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Real Zaragoza: 20 años del día que ardió París

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“Siempre tendremos París”. La memoria colectiva ha tergiversado la célebre despedida de Rick Blaine (Humphrey Bogart) a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en aquel melancólico aeropuerto de Casablanca, cambiándola por una quizá más poética “siempre nos quedará París”, cuyo origen nadie puede concretar. Sin embargo, su composición original, cuyo matiz de posesión se hace más presente por el uso del verbo tener, se ajusta todavía mejor al estado mental en el que vive estos días el Real Zaragoza. Se cumplen 20 años de la mayor gesta protagonizada por el club aragonés en sus 83 años de historia; la victoria en la final de la Recopa de Europa frente al Arsenal por 1-2. Dos décadas desde que Mohammed Alí Amar, ‘Nayim’, dejara boquiabierto al planeta tras protagonizar uno de los desenlaces más increíbles jamás escritos con un balón de fútbol.

Diez de mayo de 1995. En Zaragoza, en Aragón, no es una fecha cualquiera. Se trata de una efemérides única, de aquellas en las que todo el mundo recuerda con nitidez dónde se encontraba o con quién estaba acompañado -en el caso de lo que estuviese-. A pesar del tiempo transcurrido, y no solo por la redonda onomástica que ahora se celebra, el tema sigue presente en conversaciones cotidianas. No es para menos. Aquel día, en el Parque de los Príncipes parisino, se vivió uno de los momentos más iconicos del balompié moderno. Con el viejo continente por testigo, el Real Zaragoza reivindicó su propia existencia a través de un gol inverosímil. Gracias a un zapatazo imposible, ejecutado en el último minuto de la prórroga a unos 50 metros de la portería. Una parábola improbable, que sin embargo terminó en el fondo de las mayas defendidas por David Seaman rompiendo el empata a uno campante en el marcador y proclamando a los blanquillos campeones de la Recopa.

Había sido un partido trabado, duro, como no podía ser de otra forma. En frente estaba el Arsenal pre Arsene Wenger, a la sazón vigente campeón de la competición. Los ‘Gunners’ eran un conjunto extremadamente físico, representado por una línea defensiva que se caracterizaba por no hacer prisioneros ni en el terreno de juego, ni en el pub después del partido. Una circunstancia que se hizo prevalecer desde el pitido inicial. A los aragoneses, novatos en un envite de tal magnitud, les costó entrar en el partido. Es cierto que el cuadro dirigido por Víctor Fernández llegaba a la cita tras cumplir un ciclo exitoso en España, disputó -y perdió por 2-0- la final de Copa del Rey de 1993 ante el Real Madrid y se desquitó un año más tarde frente al Celta de Vigo tras imponerse en la tanda de penaltis (4-5). Sin embargo, una final europea suponían palabras mayores.

Por ello, tardó mucho en verse a un Real Zaragoza reconocible sobre el terreno de juego. Con una propuesta de fútbol tremendamente arriesgada, definida en un centro del campo formado por dos futbolistas de corte eminentemente técnico, Santi Aragón y Nayim, más un guerrero de vocación ofensiva como Gustavo Poyet, los blanquillos comenzaron estrellándose ante el muro inglés. No fue hasta la segunda parte, en el minuto 63, cuando Juan Eduardo Esnáider, que se había pasado la primera mitad batallando con Tony Adams, quién visiblemente logró sacar de sus casillas al ariete argentino, logró adelantar al cuadro aragonés gracias a una fantástica volea a la media vuelta con su pierna menos buena. Todo un golazo, solo eclipsado por lo que vendría después. La alegría, en aquel momento, duró poco para los zaragozanos. Ocho minutos más tarde, en una jugada aislada quizá producto del vértigo, John Hartson consiguió igualar el choque. El drama estaba servido.

Finalizados los 90 minutos reglamentarios, el duelo se fue al tiempo extra. Xavi Aguado pudo marcar de cabeza, pero una estirada de David Seaman impidió que el esférico terminara besando la red. El título parecía destinado a resolverse desde los once metros, y así lo dio a entender Víctor Fernández cuando, a falta de dos minutos para finalizar la segunda parte de la prórroga, dio entrada a Geli por Jesús García Sanjuan, quién había comenzado el encuentro como reserva, pensando en la tanda de penaltis. No hizo falta. En una concatenación de hechos propia del efecto mariposa, aquella sustitución llevó a Nayim a la banda derecha, después de haberse desenvuelto durante todo el partido en la izquierda. El lugar dónde ocurriría todo.

Minuto 119. Andoni Cedrún saca de puerta y Andy Liningham, de cabeza, trata de despejar. El esférico le cae a Nayim quién, primero, lo orienta con el pecho y, acto seguido, levanta la cabeza un instante. Lo suficientemente largo para ver a Seaman adelantado. Lo necesariamente corto para obedecer a sus instintos primarios y decantarse por la opción más irracionalmente genial. Con la pelota botando delante suya, y tras creer que sus compañeros podrían estar en fuera de juego, el ceutí tomó el camino más corto y, a 50 metros de la portería, decidió disparar a puerta. Y qué disparo. Con una precisión matemática, el balón dibujó una línea curva en el cielo parisino que resultó imparable para el meta ‘gunner’. Seaman reculó, llegó a tocar el cuero con una mano, pero acabó recostado dentro de su propia portería, con el balón frente a él y en su rostro la cara de incredulidad del que se sabe víctima de un hecho histórico. En el otro lado se desató la euforia primaria más pura. Locura en la grada y en el terreno de juego, sobre el que miembros del Real Zaragoza, futbolistas titulares, suplentes y miembros del cuerpo técnico, corrían eufóricos sin orden ni concierto. Totalmente extasiados por la grandeza de un momento seguramente irrepetible.

Tiempo más tarde se supo que aquel golpe de genialidad tenía algo de preparación previa. De hecho, no es casualidad que el ejecutor de tan magno gol fuese Nayim, ex jugador del Tottenham Hotspur, máximo rival histórico del Arsenal. Según confesó el centrocampista, y después han corroborado sus compañeros, antes de la final ya había avisado a Santi Aragón y Gustavo Poyet de la tendencia que tenía el conjunto armero de jugar con todas sus líneas muy adelantadas, incluyendo al portero. De hecho, durante la primera parte, Aragón ya había intentado sorprender a Seaman desde lejos, aunque su disparo no tomó la altura necesaria y el cancerbero lo detuvo sin problemas.

Han pasado 20 años desde aquella gesta. La Recopa, exclusivo torneo que reunía a los campeones de copa continentales, fue engullida por lo que ahora se conoce como Europa League, y el Real Zaragoza malvive en Segunda División, dónde trata de alcanzar los ‘play-off’ de ascenso tras un verano movido en lo institucional, cambio en la propiedad incluido. Sin embargo, si de algo pueden presumir a orillas del Ebro es que, por mucho tiempo que pase, como Bogart y Bergman, “siempre tendremos París”.

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