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El centrocampismo y el Real Madrid

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Hombre de letras como soy, no puedo remediarlo, nunca creí en aquellos mitos estadísticos que aparecían en las ilegibles páginas intermedias de los periódicos. Sin embargo, el otro día, en un arrebato de valentía me sumergí en ellas y confirmé algo que ya sospechaba: el mediocampo gana importancia en fútbol hasta el punto de que estadísticos como posesión, pases acertados, áreas de acción y otros muchos confluyen en él. Alguien dijo alguna vez que los delanteros ganan partidos y los defensas campeonatos. Déjenme añadir, a beneficio de inventario, que el centro del campo te convierte en leyenda.

Llevo horas intentando no abrir este post con la imagen de mi abuelo recitándome la alineación del Madrid de Di Stéfano, pero me resulta inevitable. De aquella retahíla de nombres, un detalle me inquietaba. El equipo más grande de la historia blanca, ese que mi abuelo conocía de memoria, solo contaba con dos centrocampistas. Miguel Muñoz y Zárraga, que no es poca cosa, pero solo dos. Anduve unos cuantos años francamente perdido, imaginando encarnizadas batallas con pelotazos de área a área, con campos embarrados y sombreros de ala estrecha en las gradas.

Más tarde, entró mi padre en el concilio como un elefante en una cacharrería. Poco amante del fútbol técnico por el que ahora transitamos, me contaba que el centro del campo jugaba un papel secundario, un puente que los “fueras de serie” utilizaban para cruzar de la delantera a la defensa. Fíjate en Pirri, solía decir mi padre, empezó de tanque en el área y terminó templando como líbero… así funcionaban los grandes. Yo, siempre solícito, me limitaba a asentir mientras fraguaba en mi cabeza los primeros esbozos de lo que ahora llamo mi filosofía futbolística, aunque, como decía Paul Dirac, la filosofía solo es una forma de hablar de lo que ya se ha descubierto. Y esto, en el fútbol, es todavía más cierto que en la vida.

La primera vez que me dejé llevar por una opinión autónoma fue viendo a Michael Laudrup ya con la camiseta merengue. Observando cómo acariciaba la pelota, meciéndola como si de un vástago se tratara y haciendo que las transiciones defensa-ataque fueran arte y no ensayo. Transcurrían los minutos esperando ese detalle que valiera un boleto. Entonces llegaba él y lo hacía. Cada vez que tocaba el balón, la inspiración del danés nos envolvía. Vivía inspirado. O, quizás, la inspiración siempre le pillaba trabajando, como a Picasso.

Al mismo tiempo, mis diez primeros años vieron desembarcar en Barajas al Príncipe. Don Fernando Redondo, que nos había machacado el ánimo alguna vez bajo el sol tinerfeño, llegaba al Bernabéu dispuesto a demostrar que la pena por robo con intimidación es mucho más llevadera que por robo con fuerza. La elegancia hecha verso suelto. El tipo que hizo que el punto medio dejara de ser el punto del miedo.

 

Junto a Redondo creció el danés hasta desaparecer y, también junto a él, nació José María Gutiérrez, el ínclito torrejonero de bota de seda. Hablamos de, probablemente, el tipo con más calidad que ha salido de la Ciudad Deportiva de la Castellana. Pero también de un talento desaprovechado en vida. Como Brando. Como Bécquer. Como Krahe. Entre sus taconazos y sus asistencias siempre quedará un espacio para que imaginemos lo que pudo ser y no fue, con la sensación de que fue la propia cabeza de Guti la que alimentó esta imaginación, viviendo en un cuento constante. Al final de este cuento, al contrario de lo que él imaginó, nadie vino a solucionar los problemas, y el único zapato de cristal que nos queda no está en el pie de Cenicienta sino en un pedestal de Riazor.

Más tarde se puso de moda aquello del doble pivote. Todavía resuena el eco de las pisadas de Makelele sobre el pasto blanco, con sus piernas en forma de guadaña encargadas de segar las malas hierbas crecidas junto al rosal galáctico de Vicente del Bosque. Pero no siempre la tierra fue productiva, y hubo que aguantar años de barbecho con Pablo García, Emerson o Diarrá custodiando la finca. No obstante, el artífice del invento, el sabio bigotudo, moriría con sus botas puestas alineando contra viento y marea a Busquets y Xabi, que acabarían siendo los dos faros de la Selección campeona en Sudáfrica.

Volviendo al club madrileño, es de justicia detenerse en el ya mencionado Alonso, pues el tolosarra sirve para ilustrar perfectamente la teoría que intenta definir este post. Su trote de zancada corta, de Pedro Picapiedra con medias a mitad de espinilla, sus cambios de orientación beckhamianos y su inteligencia a la hora del hurto están muy bien, no lo niego, pero el concepto de centrocampista, hoy, va más allá. Como un Bonaparte vascón, dirigía al equipo desde su colina y contenía el vestuario con la suave humildad de un alfil que ha alcanzado el estatus de reina. Su personalidad llega a un punto que trasciende la propia presencia en el campo (como dijo el propio Napoleón, lo moral es a lo físico como tres a uno). Este último punto es tan importante, que podría asegurar que la final de Lisboa no se habría ganado sin él en el palco (sí, en el palco). ¿Qué diría mi abuelo si leyera este párrafo?

Termina el año 2014 con un Real Madrid de récord. Probablemente, el mejor a estas alturas de todos los que son juzgados por esa opinión autónoma a la que me refería al principio. Y lo hace sustentado por un centro del campo que, quizás, algún día yo le recite de memoria a mis nietos: Kroos, Modric, Isco y James. De momento, los delanteros blancos ganan partidos. Si continúa por esta senda, la defensa ganará campeonatos. Pero, ¿conseguirán estos cuatro elementos convertir al equipo en leyenda?

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