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Reflexión Merengue | Sin pena, no hay gloria

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A escasas horas del pitido inicial de la gran final de la Champions League, el madridismo vive inmerso en una mezcla de sensaciones, como es natural en una cita de dimensiones tan elevadas como la que se avecina. Ilusión desbordada, contrarrestada por el lógico temor a la derrota más dolorosa, la que puede producirse sólo a un paso de la gloria.

El camino hacia Cardiff, pese a poder parecerlo, no fue sencillo para ninguna de las dos escuadras que esta noche tratarán de convertir a su equipo en el mejor bloque europeo de la temporada. Para el Madrid, la semifinal ante el Atlético, y la batalla librada en la grada representada por mensajes en los que cada cual trataba de ganar la batalla entre aficiones, pudo dejar reflexiones vitales a la hora de afrontar la batalla final.

El ‘provocador’ mensaje del partido de ida en la grada del Bernabéu fue contrarrestado por otro aún más categórico por parte de la hinchada rojiblanca: “Orgullosos de no ser como vosotros”. Un mensaje repleto de contenido, una insinuación que podría tildar a la afición madridista como una hinchada que sostiene su pasión por su equipo únicamente en el éxito.

Pese a todo, no existen diferencias tan marcadas entre una y otra afición. No siempre el Real Madrid saboreó la gloria europea con la frecuencia que la degusta en las últimas temporadas. Toda una generación creció pudiendo disfrutar frecuentemente del éxito de su equipo en la competición doméstica, mas sufriendo constantes decepciones al traspasar las fronteras nacionales a nivel competitivo. El frustrante dominio del Milán de los 80 sobre una generación como ‘La Quinta del Buitre’, remontadas heróicas que no concluían en título. Décadas de decepciones en la competición preferida del club merengue no menguaron la ilusión de su afición, que no decayó ni bajó del barco pese a la derrota. Como la de cualquier club, la afición merengue ha sabido disfrutar en los éxitos y sufrir en los fracasos estando siempre al lado de su equipo, cerca de su club. Amando sus colores con independencia del resultado. Orgullosos de ser como son.

El 20 de mayo de 1998 volvió a colocar al Real Madrid en la cumbre de Europa. Aquel gol de Mijatovic ponía fin a una sequía de 32 años en la competición preferida del madridismo, llenaba nuevamente los corazones merengues de entusiasmo, alegría y orgullo. Aunque el orgullo por su equipo jamás desapareció ni desaparecerá. Aquel Real Madrid de la Séptima volvió a mostrar el camino del éxito a un club que tiempo atrás se acostumbró a él y que tuvo que saber convivir con la pena de habituarse al fracaso. Desde entonces, los blancos han vuelto a levantar el máximo título continental hasta en cuatro ocasiones, alcanzando los 11 entorchados, para convertirse nuevamente en el gran dominador del fútbol europeo.

En la noche de hoy, el club presidido por Florentino Pérez tiene una cita con la historia. Jamás un equipo ha podido repetir título en la Champions League desde que la máxima competición continental vive bajo dicha denominación. El Real Madrid podría conseguir, una vez más, ser pionero en alcanzar un hito nunca antes alcanzado por ningún club.

Sin embargo, en una final, la derrota es también una posibilidad. Si cierto es que el conjunto merengue ha ganado las últimas cinco finales que ha disputado en la competición, justo al contrario que su rival, la Juventus, los seguidores blancos son igualmente concientes de que la derrota es una opción.

Ante tal panorama, frente a una exigencia siempre máxima para los jugadores que conforman la plantilla del club más laureado de Europa, existen dos premisas innegociables que el himno del centenario se encarga de recordar: salir a ganar, salir a luchar, darlo todo por el escudo al que representan. Si cada uno de los jugadores cumplen con esas condiciones, el madridismo se sentirá orgulloso de su equipo. Como lo harían cualquier afición de cualquier club. Y es que, sin lucha, sin entrega, sin sufrimiento, sin pena… no hay gloria.

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