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Red King Redemption

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17 de junio de 2015. La bocina del Quicken Loans Arena retumba de manera profética y el 105-97 final que muestra el marcador dicta sentencia: Golden State Warriors es el campeón de la NBA. Los pupilos de Kerr invaden el parqué y festejan un título tan merecido como esperado. Cuarenta años después, en Oakland vuelve a salir el sol.

La cancha torna en la viva imagen de la novela de Robert Louis Stevenson, ‘El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde’. Por un lado, los campeones, radiantes y sonriendo. Por el otro, una planilla entera desolada, cabizbajos, sin saber dónde meterse. Pero las cámaras no buscan las lágrimas de los más jóvenes ni la decepción del público de Ohio, no, los focos buscan la imagen de LeBron James, el gran derrotado de esta batalla.

Sentado en el banquillo, con la toalla tapando su cabeza, el 23 busca refugio en su interior, mientras todo a su alrededor se derrumba. Es su sexta presencia en las Finales, con un resultado desolador para una leyenda como él: dos anillos y cuatro decepciones. Es verdad que los Warriors habían sido el mejor equipo de la NBA esa temporada, es cierto que dos miembros del Big Three no jugaron la final (Love fuera desde primera ronda e Irving no aguantó ni la prórroga del GAME 1), pero tras robar el factor pista y ponerse 2 a 1, los tres partidos seguidos perdidos fueron una decepción.

Tras dejar atrás el desengaño, el alero de los Cavaliers se levantó, felicitó al justo campeón, uno por uno, atendió a la prensa y se marchó lo antes posible del pabellón. Cuentan sus compañeros que no le volvieron a ver en un mes, no dio señales de vida.

Intentó poner la mente en blanco, pero fue incapaz. Sus sueños se tornaron pesadillas y el hijo pródigo no logró conciliar más de unas pocas horas de descanso durante casi 50 días. Se levantaba a media noche, y se ponía las Finales repetidas, quería aprender en que había fallado, y ya de paso, hacer un ejercicio de expiación. Ya tenía reservados unos billetes para Miami, quería entrenar un par de semanas junto a su ‘hermano’ Wade y mejorar de cara a la próxima temporada. Sus hijos lo tranquilizaban, su familia, sus amigos más cercanos, le decían que en el deporte se gana más que se pierde, pero él hacía caso omiso. Era LeBron James, él no podía permitirse el lujo de fallar.

Una promesa unida a una decepción. El Rey cumplirá su palabra | Getty Images

Una promesa unida a una decepción. El Rey cumplirá su palabra | Getty Images

Pasado poco más de un mes, el Rey encontró en la estantería de su casa un libro que hasta ese momento, le había pasado totalmente desapercibido, y no era otro que la ‘Eneida’ de Virgilio. James lo abrió y lo empezó a ojear, trataba de la historia de Eneas, fundador del Lacio, lo que más tarde sería Roma. Un hombre que tuvo que huir de la barbarie de la guerra de Troya, volver a empezar de cero y hacerse un hueco en la historia.

Hubo un libro de los doce que componen la obra que le llamó más poderosamente la atención, y fue el volumen VI, en el cual Eneas debe descender a los infiernos para ver a su padre, al cual añora más que nada en este mundo. LeBron se tomó toda la obra clásica como un reflejo de su carrera deportiva. Tenía que olvidar tan pronto como pudiera la masacre que les propinó Golden State, bajar a los infiernos, donde debería asumir sus errores y volver a su casa, a Cleveland dónde le esperaban con los brazos abiertos. Tenía una promesa con la ciudad y pensaba cumplirla.

Volvió a coger un móvil y a activar sus redes sociales casi dos meses después de la derrota en las Finales, poniendo una foto de él y un mensaje de ánimo para los seguidores de Cleveland y porque no, para insuflarse ánimos a él mismo. Abrió WhatsApp y puso un mensaje por el grupo del equipo, convocaba a todos a una cena de equipo para abrir sus mentes y preparar la temporada que se avecina.

Líder en el parquet y en los despachos. Love convencido y renovado | Getty Images

Líder en el parquet y en los despachos. Love convencido y renovado | Getty Images

Durante el convite tuvo una charla bastante intensa con Kevin Love, con quien durante la temporada habían surgidos rumores sobre su mala relación personal y que sólo tenía contrato para la temporada 2014-2015 y que era agente libre. LeBron le hizo ver que era clave en el equipo para poder ganar el anillo y el ala pívot renovó por cinco años. Tras esto, tuvo un tira y afloja con la franquicia para renovar a precio de estrella el contrato de Tristan Thompson, el mejor reboteador de la NBA. Y por supuesto, tuvo también una conversación con sus amigos Irving, JR e Iman Shumpert, un trió vital para la plantilla. Quería a todos convencidos, necesitaba a todos.

Todas las mañanas salía a dar un paseo corriendo, hasta llegar a la colina más alta de Cleveland, desde dónde se veía el Quicken Loans Arena, su casa. Entrenaba cada día más fuerte, se repetía para sí mismo que de las derrotas se aprende, que el anillo llegará y que le debe mucho a Cleveland. Hasta que llegó el primer partido de la nueva temporada en Ohio. El público se levantó y con una ovación atronadora recibió a su hijo pródigo, ese hijo del que estas orgulloso y que estás con él pase lo que pase.

El 23 devolvió la ovación y con cara impasible, hizo prometer a las 15.000 almas allí congregadas que volvería con el anillo esta temporada. Ni los Warriors, ni Curry, ni toda la NBA podían evitar que aquel muchacho cumpliera la promesa que hizo a su pueblo. El Rey quiere redimir sus pecados. Y lo hará.

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