y Alberigo Evani marcaron por Italia y Romário y Branco lo hicieron por la canarinha.

Llegó entonces otro de los momentos clave de la final. Con la tanda de penaltis empatada a dos tantos, Daniele Massaro, el socio de Roberto Baggio en el ataque italiano, cogió el balón para chutar la cuarta pena máxima para su país. El delantero había sido uno de los héroes en la final de la Copa de Europa que el Milán había ganado en el mes de mayo, pero, igual que su compañero de equipo y de selección Franco Baresi, no pudo convertir su penalti.

El fallo de Massaro dio alas a los brasileños, que se sintieron más cerca del título. Aún lo hicieron más cuando Dunga, el capitán carioca, marcó y avanzó a los hombres de Carlos Alberto Parreira. La situación se tornó traumática para Italia y para su siguiente lanzador, su estrella: Roberto Baggio.

El delantero estaba obligado a marcar, no había más. Si no lo hacía, Brasil sería campeona del Mundial. En cambio, si conseguía transformarlo, los italianos aún mantendrían alguna opción de ganar el título: tendrían que esperar a que el deportivista Bebeto fallara el quinto lanzamiento de la canarinha y jugarse el campeonato en la muerte súbita.

Antes de llegar al encuentro que iba a decidir la Copa del Mundo de 1994, Baggio ya había sido el héroe del equipo italiano en varias ocasiones durante el torneo. No marcó en la fase de grupos, pero El Divino anotó cinco goles entre los tres partidos previos a la final.

En octavos, Baggio salvó los muebles cuando los italianos ya hacían las maletas para volver a Europa mucho antes de lo previsto. En la primera parte del encuentro, Emmanuel Amunike había avanzado a Nigeria. Por sorpresa de los aficionados al fútbol, los africanos mantuvieron su ventaja hasta prácticamente el final del partido, hasta que Baggio dijo basta. En el minuto 88, el italiano empató el encuentro y lo mandó a una prórroga que decidió con su segundo gol en el Mundial.

La figura de El Divino también apareció ante España en cuartos de final. Después de los goles de Dino Baggio, un centrocampista que no tenía ningún parentesco familiar con el protagonista de esta historia, y del exjugador del Atlético de Madrid José Luis Pérez Caminero; el encuentro parecía encaminarse irremediablemente a la prórroga. En el partido en que Mauro Tassotti le rompió la nariz a Luis Enrique, Roberto Baggio apareció en el minuto 87 para clasificar a Italia para la siguiente ronda.

Por último, El Divino también fue decisivo en el encuentro de semifinales entre Italia y la sorprendente Bulgaria de Hristo Stoitchkov, que en el mes de diciembre fue premiado con el Balón de Oro de 1994 por delante de Baggio, el ganador del galardón el año anterior. En aquel partido del Mundial de Estados Unidos los dos jugadores se repartieron el protagonismo. Con dos goles entre el minuto 20 y el 25, el italiano avanzó a su selección. Stoitchkov recortó distancias poco antes del descanso, pero el marcador ya no se volvería a mover. Roberto Baggio lo había conseguido: había llevado a su país a la final del Mundial. Y es que cómo decía parte de la prensa, Italia nunca habría logrado llegar tan lejos de no haber contado con El Divino.

Pero volvamos a la tanda de penaltis, al clímax de la historia: Roberto Baggio ante Cláudio Taffarel. El Divino, el mejor jugador del mundo del momento, ante un portero que durante la temporada que se cerraba con la Copa del Mundo había jugado en la Reggina italiana, un equipo que había luchado por no descender a la Serie B y que finalmente lo había conseguido por un solo punto.

A sus 27 años y en plena madurez futbolística, Roberto Baggio tenía la oportunidad de culminar un Mundial histórico, para enmarcar. Las probabilidades de éxito eran escasas, pero existían.

De bien seguro, todo esto debió pasarle por la cabeza a la estrella italiana cuando cogió la pelota y se dirigió hacia el punto de penalti bajo la atenta mirada de los casi 95.000 espectadores que llenaban el Rose Bowl y de los millones que seguían el desenlace de la final por la televisión.

Baggio se colocó ante Taffarel, cogió carrerilla desde la frontal del área… y falló. El italiano lanzó el penalti por el centro, pero el balón se fue por encima de la portería… y el Mundial fue para Brasil.

 

“Sabía que Taffarel se tiraba siempre, por eso decidí tirarlo al medio, a media altura. Era una elección inteligente. Sin embargo, el balón se elevó tres metros y se fue arriba.”

“Los penales los fallan los que tienen el coraje de tirarlos. Aquél lo falle. Fue el momento más duro de mi carrera, me condicionó durante años. Todavía sueño con él.”

“Fue duro salir de aquella pesadilla. Si pudiera borrar una imagen de mi vida deportiva sería aquella. Ese recuerdo se me ha quedado grabado.”

Roberto Baggio. Una porta nel cielo, Enrico Matessini (2001).

 

Ese penalti fallado persiguió a El Divino y empañó su legado. Sin embargo, el mito de Roberto Baggio persiste en la memoria de los románticos y de los apasionados del fútbol, que aún lo recuerdan como aquel delantero mágico que jugó en los tres grandes de Italia: la Juventus, el Milán y el Inter.

Roberto Baggio también pasó por el Vicenza, dónde empezó su carrera futbolística. De allí pasó a la Fiorentina, el club en el que empezó a despuntar y a despertar el interés de los mejores equipos del continente. Uno de los conjuntos que se fijó en él fue la Juventus, que lo fichó en 1990 y lo convirtió en el protagonista del traspaso más caro de la historia del fútbol hasta el momento. El italiano jugó cinco temporadas en el equipo bianconeri, con el que marcó 78 goles en 148 partidos.

En 1995, cuando un joven Alessandro del Piero empezaba a hacerse un nombre en el fútbol mundial y a amenazar el liderazgo de Baggio, dejó la Juventus para fichar por el Milán. El delantero tan solo estuvo dos años en el conjunto rossonero. Enfrentado con el entrenador Arrigo Sacchi, que lo había dirigido en el Mundial de Estados Unidos, el delantero abandonó el conjunto rossonero en 1997 y recaló en el Bolonia, dónde cuajó una gran temporada en la que anotó 22 goles en 30 partidos.

Después pasó por el Inter y el Brescia, el equipo en el que se retiraría en 2004. En el club de la Lombardía, Roberto Baggio coincidió con Josep Guardiola. De hecho, cuando colgó las botas, El Divino le cedió la capitanía del Brescia al catalán. Unos años más tarde, el actual entrenador del Manchester City afirmaba que los italianos tendrían que hacer un monumento en honor de Roberto Baggio para agradecerle lo que representa para el fútbol.

Esta es la historia de un genio, de un jugador delicioso, de un delantero diferente. Michel Platini, Balón de Oro de 1983, 1984 y 1985, dijo de Baggio que no era ni un “9” ni un “10”, sino que era un “9 y medio”. Johann Cruyff lo definió como un futbolista “fantástico”, Alfredo Relaño como “talento puro” y Ramon Besa como “el agitador de un calcio plegado a la dictadura de la táctica”. Para Santiago Segurola era “un poeta en extinción”, un jugador “de otro planeta y de otro tiempo, de una época donde se festejaba a los futbolistas delicados, precisos, tranquilos, inteligentes”. Sin duda, el italiano reunía todas estas cualidades. Y aunque la historia y el destino decidieron ser crueles con él el día 17 de julio de 1994, El Divino merece un lugar en el grupo de los más grandes de este deporte.

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