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Robben, el gran olvidado

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El siete de diciembre de 2004, José Mourinho volvió al Estadio do Dragão a enfrentarse a “su” Porto meses después de haber conquistado la Champions League. El Chelsea de Abramóvich, nuevo destino de “The Special One”, lideraba la Premier League con comodidad y a pesar de que perdió esa noche en tierras lusas avanzaría a la siguiente fase de la competición y las cosas parecían ir perfectas para los blues. Pero en aquella convocatoria para medirse al Porto faltaba uno de los hombres más importantes de Mourinho. Un hombre que pasó aquellas horas angustiado esperando un resultado muchísimo más importante que el de un partido de Champions. Pocos días después, en la revista oficial del club, Arjen Robben, hoy en día uno de los mejores jugadores del mundo, revelaba que había estado en tratamiento el último año por un cáncer de testículos y que le acababan de dar los últimos resultados. Estaba totalmente curado.

Arjen Robben había llamado la atención de grandes clubes desde que empezara a mostrar su diabólico regate y su electrizante calidad en las filas del PSV Eindhoven, club que le fichó del Groningen en 2002. Durante un bienio formó una extraordinaria pareja atacante con Mateja Kezman y fueron bautizados por la prensa y los aficionados como “Batman y Robben”. Fue allí, en agosto de 2003, cuando se hizo público que sufría un quiste benigno. Hasta su confesión, un año después, nadie dio excesiva importancia al hecho. Cuando fue convocado para disputar la Eurocopa de Portugal en el verano de 2004 apenas había jugado un par de partidos con el PSV pero sus ausencias eran justificadas bajo “roturas fibrilares”. A principios de año había sido intervenido quirurgicamente pero tampoco salió a la luz. Ni siquiera su incipiente calvicie llamaba la atención. En la Euro no jugó contra Alemania pero si en el segundo partido contra la República Checa y ya no volvió a sentarse en el banquillo. Hasta la definitiva derrota en semifinales en Portugal, Robben se convirtió en uno de los mejores jugadores del torneo y su habilidad, regate, velocidad y talento cautivaron al público. Nadie sabía que jugaba sin estar complementamente curado de un cáncer.

Aquella enfermedad ha sido lo más duro que ha tenido que superar el holandés pero durante su trayectoria en el Chelsea ( 2004-2007) y en el Real Madrid (2007-2009) las lesiones y la irregularidad le impidieron explotar del todo su inmenso talento. En Londres ganó la liga y la FA Cup pero la oferta del Madrid y el deterioro de su relación con José Mourinho le empujaron a hacer las maletas. Robben llegó a la capital de España con vitola de estrella y toda la ambición del mundo. Él mismo catalogó su llegada a Madrid como vivir “en un mundo de ensueño”. En su primera temporada probó el dulce sabor de la victoria y conquistó la liga pero las lesiones volvieron a amargarle la vida en la temporada 2008-2009 con continuas lesiones. Aquel fue el año del triplete del Barcelona de Guardiola y cuando Florentino Pérez anunció su decisión de volver a presentarse a las elecciones del Madrid trayendo rutilantes estrellas bajo el brazo para acabar con la hegemonía culé el brillo de Robben se apagó. A falta de cuatro días para el cierre del mercado, el galáctico Madrid de Cristiano y Kaká le decía adiós a este fino extremo con sensaciones agridulces. El destino era Múnich.

El Bayern, el grande más grande del fútbol alemán, iba a disfrutar del recorte estilo “Robben”. Cierta prensa madrileña tituló lapidariamente su partida: “Bienvendido”. Cinco años después, Robben es el olvidado de lujo del trío de jugadores que el 12 de enero luchará por ganar el Balón de Oro. Sus cinco años en Baviera han sido un exitazo y el extremo se encuentra, sin duda, en el mejor momento de su carrera. “Biencomprado” podría titular el Bild.

Robben ha vivido de todo en Baviera. Ha sentido la amargura de las derrotas más crueles como la vibrante final que perdió contra el Chelsea por penalties o el 0-4 que le endosó el Madrid en 2014. También como símbolo y líder absoluto junto a Robin van Persie de la selección holandesa, ha dado auténticos recitales vestido de oranje, pero quizá nunca pueda olvidar esa ocasión ante Casillas en la final de Sudáfrica que quizá le habría convertido en campeón del Mundo. La opinión pública le acusaba con maledicencia, por aquel entonces, desde ser gafe hasta no saber definir en los momentos vitales.

Pero ha sido clave en todos los éxitos del Bayern, incluido el triplete de 2013. Sigue teniendo las mismas virtudes que le hicieron famoso desde muy joven, capaz de unir el regate y la velocidad de una forma que sólo supera Lionel Messi, pero además ha conseguido estar físicamente perfecto, conseguir la adecuada continuidad y convertirse en un líder nato. Robben no va a estar el 12 de enero en el Palacio de Congresos de Zúrich pero es, sin duda, uno de lo más firmes candidatos a ser considerado el mejor jugador del mundo detrás de los dos bichos de nuestra época, Messi y Cristiano, y el gran olvidado de lujo de las dos últimas ediciones. A nivel individual Robben ha brillado y echado a la espalda tanto al Bayern como a la selección en la mayoría de partidos importantes. En Wembley un gol suyo en el 89 dio la Copa de Europa al Bayern. En un instante conseguía el mayor premio para su equipo y romper en pedazos todos los prejuicios sobre su persona. Pocas veces el protagonista de una final se mereció serlo tanto. Con Países Bajos, su Mundial 2014 es un monumento al fútbol, su exhibición fue simplemente brutal. Con una selección joven de la que no se esperaba demasiado llegó a sefiminales dejando mil pinceladas de su talento en cada partido. No, Robben, no va a ser Balón de Oro este año, quizá no lo sea nunca, pero desde 2004, desde aquella tarde en que los resultados de su enfermedad le salieron de cara, Arjen no ha dejado de ganar nunca. Y el premio nos lo da él a nosotros cada semana, disfrutar de verle jugar.

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