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Regreso al pasado

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Dicen que nos ahogamos en nosotros mismos. El pasado encierra y condiciona nuestros valores en el presente. Los enfrenta entre sí llevándolos a sus respectivos extremos. Lo malo nunca fue tan malo, ni lo bueno fue tan bueno. El contexto nos desconcierta cual ilusionista. Se obvia la cita en sí, por trascendental que parezca, almacenando en pequeños frascos aquello que verdaderamente alcanzó la esencia. Lo que todo el mundo quiere vivir y jamás olvidar. O quizás olvidar y jamás vivir. Un tapón en transición, un triple o una defensa exitosa. Devenires del juego (completamente aislados) que resumen un amplio mar de sentimientos como es una Final de la NBA. Y no debería ser así. Jamás dejemos de lado las buenas costumbres.

Un año es algo más que 365 días: son 365 madrugadas. Todas cargadas de sentimiento y nostalgia. De cafés y superhéroes. De enfrentamientos con uno mismo y sus creencias. Espacio temporal que no se puede medir en segundos, minutos u horas. Eso nos hace especiales. Románticos.

Se acerca el momento. Por muy lejano que se asemeje siempre lo hace. La única triología de nuestra NBA (Warriors vs Cavs) va a completarse. No a finalizarse, pues el cuarto acto de esta puede estar a la vuelta de la esquina. A unas 365 madrugadas de distancia, aproximadamente. Y bien, ¿qué hace especial a esta triología? Que cada película supera con creces a la anterior. Sobre papel, claro. La puesta en escena hablará por sí sola.

Sin más dilación, regresemos al pasado.

El destino sostuvo a más no poder al decaído. Reforzó su alambre, lo hizo implacable. Nos regaló un trocito de él. Derrocó la vanidad como forma de gobierno.

De tal manera suelo resumir los PlayOffs de la campaña 2015/16. Mucha adicción al alambre. Remontadas con un trasfondo. Héroes que afloraron cuando el partido llegaba a su punto álgido. Diferente contexto, mismo resultado. 3-1 y, por verosimilitudes del destino, 3-4. Los de la Bahía se bañaron en la gloria para ahogarse en ella misma.

La fiebre amarilla. Es algo que va más allá del propio deporte y su simbología. Es una religión, un modelo de vida. El Oracle luce aterrador ante la mirada de sus más fieles guerrilleros. Y con ellos, se abrió la Final. Un arranque que dejaría de lado a sus actores principales. Aparecieron ellos. Los que hacen bloque. Los que dan forma al proyecto: los actores secundarios y, entre estos, un nombre en especial, Shaun Livingston. Requiere de algo más que palabras. Es su suspensión su arma más letal. Tan pura, tan elegante. Siempre acompañada de un te quiero sin voz. Ese que enunciamos al verle sobre la cancha, al mero hecho de deleitarnos con su presencia. Llegó, analizó y decidió. A lo largo de la serie no hubo respuesta aparente. Su estatura le hizo imparable, su hambre insaciable. Al igual que no la hubo para Leandro Barbosa y sus instantes de explosión ofensiva. Atendiendo a minutaje, posibilidades y rendimiento obtenido, sin lugar a dudas el hombre de las Finales. Samba sobre el parqué en cada movimiento, decisión y lanzamiento. Nos trasladó a su estancia con los Phoenix Suns. A la regla no escrita de los 7 segundos y al nacimiento del baloncesto moderno. El resultado fue fatal.

El río siguió su cauce. El único objetivo era matar a LeBron James. Y de hecho murió anímicamente. Su resurgir llegó al finalizar el quinto asalto de esta Final. Ni antes, ni después. Allí creyó, de la mano del más letal escudero que todo líder podría disponer. Este le regaló el bien más preciado: la esperanza.

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Centrémonos en esa cita. En la más que rigurosa ausencia del pilar que sostiene a los de la Bahía (Draymond Green) y, como punto de despegue para los de Ohio, la lesión de Andrew Bogut. El fatídico altercado (totalmente fortuito) con JR Smith. Todo cambió a raíz de su desafortunado adiós. Desapareció el jugador con el rating defensivo más poderoso de la Final. Desapareció el mejor intimidador. El australiano es esa clase de jugador que, por naturaleza, ejerce como verdugo de aquello que llamamos ‘estadística’. Su valía era inconmensurable. Por su propio peso y por la grandeza del rival. Porque, seamos sinceros, para defender a LeBron James se requiere de algo más que un gran defensor individual (Iguodala). Este es el cebo. Un incansable que extrema su exhaustividad. Se requiere de alguien que ejerza como muro ante sus penetraciones. De un resorte que sostenga las embestidas del más vil dictador del baloncesto. Perdieron el Norte. Y no lo recuperaron.

Punto y aparte. Hay algo que alberga su mirada. Sus actos le delatan. Como si el mismísimo baloncesto pusiera a su disposición en qué momento y de qué manera aparecer. Aguarda, te mata y desaparece. Carga ofensiva al alcance de muy pocos (o ninguno). Es la grandeza del mago. Todo se basa en no revelar el truco, en mejorarlo a medida que se consuma la obra. Un crossover, una penetración desequilibrada o una suspensión. ‘Mentalidad Mamba’. El asalto del Oracle era una realidad. Kyrie Irving tomó el testigo en una de las más puras y maravillosas actuaciones que recuerde.

De vuelta a The Q. Siento no haber hablado (lo suficiente) de LeBron James. Suelo obviarlo. No debería, quizás, pues estamos ante un jugador sin precedentes. A la estela de Mike. Capacidad para generar única sobre la cancha. En todos los sentidos, de todas las formas posibles. Both sides, claro. El sexto encuentro fue su encuentro. El del dominio máximo. El de la derrota psicológica de Steph. El que les hizo favoritos. El que alimentó a una ciudad al borde del declive.

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También su partido, el de Richard Jefferson. Una de las claves del sistema de Lue. Férreo atrás, móvil en su teórica función de ‘4’ (superior a Love, quién firmó un excelso Game 7 desde las trincheras) y con la constante misión de cortar y destrozar desde las entrañas (la zona) a unos más que debilitados Warriors. Aquí tomó la palabra Tristan Thompson. El verdadero Factor X de todo lo ocurrido. El resorte, el mejor reboteador ofensivo del planeta con una facultad única para ajustar frente a exteriores. Así murió (y puede morir) la Death Lineup, a manos de los rescoldos de un jugador old school bañado en las lagunas de la revolución.

Él no se mantuvo ajeno. Stephen Curry se disfrazó de MVP a lo largo de toda la Final. Toda. Nada de síes, íes o peros. Aunque claro, no de leyenda. Usar la línea de tres como amenaza para aprovechar su carga ofensiva. Esa era la clave. Malvivir del triple no debería ser su ley. Cuando lo realizó, Steph fue Steph. Al igual que su compañero, Klay Thompson. Escopeta en borrascas. Seco y mojado. Frío y caliente. De idas y venidas vivió. Condicionado por el título de infalible aguardaba en su lado débil. Con lo que nadie contaba era con la reinserción del ex convicto conocido como JR Smith. Mi gran debilidad tras deleitarme en innumerables ocasiones con la visualización de tal Final. El mayor generador de ventajas (tras bloqueo) de aquellos que se proclamarían campeones. Es más, el lanzamiento que certificaría la victoria viene precedido de su puño y letra. Marca de la casa. Con la firma. En defensa, feroz e inteligente. La cosa iba con él. Dinamitó la serie con sus estallidos ofensivos (véase en el arranque del tercer cuarto del último y decisivo encuentro). Las largas noches en New York siguen, y seguirán, oliendo a ti. Aunque te quiero así. Y aquí.

Now or never. Game 7. Cita con la historia. Historia que nunca olvida ni perdona. Apareció nuestro más romántico canchero. Draymond Green, ese hijo de puta sin forma definida que idealicé en su debido momento. El más guerrillero. El que no se achanta ante nadie sea cual sea la ocasión, contexto o emplazamiento estratégico. Una actuación que no me atrevo a definir. No podría. No así, bajo la pluma. Me resulta un tanto frío. Cada cual que elabore sus propios juicios de valor.

Tic, tac. Tic, tac. Se acerca. No hay marcha atrás. Es él. El elegido. Porta todo un legado a sus espaldas. A la lejanía, Iggy. Vivir de pie o morir de rodillas. Decidió en el lado de la cancha donde se ganan los campeonatos. Donde se forjan las dinastías. Venía del futuro. Definitivamente, ese cyborg conocido como LeBron James venía del futuro. Posteriormente, apreció Kyrie. Tenía el último tiro. 3, 2, 1. Va a entrar. Todos sabíamos que iba a entrar. Esa virtud otorgada a dedo cuya valía va más allá de su propio resultado conocida como ‘Mentalidad Mamba’ afloró, again. El Olimpo del baloncesto tiene una plaza reservada para él. Para ambos.

El sueño de una noche de verano (veraz) se selló con el alba. Ahora, 365 madrugadas después, comienza la verdadera temporada de la NBA.

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