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El Real Madrid y el hábito de convertir descontrol en virtud

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Tranquilidad, control, paciencia, pausa. Conceptos aproximados a menudo necesarios para afrontar objetivos en la vida pero también sobre el césped. Elementales, en ocasiones evidentes ante situaciones ventajosas aunque complejos de ejecutar en el momento preciso. Para un equipo como el Real Madrid, cercanos a la utopía.

Y es que no es el madridista un conjunto acostumbrado a la prudencia, sino todo lo contrario. Cuando un equipo vive instalado en el hábito de convertir el descontrol en virtud, adaptarse a una situación que precisa justo lo contrario se convierte en una misión engorrosa. Un objetivo con alta probabilidad de desembocar en indefinición. Algo que se puso de manifiesto desde el primer minuto del enfrentamiento ante en Bayern en el Bernabéu.

Los futbolistas interiorizaron la necesidad de afrontar el duelo desde el control, desde la pausa. Sin embargo, no contaron con la capacidad de desarrollar y plasmar dicha idea en el terreno de juego. Un problema especialmente manifestado durante el primer cuarto de hora del encuentro. Superados por la idea, los jugadores blancos trataban de adquirir el control del juego a través de una templanza que llegaba a aparentar desgana. Impensable y alejado de la realidad. El Bayern aprovechó la incertidumbre merengue, plantilla repleta de jugadores verticales escasos de práctica en la gestión de los tiempos.

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Sin necesidad de generar grandes ocasiones o exigir a Keylor Navas, el conjunto bávaro adquirió la ventaja psicológica del convencimiento en un plan elaborado en los prolegómenos del encuentro y que, de entrada, parecía funcionar. Pese a que el Real Madrid logró zafarse del agobio alemán en los siguientes 30 minutos e incluso dispuso de ocasiones superiores en número y peligrosidad a las generadas por los de Ancelotti, el descanso seguramente sirvió al italiano para reforzar a sus jugadores en la idea de un plan que había interiorizado el respeto del Bernabéu.

Y así, con el espejismo de la superioridad blanca aún en la retina de los espectadores, los de Munich hicieron tambalear los cimientos del Bernabéu en el segundo acto, que arrancaba como un calco del anterior, con un Real Madrid incapaz de ejercer control sobre el juego, viviendo en un alambre sostenido por los continuos latigazos de un extremo exquisito como Arjen Robben, encargado de forzar el penalti que terminaba de impregnar el miedo en el corazón del templo blanco.

Sin embargo, Zidane se percató de la gravedad de la situación: era el momento de Marco Asensio, que ingresó en sustitución de Karim Benzema, gris como el resto del equipo hasta ese momento. Y más tarde, Lucas Vázquez sustituyó a Isco, sacrificado defensivamente y sin brillo ofensivo, presa de la situación. Hasta entonces, Lahm y Alaba desequilibraban el encuentro, carentes de la vigilancia suficiente por parte de los extremos madridistas. Desde ese momento, el destino del encuentro y también de la eliminatoria giró paulatinamente, y también el ánimo de un estadio que respiraba aliviado.

Cristiano, convertido en ariete, anotaba el empate a uno tras un excelente centro de un Casemiro inusualmente errático. Sin embargo, en la siguiente jugada, el Bayern recobraba la ventaja en el partido e igualaba una eliminatoria abocada a su resolución en la prórroga a través de un afortunado tanto en propia puerta de Ramos.

Fantasmas merodearon las almas madridistas. Aunque, entonces sí, con las modificaciones introducidas por el técnico galés, el Madrid tuvo la capacidad de gestionar las emociones y los tiempos del partido. La expulsión de Vidal, a orillas del pitido final, dejando en inferioridad al Bayern, aportó un granito más a un desenlace que ya se vislumbraba desde minutos antes. El Bayern firmó la prórroga y, con ella, su condena final.

Cristiano redondeó una eliminatoria espléndida con un ‘triplete perfecto’ y Marco Asensio mostró al universo futbolístico, en un escenario de una magnitud enorme, que está preparado en todos los sentidos para instalarse en la élite, cerrando con un exquisito tanto la goleada local.

Sobreviviendo a su desenfreno, el club presidido por Florentino alcanza su séptima semifinal consecutiva en la Champions, una proeza jamás lograda por ningún otro club. La magia de un escudo, la fuerza de un club gestado para la épica, la heróica y el éxito, cuyo objetivo se presenta más cerca que nunca en el horizonte en su competición favorita: ser el primer club en conseguir levantar la ‘orejona’ en dos temporadas consecutivas. Tres partidos separan a los de Zidane de volver a incluir al Real Madrid en la historia del fútbol, una historia de la que siempre ha sido protagonista.

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